MARCAJE PERSONAL Capítulo 19
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Capítulo 19

NEREA

Tengo una teoría sobre la valentía: no se decide, se acumula. Como el agua en una presa. Un día alguien abre una compuerta que ni sabías que existía y te pilla con las botas puestas.

Mi presa llevaba acumulando desde octubre. Y la compuerta se llamaba «pronto».

* * *

El lunes a las seis menos diez de la mañana, el pabellón Antonio Cuesta era una cueva helada, apenas iluminada por las luces de emergencia.

Lola había mandado encender solo la mitad, «para ahorrar y para que sufráis con ambiente».

Yo llegué primera. Carlota llegó segunda, con el anorak mostaza, la tobillera ya sin rigidez y dos vasos de cartón.

—Avena con canela —dijo.

—Gracias.

—Es un dato.

—No lo es.

—Lo sé. Quería ver si seguía funcionando la broma.

—Funciona.

Nos sonreímos como dos idiotas en mitad de una pista vacía. Lola apareció a las seis en punto, con una gorra de lana, un cronómetro y la cara de quien ha dormido poco por gusto.

—Veintidós de noviembre, Burgos. Un ojeador, el padre de Salgado y un pabellón lleno. —Nos señaló con el rotulador—. Vosotras sois lo único que no quiero que falle. Así que durante cinco mañanas vais a hacer lo único que no hacéis nunca: nada espectacular. Pases. Bloqueos. Rotaciones. Aburrimiento.

—Entrenadora —dije—, ¿puedo preguntar si...?

—No.

—Todavía no he...

—Si es sobre tu padre, no. Si es sobre ella, tampoco. —Se giró, con la comisura haciendo su pez—. Si es sobre el balón, adelante.

—Es sobre el balón.

—Mentirosa. Empezad.

* * *

Fueron cinco días de aburrimiento sublime.

Pases de pecho. Pases picados. Cortinas, desmarques, lecturas.

Veinte repeticiones del mismo movimiento hasta que el cuerpo lo hacía solo y la cabeza quedaba libre para pensar en lo que no debía.

Carlota y yo ya no necesitábamos mirarnos para saber dónde estaba la otra.

Era una cosa física, un sonar. Yo sentía su posición en la nuca, en el hombro, en el costado, como se siente una corriente de aire.

Y entre medias, el tema que no tocábamos. Su dedo sobre mis labios. Mi dedo sobre los suyos. «Pronto».

Había decidido que sería el viernes. La víspera. Luego que no, que era mala idea, antes de un partido así. Luego que sí, que precisamente por eso. Luego que el miércoles. Pasé tres noches con una tabla de probabilidades que no llegaba a ningún sitio.

—Estás insoportable —dijo Nuria el jueves, sentada en mi cama con las piernas cruzadas—. Y eso que ya me caías bien.

—No me pasa nada.

—Llevas cuarenta minutos ordenando el cuaderno de estadísticas por colores.

—Es un método.

—Es una crisis. —Me quitó el cuaderno de las manos con delicadeza—. Ney, escúchame. Te lo digo desde el cariño. No hay momento perfecto. Si esperas al sitio ideal, la luz ideal y el estado de ánimo ideal, te vas a morir sin besos.

—Eso no existe.

—Lo acabo de inventar. —Me puso las manos en los hombros—. Dime una cosa. ¿Tú qué quieres?

—Besarla.

—¿Y qué te lo impide?

—Que luego hay que seguir.

—¿Seguir qué?

—Todo. Quedarme. Que se quede. —Me tembló la voz—. Que se acabe, como se acaba todo.

Nuria me miró un largo rato. No hizo ninguna broma. Con las gafas en lo alto del pelo, parecía mayor de lo que es.

—Tu madre se fue —dijo—. Y tu padre es lo que es. Lo entiendo. Pero Carlota no es ninguno de los dos.

—Lo sé.

—Entonces deja de mirarla como si lo fuera.

Me quedé sin respuesta. Nuria me abrazó, torpe, con todos los codos, como quien abraza un cactus querido.

—Y por cierto —dijo en mi hombro—, el puente romano a las ocho de la tarde tiene unas vistas increíbles. Lo digo por decir.

* * *

Aquella tarde de viernes, la víspera, Lola nos soltó pronto.

—Descansad. Dormid. Comed carbohidratos y no penséis. —Nos despidió con una palmada seca—. Mañana quiero ver a un equipo, no a doce solistas.

Salí del pabellón con la bolsa al hombro.

Me quedé un rato en la puerta, sola, viendo cómo anochecía sobre la muralla.

El aire olía a leña y a frío limpio. En el bolsillo de la chaqueta, junto a la nota de Carlota, llevaba otra cosa: un papel doblado en cuatro, escrito dos noches antes, que no sabía si entregar.

