MARCAJE PERSONAL Capítulo 21
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Capítulo 21

NEREA / CARLOTA

NEREA

Había recorrido la calle de la Judería cuatro veces antes de subir.

Lo sé porque las conté, y ese fue el primer síntoma de que algo iba mal: había vuelto a contar.

Cuatro vueltas completas, de la farola rota a la panadería cerrada, con la cena de Bilbao todavía pegada al paladar.

Mis tíos habían hablado de Zaragoza como de un ascenso social.

Mi padre había cortado la carne sin mirarme y dicho una sola frase en toda la noche: «Hoy has jugado como una profesional».

Se me había quedado clavada, porque era lo que llevaba años queriendo oír, y ahora que la tenía no servía de nada.

Tampoco había dicho una palabra sobre mi madre, ni la diría.

Dependes. Igual que tu madre.

Subí los seis tramos sin pensar. Los pies conocían el camino. Delante de la puerta me quedé con el puño en alto, sin llamar, mientras de dentro llegaba el silencio de alguien que también espera. Llamé tres veces. Suave.

Abrió enseguida.

Llevaba la sudadera gris, los pies descalzos, el pelo recogido en un moño torcido y los ojos hinchados. Parecía una niña que se ha puesto a esperar en la ventana. En cuanto me vio, se le descompuso la cara de una manera que no se puede ensayar.

—Hola —dije.

—Hola.

—No sé qué hago aquí.

—Pasa.

—Dije que necesitaba estar sola.

—Y has estado sola cuatro horas. —Intentó sonreír—. Es un récord.

—Vengo a decirte que lo siento. Que me quedé callada. Que tú diste la cara por mí, y yo te dije que no era tu pelea. —Me salió la voz rota—. Sí era tu pelea. Era la primera vez que alguien lo hacía.

No dijo nada. Dio un paso adelante y me rodeó con los dos brazos, sin preguntar, con tanta fuerza que me crujió la espalda. Su cara se hundió en mi cuello y yo noté que temblaba. O temblaba yo. Con ella ya no distingo.

Cerró la puerta con el pie.

* * *

Me quitó la chaqueta de cuero con una delicadeza ceremonial, como quien desviste a un santo. Colgó mi bufanda en el perchero junto al abrigo mostaza. Me llevó al sofá de la manta de cuadros, me sentó, se arrodilló delante de mí y me desató las botas una por una.

—No tienes que hacer esto —dije.

—Lo sé.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Un poco no.

—Cuéntame.

Se lo conté. Entero, sin tabla. La frase de mi padre, el asentimiento de barbilla, la cena, el filete duro, las cuatro vueltas por la calle. Lo de mi madre. Que me había quedado clavada como una niña de trece años. Que treinta y cuatro puntos me habían dado asco.

Carlota me escuchó con mis manos entre las suyas. Cuando acabé, no dijo «no pasa nada». Dijo:

—Me alegro de que hayas venido.

Eso fue todo. Y fue suficiente.

* * *

Sé exactamente el momento en que cambió el aire. Fue cuando se levantó para ir a la cocina a por agua, y yo, sin decidirlo, le agarré la muñeca.

Se giró.

—Quédate aquí —dije.

—Aquí estoy.

—No. Aquí. —Tiré de ella, despacio, hasta que se sentó a mi lado, con las rodillas contra las mías—. Esta noche no quiero pensar.

—Nerea.

—No quiero contar nada. No quiero tablas. Quiero estar en mi cuerpo, aunque me dé miedo.

—¿Estás segura?

—No.

—Eso no es una respuesta tranquilizadora.

—Es la que tengo. —Me tembló una sonrisa—. Pero sé que quiero estar contigo. Y que si me voy a casa, voy a pasarme la noche repitiendo su voz.

Carlota me miró un buen rato. Vi cómo decidía no sonreír, cómo se ponía seria, cómo me hablaba de verdad.

—Si en algún momento algo no te gusta, o quieres parar, o te acuerdas de él, o te entra pánico, o solo quieres dormir, lo dices. Con un dato, con una palabra, con lo que sea. Y paramos. Sin explicaciones. ¿Vale?

—Vale.

—Dímelo en voz alta.

—Lo diré.

—Y yo también.

—Tú también.

