Capítulo 20
CARLOTA
Me desperté con un pie ajeno entre los míos y la certeza de que alguien me estaba mirando.
No abrí los ojos enseguida. Hay mañanas que conviene recibir despacio, como un regalo con demasiado lazo.
Notaba una cama estrecha, una manta áspera, un colchón que olía a jabón de lavanda y a papel viejo.
Notaba un brazo sobre mi cintura. Y notaba, sobre todo, la respiración de Nerea en mi frente, muy despierta y muy quieta, como la de quien lleva un rato conteniéndola.
—Estás contando —murmuré, sin abrir los ojos.
—No cuento.
—Cuentas mis pestañas.
—Vas por cuarenta y una.
—¿Y cuántas me faltan?
—Treinta y nueve, aproximadamente.
—Qué desperdicio de madrugada.
—Son las siete y diez. Es tardísimo.
Abrí un ojo. Después el otro.
Estaba tumbada de lado, con el pelo suelto sobre la almohada, sin kohl, sin moño y sin armadura.
Llevaba la camiseta gris más vieja del mundo y una expresión que no le había visto nunca: la de alguien que ha despertado en un sitio y no tiene ninguna prisa por irse.
Detrás de ella, en la pared, colgaba un corcho lleno de tablas de datos, un póster de Sue Bird y una foto pequeña de una mujer de manos grandes con una bata blanca.
Itziar. Tenía los ojos de Nerea.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
—He dormido nueve horas.
—Lo sé. Roncas un poquito.
—No ronco.
—Haces un ruido como de gato que se ha tragado un reloj.
—Eso es mentira.
—Es una descripción objetiva.
—Valdés.
—Dime, Ney.
Me besó. Corto, en la comisura, con los labios todavía calientes de sueño. Luego otro, más largo, y mi mano subió sola hasta su nuca para quedarse allí. Cuando nos separamos, las dos teníamos la sonrisa de dos niñas que han hecho una trastada y no han sido castigadas.
—Nos hemos besado en una cama —dije.
—Y con luz.
—Y sin Tanque.
—Dios mío, es el mejor día de mi vida.
—Tienes partido.
—Es el mejor día de mi vida con partido.
Nos reímos bajito. Fuera, un camión de la basura vaciaba un contenedor con un estruendo de cristales. Nerea apoyó la frente en mi hombro y se quedó así, respirando.
—Tengo miedo —dijo en mi clavícula.
—¿De él?
—De mí.
—¿Por?
—Porque hoy tengo que jugar con alguien mirándome desde la grada que lleva diez años anotando lo que hago mal. Y quiero hacerlo bien. Pero no sé ya para quién.
Le acaricié la espalda con la palma abierta.
—Juega para ti.
—No sé cómo.
—Juega para mí, entonces. Para empezar. Y ya iremos afinando.
—Qué plan tan irresponsable.
—Me lo han dicho.
Levantó la cabeza y me miró con esos ojos grises que ya no me parecían fríos nunca.
—Gracias por quedarte.
—No me he ido todavía.
—Pues eso.
Y el móvil de Nerea vibró en la mesilla con un mensaje de Nuria que decía, sin más: Espero que hayáis dormido. Si no, también. Besos a las dos. Estoy en Éibar, no vuelvo hasta mañana. Ya lo he apuntado.
* * *
El pabellón Antonio Cuesta, con mil quinientas personas, es una criatura con pulmones.
Lo noté en cuanto salimos al calentamiento.
Las gradas estaban hasta arriba, y el aire olía a bocadillos, a lana mojada y a esperanza.
La banda de metales de Música tocaba una versión de algo con acento de marcha.
En la primera fila, los jubilados de la peña habían desplegado una pancarta nueva, de tela: CIGÜEÑAS, QUE NO SE ENFRÍE EL RAMÓN.
Paqui, con el abrigo rojo, repartía papelitos de quiniela entre el público.
Y en una esquina, a la altura del banquillo visitante, un niño disfrazado de cigüeña gigante, con un pico de cartón, saludaba a todo el mundo con una timidez conmovedora.
—¿Ese es Pepe? —le pregunté a Inés.
—Eso es un niño con un disfraz.
—¿Y Pepe?
—Pepe es el misterio.
—¿Y el niño?
—Pepe también desde hoy, sospecho.
Lo busqué. No tardé en verlos.
Estaban en la tercera fila, cerca del centro.
Un hombre y otro hombre. El primero, de gabardina beige y carpeta bajo el brazo, con las gafas en la punta de la nariz y una libreta abierta sobre la rodilla: el ojeador.
Tenía la expresión neutra de quien ha visto mil partidos y solo quiere ver uno bien. El segundo no necesitaba presentación.
Manolo Salgado.
No es alto. Es lo primero que me sorprendió.
Imaginaba un hombre enorme, de hombros de armario, y lo que encontré fue a alguien de estatura media, delgado, con una cabeza cuadrada y el pelo gris al cepillo.
Llevaba un chándal azul marino con el escudo del Barakaldo Club cosido en el pecho, aunque hacía doce años que no entrenaba allí.
Estaba sentado muy recto, con las manos sobre las rodillas, el rostro duro y la mirada fija en la pista.
Sin sonreír. Sin saludar. Con la inmovilidad de quien está esperando un veredicto.
Tenía los ojos de Nerea. Eso fue lo que me dejó helada. Los mismos ojos grises, la misma forma de fijarse. Solo que en él eran un cuchillo, y en ella, no sé cómo, una ventana.
Nerea llegó a mi lado con el balón en la mano. No lo miró. Ni una sola vez. Pero la vi apretar la mandíbula, la vi contar mentalmente hasta cinco.