Mi móvil vibró.

Lota: Estoy en el puente romano. Vengo a pensar. Si quieres compañía, aquí hay un banco, un río y una chica que no va a hacer nada. Es una promesa.

Lo leí tres veces.

Escribí: Voy.

Lo borré. Escribí: Salgo ahora.

Lo borré. Al final no escribí nada. Simplemente eché a andar.

* * *

El puente romano de Vallebrava tiene once arcos, setecientos años de piedra desgastada y una tradición según la cual quien cruza de noche pide un deseo. Lo iluminan con focos bajos y amarillos que dibujan sombras largas, y el río Valdeluz pasa debajo, negro y ancho, sin una arruga.

Carlota estaba en el tercer arco, sentada en el pretil de piedra con las piernas colgando hacia fuera y las manos metidas en las mangas. Llevaba la sudadera gris. La de su abuelo. Cuando me vio llegar, no se levantó. Sonrió despacio y dio una palmada en la piedra, a su lado.

Me senté.

El río murmuraba abajo. Tenía las mejillas coloradas del frío. Estaba preciosa de una manera que daba rabia.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Prometo no hacer nada.

—Lo sé.

—Estoy cumpliendo.

—Lo noto. Estás cumpliendo mucho.

—Con las manos escondidas, mira.

Se las sacó de las mangas, las enseñó abiertas, y volvió a esconderlas. Me reí. Ella también. Se oyó a lo lejos una campana, y las ocho se repartieron por el valle una a una.

—Te debo una historia —dije.

—No me debes nada.

—Te debo lo de mi madre.

Se quedó callada. No empujó, no sugirió, no llenó el silencio con una frase salvavidas, que es lo que más agradezco de ella y lo que menos sabe que hace.

—Se llamaba Itziar —dije—. Era enfermera. Trabajaba en Cruces. Tenía las manos más calientes que he conocido. Cuando yo tenía nueve años le diagnosticaron un cáncer de ovario, y duró catorce meses.

—Nerea...

—Déjame acabar. —Sonreí sin fuerza—. Si no, no acabo.

—Vale.

—Mi padre dejó de entrenar al año siguiente. Se encerró. Dejó de hablar. Hasta que un día volvió al club, con el chándal, y empezó a entrenarme a mí. De forma obsesiva. Todas las tardes. Y yo entendí que era su manera de no estar solo. Que el baloncesto era el único idioma que le quedaba.

El agua pasaba, lenta.

—No le guardo rencor por lo que me hizo —dije—. Le guardo rencor por lo que no hizo. Que nunca me dijo «te echo de menos, mamá». Ni «qué pena». Ni «ven, abrázame». Solo «¿cuántos?».

—Y tú no sabías pedirle nada.

—Y yo aprendí que querer a alguien es estar disponible para sus necesidades. Y que mis necesidades eran un estorbo.

Carlota sacó una mano de la manga. Despacio. La apoyó sobre el pretil, entre las dos, con la palma hacia arriba. Una pausa. Una invitación sin presión.

Puse la mía encima.

—Tengo miedo de que me pase lo que le pasó a ella —susurré—. Que alguien a quien quiero se vaya sin que yo pueda hacer nada. Y por eso me adelanto. Me voy yo antes. Es más fácil irse que que te dejen.

—Lo sé.

—Y llevo semanas intentando irme. Y no puedo.

—Qué problema.

—Qué problema tan grave —dije, y se me rompió la voz con una risa mojada.

Entonces saqué el papel doblado del bolsillo.

—Esto es para ti. Lo escribí el miércoles. No lo leas ahora.

—Lo voy a leer ahora.

—Preferiría que no.

—Pues lo voy a leer ahora.

Lo abrió con cuidado, bajo la luz amarilla del foco. Era una hoja de cuaderno, con mi letra pequeña y recta. Arriba, en mayúsculas: DATOS.

1. Dato: tienes una pestaña en la mejilla izquierda que se te cae cada martes. Me la quito con el pulgar en mi cabeza desde octubre.

2. Dato: esperaste. Eso nadie lo ha hecho nunca.

3. Dato: duermo mejor a tu lado que en toda mi vida.

4. Dato: me da miedo. Lo he dicho. Sigue dándome miedo. Voy a hacerlo igual.

5. Dato: estoy enamorada de ti. (Sin unidad de medida. Sin margen de error.)

Carlota dejó de respirar.

Vi cómo los ojos le recorrían el papel una vez, otra, y cómo se le llenaban de agua sin que ni una lágrima cayera, de pura obstinación. Cuando por fin levantó la vista, tenía la cara desnuda, con una luz nueva.

—Nerea —murmuró.

