MARCAJE PERSONAL Capítulo 18
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Capítulo 18

CARLOTA

Hay una norma que Bea aplica con rigor científico: cuando una amiga vuelve de un viaje con cara de haber ganado la lotería, se la interroga con comida.

Me esperaba en mi rellano el sábado por la tarde, sentada en el último escalón con una bolsa de la churrería de la calle de la Judería, dos cafés y una expresión de fiscal.

—No me cuentes nada —dijo antes de que yo abriera la boca.

—No iba a...

—Sí ibas, pero no me lo cuentes. He hecho una quiniela y no quiero contaminar el resultado.

—¿Una quiniela de qué?

—De cuándo. —Me tendió un café—. Tanque ha apostado a «antes de Navidad». Inés, a «antes del 22». Lucía ha puesto «ya ha pasado» y le he quitado el euro por optimista. Yo he apostado a «cuando Ney deje de contar».

—Nerea no ha contado ni un escalón.

Bea abrió mucho los ojos. Tardó dos segundos en asimilarlo y luego se llevó una mano al pecho con la dignidad de una actriz del cine mudo.

—Madre mía —susurró—. Ha dejado de contar.

—No he dicho nada.

—No hace falta. Lo has dicho con la cara. Y con el tobillo.

—¿Con el tobillo?

—Cojeas con una felicidad insultante.

Le tiré un churro. Se lo comió, que es lo que corresponde a un churro.

* * *

El domingo salimos a las ocho de la mañana hacia Valladolid, y esa fue mi primera locura de la semana.

No había planeado invitarla. Fue una de esas decisiones que se toman sobre la marcha, en el último cuarto de hora de una cena, con la boca llena.

El jueves, en la cafetería del pabellón, Nerea había dicho de pasada que le habría gustado conocer al hombre que dibujaba tan mal.

Yo había contestado «pues ven», y ella había dicho «en serio», y yo había contestado «mi abuelo lleva quince días preguntándome quién es la chica que le arregló el malentendido, porque se lo conté todo por teléfono».

Eso último era verdad a medias. Lo del «todo» era mentira.

Pero se lo había contado lo bastante como para que Fermín Aldecoa Pardo, noventa años y medio, hubiera exigido «una inspección».

—Esto es una locura —dijo Nerea, de pie junto a mi coche, con su chaqueta de cuero y una bolsa de tela donde, según me confesó más tarde, llevaba un paquete de galletas de mantequilla, un bote de canela y un calcetín gris.

—¿Un calcetín?

—Es para él. Tejido por mi abuela. Pensé que a una persona que dibuja con rotulador se le deben unos buenos calcetines.

Tuve que apoyarme en el capó.

—¿Qué? —dijo ella.

—Nada. Que es lo más adorable que he oído en la vida.

—No es adorable. Es protocolo.

—Es protocolo adorable.

—Valdés.

—Dime, Ney.

—Vamos.

El coche era un Mini blanco hueso que mi madre me había regalado al acabar el instituto, «para que tengas tu independencia». Nerea lo miró con una desconfianza antropológica.

—Es muy limpio.

—Es un coche.

—Es demasiado limpio. Parece de una familia que no tiene nada que esconder.

—Y tengo mucho que esconder. Pásame esa bolsa.

Escondí la bolsa en el maletero. Arranqué. La radio se encendió sola con una emisora de éxitos, y Nerea alargó la mano, con la serenidad de una cirujana, y pulsó el botón de apagado.

—Esta es la música del autobús, ¿no? —preguntó.

—No, ya la eligió Tanque. Esta es mi música.

—Tu música es peligrosa.

—Tú no la has escuchado.

—No hace falta. La conozco por el coche.

Conecté el móvil con una sonrisa que, según ella, «anunciaba un crimen». Sonó una canción con una guitarra eléctrica ensoñadora y una voz triste pero con ritmo, de esas que acompañan los días de lluvia, y Nerea se quedó con la boca ligeramente abierta.

—¿Eso es The Cure?

—Lo descubrí el año pasado. En un disco de mi abuelo.

—¿Tu abuelo escucha The Cure?

—Mi abuelo escucha de todo. Una vez le pillé bailando salsa con una enfermera.

—Eso no te lo creo.

—Pues ya verás.

Nerea se recostó en el asiento con los brazos cruzados, mirando la carretera con una expresión que no pude descifrar. Habíamos recorrido veinte kilómetros cuando dijo, sin girarse:

—Tienes buen gusto.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo...

—No lo guardes. Esta vez sí era un cumplido.

Tuve que concentrarme mucho en no salirme de la carretera.

* * *

La Residencia Santa Clara era un edificio de ladrillo cálido junto a un jardín con naranjos de mentira y un banco para fumadores expulsados. Dentro olía a sopa y a ambientador de lavanda. En la entrada, una recepcionista de pelo corto levantó la vista de un crucigrama.

—¡Carlotita! —exclamó—. Está en la sala de juegos. Está impaciente.

—¿Ha dado guerra?

—Esta mañana ha reclamado una pizarra, tres rotuladores y un balón. Y ha preguntado dos veces si «ya han llegado las chicas». Dos veces. Las chicas.

Se me subieron los colores. Nerea, a mi lado, tosió.

Lo encontramos en una sala luminosa con cuatro mesas de cartas, una televisión muda y una ventana donde se secaban, en una repisa, cuatro pares de gafas.

En el centro, con las manos sobre un bastón de madera y una boina calada hasta las cejas, estaba sentado un hombre pequeño, ancho de hombros, con la piel arrugada como un mapa antiguo y los ojos azules de quien se ríe de todo desde hace más de ochenta años.

—¡Mi base! —gritó.

—¡Abuelo!

