Capítulo 17
NEREA
Desperté con la sensación de que alguien me había quitado un peso de encima y no sabía dónde lo habían dejado.
Luz blanca en el ventanal. Silencio de nieve. El dosel de la cama, con una mancha de humedad en forma de Portugal. Y un olor a vainilla, a lana y a cera de vela, que ya reconocía como el olor de que algo importante había pasado y yo no había salido huyendo.
Carlota seguía dormida contra mi costado.
Había cambiado de postura durante la noche y ahora era ella quien tenía la cabeza en mi hombro, y yo la que le rodeaba la espalda con el brazo.
Tenía la boca entreabierta y un mechón pegado a los labios.
Se lo aparté. Es una costumbre que estoy adquiriendo y que pienso negar ante cualquier tribunal.
Por la ventana, una escena de película. León bajo medio metro de nieve.
Una máquina quitanieves arrastrando un montón blanco por la calle.
Y detrás del autobús, aparcado en la plaza como una ballena varada, dos siluetas con chándal y gorro de lana que trotaban en círculos con una resignación admirable.
Bea y Tanque. Detrás del vehículo, tal como había prometido Lola. A su lado, con las manos en los bolsillos de un abrigo largo y un cronómetro colgado del cuello, caminaba Evaristo con el bigote helado.
—Dios mío —susurré.
—Mmm —dijo Carlota contra mi clavícula—. ¿Está nevando?
—Está castigando.
—Qué bonito.
No abrió los ojos. Pero sonrió, y noté la sonrisa contra mi piel.
* * *
El desayuno fue un acto de contención colectiva.
Nos sirvieron café en tazones desportillados y bizcocho de la víspera.
La luz había vuelto a las ocho y diez, entre vítores del comedor, y con ella la calefacción, que crujió en los radiadores como una orquesta afinando.
Alrededor de la mesa larga, el equipo entero comía con una expresión de dulzura extraña.
Nadie nos miraba. Esa fue la señal de que todas lo sabían.
—¿Habéis dormido bien? —preguntó Inés, con una neutralidad de diplomática.
—Perfectamente —dije.
—Estupendamente —dijo Carlota.
—Qué bien.
—Qué bien.
—Qué bien —repitió Lucía, que no sabía por qué lo estaba diciendo, pero siempre se une.
Al fondo de la mesa, Nuria se sirvió bizcocho con la lentitud de quien se lo piensa. Me miró por encima de las gafas. Después miró a Carlota. Después a mí otra vez. Nada en su cara se movió, salvo las cejas, que realizaron un recorrido completo de ida y vuelta, una pequeña obra de teatro.
—No —dije.
—No he dicho nada.
—Tus cejas sí.
—Mis cejas son independientes.
—Son una agencia de noticias.
—Te quiero —dijo Nuria con dulzura—. Y me alegro. Mucho. Y no pienso volver a decir nada en lo que queda del año. Solo lo apunto.
—No lo apuntes.
—Ya está apuntado.
Entró Lola. Traía el pelo plano de nieve y la cara de haber supervisado el castigo desde un portal. Se sirvió café. Bebió un sorbo. Y sin dirigirse a nadie, con una voz plana, casi administrativa, dijo:
—Anoche se oyeron cosas en el pasillo.
Nadie respiró.
—Ruidos de carrito. Una carrera. Mucha risa. —Dejó la taza—. Y algunos silencios de calidad.
Carlota se atragantó con el bizcocho. Yo me concentré en una miga con tanta intensidad que casi me emocioné.
—Entrenadora —empezó Inés.
—No he dicho nombres.
—Ya, pero...
—Solo digo —Lola se limpió los dedos con la servilleta— que el equipo funciona mejor cuando todas descansan.
Y que el pabellón de León, el año que viene, es para otra gira.
Con otras habitaciones. Con presupuesto de verdad.
—Hizo una pausa—. Aunque, la verdad, tampoco voy a quejarme demasiado del resultado.
La comisura izquierda hizo su movimiento de pez. Salió del comedor sin mirarnos.
—Me muero —dijo Carlota, bajito.