—Dime.

—Es la declaración más bonita que me han hecho.

—No es bonita. Es exacta.

—Es exacta y bonita.

—No...

Dejé de discutir. Porque en ese instante comprendí que la presa se había abierto y que no tenía ninguna intención de cerrarla.

Me giré en el pretil, de lado, rodilla contra rodilla. Le puse las dos manos en la cara. Estaban frías, y ella soltó un suspiro bajito al notarlas, un suspiro de alivio. Sus ojos, castaños con motas verdes, tan abiertos, con el foco amarillo temblando en las pupilas.

—Sin tabiques —dije.

—Sin tabiques.

—Con luz.

—Mucha luz.

—Sin nadie en cien metros.

—Nerea. —Se le escapó una risa con el aliento entrecortado—. Hay un perro en la otra orilla.

—Los perros no cuentan.

—Qué alivio.

Y la besé.

No fue un beso elegante, ni calculado. Fue torpe y cierto.

Mis labios encontraron los suyos con un golpe pequeño, casi de nariz, y los dos nos quedamos quietos un segundo, como si el mundo necesitara reiniciarse.

Entonces ella abrió la boca, despacio, y el beso cambió.

Se volvió cálido. Profundo. Sabía a avena y a canela y a algo suyo que no tiene nombre, una dulzura sin azúcar, como el recuerdo de una casa.

Sus manos salieron por fin de las mangas.

Una subió a mi nuca y se enredó en el moño; la otra me agarró la chaqueta de cuero y tiró hacia ella, con una fuerza que no esperaba.

Me sentí hundirme en algo suave y enorme, la primera vez en mi vida que no necesitaba saber a cuántos centímetros estaba el suelo.

Noté su sonrisa contra mi boca. Noté la mía.

Nos separamos un milímetro para respirar. Después volvimos. Otra vez. Y otra. Besos cortos, largos, profundos, tiernos, hasta que perdí la cuenta, que es el mayor acto de fe que he hecho en mi vida.

—Pronto —susurró contra mis labios.

—Pronto —dije.

—Esto no ha sido pronto. Han sido cincuenta días.

—Los has contado.

—Los he contado yo, sí. —Me mordió el labio con una dulzura criminal—. Ahora ya puedes dejar de hacerlo tú.

* * *

No sé cuánto tiempo estuvimos en el puente.

Lo bastante para que el frío se me metiera por el cuello sin que lo notara.

Lo bastante para que apareciera, a lo lejos, un hombre con un perro y se quedara mirándonos con una sonrisa de bendición.

Lo bastante para que me temblaran los labios, de tanto y tan nuevo.

Cuando por fin me separé, apoyé la frente en la suya. Respirábamos como corredoras tras una final.

—Mañana —dije— tengo un partido.

—Lo sé.

—Con mi padre en la grada.

—Lo sé.

—Y un ojeador.

—Y yo.

—Y tú.

—Yo en la pista, a tu lado. —Me acarició la mejilla con el pulgar—. Voy a pasarte el balón cuarenta veces. Y tú vas a metérmelo, o a metérselo al mundo, como te dé la gana. Pero no vas a estar sola.

—No sé si podré.

—Podrás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estaré.

La miré largo rato. Y entonces dije algo que no estaba en ninguna tabla.

—Quédate esta noche.

Se le abrieron los ojos.

—¿Cómo?

—En mi casa. No para... —Me atropellé—. Para dormir. Solo dormir. Quiero despertarme y que estés. La víspera. Y que mañana sea... distinto.

—Nuria.

—Nuria no está. Se va a casa de su hermana. Lo planeó hace dos días y no me avisó. —Hice una mueca—. Creo que todo esto lo planeó ella.

—Tiene el puente romano y la casa libre.

—Es una estratega.

—Es una santa. —Se rio, y me besó otra vez, rápido, en la comisura—. Voy a por mi bolsa.

—Y yo a por... —Me detuve.

—¿A por qué?

—A por un pijama que no sea el de los calcetines.

—El de los calcetines me gusta.

—Es lo que había.

—Es precioso y gris.

Nos levantamos del pretil. Caminamos por el puente cogidas de la mano, a la vista del perro, del hombre y de los once arcos, sin soltarnos ni siquiera cuando un grupo de estudiantes pasó cantando. Uno de ellos silbó. Carlota le sacó la lengua.

Y en el tercer arco, antes de bajar, me detuve a mirar el río.

—¿Pediste un deseo? —preguntó.

—Sí.

—¿Cuál?

—No pienso decírtelo.

—Es táctica.

—Es táctica.

No lo dije en voz alta, pero el deseo era sencillo. Era una sola palabra, y la había pedido tres veces seguidas, con el corazón en la boca.

Quédate.