MARCAJE PERSONAL Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Eso es racismo estético.

—Eso es economía.

Se rio, con los dientes castañeteando. Se metió bajo las mantas y se hizo un ovillo, con la botella de agua caliente en el pecho. Yo me quedé de pie junto al ventanal, con una vela en la mano, mirando la nieve, y pensando. Pensando mucho.

Había unas cuantas cosas que tenía que decir. Las tenía alineadas en la cabeza, en orden de importancia, como las posesiones de un cuarto cuarto. Tengo miedo. Me gustas. Llevo semanas sin dormir. No sé qué hacer con las manos. Pero la boca, cuando llega la hora, es un instrumento de poca confianza.

Así que dije otra cosa.

—Cobro la apuesta.

Carlota levantó la cabeza de entre las mantas.

—¿Qué apuesta?

—La de las asistencias. En el Rincón. Cuando empatamos. —Me giré—. Dije que, si ganaba, querría la música del autobús y una cosa más.

—Empatamos. Tanque eligió la música.

—Pero yo me reservé la cosa más. Nadie dijo que caducara.

—Es verdad. —Se incorporó, apoyándose en un codo. A la luz de la vela tenía el pelo revuelto y los ojos enormes—. ¿Y cuál es la cosa más?

Respiré hondo. Una nube de vapor se me escapó entre los labios.

—Ven aquí.

—¿Dónde?

—Aquí. A mi lado. Sin muralla.

Hubo un silencio. En la pared contigua se oyó un golpe, un «shhh» apresurado y una risita sofocada que identifiqué como de Bea. Carlota y yo nos quedamos mirándonos, y ella, sin dejar de sonreír, levantó la voz:

—¡Estamos hablando de calor corporal, Bea!

—¡Yo no he dicho nada! —gritó Bea.

—¡Pues sigue sin decirlo!

—¡Estoy en ello!

—¡Cállate, Bea! —ordenó Tanque, con una convicción inexplicable.

Se hizo un silencio mucho más breve del que me habría gustado. Soplé la vela de mi mano. Dejé las otras dos encendidas en la mesilla. Caminé hasta la cama y levanté un borde de las mantas.

Carlota se deslizó hasta mí.

No fue un movimiento brusco. Fue más bien un acercamiento gradual, como el de una marea.

Se acomodó con la espalda contra mi pecho, su pelo bajo mi barbilla, sus pies, helados, buscando los míos por debajo de las sábanas.

Dejé que los encontrara. Pasé un brazo alrededor de su cintura, por encima de la tela cruda del anorak, y lo ajusté de manera que mi mano quedó plana sobre su estómago.

La sentí contener el aliento.

—¿Esto está bien? —pregunté al oído.

—Está muy bien.

—Es un dato.

—Es una cosa más.

—Es una cosa más —admití.

Estuvimos un rato sin hablar. Fuera, el viento zumbaba.

Bajo las mantas, nuestras respiraciones se fueron empatando como dos relojes que se ponen en hora.

Noté su espalda subir y bajar contra mi pecho.

Noté su corazón, que latía contra mi antebrazo, rápido y firme.

Noté también, con una claridad casi absurda, cómo el calor se acumulaba en el espacio entre las dos, y cómo ese calor, de pronto, ya no tenía nada que ver con las mantas.

Su pelo olía a vainilla y a nieve. Me acerqué un poco más. Mi nariz rozó la parte baja de su nuca, el nacimiento del pelo, esa piel finísima. La oí soltar un sonido pequeño, una exhalación temblorosa, que casi me hizo cerrar los ojos.

—Ney —susurró.

—Dime.

—Tienes la mano fría.

—Siempre.

—Pues entonces —y noté que sus dedos se cerraban sobre los míos, los guiaban unos centímetros más arriba—, mejor aquí.

Mi mano quedó en el hueco de su costado, bajo el pecho, sobre la tela del anorak, en una zona que no estaba en ninguno de mis mapas. Mi pulso me retumbaba en las sienes. Sentía bajo la palma el tamborileo de su respiración, el contorno de sus costillas, la forma exacta de ella.

Esto, pensé, no es una cosa más. Esto es todo.

* * *

No sé cuánto tiempo pasó. Las velas se iban consumiendo con un parpadeo naranja. Detrás del tabique, las voces de Bea y Tanque se habían apagado en un murmullo y después en nada. Se habían dormido, o se habían puesto de acuerdo para parecerlo.

Carlota se movió. Se dio la vuelta despacio entre mis brazos hasta quedar cara a cara, con las frentes casi pegadas, el aliento compartido. En la penumbra, los ojos le brillaban como dos monedas.

—Hay una cosa que quiero preguntarte —murmuró.

—Las preguntas pequeñas son las peores.

—Esta es pequeña.

—Pues dispara.

—En el hostal. Cuando salías de la ducha. Vi... —Se mordió el labio—. Vi un tatuaje. En la cadera. No pude leerlo.

Se me paró el corazón un segundo.

Nadie lo había visto. Salvo mi abuela, que lo odió, y Nuria, que me acompañó al estudio con la mano temblona de la valentía. Un trozo de piel privada, escrito en una lengua que casi nadie de este lado del Cantábrico habla.

—Está en euskera —dije.

—Ya me lo imaginaba.

—Me lo hice a los dieciocho. El día que cumplí. Sin decírselo a nadie.

—¿Qué pone?

—Beti zutik.

—¿Y eso significa…?

—Siempre en pie. —Tragué saliva—. Es lo que me decía mi abuela cuando me caía. Cuando era pequeña me caía mucho. Y ella no me levantaba. Me decía: beti zutik, mi niña. Y yo me levantaba sola. Y me dolía. Pero me levantaba.

Carlota me miró. Sus dedos subieron a mi mejilla, ligerísimos, apartándome un mechón.

—¿Y la cicatriz?

—Eso es otra historia.

—¿Me la cuentas?

—Mañana. —La voz me salió ronca—. Tiene que ver con mi padre. Y quiero estar entera para contarla.

—Vale.

—Pero el tatuaje... —Cogí aire—. Puedes verlo, si quieres.

Se hizo un silencio que pesaba.

Los dedos de Carlota dejaron mi mejilla. Bajaron por el cuello. Por el hombro. Por el costado, sobre la sudadera negra, hasta el borde de mi pantalón de felpa, donde la tela se encontraba con la piel. Y ahí se detuvieron, a medio camino, vacilantes.

—¿Puedo? —susurró.

Estaba tan cerca que sus labios casi rozaban los míos al hablar.

El aire entre las dos era una cosa viva, caliente, cargada de electricidad como en una tarde de tormenta.

Veía latir su pulso en la base de su cuello.

Veía la vela temblar en sus pupilas. Veía, por primera vez sin ninguna duda, lo que me estaba pidiendo.

Y lo que yo estaba a punto de dar.

Detrás de mí, la tormenta empujaba los cristales. En el cuarto contiguo se oyó crujir una cama.

Pensé en mi padre, en la nieve, en las camas blandas que se acaban. Pensé en una abuela que no me levantaba. Pensé en beti zutik, y comprendí por primera vez que quizá no significaba solo ponte en pie sola. Quizá significaba también: y deja que alguien te sostenga cuando llegue el momento.

—Sí —dije.

Una palabra. Sencilla, breve, sin unidad de medida.

Sentí los dedos de Carlota deslizarse bajo el borde de mi camiseta, cálidos, ligeros, sobre la piel helada de mi cintura, y avanzar muy despacio hacia el hueso de la cadera.

Y todo lo que había construido durante años, el moño, el kohl, los datos, los muros, se estremeció como una pared a punto de ceder.