MARCAJE PERSONAL Capítulo 22
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Capítulo 22

CARLOTA

Hay puertas que se cierran con un portazo y puertas que se cierran con tanto cuidado que casi no se oyen. Esas son las que más duelen.

La de mi piso hizo un clic muy pequeño a las ocho y veinte de la mañana. Nerea había bajado los seis tramos de piedra sin que yo la oyera, y yo me quedé en medio del salón, descalza, con la sábana todavía enrollada en el cuerpo, mirando el perchero.

Había olvidado la bufanda. Una bufanda negra de lana gruesa, colgada junto a mi anorak mostaza, como si las dos prendas llevaran años compartiendo gancho.

Estuve a punto de correr tras ella con la bufanda en la mano.

Bajé hasta el primer rellano, con el corazón dándome golpes, y me detuve.

Pensé en una niña de trece años en una cama de hospital.

Pensé en lo que había dicho mi abuelo: las buenas cosas se hacen lentas.

Pensé que si la perseguía, le estaría confirmando que alguien que te quiere es alguien que te alcanza y te arrastra.

Volví a subir. Colgué mejor la bufanda. Y tuve que sentarme en el suelo.

* * *

El domingo lo pasé haciendo cosas inútiles con una energía admirable.

Cambié las sábanas. Fregué dos tazas. Reordené los libros de Comunicación por colores, que es lo que hace Nerea con sus cuadernos, y al darme cuenta los volví a ordenar por autores, con rabia.

Regué a Don Romero, que estaba mustio, y le pedí perdón a Gloria por haberla tirado al suelo la noche anterior.

Gloria sobrevivió con dignidad. Las plantas son más fuertes que las personas.

Me puse la sudadera de mi abuelo. Olía a madera y a jabón, y también, por debajo, a otra cosa. A vainilla no, a ella: a cuero, a tinta y a lavanda del jabón de su casa. Me la quité enseguida, la doblé en la silla y me quedé mirándola.

A las dos llamaron a la puerta con un ritmo reconocible: dos golpes, pausa, un golpe de bota, pausa, un «¡abre, que quema!».

Era Bea. Detrás de ella, ocupando el rellano entero con una cacerola envuelta en un trapo de cocina, estaba Tanque.

—Caldo —anunció Tanque, con la solemnidad de un sacerdote que lleva el viático.

—¿De qué?

—De Ramón.

—¿Ramón?

—El hueso. —Se le humedecieron los ojos—. Lo guardé en el congelador del pabellón. Pensé que algún día haría falta. Hoy hace falta.

—Tanque, eso es un hueso de jamón.

—Es el hijo de las Cigüeñas, y se sacrifica por las suyas.

Bea me miró por encima de su hombro con una expresión que decía déjala, no se puede discutir con ella cuando llora por un jamón. Y yo, que llevaba seis horas sin llorar con éxito, lo hice de golpe y sin remedio, abrazada a una cacerola caliente que olía a legumbre y a recuerdos.

—Ay, Lota.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Estoy rota con gracia.

—Eso sí te lo creo. —Bea me quitó la cacerola, me empujó dentro y cerró la puerta con el pie—. Vamos a comer y no vamos a hablar hasta que te hayas terminado el plato.

Comimos. El caldo estaba buenísimo, con garbanzos, un chorrito de aceite y una espuma que Tanque aseguraba que era «alma de bellota». Bea no preguntó nada. Tanque, a la tercera cucharada, dijo muy serio:

—Yo creo que ya sé lo que pasa.

—Tanque —avisó Bea.

—Una vaca, cuando se asusta, no corre hacia la cuadra. Corre al fondo del prado. Sola. Se queda allí un rato, mirando las montañas, con cara de querer ser otra vaca. —Dejó la cuchara—. Pero siempre vuelve. Porque en el fondo del prado hace frío, y en la cuadra huele a casa.

—¿Y si no vuelve?

—Entonces no era una vaca. Era un ciervo, y con los ciervos no se puede hacer nada.

Me reí. Una risa estropeada, mojada de caldo, que me salió por la nariz. Bea me pasó una servilleta.

—Eso ha sido horrible —dije.

—Ha sido horrible y tiene razón —dijo Bea—. Ahora dime una cosa. ¿Os habéis acostado?

—¡Bea!

—Es una pregunta de amiga.

—Es una pregunta de fiscal.

—Es una pregunta de la que ha apostado a «cuando Ney deje de contar» y quiere saber si ha ganado.

—No te voy a decir nada.

—Eso ya es un sí. —Hizo un gesto de victoria discreto—. Perfecto. Eso significa que Tanque debe un euro y medio.

—¿Por qué debo un euro y medio? —protestó Tanque.

—Por tu quiniela. «Antes de Navidad.» No has acertado la fecha exacta.

—Eso es un robo.

—Es justicia deportiva.

Y los tres nos reímos, a pesar de todo, porque a veces el humor es lo único que cabe en una habitación pequeña.

Cuando se fueron, Bea se quedó un momento en el umbral. Me tomó la cara entre las manos, que olían a pan, y me miró.

—No la persigas.

—No iba a...

—Sí ibas. Lo veo. —Me dio un beso sonoro en la frente—. Cuando una persona necesita irse, hay que dejar la puerta abierta, no sujetarle el abrigo.

—¿Eso lo has leído?

—Lo ha dicho mi madre. —Sonrió—. Está casada con mi padre desde hace treinta y un años. Sabe de puertas.

* * *

A las siete de la tarde me llegó un mensaje de Nuria.

Nuria: He vuelto de Éibar. Está en casa. No habla. Ha puesto la lavadora dos veces. Lava cuando tiene miedo. No te cuento más porque no me corresponde, pero te digo esto: no ha llorado, y eso es mala señal. Llora cuando se rompe algo pequeño. Cuando se rompe algo grande, se pone a hacer cosas.