—Me muero contigo.
—Lo sabía —sentenció Tanque, que acababa de entrar con la cara roja, las zapatillas empapadas y una dignidad herida—. Lo sabía desde lo del saco.
* * *
El autobús salió a las doce, detrás del quitanieves, a veinte por hora.
Evaristo conducía con las dos manos en el volante y una oración muda en los labios.
Dentro, el ambiente era el de una excursión de colegio tras una tormenta: bolsas de patatas, risas bajas, un pasodoble que alguien había tenido el valor de poner y que nadie tuvo el valor de quitar.
Nos sentamos en la penúltima fila, junto a la ventanilla. Esta vez no hubo una cuarta de distancia. Carlota apoyó la rodilla contra la mía en cuanto se acomodó y no la retiró en todo el viaje.
Pasamos los primeros veinte kilómetros sin hablar. La nieve bordeaba la carretera en dos muros blancos. A lo lejos, los pueblos eran humo y tejados. Yo miraba el paisaje con la mandíbula apretada, y ella, que me conocía ya demasiado bien, dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—¿Ahora? —preguntó al fin, en un hilo.
Me costó contestar.
—¿Te importa si lo digo bajito?
—Me importa que lo digas.
—Vale.
—Sin prisa.
—Lo sé.
Tomé aire. Y empecé por donde empiezan las cosas, que es un poco antes.
* * *
—Tenía trece años. Era la final provincial infantil, en Bilbao. Yo jugaba en el Barakaldo Club, el equipo de mi barrio. Mi padre era el entrenador.
—Manolo.
—Manolo. Ocho años entrenando a niños en la cantera. Era bueno. Se lo reconozco: era buenísimo. Sabía leer un partido como yo leo un balance. Los padres lo adoraban. Los niños le tenían un miedo atroz.
—¿Y tú?
—Yo era su hija. —Encogí un hombro—. Eso significaba que tenía que ser la mejor, y tenía que serlo sin que se notase que me exigía. Así que me exigía el doble, pero en casa.
Carlota apretó mi mano. No dijo nada.
—Aquel sábado teníamos la final a las cinco.
Mi padre fue antes con el resto del equipo en la furgoneta del club, para colocar las cosas, preparar al grupo, hablar con el árbitro.
Me dijo que fuera yo por mi cuenta en bici.
Eran seis kilómetros. Los hacía todos los días.
Mi madre ya no estaba, ya te lo contaré otro día, así que no había quien me llevara.
—No sabía que...
—No lo cuento. —Sonreí sin ganas—. Lo estoy diciendo ahora para que no pienses que lo he escondido a propósito. Luego te lo explico.
—Vale.
—Pues iba por la carretera de la ría. Llevaba la bolsa en el manillar.
Estaba nerviosa, porque era una final. Y a la altura de un almacén abandonado, pasó un camión.
Muy cerca. Se me cruzó el viento, o el miedo, no lo sé.
Perdí el control. Me fui contra una valla de chapa que tenía el borde levantado como una navaja.
Me llevé la mano al costado, sin darme cuenta. Bajo la sudadera, bajo la camiseta, donde Carlota había besado la noche anterior.
—Me abrió el costado. Dos centímetros, parecían menos, pero era hondo. No dolía. Eso es lo raro. No dolió hasta mucho después. Solo recuerdo mirar la sangre en mi camiseta del equipo, que era amarilla, y pensar: me voy a perder la final.
Carlota inhaló con fuerza.
—No pensé en el dolor. No pensé en el camión. No pensé en si me podía morir. Pensé en la final. Y en la cara de mi padre.
—Ney...
—Un hombre que pasaba en una furgoneta de reparto paró. Me envolvió con su chaqueta, me llevó al hospital de Cruces. Cuatro puntos y una noche de observación. Los médicos decían que había tenido suerte, que la valla podía haber llegado al hígado.
—¿Y tu padre?
Cerré los ojos.
—Llegó a las nueve de la noche. Habían perdido la final por dos puntos. Sin mí. Entró en la habitación del hospital con el chándal del club y la cara de siete funerales. Yo estaba en la cama, con una vía en el brazo, pálida, y lo primero que me preguntó no fue cómo estaba.
