Capítulo 14
CARLOTA
Estar lesionada tiene una ventaja que nadie menciona: te conviertes en una persona que mira.
Yo, que he pasado la vida dentro de las cosas, hablando, sonriendo, llenando huecos, me descubrí el viernes sentada en el banquillo con la pierna en alto sobre una silla de plástico y una bolsa de hielo derritiéndose en el tobillo.
Desde ahí el pabellón era otro. Veía las rotaciones como dibujos.
Veía a Inés ordenando el aire con dos gestos.
Veía a Tanque corriendo con los brazos separados, igual que un pavo real con prisa. Y veía a Nerea, claro.
Veía cómo se colocaba en el ala, cada vez, medio paso a la izquierda de donde yo habría estado. Un hueco. Un hueco de mi tamaño.
Ganamos a la Universidad de Palencia por nueve. Nerea metió veintiséis y dio cinco asistencias a otras. No a mí, porque no estaba, pero cada vez que anotaba, la primera cosa que hacía al volver a defensa era mirar hacia el banquillo. Un segundo. Un asentimiento de barbilla, casi imperceptible.
—Te está dedicando las canastas —susurró Bea, sentada a mi lado.
—Me está comprobando.
—Eso es peor. Eso es amor del bueno.
—Bea.
—No lo digo. Lo pienso muy fuerte.
* * *
Lo del cuaderno pasó el lunes, y fue culpa de Ramón.
Ramón el jamón, quiero decir. Tanque había decidido que el hijo de las Cigüeñas merecía una ceremonia, así que organizó una «cata de despedida» en la sala de material del pabellón, con cuchillo jamonero, tabla y la solemnidad de un bautizo.
Don Ceferino hizo de oficiante. Lola, con un vermut, fingió que no estaba presente.
Yo fui en muletas, porque no me perdería un jamón con nombre por nada del mundo, y me instalaron en un cajón de balones como a una reina enferma.
—Un minuto de silencio por Ramón —dijo Tanque.
—Está en la tabla —dijo Inés.
—Por eso, para respetarlo.
—Ya se ha cortado una loncha.
—Eso fue un accidente.
—Tanque, te la has comido.
—Era una prueba de calidad.
Entre risas y servilletas, alguien necesitó papel.
Nuria me pidió: «Lota, en mi bolsa hay un cuaderno, arranca una hoja para la grasa».
Cojeé hasta el banco de la pared, abrí la bolsa de lona de Nuria y saqué lo primero que encontré.
Un cuaderno de tapas negras, cuadriculado, gastado en las esquinas.
No era el de Nuria. Lo supe antes de abrirlo, por el peso, por la manera en que se me asentó en la mano, como un objeto con dueño. En la tapa, con rotulador blanco, una sola letra: N.
Lo habrá guardado ahí Nuria, pensé. Para que no se pierda.
Debería haberlo cerrado. Lo sé. Soy una persona educada, con colegio de pago y dos apellidos; sé perfectamente lo que se hace con las cosas ajenas.
Pero se abrió solo, por la mitad, donde el lomo estaba más vencido.
* * *
Era una tabla.
Arriba, en mayúsculas, subrayado dos veces: VALDÉS, C.
Debajo, columnas. Fecha, partido, minutos, puntos, asistencias. Hasta ahí, lo normal; cualquier estadístico las tiene de todas sus compañeras. Pero a la derecha había más columnas con títulos que nunca habría esperado:
Lado preferido de entrada: izquierdo (67 %). Cuando está nerviosa: derecho.
Mira al aro antes de tirar: solo si va perdiendo.
Tiempo de reacción tras fallo: 1,2 s. Se recompone sonriendo. Falso. (Revisar: ¿falso?)
Pasé la página. Seguía.
Octubre 2. Primer entreno. Pase picado, mano izquierda, giro de muñeca. No es técnica, es personalidad.
Octubre 3. Cambió las zapatillas para igualar el terreno. Dato irrelevante. Lo apunto igual.
Octubre 4. Café: avena, sin azúcar. (Deducido de: ¿cómo lo sé? No lo sé.)
Se me aflojaron las rodillas y me senté en el banco.
Octubre 11. Defendió a N. contra M. V. Nadie lo había hecho antes. Tachado "nadie".