Respondí: Gracias por avisarme.

Nuria: No te avisaba a ti. Me avisaba a mí misma. Ya sabes que lo apunto todo.

Y a continuación:

Nuria: Mañana a las seis ha quedado con su padre. Lo ha oído toda la casa a través de la pared. «Un día de visita, nada más. La prueba es el dos.» Le ha dicho eso para tranquilizarse. No sé si le ha funcionado.

Dejé el móvil bocabajo. Me quedé mirando la pared, que tiene una grieta con forma de río, y pensé: visita.

No era la prueba. Era enseñarle las instalaciones, presentarle al entrenador, hacerla sentir como en casa antes de pedirle que se quedase.

La técnica de Manolo con un club era la misma que usaba con su hija.

Fue entonces cuando sonó otra llamada. No era Nuria. En la pantalla ponía una sola palabra, en mayúsculas, que me encogió el estómago.

MAMÁ.

* * *

—Hola, cariño. ¿Te pillo bien?

—Hola, mamá. Sí, claro.

—Tienes la voz rara.

—Estoy resfriada.

—Con este frío. Ponte la bufanda de cachemir, la que te regalé. —Se oyó el roce de unas hojas, el tintineo de una taza en un platillo—. Te llamo por lo de las oposiciones. El plazo de matrícula cierra el domingo. Papá y yo habíamos pensado adelantarte el pago, para que no tengas que preocuparte.

—Mamá...

—Son ciento ochenta euros. No es nada. Tú solo confírmame y lo hago yo con la tarjeta.

Cerré los ojos. Veía la pantalla de la web, el formulario, las casillas, la flechita verde de «continuar». La seguridad de un camino ya marcado. En ese momento, con la sábana todavía oliendo a ella y la bufanda en el perchero, la oferta me pareció una orilla.

Fue tan fácil pensarlo. Decirlo habría sido fácil. Vale, mamá, hazlo tú. Y después descansar, llorar a gusto, dejar que alguien más se encargara del mundo durante una semana.

—Mamá.

—Dime.

—¿Tú alguna vez has querido algo muchísimo y no se lo has dicho a nadie?

El silencio duró tanto que pensé que se había cortado la llamada. Oí su respiración. Oí que dejaba la taza.

—¿A qué viene eso, Carlota?

—A nada. A que estoy resfriada y sentimental.

—Estás llorando.

—Un poco.

—¿Ha pasado algo?

—Han pasado cosas. Buenas y malas. —Respiré—. Mamá, no quiero que pagues la matrícula. Todavía no. Déjame pensarlo hasta el domingo.

—Hija, el plazo...

—Lo sé. Es el domingo. Te llamo antes, lo prometo.

—Carlota, ¿tú estás bien?

Había algo en su voz que no había oído antes. No era el tono de abogada, ni el de madre eficaz que gestiona calendarios. Era una voz mucho más joven. Cuidadosa. Como la de alguien que, de pronto, se asoma a un pozo desconocido.

—Estoy bien —dije—. Y cuando venga Navidad, te lo cuento todo. De verdad.

—Está bien. —Una pausa—. Te quiero, cariño.

—Yo también.

Colgué. Y me quedé sentada con el móvil en las rodillas, sintiendo que acababa de hacer algo pequeño y gigantesco. No había dicho que no. No había dicho que sí. Había dicho déjame pensarlo, que es lo que dicen las personas que por fin están pensando.

Y había notado, en la voz de mi madre, la sombra de una niña con trenzas que había dicho «sí» cuando quería decir otra cosa.

* * *

El lunes a las seis de la mañana estaba en el pabellón, sola, con dos vasos de cartón en las manos.

No sé por qué compré dos. Es un reflejo que se me ha pegado como el hipo. Avena con canela. El camarero de La Cafetera Rota, el de la barba y la pizarra, me miró con compasión y me dijo: «La ocasión lo merece, ¿eh?». Lo escribió después en la pizarra del día: Café con canela: no es para todos.

La luz de emergencia dibujaba charcos amarillos en el parquet.

Me senté en el banco del tiro libre, con los vasos a cada lado, y me quedé mirando la canasta en silencio.

Un silencio que no pesaba pero tampoco aliviaba.

Rafa, el gorrión, entró por el ventanal roto y se posó en un larguero. Me miró con la cabeza ladeada.

—Hoy no hay migas —le dije.

Rafa se limpió el pico contra el hierro con una dignidad ofendida.

A las seis y cuarto llegó Lola. Traía el cronómetro colgado del cuello, una carpeta bajo el brazo y esa cara que pone cuando ha dormido mal y no quiere que se note. Se detuvo a unos metros. Miró los dos vasos. Después me miró a mí.

—Salgado tiene permiso hasta el mediodía —dijo.

—Lo sé.

—Me lo pidió por escrito. Con una tabla.

—Claro.

—Una tabla con tres columnas: «Motivo», «Duración», «Compensación del entrenamiento perdido». —Dejó la carpeta en el banquillo—. Era una tabla perfecta. No he visto nunca una tabla tan triste.

Se sentó a mi lado. El banco crujió. Cogió uno de los vasos sin pedir permiso y le dio un sorbo largo.

—Esto está buenísimo.

—Es de avena.

—Me da igual. Me sirve.

Estuvimos un rato así. Lola Ferrer, cincuenta y ocho años, exinternacional, pizarra de frases pasivo-agresivas, bebiendo en silencio café con canela en un pabellón vacío a las seis y media de la mañana. Si me lo hubieran dicho en octubre, me habría reído.

—Un club de Segunda —murmuró al fin.

—Sí.

—No me gusta.

—Ya.