—¿Qué te preguntó?
—«¿Por qué no llamaste?»
Silencio.
—Le dije que no tenía móvil. Que me llevó un señor. Que lo sentía. Y él se quedó mirándome, con los brazos cruzados, y dijo: «Eras la base de salida. Sin ti no había quinteto. Hemos jugado con cuatro y una niña de diez años».
—Nerea, tenías trece años y te habías abierto el costado.
—Lo sé. —La voz me temblaba—. Ahora lo sé. Entonces no. Entonces lo único que supe era que le había fallado.
* * *
Fuera, la nieve se fundía en regueros oscuros sobre el asfalto. Evaristo hizo una curva con precaución monástica. Algo en el autobús, un cinturón, una botella, tintineó al fondo.
—Cuando salí del hospital, tres días después, me castigó.
—¿Cómo que te castigó?
—Me prohibió la bici. «Por irresponsable.
» Me prohibió entrenar un mes, «para que reflexionara».
Y me obligó a ir a los entrenos igualmente, sentada en el banquillo, con el chándal puesto y una libreta, a apuntar las faltas de mis compañeras.
Para que viera, dijo, lo que se siente cuando alguien no cumple.
—Eso es...
—Eso es lo que hace un hombre que no sabe querer de otra manera.
—Dije la frase con la neutralidad de quien la ha repetido en la cabeza mil veces—.
No era sádico. Era peor. Estaba convencido de que me hacía bien.
Dos semanas después, el día de la revisión, me preguntó si ya podía tirar.
Yo dije que me tiraba un poco el punto. Y él dijo: «Pues tira con ese punto, que en el campo nadie te va a preguntar cuánto te duele».
—Dios mío.
—La cicatriz me tiró durante todo el instituto. Aprendí a jugar con ella. A ignorarla. Y a ignorar todo lo demás con ella, ya de paso.
Tragué saliva. El tabique de la garganta se había vuelto muy fino.
—Mi abuela Remedios llegaba a las seis de la mañana a casa, con una bolsa de cosas.
Me ponía una pomada. Me tejía calcetines.
Me decía: beti zutik, mi niña. Y me dejaba levantarme sola.
Era su manera. Pero cuando yo me hacía un ovillo en el sofá, ella se sentaba a mi lado, sin hablar, hasta que me dormía.
Nunca me dijo «no pasa nada». Pero se quedaba.
—Se quedaba.
—Siempre. —Sonreí con los ojos húmedos—. Por eso me tatué lo que me tatué. No es un lema de dureza, Lota. Es un recuerdo de una mujer de setenta años que se quedaba sentada a mi lado.
Carlota no dijo nada. Se llevó mi mano a los labios y la besó, en el nudillo, en el hueso de la muñeca, en la palma. Un beso lento, profundo, sin ninguna intención de ser otra cosa.
—Ya veo por qué me pediste que me quedara —murmuró.
—Sí.
—Y por qué lo del descanso te dolió tanto.
—Sí. —Me salió una risa corta, amarga—. El año pasado vino a verme.
Una vez. Jugábamos contra Salamanca, en casa, yo iba ganando por once.
Se levantó en el descanso, dijo «tráfico», y no volvió.
Después me enteré: había visto que iba a ganar por menos de lo que él esperaba, y se fue.
Prefería no verlo. —Hice una pausa—. Marta Villalba se enteró por un primo suyo que es camarero en un bar de Barakaldo. Por eso me hundió.
—Le habría arrancado la coleta.
—Lo sé. Lo vi.
Reí. Ella también. Y de pronto estábamos riendo bajito, con los ojos mojados, apoyadas la una contra la otra, en la penúltima fila de un autobús que olía a patatas fritas y a calcetines mojados.
Y me di cuenta de que la risa y el llanto compartían la misma cavidad, que eran dos cuartos con la puerta abierta.
* * *
Nos quedamos callados un rato. Pasamos junto a un cartel que anunciaba Vallebrava 94 km.
