MARCAJE PERSONAL Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Mecánica de escolta —dijo—. Perfecta. Y sin ningún miedo mientras no hay nadie mirando.

—Fermín...

—No te lo digo para herirte. Te lo digo porque lo veo. —Se apoyó en el bastón—. Yo entrené a mil chicas. A mil. Las mejores no eran las que más puntos metían. Eran las que, cuando tenían el balón, se acordaban de quién tenían al lado.

Nerea se quedó callada. Sus ojos grises, brillantes, buscaron los míos un momento y se apartaron.

—Mi nieta pasa mejor que tú —prosiguió, sin piedad—. Y tú tiras mejor que ella. Si tuvierais un hijo, sería Michael Jordan.

—¡Abuelo!

—Es una metáfora deportiva.

—¡Es una metáfora muy deportiva!

Nerea, a mi lado, se había puesto del color de una remolacha. Mi abuelo la miró con una dulzura inesperada y le tocó el brazo con dos dedos.

—No tengas prisa, hija. Las buenas cosas se hacen lentas. Mi mujer tardó seis años en decirme que sí. Yo sabía esperar.

—¿Y lo mereció?

—Cada día. —Su voz se quebró un instante—. Hasta el último.

Se hizo un silencio. Una brisa fría movió las ramas de los naranjos de mentira. Nerea le puso la mano sobre la suya. No dijo nada. Se quedaron así un rato, el hombre de noventa años y la chica de veintiuno, y yo tuve que mirar hacia otro lado para que no me vieran los ojos.

* * *

Me pidió que lo acompañara a su habitación, a buscar «una cosa». Nerea se quedó en la sala de juegos con Maribel, hablando de recetas.

Su cuarto era pequeño y luminoso. Tenía una cama estrecha, un sillón, una estantería con carpetas azules de jugadas y, colgada en la pared, una fotografía enmarcada en blanco y negro: una niña de unos once años, con trenzas y una camiseta demasiado grande, sosteniendo un balón con las dos manos y una sonrisa descarada.

—¿Quién es? —pregunté.

—Tu madre.

Me quedé de piedra.

—¿Mamá?

—Margarita. Con once años. En el patio del Colegio de la Salle. —Fermín tomó el cuadro y lo apoyó en su regazo—. Era la mejor base que he entrenado en mi vida. Mejor que tú. Mejor que cualquiera de las que has visto.

—Mamá no juega al baloncesto.

—Dejó de jugar a los diecisiete. —La voz de mi abuelo, siempre vivaz, perdió de pronto toda su música—.

Un entrenador de la selección regional le ofreció un puesto en una academia.

En Madrid. Con diecisiete años, Lota. Yo era su padre y su entrenador, y tenía miedo.

Miedo de que no tuviera un título, un trabajo, un colchón.

Le dije que el baloncesto era un paréntesis muy bonito. Que lo importante era estudiar Derecho.

El corazón se me paró.

Un paréntesis muy bonito. Pero es un paréntesis.

—Me dijo que sí. —Fermín cerró los ojos—.

Me hizo caso. Siempre me ha hecho caso. Y no ha vuelto a tocar un balón desde entonces.

Ni una vez. Se hizo abogada de las buenas, rica, respetada, y cada vez que le dibujé un balón en una sudadera para que le diera suerte, me miraba con una cara que no he sabido leer hasta que tú me la has devuelto.

—Abuelo...

—Quiero que lo sepas. —Me tomó las manos. Eran frías y pequeñas, cubiertas de manchas, con los dedos curvados por la edad—. Tu madre no te empuja al máster porque no te quiera. Te empuja porque cree que es lo que hay que hacer. Porque se lo dije yo. Y se arrepiente tanto que no sabe cómo decirlo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—No sé qué hacer con eso.

—Nada, de momento. Solo guardarlo. Y tener claro que, cuando hables con ella, no estás hablando con una enemiga.

Estás hablando con una chica de diecisiete años con trenzas que dijo que sí cuando debía haber dicho que no.

—Me apretó los dedos—. No repitas el error de mi hija. Ni el mío. Elige tú. Y elige bien.

—¿Y si me equivoco?

—Te equivocarás.

—¡Abuelo!

—Es lo que hay. —Se rio, con una carcajada que le arrugó toda la cara—. Pero te equivocarás tú. Es la única forma de que valga la pena.

* * *

El camino de vuelta lo hicimos al atardecer.

La luz de noviembre en la meseta es un oro bajo y lento, que pinta los rastrojos de naranja y alarga las sombras de los álamos hasta el horizonte.

Nerea había puesto el último disco de The Cure por segunda vez, y yo no se lo había discutido.

Íbamos en silencio desde Tordesillas, ella con la cabeza apoyada en el cristal y yo con las manos en el volante, intentando no pensar demasiado en una niña de trenzas que había dicho «sí».

—Para el coche —dijo de pronto.

—¿Qué?

—Para. Aquí.

Había un área de descanso junto a un mirador sobre el río, con dos bancos de piedra, un cubo de basura y una vista infinita. Aparqué. Apagué el motor. El silencio cayó sobre nosotras como una manta.

Nerea bajó. Yo la seguí. Nos quedamos apoyadas en la barandilla de hierro oxidado, con el viento en el pelo, viendo cómo el sol se hundía en una línea de nubes rojas sobre el Duero.

—Lota.

—Dime.

—Me gusta tu abuelo.

—Le gustas tú.

—Me dijo una cosa mientras tú salías.

—¿Qué?

—Que no tenga prisa. Que las buenas cosas se hacen lentas.

Sonreí.

