Capítulo 16
CARLOTA
Hay preguntas que se hacen para obtener una respuesta y otras que se hacen para ganar tiempo. Yo había preguntado «¿puedo?» con las dos intenciones, y cuando Nerea dijo «sí», mis dedos descubrieron que habían olvidado cómo se mueven.
Es un fenómeno raro. Llevaba semanas imaginando ese momento con un detalle de arquitecta: dónde pondría la mano, qué diría, qué cara pondría yo.
En ninguno de los planos había previsto que me temblaría tanto el pulso.
Ni que ella estaría tan quieta, tan callada, con los ojos fijos en los míos y la respiración suspendida, esperando.
—Dímelo tú —susurré—. Si algo no te gusta.
—Lota.
—Dime.
—Si algo no me gusta, te lo diré con un dato.
—Qué tranquilidad.
—Pero hasta ahora —tragó saliva— hay poco que objetar.
Sonreí. Y mis dedos, por fin, avanzaron.
* * *
La piel de Nerea estaba helada en la superficie y ardiendo debajo.
Eso me sorprendió. Siempre había supuesto que sería fría, por los anillos, por la voz, por esa manera de mirarlo todo desde lejos.
Pero bajo la camiseta, en la curva de la cintura, donde el calor del cuerpo se quedaba atrapado entre las mantas, tenía una temperatura de pan recién sacado del horno.
Y se erizó al contacto. Lo noté bajo las yemas: un temblor leve que se extendió hacia arriba por el costado y que ella intentó disimular con un carraspeo muy poco convincente.
—¿Frío? —pregunté.
—No.
—¿Cosquillas?
—Un poco.
—¿Miedo?
—Eso también.
—¿Paro?
—No. —Agarró mi muñeca, con suavidad, no para detenerme sino para anclarse—. No pares.
Seguí. Despacio, sin prisa, con la reverencia con que se recorre un mapa de un lugar que uno ha deseado visitar mucho tiempo.
El hueso de la cadera, afilado y cálido.
El borde del pantalón de felpa, que desplacé un par de centímetros con la punta de los dedos.
Y entonces, bajo la yema del índice, una textura distinta: la ligerísima aspereza de la piel tatuada, una línea de letras diminutas que mi mano leía como el braille.
No podía verlo. La luz de las velas era un charco naranja a dos metros, y las mantas nos cubrían hasta la barbilla. Pero no hacía falta. Tracé cada letra con la uña, muy suave. Una B. Una e. Una t. Una i.
Nerea había cerrado los ojos. Tenía la boca entreabierta y el labio inferior le temblaba un poco.
—Beti —murmuré.
—Sí.
—Zutik.
Se le escapó algo parecido a un gemido, un hilo de aire con voz. Se mordió el labio para ahogarlo.
—Pronuncias fatal —susurró.
—Lo sé.
—Pero me ha gustado.
—Lo repito, entonces.
—Carlota...
—Beti zutik —dije otra vez, esta vez junto a su oído, con el aliento tibio sobre la oreja, y noté cómo se le tensaban todos los músculos del cuerpo contra el mío, un estremecimiento largo, y cómo su mano se cerraba sobre mi cintura con una fuerza inesperada.
Me di cuenta de que respiraba a trompicones. De que yo también. Que el aire de la habitación, que hacía un momento era un cuchillo helado, se había vuelto espeso y dulce, como la miel tibia. Que no sentía frío, ni lo había sentido en rato.
—Quiero verlo —dije.
—Hay poca luz.
—Entonces lo veré con otra cosa.
No sé de dónde salió la frase. Probablemente de ese rincón de mí que lleva años callada, esperando su turno. Pero salió, y Nerea abrió los ojos de golpe y me miró con un asombro desnudo, casi indignado, que se deshizo enseguida en una sonrisa pequeña y rota.
—Eres una peligrosa.
—Me lo han dicho.
—No era un cumplido.
—Lo guardo igual.
Me deslicé bajo las mantas.
* * *
No voy a contar todo lo que pasó en aquel túnel de lana, porque hay cosas que sirven más si se guardan. Pero sí diré algunas.
Que la tela de la camiseta se subió despacio, por pura necesidad de alcanzar, y que el aire helado del cuarto no llegó a tocar a ninguna de las dos.
Que besé primero el costado, ese costado donde yo había visto la cicatriz una noche y no me había atrevido a mirar, y que la encontré con los labios: un trazo fino, en relieve, como una línea de lápiz sobre el papel.
Que Nerea se estremeció entera. Que su mano bajó hasta mi pelo y se quedó allí, enredada, no empujando ni guiando sino agarrándose, como quien busca un asidero al borde de un acantilado.
