Capítulo 22 #2
—No porque no sea bueno. Es buenísimo, el entrenador es serio y las instalaciones son de verdad. Es lo que ella se merece. —Giró el vaso en la mano—. No me gusta el modo. Lo han llevado como se lleva a una vaca a la feria. Con un tío al lado dándole palmadas en el lomo.
—Le diría a Tanque que no use esa palabra delante de usted.
—Tanque la usa en la barra del Rincón desde hace cinco años. Soy inmune. —Se le torció la comisura—. Valdés.
—Entrenadora.
—Te voy a decir una cosa y luego me niego a repetirla.
—Adelante.
—No se arreglan los corazones en un vestuario.
Eso es verdad. Pero tampoco se esconden.
—Me miró—. El sábado jugasteis el mejor primer tiempo que he visto en treinta años.
Y el segundo, el más triste. Hay un hilo entre las dos que no es el que yo planeé.
Lo que hagáis con él es cosa vuestra. Pero el hilo existe, y si se rompe sin cuidado, se lleva también el campeonato por delante.
—Lo sé.
—No te lo digo por el campeonato.
—¿Entonces?
—Te lo digo porque os quiero, atolondradas. —Soltó la frase sin mirarme, con una voz que no era la de siempre, y luego se aclaró la garganta como si se hubiera tragado un hueso—. Aunque lo negaré si se lo cuentas a alguien.
Se levantó. Se ajustó la gorra de lana. Y desde la mitad de la pista, sin girarse, añadió con su tono de siempre:
—El viernes salimos a Logroño. Rooming list, la misma.
—Entrenadora...
—La misma, Valdés.
—Quizá sea mejor que...
—No he preguntado.
Me quedé con la boca abierta y el vaso en la mano.
Pensé en protestar. Pensé que, con todo lo ocurrido, compartir habitación con Nerea tres noches seguidas era un experimento cruel.
Pero Lola ya se alejaba hacia el despacho, silbando una melodía que probablemente no existía, y en el pizarrón del fondo, a la luz mortecina, vi una frase nueva escrita con rotulador rojo:
«NO SE ABANDONA A UNA COMPAÑERA. SE LE DEJA ESPACIO. QUE NO ES LO MISMO.»
Me la guardé para la nota.
* * *
A las doce llamé a mi abuelo.
Maribel contestó al segundo timbrazo. «Está en la sala de juegos, jugando al mus con dos señoras que le deben dinero. Ahora te lo paso.» Se oyó un ruido de sillas, un «¡no hagas trampas, Fermín!» y, por fin, un jadeo y una voz de barítono viejo.
—¡Mi base!
—Hola, abuelo.
—Te noto mustia.
—¿Cómo lo notas por teléfono?
—Por la respiración. Cuando estás contenta, respiras por la nariz. Cuando estás triste, por la boca. —Un golpe de bastón—. ¿Dónde está la escolta?
—Se ha ido a Zaragoza.
—¿Para siempre?
—Un día. A ver un club.
—Ah, bueno. —Se le oyó acomodarse en la silla—. Entonces no se ha ido. Se ha asomado.
—Es lo mismo.
—No. Irse es cuando cierras la puerta y tiras la llave. Asomarse es cuando miras por la rendija a ver si fuera hace más frío.
Sonreí a pesar de todo. Fermín tiene una capacidad inexplicable de dejar las cosas del tamaño que tienen.
—Abuelo, ¿tú qué haces cuando alguien se va y no sabes si vuelve?
—Yo esperé seis años a tu abuela.
—Eso ya lo sé. Pero ¿qué hacías?
—Entrenar. —Lo dijo sin pensarlo—. Seguí entrenando. Iba a mis cosas, comía bien, dormía poco, y mantenía la ventana abierta. No me quedé en la acera mirando su portal, porque eso, Lota, no es esperar. Eso es asustar.
—¿Asustar?
—A la otra persona. Nadie vuelve a un sitio donde alguien lleva meses con la nariz pegada al cristal. Vuelve a un sitio donde hay vida. Donde huele a guiso y se oye música. Donde la puerta está abierta, pero la casa funciona sola.
Me quedé callada. Una paloma se posó en el alféizar de la ventana, esponjó las plumas y se me quedó mirando.
—Entonces ¿qué hago?