—Es su frase favorita.

—Es una frase muy tonta.

—Lo sé.

—Pero tiene razón. —Se giró hacia mí, con la espalda contra la barandilla y los brazos cruzados—.

Llevo semanas con miedo. A las camas blandas.

A las personas que se quedan. A los descansos.

Pero hoy, en ese patio, con un calcetín de lana en la mano, he pensado que quizá no tengo miedo de ti.

Tengo miedo de lo que me pasa cuando estoy contigo. Que es distinto.

—¿Y qué te pasa?

—Que me río. Que duermo. Que no cuento. —Tragó saliva—. Que quiero hacer cosas con las manos que no sé hacer.

—¿Qué cosas?

—Besarte, por ejemplo.

Contuve el aire. El viento me agitaba la bufanda. En el cielo, el rojo se estaba volviendo violeta.

—Eso lo hablamos en León.

—Y quedamos en que primero te contaba lo de mi padre.

—Y me lo contaste.

—Falta lo de mi madre.

—No es un peaje, Nerea.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo bien. —Se mordió el labio—. Y quiero que sea con luz. Sin tabiques. Sin Tanque. Sin carritos. Quiero poder verte la cara.

—Ahora hay luz.

—Hay luz de atardecer.

—Es una luz estupenda.

—Es una luz que se va a acabar en diez minutos.

Se me escapó una risa. Y entonces, sin pensarlo, hice lo único que se me ocurrió: me puse frente a ella, con las manos en los bolsillos y los pies bien plantados, y dije con toda la seriedad de que fui capaz:

—Vale. Te propongo un trato.

—Dime.

—Yo no voy a besarte.

Nerea parpadeó.

—¿Qué?

—No. No voy a besarte. Ni yo, ni mis manos, ni mis labios, ni ninguna parte de mí.

Me voy a portar como una señora. —Levanté la barbilla—.

Esperaré. Tantos días como haga falta. Y cuando tú quieras, cuando estés lista, cuando la luz sea buena y el sitio sea bueno y no haya nadie en cien metros a la redonda, me besas tú.

Y yo... —respiré—, yo estaré ahí. Con las manos quietas.

Nerea se quedó mirándome, boquiabierta.

—¿Y si tardo?

—Esperaré.

—¿Y si me da cobardía?

—Esperaré igual.

—¿Y si no llego a decidirme?

—Entonces te besaré yo de todos modos a los noventa años, en una residencia, con un bastón. —Sonreí—. Pero preferiría que fuera antes.

Una carcajada franca le subió por la garganta. Se llevó las manos a la cara y se rio con todo el cuerpo, doblada sobre la barandilla, y el sonido se perdió en el valle.

—Eres imposible.

—Lo sé.

—Eres la persona más imposible que he conocido.

—Me lo dicen mucho.

—No era un cumplido.

—Lo guardo igual —dije.

Y entonces Nerea dio un paso. Un paso solo.

Y se quedó a diez centímetros de mí, con el pelo revuelto por el viento y los ojos muy abiertos, grises, casi plateados bajo el último reflejo del sol.

Levantó la mano derecha, despacio, y me puso un dedo en la boca.

Un solo dedo, sobre mis labios. Sin presión. Como quien sella una promesa.

—Pronto —dijo.

Fue una palabra pequeña, y me hizo temblar las rodillas.

—¿Pronto cuándo?

—Pronto —repitió, con una sonrisa que era la tercera, la traviesa, la que yo le había visto pocas veces—. No pienso decírtelo. Es táctica.

—Eres cruel.

—Soy una persona organizada.

Me besó el dedo. No. Se besó el dedo ella, el suyo, y me lo puso otra vez en los labios, un beso de segunda mano que me dejó sin habla. Después dio media vuelta y se metió en el coche como si nada, abrochándose el cinturón con una calma de manual.

Me quedé de pie en el mirador, con el corazón hecho un revoltijo y el viento en la cara, sin poder moverme.

—¡Lota! —gritó por la ventanilla—. ¡Que se va la luz!

* * *

El móvil vibró en la puerta de mi casa. Eran las diez de la noche. Nerea acababa de bajar en la suya, no sin antes dedicarme una mirada larga desde la acera, y yo había subido los seis tramos de escalera con una sonrisa que no sabía cómo apagar.

MAMÁ: Hija, acuérdate de que la matrícula de las oposiciones cierra el 30. Papá y yo estamos pensando en ir a verte el fin de semana de Navidad. Te quiero.

Miré la pantalla. Después, lentamente, la imagen de una niña de once años con trenzas y un balón en las manos.

Escribí: Yo también te quiero, mamá.

Y añadí, antes de poder arrepentirme:

Tengo que contarte una cosa cuando vengas. Es buena. Creo.

Pulsé enviar. Contuve el aliento. La respuesta tardó seis minutos.

MAMÁ: Claro, cariño. Aquí estoy.

Me quedé sentada en el suelo del salón, con la espalda contra la puerta, y por primera vez me di cuenta de que mi madre y yo llevábamos años contándonos todo menos lo importante.

Abrí la nota secreta. Ahí estaban las catorce líneas. Bajo la última, con los dedos todavía temblorosos, tecleé:

15. Mi madre jugó. Mi abuelo lo sabe desde hace treinta años. Yo lo he sabido esta tarde. Y Ney ha dicho «pronto», con un dedo en mi boca. No sé cuál de las dos cosas me ha dejado peor.

Lo leí. Añadí:

Estoy preparada para las dos.

Y lo dejé así, con las luces apagadas y el olor de The Cure aún en el pelo.