—Falta lo de tu madre —dijo ella, muy suave, sin presionar.
—Lo sé.
—No hace falta hoy.
—Hoy no. —Apreté su mano—. Pero lo cuento. Te lo prometo. Todo. Con tiempo.
—Vale.
—Hay una cosa más.
—Dime.
—Me ha llegado una oferta. Un club de Segunda División, en Zaragoza.
Quieren que haga una prueba en primavera.
Mi padre los conoce. Él ha movido los hilos.
Me lo dijo el mes pasado y le dije que lo pensaría.
—Respiré—. Llevo semanas sin contestar. Porque no sé si lo quiero yo o lo quiere él.
Si quiero jugar, o si quiero ganarle a la voz que me dice que no valgo si no juego.
—¿Y qué crees?
—Que no lo sé. —Me volví hacia ella. Tenía los ojos grandes y tranquilos, castaños con motas verdes, a diez centímetros—. Pero anoche, con tu mano en mi cadera, por primera vez, pensé: quizá sí quiero. Pero a mi manera.
—Y esa manera, ¿cómo es?
—No lo sé todavía. —Sonreí—. Pero tiene un aroma a vainilla.
Carlota se mordió el labio inferior. Un rubor profundo le subió por el cuello. Se inclinó, despacio, hasta que sus labios rozaron el borde de mi oreja.
—Qué cosas dices, Salgado —susurró.
—Es un dato.
—No lo es.
—No. No lo es.
* * *
El móvil vibró en mi bolsillo a la altura de Palencia.
Lo saqué con una mano. Carlota, que lo vio, no preguntó nada. Se limitó a apretarme más la otra.
PAPÁ: Perdona el retraso. Estaba en el taller. 22 puntos está bien. Pero a ver cuántos de esos fueron en el último cuarto.
Me quedé mirando la pantalla.
Ni un perdón por la tormenta. Ni una palabra sobre la nieve. Nada sobre mi pregunta, la de anoche, la que me había salido sola: gracias por preguntar cómo estoy. Había tardado un día entero en no contestarla.
PAPÁ: Por cierto, el 22 voy a Vallebrava. Quiero verte jugar contra Burgos. El del club de Zaragoza viene conmigo. Tienes que estar fina.
Dejé de respirar. Veintidós. Eran catorce días.
—¿Qué ha dicho? —murmuró Carlota.
Le enseñé el móvil. Lo leyó. La vi tensarse. La vi apretar los dientes, y cerrar los ojos, y volver a abrirlos con una calma deliberada, de esas que se aprenden a golpes.
—Nerea.
—Dime.
—No tienes que contestar ahora.
—No voy a contestar.
—Vale.
—No quiero que venga. —Lo dije sin pensar—. No quiero que venga a mirarme. A contar mis puntos.
—Podemos decírselo.
—No es tan fácil.
—No. —Hizo una pausa—. Pero no vas a hacerlo sola.
Apagué el móvil. Lo guardé en el bolsillo, junto a la nota que Carlota me había dejado en el sofá. Luego apoyé la cabeza en su hombro, y ella la suya sobre la mía, y miramos cómo los pueblos castellanos pasaban uno detrás de otro, como fotografías sin marco.
Fue entonces cuando oí la voz de Lola, desde el asiento delantero, sin girarse, sin levantar el tono, con el volumen exacto para que la oyeran las dos:
—Y los dos próximos entrenamientos, a las seis. Las dos. Sin excusas. Hay cosas que arreglar antes del veintidós.
Nos miramos.
—¿Lo sabe todo? —susurré.
—Lo sabe todo.
—¿Cómo?
—Es Lola —dijo Carlota, con una media sonrisa—. Es aterradora. Y es cariñosa.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—Eso es de Tanque.
—Lo sé. Lo he tomado prestado.
Y a pesar del móvil mudo en el bolsillo, a pesar de los catorce días que faltaban, a pesar de un hombre con un chándal del club y una libreta de faltas, me quedé dormida en su hombro, por primera vez en un autobús, sin contar ni un solo kilómetro.