Octubre 12. Se ríe con el hombro antes que con la boca.
Octubre 14. Dijo "no quiero" en voz alta. Quise abrazarla. Retirado: no procede.
Tuve que parar y respirar.
Seguí pasando páginas con los dedos algo temblorosos.
Había una hoja entera titulada Cosas que hace Valdés cuando cree que nadie mira, con una lista de veinte líneas.
Habla sola en el vestuario. Ensaya sonrisas en el cristal de la máquina de café.
Se muerde el labio izquierdo cuando calcula.
Coloca las zapatillas paralelas bajo el banco.
Llama "señor" al conserje. Le dio la mitad de su bocadillo a Rafa el gorrión.
Y la última línea, con una letra distinta, más apretada, como escrita con prisa:
Se ríe como si el mundo fuera a perdonarla. Quiero que sea verdad.
Me cayó una lágrima en el papel. Sobre la palabra «verdad». La sequé con la manga de la sudadera, rápido, con el pánico estúpido de quien estropea un objeto sagrado.
Al fondo de la sala, entre aplausos, Tanque anunciaba que Ramón tenía «un aroma a bellota emotiva».
La última página escrita estaba fechada el jueves anterior, el día del esguince.
Octubre 30. Caído. Culpa mía. Pase malo, 14 cm a la derecha. Ella contó hasta diez. Yo contaba con ella. Tobillo: grado dos. Me tiemblan las manos aún al escribirlo. Datos: ninguno. No sirven. Llevo semanas sin saber qué es dato y qué no.
Es de otro. Es de otro. Es de otro.
Debajo, tres veces, con la misma tinta.
Me quedé mirando aquellas tres líneas.
Es de otro.
Nada en el mundo me ha confundido tanto en mi vida como esa frase. Tardé un minuto entero en comprender que no hablaba de un objeto. Que hablaba de mí.
* * *
—¿Lota?
Levanté la cabeza con tanta brusquedad que casi me caigo. Nuria estaba de pie delante del banco, con un trozo de jamón en la mano y las gafas en lo alto del pelo. Miró el cuaderno. Me miró a mí. Se le borró la sonrisa.
—Ay —dijo—. Ay, no.
—Nuria.
—Lo he metido yo. Ayer se lo dejó en mi mochila, en la cafetería, y no quise… no pensé que… —Se pasó la mano por la cara—. Lota, lo siento. No debí. Es lo más privado que tiene.
—Dime una cosa.
—Dime.
—«Es de otro.» ¿De quién habla?
Nuria cerró los ojos. Respiró. La vi decidir, con esa lealtad suya, calibrada, que no es de las que traicionan pero tampoco de las que dejan sufrir.
—No me corresponde a mí —dijo al fin—. Pero te voy a decir esto: Ney lleva tres semanas convencida de una cosa que no es verdad, y no se atreve a preguntar porque si pregunta, se entera. Y si se entera, tiene que hacer algo con lo que siente.
—¿Qué cree?
—Eso se lo preguntas a ella.
—Nuria.
—Lota. —Me puso la mano en el hombro, cálida, firme—. Es la persona más honesta que conozco y la que peor se defiende. Si hay un malentendido, solo se arregla con la verdad. Y la verdad tiene que salir de ti, no de mí.
En la sala, alguien aplaudió. Don Ceferino pronunciaba una oración fúnebre por la grasa del jamón. Dos metros de distancia y un universo entero.
Cerré el cuaderno con las dos manos, despacio, como se cierra un libro de poemas. Lo apreté contra el pecho.
—¿Dónde está?
—Se ha ido a tirar. Dice que necesita «estar en silencio».
—¿Cuánto hace?
—Veinte minutos.
Cogí las muletas.
—Lota, cuidado con el tobillo.
—Me da igual el tobillo.
—Eso es mentira. —Sonrió sin alegría—. Pero te acompaño a la puerta.
* * *
El pabellón principal estaba vacío salvo por una figura en el tiro libre.
Oí el ritmo antes de verla. Bota, bota, respiración, tiro. Chof. Bota, bota, respiración, tiro. Chof. El metrónomo de siempre, aunque esta vez había una nota falsa: tardaba un segundo de más entre uno y otro. Y fallaba. Dos de cada cinco.
