MARCAJE PERSONAL Capítulo 15
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Capítulo 15

NEREA

El viernes en que nevó en León hice tres descubrimientos científicos.

El primero: cuando una persona te ha dicho «te voy a querer igual», el cuerpo no vuelve a su estado anterior. Es como un tiro libre mal calibrado, que ya no tiene arreglo por mucho que lo repitas.

El segundo: se puede ir cuatro horas en un autobús al lado de esa persona sin tocarla y notar cada milímetro de aire entre las dos.

El tercero lo reservo para más adelante.

* * *

Habían pasado cuatro días desde el pabellón.

Cuatro días de hacer exactamente lo que habíamos hecho siempre: tiro libre a las siete, veinte minutos de pase, churros a las ocho.

Solo que ahora Carlota se sentaba a mi lado en la banqueta sin que mediara cuarta alguna, y a veces su rodilla se apoyaba en la mía bajo la mesa y no se retiraba.

Yo pagaba mis tres euros diez en monedas ordenadas.

Ella dejaba los suyos en un montoncito torcido, para provocarme.

No hablábamos del asunto.

Es fácil no hablar de algo cuando las dos sabéis que está ahí.

Se le pone un nombre provisional («lo del lunes», «eso», «el pabellón») y se camina alrededor como alrededor de un charco.

Yo tenía miedo, y se lo había dicho, lo cual era un progreso técnico.

Carlota tenía una paciencia que no sabía de dónde sacaba.

Y entre las dos habíamos acordado, sin acordarlo, esperar a que pasara algo que nos obligase.

Pasó la nieve.

* * *

La Universidad de León nos esperaba en un pabellón de los años setenta, con vigas de hormigón y una calefacción que funcionaba por ráfagas.

La doctora había dado a Carlota el alta de viaje con condiciones: sin muletas, con tobillera rígida, sin saltar, sin correr y sin hacerse la valiente.

Se sentó en el banquillo junto a Lola con la pierna estirada y un anorak de plumas color mostaza que le llegaba a las rodillas.

—Parece un pollo —susurró Bea.

—Un pollo de lujo —dijo Tanque.

—Os oigo —dijo Carlota, sin girarse.

Jugamos el viernes a las ocho de la tarde, y fue un partido raro.

Raro porque yo jugaba sin ella a mi lado y notaba el hueco como se nota una muela que falta.

Lola había movido a Lucía a la base, y Lucía lo hacía mejor de lo que cualquiera se esperaba, con una vocecita aguda que cantaba las jugadas: «¡Cortina a la derecha, cortina, cortina!

». Inés dominaba la pintura. Yo anotaba.

Pero cada vez que me quedaba sin ángulo, buscaba con el rabillo del ojo la mancha mostaza del banquillo, y ella ya estaba levantando la mano, señalando un hueco, gritando algo que yo oía a medias.

—¡Izquierda, Ney! ¡Está dormida la nueve!

Miré a la izquierda. La nueve estaba dormida. Encesté.

Ganamos 58-55, de rebote, con un triple mío a falta de cuatro segundos.

Cuando sonó la bocina, Carlota se levantó del banquillo sin muletas, sin permiso y sin la menor intención de cumplir lo de «no saltar», y dio un salto de alegría sobre la pierna sana con los brazos en alto.

Lola le dijo algo. Carlota respondió con una sonrisa de las suyas y se sentó de golpe, fingiendo inocencia.

Yo la miraba desde media pista, con el sudor corriéndome por la sien, sin poder dejar de sonreír. Esa fue la primera señal de que algo iba mal. La segunda fue que me dio igual.

* * *

Cuando salimos del pabellón, nevaba.

No nevaba como en las postales. Nevaba de lado, con un viento que arrastraba copas gruesas y las clavaba contra la cara.

La calle era un túnel blanco y las farolas parecían bolas de azúcar.

El autobús, aparcado a cien metros, tenía ya un palmo de nieve en el techo y el conductor, un hombre con bigote que se llamaba Evaristo, daba vueltas a su alrededor con la expresión de quien lee un testamento.

—Esto no sale hasta mañana —dijo Evaristo.

—Pero la radio decía…

—La radio dice lo que le dejan. Han cortado el puerto. —Escupió al suelo—. Esta noche nos quedamos en León. Y rezad.

Lola, en mitad de la acera, se subió el cuello del abrigo.

—Hotel Reina Urraca, tres calles abajo —anunció—. Nuria ha hecho la reserva. Caminad en fila, cogeos del brazo y no os separéis.

Tanque levantó una mano.

—¿Puedo ir agarrada a Bea?

—Puedes ir agarrada a quien quieras con tal de que no te pierdas.

—¿Y si me quedo en un banco de nieve?

—Te desenterramos en primavera.

Fuimos en fila, doce siluetas encorvadas, tragando copos. Yo caminaba detrás de Carlota, que cojeaba con valentía, y a la segunda esquina me di cuenta de que el hielo de la acera le iba a ganar la discusión. Me adelanté. Sin decir nada, le ofrecí el brazo, en ángulo recto, como un taxista.

Ella me miró. Los copos se le deshacían en las pestañas.

—¿Qué es esto?

—Un apoyo estructural.

—Qué romántico.

—No es romántico. Es ortopédico.

—Es ortopédico con muchísimo estilo.

Se agarró. Su mano enguantada se cerró sobre mi codo, y a través del cuero y la lana noté con toda claridad el apretón. Caminamos así tres calles, sin hablar, con la nieve silbando y la espalda de Inés moviéndose delante. Fue el paseo más largo de mi vida y el más corto.