—Trato.

Le tendí la mano. Carlota la miró, soltó una risa corta y la estrechó con mucha solemnidad.

—Seis segundos esta vez —dije.

—Los he contado.

—Eso es mío.

—Lo he tomado prestado.

Y se inclinó y me besó.

* * *

CARLOTA

Hay besos que preguntan y besos que responden. Este no era ninguno de los dos. Era un beso que había dejado de pedir permiso porque ya lo tenía.

Sabía a menta y a sal. Sus manos, siempre frías, subieron hasta mi cara y se calentaron al contacto. La mía bajó por su cuello hasta el borde de la camiseta, y me detuve.

—¿Sí? —susurré.

—Sí.

—¿Aquí o...?

—Donde quieras.

—Hay una cama, pero tiene seis horas de sábanas sin cambiar.

—Me da igual.

—A mí no. Soy una persona civilizada.

—Carlota.

—Dime.

—Cállate.

Me reí contra su boca. Ella también. Y así, riéndonos como dos tontas, con las narices chocando, nos levantamos, tropezamos con una silla, tiramos al suelo el cojín de la albahaca, que se llama Gloria, y cruzamos el piso a oscuras hasta mi cuarto, sin soltarnos las manos.

Encendí la lámpara pequeña de la mesilla.

Una luz de miel, tibia, que lo suavizaba todo: la colcha de lino, la ventana abierta a la muralla, las paredes de piedra, el fantasma de mi propia vida de antes.

Nerea se quedó de pie en el umbral, con el flequillo caído y los hombros encogidos, y por primera vez la vi insegura.

—Eh —dije, acercándome.

—Estoy bien.

—Lo sé. Pero mírame.

Levantó los ojos.

—Aquí no hay nadie contando —dije—. Ni tu padre, ni Lola, ni el equipo, ni las posesiones, ni yo. Si algo sale mal, no pasa nada. Si sale torpe, no pasa nada. Si nos reímos, mejor.

—¿Y si no sé lo que hago?

—Yo tampoco.

—Es mentira.

—Es una mentira piadosa. Pero la estoy dejando de decir, mira. —Le tomé las manos y me las llevé al pecho, a la altura del corazón, que me iba a mil—. Siento esto desde octubre. No sé hacer nada con ello. Solo sé que contigo no me da miedo no saber.

Nerea cerró los ojos. Apoyó la frente en la mía.

—Vale —murmuró.

—Vale.

—Pero sin fotos. Ni de esto ni de nada.

—Eso es obvio.

—Es un dato.

—Es una norma. Las normas se respetan.

* * *

Le quité la camiseta negra despacio, como quien levanta una cortina. Debajo, la piel pálida, las clavículas marcadas, la cicatriz en el costado, un trazo blanco bajo la luz de miel. Nerea contuvo el aire y se cubrió un momento con el brazo, por puro reflejo.

—No —dije suave, y le aparté el brazo—. Déjame.

—Es fea.

—Es la cosa más valiente que he visto.

—Lota...

—Cállate.

—Eso es mío.

—Lo he tomado prestado.

Besé la cicatriz. Esta vez con la luz encendida, con todo el tiempo, y sentí cómo se le aflojaba el cuerpo bajo mi boca, cómo soltaba un suspiro largo, ese suspiro de alguien que lleva años sosteniendo algo muy pesado y por fin lo apoya en el suelo.

Ella me quitó la sudadera. La de mi abuelo. La dobló con cuidado sobre la silla, antes de que cayera, y ese gesto me hizo un nudo en la garganta.

—¿Qué? —preguntó.

—Que doblas la ropa.

—Es un hábito.

—Es lo más tierno que me han hecho nunca.

—Estás muy sensible.

—Estoy enamorada.

Lo dije sin pensar. Me salió así, entre dos besos, como quien comenta que llueve. Nerea se quedó quieta. Me miró con los labios entreabiertos, los ojos grises muy abiertos y brillantes.

—Repítelo.

—Estoy enamorada.

—De mí.

—De ti, Nerea Salgado, de Barakaldo, con anillos de plata, kohl corrido y un cuaderno de estadísticas. Llevo tres semanas queriendo decírtelo mejor y no me sale.

—Te sale perfecto.

—No es un dato.

