MARCAJE PERSONAL Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Manolo levantó una ceja, con la fría curiosidad de un entomólogo.

—Así que tú eres la de Madrid.

—Soy la que le pasa el balón.

—Eres la que la está distrayendo.

—Soy la que le ha dado nueve asistencias a su hija en una sola parte, que es más de las que usted le dio en doce años. Y eso es lo que a usted le molesta. Que mientras usted le contaba los puntos, alguien le haya contado otra cosa.

Hubo un silencio largo. Su mandíbula se movió una vez, a un lado. Vi cómo sus ojos, los de Nerea, se detenían un instante en mi mano, en el puño apretado, y volvían a mi cara.

—Señorita —dijo, con una educación helada—, no sabe lo que dice.

—Sé exactamente lo que digo.

—Tengo veinte años de experiencia.

—Y una hija que le tiene miedo.

Fue como si hubiera lanzado un ladrillo contra un cristal.

No gritó. No se movió. Pero algo, en el fondo de aquellos ojos grises, hizo un clic, como un mecanismo que se bloquea. Y de pronto me di cuenta, con un vértigo helado, de que no me estaba mirando a mí. Estaba mirando a Nerea.

—¿Eso le has contado? —dijo.

—Papá...

—¿Que te doy miedo?

—No. —La voz de Nerea era un hilo—. No he dicho nada.

—Pues ya lo ha dicho ella por ti.

—Yo no...

—Basta. —Manolo se ajustó el chándal con un tirón seco—. Termina el partido. Haz lo que sabes hacer. Después hablamos tú y yo.

Se dio la vuelta. Se alejó por el pasillo con la espalda recta, sin prisa, y su sombra se fue haciendo pequeña sobre las fotos torcidas.

Nerea no se movió.

—Nerea —dije, y me giré hacia ella.

Tenía la cara blanca, de papel. Los ojos fijos en un punto de la pared, a la altura de una foto de 1991. Los labios apretados. Las manos, vacías, temblaban un poco.

—Nerea, mírame.

—No.

—Por favor.

—No puedo.

—Escúchame. Eso que ha dicho de tu madre...

—Déjalo.

—No voy a dejarlo.

—Déjalo, Carlota. —Y esa fue la primera vez, en semanas, que me llamó por mi nombre completo, y fue como una puerta cerrándose despacio—. No era tu pelea.

Me quedé inmóvil.

—Ya lo sé. Pero...

—No era tuya. —Respiró hondo, cortó el aire con las manos—. Tengo que ir a jugar.

Y se alejó por el pasillo hacia el vestuario, con la botella de agua olvidada en el suelo y una espalda de granito.

* * *

El segundo tiempo fue otro partido. Jugado por otra persona con el mismo cuerpo.

Lo supe desde la primera jugada. Salió con la cara limpia de expresión y el balón agarrado como se agarra un arma.

Cuando yo corté, no me miró. Cuando le pasé, lo cogió sin gracias, sin guiño, sin esa mirada que ya me había acostumbrado a llevar en el costado como un abrigo.

Tiró. Metió. Corrió a defender. Volvió a tirar.

Minuto dos: triple desde ocho metros, con una defensora encima.

Minuto cuatro: penetración sola, contra tres, canasta y falta.

Minuto seis: otra.

Hice lo que pude. Le abrí líneas de pase y no las usó.

Le dejé balones limpios y los devolvió sin mirarlos, como quien paga una deuda.

A los diez minutos le grité desde la banda del campo: «¡Ney!

». No se giró. En el banquillo, Lola me miraba con los labios muy finos y los ojos puestos en su escolta.

Terminó con treinta y cuatro puntos.

Ganamos 71-66. Treinta y cuatro de Nerea y nueve de mí.

Fue su mejor partido de la temporada, y la grada se puso en pie para aplaudirla durante un minuto entero.

Don Ceferino se quitó la gorra. La banda de metales improvisó una fanfarria.

Paqui lloraba sobre el trapo de cocina, y los jubilados cantaban su nombre con una cadencia de himno: «¡Ney! ¡Ney! ¡Ney!».

Y ella, en mitad de la pista, con el sudor corriéndole por la cara y los ojos clavados en un lugar que no existía, recibió el aplauso sin sonreír.

En la grada, el ojeador cerraba la libreta con una expresión de satisfacción tranquila.

A su lado, Manolo Salgado tampoco sonreía.

Pero asintió una vez. Despacio. Con la cabeza muy firme.

La clase de gesto que le había visto a Nerea mil veces en el espejo del vestuario: el de quien quiere que le digan «lo has hecho bien» y se conforma con un movimiento de barbilla.

Se me revolvió el estómago.

Treinta y cuatro, pensé. Y la ha vendido por un asentimiento.