Que besé el hueso de la cadera. Que besé el tatuaje, letra a letra, con una paciencia casi religiosa, y que Nerea susurró mi nombre con un tono que yo no le había oído nunca: una voz desprovista de toda armadura.
Lota. Y luego, más bajo: Lota, por favor.
Y que yo, que tengo respuesta para todo, no tuve ninguna.
Subí despacio. Mi boca recorrió el camino inverso, el vientre, las costillas, la curva del esternón, y al llegar a la clavícula me detuve, con los labios pegados a la piel, sintiendo el latido de su pulso bajo ellos como una cosa viva.
Salí de las mantas con el pelo hecho un desastre, las mejillas ardiendo y la respiración deshecha.
Nerea estaba tumbada de espaldas, con los ojos entornados, el moño deshecho sobre la almohada y el kohl corrido en pequeñas sombras bajo las pestañas. Tenía la cara de una persona que ha vuelto de muy lejos. Me miró como si me viera por primera vez.
Y yo comprendí, con una claridad que casi me hizo llorar, que era la persona más bella que había visto en mi vida.
* * *
Nos quedamos así.
Cara a cara, con las narices a un dedo. Su mano sobre mi mejilla; la mía, abierta, sobre su corazón. El pulso le iba tan rápido que podría haberlo contado. Fuera, la tormenta había bajado de volumen hasta convertirse en un zumbido lejano. Dentro, solo se oía el chasquido de la mecha de una vela.
—Lota.
—Dime.
—Quiero besarte.
La frase tardó en aterrizar. Me recorrió el cuerpo por dentro, de arriba abajo.
—Yo también.
—Llevo... —Se pasó la lengua por los labios—. Llevo mucho tiempo queriendo.
—¿Cuánto?
—Desde la pestaña.
—¿La del martes?
—Dos semanas antes.
—Eso no tiene lógica.
—Ya lo sé. —Una risa temblorosa—. No me pidas lógica ahora.
Se acercó un centímetro. Yo, otro. Sentí su aliento, mentolado y cálido, mezclado con el mío. Vi cómo se le dilataban las pupilas, vi cómo bajaba la mirada a mi boca y la subía de nuevo. Vi que dudaba y que decidía no dudar. Los ojos se le cerraron despacio.
Los míos también.
Sus labios rozaron los míos.
Rozaron, he dicho. No llegaron a posarse. Fue una caricia de aire, una promesa de la que se siente el calor sin llegar a tocar la superficie. Quince milímetros. Diez. Cinco.
Un estruendo metálico atravesó el pasillo.
* * *
Fue un sonido tremendo, como si alguien hubiera dejado caer una bandeja de cubiertos desde un tercer piso. Un estrépito largo, con rebote, seguido de un silencio de dos segundos y de una voz ahogada que susurraba con muy poca discreción:
—¡Tanque!
—¡No he sido yo!
—¡Has chocado con el carrito!
—¡El carrito estaba en medio!
—¡Los carritos siempre están en medio, es su función, tú tenías que...!
—¡Shhh!
Nerea y yo nos habíamos quedado inmóviles, con los labios a medio centímetro, los ojos abiertos de par en par y el corazón latiéndonos al mismo ritmo desbocado. Escuchamos pasos apresurados, el eco de una carrera de calcetines por la alfombra, el golpe de una puerta que se cerraba demasiado fuerte.
Y luego, nítida, severa, con la cadencia de quien lleva una linterna y treinta años de experiencia, la voz de Lola Ferrer:
—¿Quién anda ahí?
Silencio.
—Os he oído. Os he oído a las dos. Bustamante, Castellanos, sé perfectamente que sois vosotras.
Silencio.
—Mañana a las seis. A correr con Evaristo, por la nieve, detrás del autobús.
—¡Entrenadora, ha sido una emergencia! —sonó la voz de Bea, amortiguada por una puerta.
—¿Qué emergencia?
—¡Teníamos hambre!
—¡Y sed! —añadió Tanque.
—¡Y hay un carrito!
—Volved a vuestra habitación y no salgáis hasta que amanezca. Y quien tenga calor corporal que lo comparta en silencio. —Una pausa, que me pareció dirigida a nuestra puerta—. Con mucho silencio.
Pasos. Una linterna que barría por debajo de la puerta, un haz amarillo que avanzó a lo largo del pasillo y se detuvo justo delante de la 31. Contuve el aliento. Nerea cerró los ojos con tanta fuerza que se le arrugó toda la cara.
El haz se quedó allí tres segundos. Cuatro.
Y se alejó.
Nos quedamos las dos paralizadas, escuchando cómo los pasos de Lola se perdían hacia las escaleras. Cuando por fin cesaron, Nerea abrió un ojo, después el otro, y me miró.