—No. —Sonrió con los ojos mojados—. Es otra cosa.

Nos caímos sobre la cama entre risas y ropa y piernas, y a partir de ahí hay cosas que no voy a contar, porque se gastan si se cuentan.

Diré que hubo manos, y que descubrí que las suyas, tan frías, podían volverse lentas y exactas, de una precisión que a mí me desarmó.

Que ella, que cuenta todo, perdió la cuenta.

Que yo encontré con la boca el tatuaje otra vez, y esta vez lo leí entero, y ella me dijo mi nombre con una voz que no tenía nada de armadura.

Que en algún momento se tapó la cara con las dos manos y me dijo «espera», y yo esperé, con el corazón en la garganta, y ella se destapó y dijo «era para poder mirarte», y se rio, y lloró un poco, y me miró.

* * *

NEREA

Hay un instante, en cualquier tiro limpio, en que el balón ya ha salido de las manos y todavía no ha llegado al aro. No se puede corregir ni deshacer. Solo se puede confiar en que la física hará su trabajo.

Eso fue lo que sentí con ella. Ese instante, alargado hasta lo imposible.

Cada vez que el pánico se asomaba, un recuerdo, la voz de él, la palabra depender, Carlota me ponía la palma en la mejilla y me decía, bajito: «Aquí».

Y yo volvía. Al calor de su piel contra la mía, a la luz de miel en el techo de piedra, a su pelo suelto cayéndome sobre el pecho, a su aliento tibio en mi oreja.

A la sensación absurda, enorme, de que cada centímetro de mí que había guardado durante años bajo llave estaba siendo recibido sin examen.

Dejé que me cuidara.

Esa es la frase, si alguna vez hay que resumirlo.

Dejé que me tocara con la paciencia de quien no espera nada a cambio, dejé que me mirara sin que yo mirara primero, dejé que dijera mi nombre como un secreto.

Y cuando el mundo se estrechó en un único punto de calor, de respiración y de pulso, y todo en mí se tensó hasta quedar al borde de algo, la oí susurrar contra mi cuello: «Estoy aquí. No me voy».

Y fue entonces cuando el balón tocó la red.

Sin sonido de cuántos. Solo el sonido de la red.

Después hubo un tiempo sin nombre. Me acuerdo de su frente contra mi hombro. De su respiración, que tardó en calmarse. De mi propia mano, que le acariciaba la espalda sin saber desde cuándo, trazando letras pequeñas sobre la piel, beti, zutik, beti, zutik, hasta que ella murmuró:

—Eso me gusta.

—¿El qué?

—Que me lo escribas.

—No sé escribir nada más.

—No hace falta.

Se acurrucó contra mí. Y yo, que me despierto tres veces, que duermo en la esquina del colchón, que no he dejado a nadie pasar la noche entera, me quedé mirando el techo de piedra mientras su respiración se alargaba.

Pensé que debería haber sentido miedo. Pensé que la carne siempre lo siente, después.

Pero no. Lo único que tenía era una cosa muy tibia, muy lenta, parecida a lo que debe de sentir un barco al volver a puerto.

—Nerea —murmuró, ya casi dormida.

—Dime.

—No cuentes.

—No estoy contando.

—Mientes.

—Un poco.

—Duerme.

Me dormí.

* * *

CARLOTA

Me desperté a las ocho de la mañana con un sol rasante entrando por la ventana y un vacío al lado.

No un vacío total. La sábana todavía estaba tibia. Pero el cuerpo de Nerea ya no estaba en la cama, y el instinto me avisó antes que los ojos.

Se había sentado en el borde del colchón, de espaldas, con la camiseta negra puesta del revés y el móvil en las manos. La luz le dibujaba el filo de la columna, la sombra de los omóplatos, el tatuaje apenas asomando sobre el pantalón. Tenía los hombros muy altos. No se movía.

—Ney —dije.

No contestó.

Me incorporé. La manta me resbaló del hombro. Me acerqué a ella con cuidado, como a un animal que lleva rato quieto, y le puse una mano en la espalda. Estaba fría. Había estado sentada allí un buen rato.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Nerea.

—Me ha escrito mi padre.

Sentí que se me paraba el estómago.

—¿Qué dice?