* * *

La busqué en el vestuario. No estaba.

La busqué en el pasillo, en las duchas, en la cafetería, en el banco de la esquina con su rayo de sol. Bea me cogió del brazo, Tanque me tendió una mandarina, Inés intentó decirme algo sobre «darle espacio», y yo avancé entre sus voces con el corazón dándome golpes en la garganta.

La encontré en la puerta principal.

Estaba de pie en el rellano de piedra, con la bolsa al hombro y la chaqueta de cuero.

Frente a ella, a unos metros, el ojeador le estrechaba la mano.

Manolo, un paso detrás, con los brazos cruzados, observaba la escena como se observa una venta bien cerrada.

Hablaban de «prueba», de «abril», de «las instalaciones del club».

Nerea asentía a cada frase con la cabeza.

Me acerqué. Esperé.

El ojeador se fue. Manolo se quedó un momento más, le dijo algo al oído, y ella cerró los ojos. Después él giró sobre sus talones y bajó los tres escalones hacia la calle sin mirar atrás.

Nerea se quedó sola.

—Nerea.

No respondió.

—Nerea, por favor. Estoy aquí.

—Lo sé.

—Quiero hablar contigo.

—Ahora no.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Has aceptado la prueba?

Silencio.

—¿La has aceptado?

—He dicho que lo pensaría. —Se giró hacia mí, y fue como mirar un lago helado: ni una arruga—. Tengo que irme. Me esperan mis tíos. Tengo que... cenar con ellos. Mi padre ha venido con mis tíos de Bilbao.

—Nerea, no tienes que ir.

—Sí tengo.

—No tienes que hacerlo sola.

—Es mi familia.

—Es un hombre que te ha dicho que dependes de mí igual que tu madre dependía de los demás.

Me miró. Dolió. Fue una mirada tan desnuda y tan rota que, por un segundo, me dieron ganas de rodearla con los dos brazos y no soltarla en toda la noche.

—Lo sé —susurró.

—Entonces...

—No lo cuentes, Carlota. No hace falta que lo cuentes. —Volvió a mirar a la calle—. Esta noche necesito pensar.

—¿Sola?

—Sola.

—Nerea.

—Sola, por favor.

Era una palabra pequeña. Una de las más pequeñas que existen. Y yo, que he pasado la vida llenando silencios con frases, no supe qué decir. Me quedé de pie, con las manos abiertas a los costados, mirándola.

Ella dudó un segundo. Luego levantó una mano y, con las yemas de los dedos, me tocó la mejilla.

Rápido, muy rápido, como quien comprueba la temperatura de algo que teme quemarse.

Después bajó los escalones. Sus botas pesadas resonaron sobre la piedra.

Se perdió por la calle de la Judería, entre farolas y niebla, sin mirar atrás.

Me quedé en la puerta del pabellón, mientras los últimos espectadores salían alrededor, charlando, felices, ajenos.

—¿Lota?

Era Bea. Se había puesto a mi lado sin hacer ruido. Me apretó la mano.

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé —dije, y se me quebró la voz—. Creo que hemos ganado y hemos perdido a la vez.

* * *

Esa noche, en mi piso, me senté en el suelo del salón con la espalda contra la puerta y el móvil en el regazo.

Escribí: Estoy aquí. Cuando quieras.

Lo borré. Era demasiado.

Escribí: No hace falta que contestes.

Lo borré. Era mentira.

Escribí: Si necesitas pensar, piensa. Pero te quiero. Y no voy a irme a ningún sitio.

Lo leí diez veces. Lo envié.

Dos checks. Después, azules.

Ninguna respuesta.

Abrí la nota secreta. Allí estaban mis quince líneas, apiladas como los ladrillos de una casa que había empezado a construir sin darme cuenta. Debajo de la última, tecleé despacio:

16. Hoy he plantado cara a un hombre que no era mío. Y ella me ha dicho «no era tu pelea». Quizá tenga razón. Pero no pienso pedirle perdón por haberla defendido.

Lo leí. Añadí una línea más:

Quédate. Aunque ahora sea yo quien lo pide.

Dejé el móvil a un lado y apoyé la cabeza en las rodillas. La habitación estaba tranquila. Fuera, en la muralla, una luz anaranjada barría las piedras. Eran las once y cuarto.

Y a las once y veinte, mientras empezaba a pensar que no iba a pasar nada, que el silencio me ganaría esa noche, sonaron dos golpes suaves en la puerta.

Me quedé inmóvil.

Volvieron a sonar. Con los nudillos. Despacio. Tres veces.

Me levanté. Mi corazón, absurdo, saltó al techo de mi pecho y no había manera de bajarlo. Puse la mano en el pomo. Respiré hondo.

Abrí.