Tenía las orejas del color de una granada.
—Nos ha oído —susurró.
—No hemos hecho ruido.
—Nos ha oído respirar.
—Eso no es ruido.
—Es un ruido muy específico.
No pude más. Me tapé la boca con las dos manos, pero la risa me subía por el pecho como una burbuja que no se puede detener.
Me dobló en dos. Me sacudió entera, con los hombros temblando y las lágrimas desbordándome.
Nerea intentó mantenerse seria durante un segundo y medio, lo conté, hasta que un resoplido se le escapó por la nariz, y entonces se hundió bajo la almohada con un gemido y se echó a reír con todo el cuerpo, una risa muda, convulsa, de las que duelen de tan buenas.
—«Con mucho silencio» —jadeó.
—«Quien tenga calor corporal...»
—Se lo va a contar a Nuria.
—Se lo contará a Nuria mañana a las seis.
—Y Nuria a Paqui.
—Y Paqui a la peña de los jubilados.
—Y Anselmo Gutiérrez traerá una pancarta.
Reímos hasta que se nos acabó el aire. Y cuando por fin nos calmamos, con la respiración rota y los ojos húmedos, volvimos a quedar frente a frente, y la risa se fue apagando poco a poco, dejando en su lugar un silencio distinto. Más manso.
Ya no había urgencia. Se había ido con el estruendo del carrito. Quedaba, en cambio, una ternura grande y quieta, un reconocimiento recíproco. Como cuando el miedo se retira y deja a la vista lo que protegía.
—Lota.
—¿Qué?
—No quiero que sea así.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Cómo?
—Aquí. Con tabiques, con Tanque, con una linterna. —Me acarició el pómulo con el pulgar—. Quiero que sea cuando no haya nada que nos interrumpa. Cuando no tenga miedo. Cuando pueda mirarte a la luz y decirte cosas con la boca, sin datos.
—Ney...
—Y tengo que contarte lo de mi padre primero. Lo de la cicatriz. Quiero que sepas todo antes de... —Se le quebró la voz—. Antes de que decidas si me quieres igual.
—Ya te lo dije.
—Lo sé. Pero lo dijiste sin saber.
Tenía razón, y lo sabía. Me costó, porque cada célula de mi cuerpo protestaba. Pero asentí.
—Entonces mañana.
—Mañana.
—Y después.
—Y después... —La sombra de una sonrisa—. Después veremos.
Me acerqué y apoyé los labios, apenas, en el centro de su frente. Un beso casto, breve, que sabía a sal y a vela quemada. Cerré los ojos y me quedé así, con el rostro hundido en su pelo, hasta que sentí que se le aflojaba el cuerpo contra el mío.
—Lota.
—Mmm.
—¿Puedo dormirme encima de tu hombro?
—Tienes mi hombro a tu disposición.
—Gracias.
—No es un cumplido.
—Lo guardo igual —murmuró, ya medio dormida.
Se acomodó. Su cabeza encontró el hueco entre mi clavícula y mi cuello, como si hubiera estado diseñado para ella. Su mano se quedó abierta sobre mi pecho. Su pierna, entrelazada con la mía, pesaba justo lo necesario para que no me sintiera sola.
* * *
Tardé mucho en dormirme.
Escuché cómo su respiración se alargaba, cómo se hacía honda y regular.
Escuché la nieve golpeando el cristal con un tamborileo suave.
Escuché, a lo lejos, las campanas de una iglesia que daban las tres, y después las tres y media, y pensé que esa noche, de alguna manera, el tiempo se había detenido en nuestra habitación y fuera seguía corriendo sin nosotras.
Con la mano libre busqué el móvil bajo la almohada. La pantalla iluminó el dosel de la cama con un resplandor azulado. Abrí la nota secreta.
Había una línea trece que decía: Estoy enamorada de Nerea Salgado.
Debajo, con una sonrisa que no se me iba de la cara, tecleé:
14. Hoy casi nos besamos. Dos veces. La primera, interrumpidas por Tanque y un carrito de cubiertos. La segunda, porque ella quiere que sea bonito. No sé cuál de las dos me ha parecido más romántica. Estoy tan feliz que me da miedo, y por primera vez creo que no pasa nada por tener miedo.
La leí. Añadí una última frase, pequeña:
Quiero que sea verdad.
Apagué la pantalla. Besé el pelo de Nerea. Y me dormí con la cara hundida en su coronilla, oliendo a nieve y a canela, mientras el viento seguía soplando en la ciudad y, al otro lado del tabique, alguien murmuraba en sueños la palabra «jamón».