Me tendió el móvil sin mirarme.

PAPÁ: Ya he hablado con el club. Quieren verte el 2 de diciembre para la prueba formal. Antes, el lunes a las 6, te recojo para que conozcas las instalaciones. Un día de visita, nada más. Hoy has demostrado que puedes. No me falles.

Y debajo, tres minutos después:

PAPÁ: Y deja de juntarte con esa chica. Te distrae.

Lo leí dos veces. La sangre se me fue del todo de la cara.

—No va a recogerte nada —dije.

—Lo sé.

—No tienes que ir.

—Lo sé.

—Entonces...

—Lo sé, Carlota. —Se levantó de golpe, se pasó las dos manos por el pelo—. Lo sé todo. Sé que no tengo que ir. Sé que no tengo que contestar. Sé que tengo que decirle que no. Lo sé todo, y aun así llevo veinte minutos mirando esa pantalla pensando: y si tiene razón.

—¿Razón en qué?

—En que dependo.

El aire de la habitación cambió.

—Anoche —dijo, sin mirarme, con una voz demasiado controlada—, me desperté a las cuatro y estabas ahí. Y pensé: qué tranquila estoy. Y pensé: qué pasa si no está mañana. Y después pensé: qué pasa si está, y yo ya no sé hacer nada sola.

—Nerea, eso no es depender. Eso es querer.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Para mí sí. —Se giró. Tenía los ojos secos y enormes, de un gris plano y duro que yo creía haber visto marcharse—.

Mi madre no sabía vivir sin que alguien la cuidara.

Y se murió. Y mi padre no sabía vivir sin que alguien le diera sentido.

Y yo. Mírame. Anoche vine aquí en lugar de a mi casa, y hoy ya quiero quedarme aquí en lugar de ir a mi vida.

—Eso no es verdad.

—Ya no sé qué es verdad.

—Nerea. —Me levanté yo también, con la sábana enrollada en el cuerpo, descalza sobre las baldosas frías—. Mírame. Anoche no pasó nada que no quisieras tú.

—Lo sé.

—Lo hiciste porque quisiste.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué estás hablando como si te hubiera pasado algo malo?

—Porque no me ha pasado nada malo. —Se le quebró la voz por primera vez—. Me ha pasado algo bueno. Y no sé qué hacer con algo bueno. Siempre se acaba.

Di un paso hacia ella. Ella dio uno atrás.

Fue un paso pequeño. Medio. Pero lo vi, y lo vio ella, y en el silencio que siguió se oyó caer, desde la cocina, la gota del grifo de siempre.

—¿Vas a ir a Zaragoza? —pregunté.

Silencio.

—¿Vas a ir el lunes?

—No lo sé.

—¿Se lo vas a decir a él, o a mí?

—No lo sé.

—Nerea.

—No me presiones.

—No te presiono. Te pregunto.

—Es lo mismo.

—No lo es. —Me salió una voz que no reconocí, más aguda, más rota—.

Mira, yo anoche te dije que estoy enamorada de ti.

Lo dije con el cuerpo entero, sin datos, sin red.

Y tú me contestaste... Me contestaste con un no cuentes.

Y hoy hay un mensaje en tu móvil que dice que me deje, y llevas veinte minutos mirándolo.

—No le voy a hacer caso.

—Entonces dilo.

—Carlota...

—Dilo. Di que no vas a hacerle caso. Que no vas a dejarme porque te lo dice él.

Nerea abrió la boca.

Y no salió nada.

Pasaron tres segundos. Cuatro. Cinco. Los conté yo, esta vez, y no me hizo ninguna gracia.

—Necesito vestirme —dijo al fin, con una calma helada—. Y necesito aire.

Se agachó a recoger los pantalones. Yo me quedé de pie en mitad de mi cuarto, con la sábana en las manos y el sol entrando por la ventana, tan hermoso, tan inútil, sobre una cama que habíamos deshecho juntas hacía apenas unas horas.

—Si te vas ahora —dije, muy bajito—, no sé si voy a poder esperarte.

Nerea se detuvo. Se quedó un momento inmóvil, de espaldas, con una mano apoyada en el respaldo de la silla donde reposaba la sudadera de mi abuelo.

—Lo sé —respondió.

Y no se giró.