MARCAJE PERSONAL Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Pensé en los escalones de piedra, desgastados en el centro por siglos de pasos.

Pensé en el peso, que no era peso, sino otra cosa.

Pensé en el sudor que me caía por la espalda y en el aliento de Carlota, que subía y bajaba en mi cuello como una marea corta.

Y pensé, con una claridad que preferiría haberme ahorrado, que no sentía el esfuerzo.

Que podía haber subido otros seis tramos. Otros sesenta.

Al llegar al rellano, jadeando, apoyé la frente contra la puerta.

—Las llaves —dije.

—En el bolsillo de la bolsa.

—¿Cuál?

—El pequeño. El de la cremallera.

Rebusqué. Encontré un llavero de una cigüeña de fieltro, que seguramente le había regalado Lucía, y una pulsera de oro enredada. Abrí.

Su piso era pequeño y cálido, con las paredes de piedra vista, una ventana enorme que daba a la muralla y una luz de última hora que lo tiñó todo de miel.

Olía a madera, a vainilla y a pan. Había una manta tejida a cuadros sobre el sofá y una estantería llena de libros de Comunicación, novelas y, sorprendentemente, tres plantas aromáticas con etiquetas escritas a mano: Albahaca (se llama Gloria). Menta (Menta). Romero (Don Romero).

—Les pongo nombres —dijo Carlota, desde mi espalda—. Para que no se sientan solos.

—Es muy tuyo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo guardo igual.

La dejé con cuidado en el sofá. Le coloqué la pierna sobre un cojín, tal como había dicho la doctora, a la altura del corazón. Aparté la manta, la doblé, la dejé a un lado. Todo con una eficacia profesional, pausada, que me dio miedo de tan natural.

Fui a la cocina. Encontré la nevera casi vacía: yogures, un trozo de queso, tres limones, una caja de cereales. Rebusqué en los armarios y descubrí lentejas, un puerro y una zanahoria.

—¿Qué haces? —gritó Carlota desde el sofá.

—Cocino.

—¿Tú?

—Lo de las lentejas lo aprendí con mi abuela. No sé hacer nada más.

—No hace falta.

—Hace falta.

—Nerea, de verdad, estás empezando a asustarme.

—Es solo sopa.

—Es sopa de Nerea.

Pelé la zanahoria con una navaja que encontré en un cajón. Piqué el puerro. Puse el agua a hervir. Mientras tanto, entré en el baño y volví con una toalla húmeda, que le coloqué sobre la frente, porque estaba pálida y temblaba un poco.

—No tengo fiebre.

—Es para que estés bien.

—Es la cosa más dulce que me han hecho en mucho tiempo.

—Es una toalla.

—Es una toalla dulce.

Desaté la zapatilla con una paciencia infinita.

El tobillo estaba ya hinchado como una fruta madura, de un color entre violeta y verde, con el vendaje compresivo marcándole la piel.

Lo sostuve entre las manos, con el pulgar en la parte interna, donde la piel era finísima. Noté cómo contenía la respiración.

—¿Te duele?

—No.

—Mientes.

—Un poco.

—¿Dónde?

—Aquí. —Me guio la mano unos centímetros más arriba, con los dedos fríos sobre los míos—. Y aquí.

—Aquí no es el tobillo.

—Lo sé.

—Es la pantorrilla.

—Se me ha cargado.

Nos miramos. Yo estaba arrodillada en la alfombra, con su pie entre mis manos y las yemas de los dedos en su piel desnuda.

Ella estaba recostada sobre los cojines, con la toalla en la frente, las mejillas encendidas y los ojos enormes, castaños, con motas verdes.

Tan cerca que veía latirle la vena del cuello.

Algo caliente me subió por el brazo y se me instaló en el estómago, un nudo tibio, de esos que no se explican con estadística.

—Nerea —susurró.

—Hmm.

—Si sigues mirándome así, no voy a poder estarme quieta.

No pensé. Ahí está el error. Mis pulgares recorrieron una línea sobre su empeine, despacio, siguiendo el hueso, hasta el arco del pie. Ella cerró los ojos. Dejó escapar un suspiro bajo, entrecortado, que no tenía nada que ver con el dolor.

El agua de la cocina empezó a hervir. Un borboteo violento, con un siseo.

—Se sale —dije.

—Que se salga.

—Tengo que ir.

—Lo sé.

No me moví. Ella tampoco.

—Las lentejas —murmuré.

—Las lentejas.

Solté su pie. Me levanté, con las rodillas flojas. Entré en la cocina, apagué el fuego, apoyé las dos manos en la encimera y respiré con la mirada fija en un azulejo que decía Casa dulce casa.

Es de otro, pensé. Con menos fuerza que antes. Como una lección que ya no creo.

Pero ella no ha dicho su nombre. Ni una vez.

* * *

Comimos las lentejas en el sofá, con las rodillas juntas, un plato cada una y una cucharada de aceite de oliva por encima. Estaban buenísimas. Hasta me sorprendió. Carlota hizo un ruido de gusto y se tapó la boca, avergonzada.

—¿Esto es lo que cocinaba tu abuela?

—Casi. A ella le salen mejor.

—No lo creo.

—Le echa chorizo.

—Entonces es trampa.

—Es cultura.

—Tanque diría lo mismo.