Me lancé a abrazarlo. Olía a colonia de lavanda y a jabón de pastilla. Entre sus brazos delgados, fuertes aún, volví a ser una niña de siete años que aprendía a botar en un patio de Valladolid.

—Estás más delgada —dijo, apartándome para inspeccionarme—. Come más.

—Como mucho.

—Mientes. —Se volvió hacia Nerea—. Y tú eres la escolta.

Nerea, que no se había movido de la puerta, dio un paso al frente con el aspecto de quien se presenta a un examen oral.

—Nerea Salgado, señor. Mucho gusto.

—Fermín. Nada de señor, que me hace sentir viejo. —La miró de arriba abajo con una atención de rayos X. Se detuvo en las manos—. Enséñame la derecha.

—¿Perdón?

—La muñeca. Anda.

Nerea me miró de reojo. Le hice un gesto de «obedece». Extendió la mano. Fermín la tomó entre las suyas y le dio la vuelta, palpando los tendones con una pericia de médico.

—Tiro rápido. Mucha rotación. Mucha disciplina. Poca confianza. —Le soltó la mano—. Pierdes los pases cuando piensas demasiado.

—Eso... —Nerea se quedó pasmada—. Es cierto.

—Me lo ha dicho mi nieta.

—No te lo he dicho —protesté.

—Me lo has dicho con cada frase. «Es muy buena, abuelo. Es la mejor. Piensa mucho, abuelo. Pasa poco, abuelo.» —Sonrió con picardía—. Cuarenta años de entrenador me enseñaron una cosa: cuando alguien habla tanto de un jugador, es que lo está mirando.

Quise que me tragase la tierra. Nerea, a mi lado, adquirió el color de una granada madura.

—Siéntate —ordenó Fermín, golpeando una silla con el bastón—. Y tú también, Lota. Maribel, tráenos café y bizcocho, que vienen de lejos.

* * *

Mi abuelo es, probablemente, la persona más extraordinaria que he conocido. También es, de manera casi científica, imposible.

En veinte minutos le sacó a Nerea la mitad de su vida sin que ella se diera cuenta.

Le preguntó por Barakaldo («¿Esa del puerto?

Allí juega mucha gente dura»), por el instituto, por la Estadística («¿Y eso para qué sirve?

» «Para saber qué pasará» «Pues ya me dirás cuándo se me cura la cadera»).

Le preguntó por su abuela («¿Tejes?» «Yo no, pero ella sí.

» «Pues dile que me haga unos calcetines.

» «Se los he traído.») Y cuando Nerea sacó el calcetín gris de su bolsa de tela, y se lo tendió con las dos manos, mi abuelo se quedó callado.

Se lo puso en la mano. Lo acarició con el pulgar. Después se rio. Una risa baja, ronca, de tenor.

—Es la primera vez en cinco años que alguien me regala algo que sirve —dijo—. Mi hija me trae libros. Mi nieta me trae bombones. Tú me traes calcetines.

—Los hizo mi abuela.

—Pues dale las gracias. Y dile que tiene mano de entrenadora. Tejer así es disciplina. —Los guardó en el bolsillo de la chaqueta, junto a una libreta—. Ahora, cuéntame por qué has pasado tres semanas pensando que yo era tu novio.

La mesa se quedó en silencio. Nerea parpadeó.

—Abuelo.

—Me lo ha contado Carlotita. Por teléfono, entre risas. —Dio un golpe con el bastón en el suelo—. Una chica que se pone celosa de un viejo de noventa años con un bastón. Eso, chica, hay que respetarlo. Eso es compromiso.

Nerea se tapó la cara con las manos. Mis hombros temblaban de risa.

—Lo siento muchísimo, señor Fermín.

—Fermín.

—Lo siento, Fermín.

—No lo sientas. Tengo noventa años y me han llamado de todo, pero «novio» es una novedad. Me sube la autoestima. —Hizo un gesto con la mano—. Además, tengo la cadera rota desde 2019, así que no estoy para citas. Me resbalé en el baño.

Nerea levantó la cabeza, con los ojos como platos.

—¿Que tiene qué?

—Cadera. Operada. Pregúntale a Maribel.

—Cadera operada en 2019 —confirmó Maribel desde la barra, con una bandeja.

Nerea me miró. Yo miré el techo.

—El día del pabellón dije que seguro que tenía alguna cadera rota —murmuró ella—. Lo dije para fastidiar.

—¡Yo no lo sabía! —dije—. ¡Lo habías dicho tú!

—Estoy rodeada de profetas —suspiró Nerea, con la voz ahogada por una risa—. Qué horror.

Mi abuelo se limitó a beber café, con la expresión de un hombre que está pasando una tarde extraordinaria.

* * *

Después del bizcocho, nos hizo salir al patio.

En un rincón, junto a las naranjas de plástico, había una cesta de la colada. Fermín la había colocado, con ayuda de Maribel, sobre una silla, a unos cuatro metros de una línea pintada con tiza. Nos tendió a cada una un calcetín enrollado en bola.

—Tiro libre —dijo—. Cinco intentos cada una. La que menos aciertos tenga, friega los platos.

—No hay platos —dije.

—Los habrá.

Tiré yo primero. Fallé tres. Mi abuelo anotó algo con una sonrisa maligna.

—Te sigue temblando la muñeca cuando te miran.

—Gracias, abuelo.

—Es un dato.

Nerea se quedó de pie junto a la tiza. Respiró. Tomó la bola de lana con los dedos de la mano derecha, con una delicadeza impecable, y tiró. Cinco de cinco. Sin tocar el borde de la cesta. Con un giro de muñeca que, en pleno patio de una residencia, parecía un ritual.

Mi abuelo la observó en silencio.