* * *

El Hotel Reina Urraca tenía seis plantas, una escalera de mármol gastado y un vestíbulo con chimenea apagada. Detrás del mostrador, una señora con un chal de lana y los labios morados nos recibió sin levantar la vista de la linterna que sostenía.

—Se ha ido la luz —dijo.

—Ya lo veo —dijo Lola.

—En todo el barrio. Han caído los transformadores. Tenemos un generador de emergencia que alimenta el ascensor y las luces del pasillo, pero la calefacción es eléctrica. Está apagada.

—¿Hasta cuándo?

—Mañana. Con suerte.

Se hizo un silencio colectivo. La señora, con una pena hermosa y tranquila, extendió sobre el mostrador un montón de llaves.

—Tengo mantas de sobra. Cuatro por habitación. Y botellas de agua caliente, las que pueda hervir en la cocina de gas. —Nos miró por encima de la linterna—. No hay mucho más. Lo siento.

—No tiene que sentirlo —dijo Inés, que a esas alturas ya organizaba la cola—. Gracias por dejarnos entrar.

La habitación 31 estaba en la tercera planta, al fondo de un pasillo con alfombra roja y apliques de latón.

Tenía una puerta de madera pesada, un cuarto de baño con bañera de patas y un ventanal con visillos que daba directamente a la tormenta.

Hacía tanto frío que al abrir la puerta vi mi propio aliento.

Y en el centro, bajo una lámpara de araña apagada, una cama de dos metros con dosel.

Una.

Nos quedamos las dos en el umbral con las bolsas en la mano y los copos derritiéndose en el pelo.

—Esto —dijo Carlota— ya lo hemos vivido.

—Mismo guion.

—¿Hay alguna muralla?

—No tenemos almohadas de sobra para una muralla. Tenemos mantas.

—Una muralla de mantas.

—Se llama «refugio».

—Qué bonito.

Dejé la bolsa en el suelo. Me quité los guantes con los dientes. Y antes de que me diera tiempo a hacer nada razonable, una voz de pared a pared, clara como una campana, atravesó el tabique de nuestra izquierda.

—¡LOTA! ¡NEY! ¿Estáis bien? ¡Aquí hace un frío que no se aguanta!

Era Bea. Al otro lado de un tabique de yeso muy fino, tan fino que podía distinguir el ruido de una cremallera.

—¡Estamos bien! —gritó Carlota.

—¡Tanque dice que va a abrazar al jamón!

—¡El jamón se quedó en Vallebrava! —gritó Tanque.

—¡Pues abrazaré a Bea!

—¡Ya lo estás haciendo!

—¡Es por supervivencia!

Carlota y yo nos miramos. Ella se tapó la boca con la mano para no reírse.

—Tabique fino —murmuré.

—Muy fino.

—Oiremos todo.

—Y ellas todo a nosotras.

—Entonces —dije—, mejor no decir nada comprometedor.

—Qué peligro.

—Qué peligro.

Tengo que reconocer que, cuando lo dije, no estaba segura de si hablaba de las paredes o de otra cosa.

* * *

Cenamos en el comedor a la luz de velas, con sopa de ajo cocida en una olla de gas y pan duro, todas con el abrigo puesto, hablando con nubes de vapor saliéndonos de la boca.

Don Ceferino no estaba, pero Tanque había traído una petaca con licor de hierbas que pasó a hurtadillas por la mesa «con fines medicinales».

Lola hizo como que no lo veía. Nuria, a su lado, se sirvió un dedo con una naturalidad conspiradora.

Mientras recogíamos, el móvil me vibró en el bolsillo.

PAPÁ: Me ha dicho tu tío que habéis ganado. ¿Cuántos has metido?

Ni un hola. Ni un felicidades. Ni un «cómo estás con esta nieve».

Miré la pantalla. Una semana atrás habría contestado «veintidós», con la precisión de un parte médico. Esa noche, con el aliento visible y la luz de una vela en la cara, tardé un rato largo en teclear.

Yo: Gané el partido. 22 puntos. Hay una tormenta de nieve, estamos atrapadas en León. Estoy bien.

Pulsé enviar. Y con una punzada de rabia pequeña, que me sorprendió, añadí:

Yo: Gracias por preguntar cómo estoy.

Me quedé con el pulgar en el aire. Nunca le había escrito una frase así. El mensaje se mostró como entregado, y debajo, enseguida, apareció «escribiendo…», y luego dejó de aparecer.

No contestó.

—¿Todo bien? —preguntó Carlota, que se había sentado a mi lado con una taza de infusión entre las manos.

—Mi padre.

—¿Quieres hablar?

—No.

—Vale.

—Pero quédate aquí.

—Aquí estoy.

Y se quedó, con su rodilla tocando la mía, hasta que la taza se quedó fría.

* * *

A medianoche, la habitación 31 era un congelador con candelabro.

Teníamos cuatro mantas de lana, una botella de agua caliente que la señora nos había dado como un trofeo, tres velas que Nuria había rescatado del comedor y un ventanal que gemía con cada ráfaga.

La nieve se acumulaba en el alféizar. Por debajo de la puerta se colaba una corriente que parecía tener cuchillos.

Me puse el pijama: pantalón de felpa, camiseta térmica, sudadera negra, calcetines de la abuela, dos pares. Carlota, enfundada en una malla térmica y el anorak amarillo, me miraba desde el borde de la cama con una expresión de resignación compartida.

—Nos vamos a morir —dijo.

—No nos vamos a morir.

—Nos van a encontrar mañana convertidas en dos estatuas. «Las chicas de la 31». Saldremos en la tele.

—Sale más caro enterrar a una pija que a una gótica.