—Tanque tiene razón en más cosas de las que admite.

Sonó el teléfono de Carlota. Estaba en el reposabrazos, con la pantalla hacia arriba. El nombre se iluminó antes de que ella pudiera cogerlo: MAMÁ.

La vi tensarse. Fue una transformación mínima, pero la reconocí. Los hombros. La mandíbula. Esa sonrisa que se pone de repente como un maquillaje de urgencia.

—Hola, mamá. Sí. No, estoy bien. —Una pausa—. No, no he mirado lo de las oposiciones. Te lo prometo. Sí, estoy cenando. Con una amiga.

Me miró, de reojo. Una amiga. La palabra se me clavó en un lugar donde no tenía derecho a doler.

—Me he torcido un tobillo, nada grave. No hace falta que vengáis. Papá no tiene que… no. Mamá, no. —Cerró los ojos—. Vale. Vale. Te llamo mañana. Yo también te quiero.

Colgó. Dejó el móvil bocabajo. Se quedó quieta, con los ojos cerrados y la cuchara en la mano, y vi cómo la sonrisa se le iba cayendo poco a poco, como un maquillaje que se derrite.

No pregunté nada. Dejé mi plato en la mesa, recogí el suyo, volví a sentarme y puse mi mano abierta sobre el cojín, entre las dos, con la palma hacia arriba.

Igual que la suya, la noche del hostal.

No dijo nada. Solo bajó la mano y la puso encima de la mía. Y nos quedamos así, mirando la pared, hasta que la luz de la ventana pasó de miel a ceniza.

* * *

Me quedé hasta tarde.

No lo decidí. Fue pasando. Lavé los platos. Cambié la bolsa de guisantes de Don Ceferino por una de hielo de verdad que encontré en el congelador. Le coloqué la pierna en alto, le puse otra manta, apagué la luz del techo y encendí una lámpara pequeña.

—Tienes que irte —dijo ella, medio dormida.

—Lo sé.

—Nuria te estará esperando.

—Nuria ya sabe dónde estoy.

—¿Cómo?

—Porque me conoce. —Me senté en el sillón junto al sofá, con las rodillas contra el pecho, envuelta en la manta de cuadros—. Dormiré aquí un rato. Por si necesitas algo.

—Dormirás fatal.

—He dormido peor.

—Nerea.

—¿Qué?

—Gracias por quedarte.

Se me hizo un nudo en la garganta, uno de esos pequeños y duros. Quiero que alguien se quede. Se lo había dicho yo, en voz alta, en un hostal de carretera. Y ella lo había guardado.

—No es nada —dije.

—Es mucho.

—Es… un dato.

—No lo es —susurró, con la voz ya arrastrada por el sueño—. Ya lo hemos hablado.

Sonreí en la penumbra. Ella se durmió casi enseguida, con la mano colgando fuera del sofá, a unos centímetros de mi rodilla.

Me quedé despierta. Contemplé la luz en las paredes de piedra, el perfil de su cara, el vendaje blanco asomando bajo la manta.

Pensé en las lentejas. En su madre al teléfono.

En una sudadera gris que colgaba, ahora lo veía, del respaldo de una silla en la esquina del salón.

Enorme. Con el puño izquierdo del balón torcido.

La miré largo rato. No sentí rabia. Ni celos. Sentí algo mucho más difícil: una especie de tristeza dulce, una resignación sin amargura, como cuando se te escapa un tren en una estación que te gusta.

Y entonces, en la oscuridad, mientras los ojos se me cerraban, noté que algo me rozaba el pelo.

Sus dedos. Dormida, en un gesto de sonámbula, había estirado la mano y la había dejado caer sobre mi cabeza, entre los mechones sueltos del moño. No acariciaba. Solo estaba allí, una mano ligera como un pájaro posado.

No me moví.

Quédate, pensé, sin saber a quién se lo decía.

Me quedé yo.

* * *

Desperté con la luz del amanecer y un cuello que crujía como una puerta vieja.

La manta de cuadros se me había caído al suelo, y la lámpara seguía encendida.

En el sofá, Carlota dormía profundamente, con la boca entreabierta.

En la mesa, sobre un posavasos, alguien había dejado dos cosas: un vaso de agua y una nota escrita con una letra redonda y perfecta, con un corazoncito en la i.

«Nerea: gracias por llevarme a cuestas. Si quieres mi lado del sofá, es tuyo. Si quieres otra cosa, también. No hay prisa. — L.»

Debajo, una línea más, escrita con otra tinta:

«P.D.: Voy a llamarte Ney todo el rato. Tienes que aguantarte. Es un dato.»

Leí la nota tres veces. Después la doblé en cuatro y me la guardé en el bolsillo de la sudadera, el de delante, junto al corazón, donde ella había guardado mi hoja de datos.

Cogí mis cosas. Me puse las zapatillas en la puerta. Antes de salir, volví a mirar el sofá. Y en ese instante, sin permiso, sin plan, sin dato alguno, hice algo que no tenía previsto: me incliné y le acomodé el mechón de pelo que le cruzaba la mejilla.

Despacio. Con un solo dedo.

Ella sonrió en sueños.

Salí a la escalera. Seis tramos de piedra hacia abajo, y por primera vez en mi vida no conté ninguno.