—Lo que ibas a hacer de todas formas. —La voz de mi abuelo se hizo más suave—. Hablar con tu madre.
—Abuelo, ¿tú...?
—Yo no digo nada. No me toca. Es entre ella y tú. Pero hazlo, hija. No por mí ni por la escolta. Hazlo por ti. Hace treinta años que mi hija espera que alguien le pregunte lo que quiere, y no ha habido nadie con valor.
—Me da miedo.
—Claro que te da miedo. Si no te diera miedo, no sería importante.
—Me lo has dicho ya.
—Lo repito porque a mi edad lo olvido todo menos lo importante. —Se rio—. Anda, ve a hacer tu vida. Y si ves a tu escolta, dile que sigo esperando los calcetines del otro pie.
* * *
Esa noche, a las once y diez, me llegó un mensaje.
Estaba sentada en la cama, con la luz apagada y la ventana entreabierta, escuchando el viento en la muralla.
Había cenado un yogur, había estudiado dos horas para el trabajo de Comunicación que entregaba el miércoles, había ido a tirar al pabellón con Lucía, que se empeñó en practicar el pase conmigo, y había reído dos veces sin que doliera nada.
Me sentía, por primera vez desde la mañana del domingo, una persona entera.
El móvil se iluminó.
Ney: He vuelto de Zaragoza.
Me quedé mirando las tres palabras. Los puntitos aparecieron. Desaparecieron. Aparecieron.
Ney: Es un buen club. El entrenador es serio. Me han enseñado el gimnasio, las pistas, el piso donde viven las jugadoras. Hay una cocina grande. Cabría una mesa para doce.
Ney: No sé cómo decirte esto sin que suene a lo que no es.
Lo leí con el corazón en los oídos. Otra vez los puntitos.
Ney: Necesito unos días. No para decidir si te quiero. Eso no está en duda y es un dato que no pienso discutir. Necesito unos días para saber si sé hacerlo sin que me dé miedo la forma de mi propia mano.
Ney: Perdóname por haberme ido de esa manera. Fue cobardía. Lo sé.
Me quedé muy quieta. Había una parte de mí, la antigua, la que se mueve por reflejo, que quería contestar con tres párrafos y un corazón, con veinte frases para llenar el silencio y retenerla.
Teclear no te preocupes, ven, te espero, dime dónde estás.
Y había otra parte, más joven y más lenta, que acababa de hablar con su abuelo y con su entrenadora y con una paloma, y que sabía exactamente lo que había que hacer.
Escribí despacio. Y esta vez no lo borré.
Yo: Gracias por decírmelo. No hace falta que te perdone: lo entiendo y lo agradezco.
Yo: Tómate los días que necesites. Yo no me voy a ningún sitio, pero tampoco me voy a quedar en la acera. Tengo trabajos que entregar, un tobillo que cuidar y una conversación pendiente con mi madre. Mi vida sigue en marcha. La ventana queda abierta.
Yo: No es un dato. Es una promesa muy prometedora.
Pulsé enviar. Respiré. Los dos checks se volvieron azules enseguida.
Pasó un minuto. Dos. Los puntitos aparecieron y se quedaron suspendidos mucho rato, temblando.
Ney: Buenas noches, Lota.
Sonreí con los ojos mojados. Era la primera vez en dos días que me llamaba así.
Abrí la nota secreta. Allí estaban las dieciséis líneas, apiladas. Debajo, con la luz azul de la pantalla iluminándome la cara, tecleé:
17. Se ha ido sin girarse y yo no he corrido detrás. Es lo más difícil que he hecho nunca y creo que es lo más sano. No voy a esperarla en la acera. Voy a hablar con mi madre. No porque Ney se haya ido, sino porque mi madre lleva treinta años esperando que alguien lo haga.
Lo leí entero. Añadí una última frase, pequeña:
Que se asome cuando quiera. Aquí huele a guiso.
Dejé el móvil en la mesilla. Me tumbé de lado, abrazada a la almohada, mirando el perchero en la penumbra, donde la bufanda negra seguía colgada junto a mi anorak. Había algo de consuelo en verlas allí juntas, dos prendas que no sabían nada de miedo.
Y en la ventana, sobre la muralla, la luna salió despacio de detrás de una nube, como quien se asoma a ver si fuera hace frío.