Crucé la pista con las muletas golpeando el parquet como un metrónomo torpe. Ella dejó de botar.
—Te he dicho que descanses la pierna —dijo, sin girarse.
—Tengo tu cuaderno.
Se quedó inmóvil. Vi cómo le cambiaba la espalda, de los omóplatos a la nuca, una rigidez que subía como una marea.
—Nuria te lo ha dado.
—Nuria no. Lo he abierto yo.
—Era mío.
—Lo sé.
—Era privado.
—Lo sé. —Estaba a tres metros. A dos—. Y lo siento. De verdad. No debí leerlo. Lo he leído igual.
Se giró.
Tenía la cara ceniza. Los ojos grises muy abiertos, demasiado quietos. Parecía una persona esperando un golpe y empeñada en no demostrar que lo espera.
—Pues ya lo sabes todo —dijo.
—No sé nada.
—Has leído…
—He leído que estabas pensando en mí desde el primer día. —Me temblaba la voz y me daba igual—. He leído que me quisiste abrazar el catorce de octubre y que lo retiraste. He leído que apuntas cómo me río.
—Valdés…
—Y que dices «es de otro».
Eso la rompió. No hizo ruido, pero algo se le descolocó en la cara.
—¿De quién? —pregunté—. ¿De quién soy, Nerea?
Silencio. El eco de mis muletas aún flotaba en las gradas.
—De él —dijo al fin, casi inaudible—. Del de la sudadera.
Me quedé parada.
—¿Qué?
—El de Medicina. El del balón torcido. El que te dice que te quiere por teléfono y al que echas de menos.
—Se le estaba rompiendo la voz y la sujetaba con las dos manos—.
Te oí. En la cafetería, hace semanas. «Tú nunca vienes, yo también te quiero.
» No fue mi intención. Y después, en tu casa, la sudadera, la silla…
Vi pasar por su cara cada una de las semanas. La mandíbula tensa al verme con ella puesta. El «dile que dibuja fatal». La estudiada distancia después de Zaragoza. Los escalones sin contar.
Y entonces me entró una risa.
Horrible. Fuera de lugar. Una carcajada con el corazón desgarrado que me tapé con la mano, mientras las lágrimas me corrían por la cara, y Nerea me miraba como si me hubiera vuelto loca.
—¿Te hace gracia?
—No. No. —Respiré a trompicones—. Perdona. Es que… Nerea. Nerea, mi amor, es mi abuelo.
—¿Qué?
—Es mi abuelo Fermín. Mi abuelo, que fue entrenador de baloncesto en Valladolid durante cuarenta años.
Estudió Medicina de joven, promoción del 64.
Pone 64, pero el seis se ha desteñido de tanto lavarlo y parece un nueve, y yo siempre lo he leído como tú.
—Me atraganté—. Le dibujó el balón a mi madre para que le sirviera de amuleto y ella me lo dio cuando me fui a la universidad.
«Tú nunca vienes» es porque vive en una residencia en Valladolid y yo no puedo ir todas las semanas.
«Yo también te quiero.» Me quiere más que a nadie. Tiene noventa años.
Nerea no se movió.
Pasó un segundo. Dos. Tres. Cuando por fin habló, lo hizo con una voz completamente nueva, ínfima, como de un niño al que le dicen que el monstruo del armario era un abrigo.
—Tu abuelo.
—Mi abuelo.
—¿Noventa años?
—Y medio.
—Y he pasado tres semanas…
—Sí.
—Celosa de un señor de noventa años en una residencia.
—Sí.
—Que seguro que tiene alguna cadera rota.
—No sabía eso, pero seguro que sí.
Nerea se tapó la cara con las dos manos. Se quedó así un rato, de pie, en mitad de la pista. Por un momento pensé que lloraba. Después vi que le temblaban los hombros y comprendí con asombro que se estaba riendo. Una risa baja, hecha de alivio y vergüenza, que se le escapaba por entre los dedos.
—Soy idiota.
—Un poco.
—Qué digo, soy la persona más idiota de Castilla y León. Con datos. Con una tabla de datos.
—Con una tabla preciosa.
—No empieces.
—Nerea. —Apoyé las muletas contra el poste de la canasta, en equilibrio imposible, y me acerqué cojeando hasta tenerla delante—. Mírame.