—Aquí estoy —le dije muy bajito, sin girarme.
—Lo sé.
—Cuarenta pases.
—Lo sé.
—¿Lista?
—No.
—Perfecto —dije—. Yo tampoco.
Y le toqué el codo con el mío, un golpe pequeño y rápido, de los que nadie ve.
* * *
La primera parte fue lo más bonito que he jugado en mi vida.
No exagero. Es una de esas cosas que se recuerdan con claridad musical.
Desde el salto inicial, Nerea y yo nos entendimos como se entienden dos manos al tocar el piano.
Yo subía el balón y sabía, sin mirar, que ella estaba medio paso a la izquierda.
Ella cortaba y yo ya había soltado el pase.
Había un hilo invisible entre las dos, una cuerda tensa y viva, que me tiraba del cuerpo hacia donde ella iba a estar.
Minuto cuatro: pase cruzado, triple de Nerea.
Minuto siete: ella me devuelve un balón por la espalda, sin mirar. Dos puntos.
Minuto once: cortina de Inés, mi tiro, rebote de Nerea, canasta de Bea. La grada, en pie.
Burgos era un equipo duro, de rotaciones largas, con una pívot de dos metros que juntaba las manos como si fueran un candado.
Pero no podían con nosotras. Íbamos sacándoles ventaja de poco en poco, con una paciencia casi cruel.
A cada jugada, mi cuerpo gritaba una sola cosa: esto, esto, esto es lo que Lola quería.
Y cuando cruzábamos la mirada, entre una acción y otra, Nerea tenía los ojos chispeantes de una felicidad que ni intentaba disimular.
Nueve asistencias suyas. Siete mías. A dos minutos del descanso íbamos 38-27.
Ella llevaba doce puntos.
Doce. Pocos para su media. Muchos, en realidad, para una escolta que estaba dedicándose a hacer jugar al resto. Y yo lo celebraba por dentro con una ternura que me hacía escocer los ojos.
Al sonar la bocina del descanso, la grada rugió. Lola, en la banda, nos recibió con una mirada de lado y una palabra: «Así».
Y entonces vi a Manolo levantarse.
* * *
El pasillo que lleva a los vestuarios es estrecho, de paredes encaladas, con una hilera de fotos de promociones que cuelgan torcidas. Don Ceferino lo trapea tres veces al día y siempre huele a lejía y a mandarinas.
Salí del vestuario a por una botella de agua. Lola daba instrucciones adentro, con la pizarra, y yo había alegado sed para escaparme un minuto y recobrar el aire. Estaba doblando la esquina cuando oí la voz.
—Doce puntos.
Era una voz grave, plana, como de baraja. No gritaba. Eso era lo peor.
—Doce, Nerea. Y nueve pases.
Me detuve. Asomé la cabeza.
Nerea estaba de espaldas a mí, apoyada contra la pared de las fotos, con la camiseta empapada y la botella de agua en la mano. Delante de ella, a medio metro, con el chándal del club y las manos cruzadas a la espalda, Manolo Salgado la miraba desde su metro setenta y cinco con una paciencia fría.
—Papá, estamos ganando de once.
—Estáis ganando de once porque la otra juega fatal. Eso no es mérito tuyo. Mérito tuyo son los puntos.
—Hay que pasar para...
—Hay que meter. —No levantó la voz—. Yo no he venido hasta aquí a ver cómo repartes caramelos. El hombre de Zaragoza no ha pagado la gasolina para apuntar asistencias. Quiere ver a la que va a hacer una diferencia. Y ahora mismo, la diferencia que veo es la de una chica que se ha dejado ablandar.
—No me he ablandado.
—Has dejado de tirar.
—He dejado de tirar mal.
—Has dejado de tirar. —Dio un paso—. ¿Quién es esa? ¿La rubia de la coleta?
El estómago se me encogió.
—Es mi compañera.
—Es una niña bien de Madrid con un tobillo de cristal que te quita el balón con una sonrisa. Me ha dicho el tío que has estado «muy conectada». ¿Sabes lo que eso significa en el lenguaje de la gente que paga? Que no tienes carácter. Que dependes.
—Papá...
—Que dependes de otra, Nerea. —Esta vez sí bajó la voz, más, hasta un susurro seco y terrible—. Igual que tu madre dependía de los demás para todo. Y mira cómo acabó.
Se hizo un silencio total.
No oí nada. Ni el murmullo de la grada, ni los pasos de Don Ceferino, ni el eco de mi propia sangre.
Solo vi la espalda de Nerea: cómo se ponía recta de golpe, como si le hubieran clavado una vara; cómo la botella de agua se le resbalaba un centímetro entre los dedos; cómo los hombros, que hacía unas horas se aflojaban sobre mi pecho, subían hasta las orejas.
Y no dijo nada.
Esa fue la parte que me rompió. No dijo no te permito, ni cállate, ni no te atrevas. Se quedó callada, con la cabeza ligeramente baja, la misma niña de trece años en una cama de hospital esperando a que le preguntaran por qué no había llamado.
Yo ya estaba andando.
No decidí hacerlo. Mis piernas se movieron antes. Doblé la esquina y atravesé el pasillo hasta quedar al lado de Nerea, entre ella y él, con la botella de agua apretada en el puño y una voz que no sabía que tenía.
—Retire eso.
Manolo me miró. Despacio, de arriba abajo, sin sorpresa.
—¿Perdón?
—Que retire lo que acaba de decir sobre su mujer.
—Esta es una conversación privada.
—Pues haberla tenido en privado.
—Carlota —dijo Nerea, muy bajo.
—No. —No me giré—. No, Nerea.