Bajó las manos. Tenía los ojos rojos y brillantes. El kohl corrido hasta los pómulos.
—Y lo de Dani —dije— tampoco es lo que crees.
Me escribió. Me pidió un café. Yo dije que no.
Lo envié bajo la mesa en el Rincón, aquella noche.
Me sentí tan ligera que no pude disimularlo, y tú me viste.
Lo de «un café no es nada» lo dije porque le estaba dando vueltas, porque era fácil, pero era fácil porque no tenía nada que descifrar. Y yo solo quería descifrarte a ti.
Se quedó sin respiración. Pude oírlo.
—¿Rechazaste a Dani?
—El mismo día.
—¿Por qué?
Me acerqué un paso más. Mi tobillo protestó con una punzada; lo ignoré. Estábamos a un palmo. Podía contar sus pestañas.
—Porque quería otro tipo de café —dije muy bajito—. Uno con canela.
Se le entreabrió la boca. Vi cómo bajaba la mirada hasta la mía, esta vez sin culpa, sin retirarla. Durante un instante larguísimo el mundo se redujo a dos respiraciones y a un aro mudo encima de nuestras cabezas.
Levantó una mano. Despacio. Los dedos temblaban. Me rozó la mejilla con el dorso, apenas, como si probara si era real.
—Lota —susurró.
—Dime.
—Tengo mucho miedo.
—Lo sé.
—No sé hacer esto.
—Yo tampoco.
—Me voy a equivocar.
—Probablemente.
—Y me vas a querer igual.
No era una pregunta, pero la dijo como si lo fuera, con el corazón colgando de las últimas palabras.
—Te voy a querer igual —dije.
Fue entonces cuando Tanque abrió la puerta del pabellón de una patada.
—¡LA CATA! ¡HAY QUE ESTAR TODAS! ¡Ramón va a recibir la última loncha y NO PUEDE HACERLO SOLO!
Nos separamos dando un salto, cada una hacia un lado. Mi muleta cayó con estrépito. Tanque se quedó en el umbral con el cuchillo jamonero en una mano y un plato de jamón en la otra, mirándonos con los ojos como platos.
—¿He interrumpido algo?
—No —dijimos las dos.
—Estáis muy rojas.
—Hace calor.
—Estamos a once grados.
—Es un calor de diez —dijo Nerea.
Y yo me eché a reír, y Nerea también, y Tanque, que no entendió nada, se encogió de hombros y gritó hacia el pasillo: «¡Están bien, están riéndose, ya vienen!».
* * *
Esa noche volví a casa sola, pero con el cuaderno de Nerea en la mochila.
Me lo había dado ella.
—Quédatelo —dijo en la puerta del pabellón, sin mirarme, con las orejas del color de una granada—. Lo he rellenado mal. Hay muchas cosas que no están.
—¿Como cuáles?
—Como que cuando ríes me huele a… —Se detuvo—. No sé cómo se escribe.
—¿A qué?
—A algo que no sé nombrar todavía. —Y con un último gesto, un rozamiento fugaz de dedos al despedirse—: Mañana a las siete. No faltes.
Subí los seis tramos con las muletas a la pata coja, riéndome sola en la escalera. En el rellano me detuve un momento y me quedé mirando mi propia puerta. Abrí. Colgué el abrigo. Y, de camino al dormitorio, pasé junto a la silla de la esquina donde la sudadera gris seguía colgada del respaldo.
La cogí. La olí. Huele a madera, a jabón, a algo más antiguo. Ahora ya sé lo que es. Es el olor de mi abuelo Fermín, de las tardes de domingo en Valladolid, de una casa donde me enseñaron a botar un balón antes que a atarme los zapatos.
La doblé con cuidado y la dejé sobre la almohada.
Después me senté en la cama, abrí la nota secreta, y bajo las doce líneas, escribí la que llevaba semanas sin atreverme a redactar:
13. Estoy enamorada de Nerea Salgado. Lo sé desde que me quitó una pestaña de la cara. Ya está dicho. En un sitio, al menos.
La leí en voz alta, en el silencio de mi piso, que por una vez no me dio ningún miedo.
Era la primera vez que lo decía. Y no pesaba nada.
Cabía en la boca.