MARCAJE PERSONAL Capítulo 13
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Capítulo 13

NEREA

Hay sonidos que uno reconoce sin haberlos oído nunca. El de un tobillo cuando se tuerce más de lo que le corresponde es uno de ellos.

Fue un chasquido corto, seco, como una ramita bajo una bota. Y a continuación un grito, que no fue de dolor sino de sorpresa, el de alguien que no entiende por qué el suelo ha dejado de ser suelo.

Fue culpa mía. Eso quiero que conste. Por escrito, en tinta, con el sello de la verdad estadística.

* * *

Pero empecemos por el principio, que es mi forma de ser.

Habían pasado cinco días desde la plaza, y yo llevaba cinco días ejecutando un plan impecable: no pensar en la boca de Carlota Valdés a diez centímetros de la mía.

El plan tenía fases. La fase uno era la puntualidad: llegar al pabellón a las siete menos cinco, tirar, y hacer los veinte minutos de pase con la cara de quien resuelve una ecuación.

La fase dos, la conversación mínima: «Más a la derecha», «Vale».

La fase tres, la más sofisticada, consistía en no mirar.

Ni a la cara, ni a las manos, ni al sitio donde el cuello se vuelve clavícula. Mirar el balón. El balón no miente.

El balón, además, no huele a vainilla.

—Tienes la técnica de un sonámbulo —dijo Nuria el jueves, sentada en el banquillo con la tablet en las rodillas.

—Estoy concentrada.

—Estás dormida con los ojos abiertos. Es una habilidad, pero poco deportiva.

—Es que no he dormido bien.

—Ya.

—Deja…

—No lo digo. —Levantó las manos—. Esta vez no. Solo te recuerdo que el viernes tenemos partido en casa y que tu pase ha bajado del noventa al setenta y uno por ciento.

—Es una anomalía.

—Es una anomalía con coleta que está a tres metros.

Carlota calentaba al otro lado de la pista. Llevaba el pelo recogido y una camiseta gris de entrenamiento. Estiraba un cuádriceps con una pierna doblada hacia atrás y la cabeza ladeada, hablando con Bea, riéndose con todo el cuerpo.

La miré. Un segundo. Dos.

Ella se giró, me pilló, y me sonrió. La torcida. La buena. La que me había dedicado después del vestuario, después del café de almendras.

Yo bajé los ojos al balón con la misma dignidad con que se baja de una cornisa.

* * *

Lola programó para ese día el ejercicio al que llamaba «el rodeo». Un tres contra tres a toda pista, sin parar, con rebotes obligatorios y una consigna: «Quien no pase, corre». Sonaba bien en teoría. Y en práctica era un caos organizado donde todas chocaban con todas.

A mi equipo le tocó Inés en la pintura, Tanque de ala y yo de escolta. Enfrente, Bea, Lucía y Carlota.

—Salgado, tú saca —ordenó Lola.

Saqué. Corrí. Pasé a Inés, que se la devolvió a Tanque, que me la pasó a mí con la delicadeza de quien lanza un saco de patatas. Subí por la banda con Carlota pegada a mi cadera. Su respiración me tocaba la nuca. Su defensa era como ella: ligera, juguetona, imposible de ignorar.

—Hola —susurró.

—No se habla en defensa.

—Es que no te he dicho hola desde ayer.

—Ayer te dije hola.

—Un hola de parte meteorológico. —Se ladeó para cerrarme el ángulo—. Quiero uno de verdad.

Y me pasó una mano por la cintura, un roce corto, como parte de la defensa. Un contacto reglamentario.

Se me fue la cabeza.

Eso es lo que pasó. Lo digo sin adornos, para quien lea el informe. Fue un instante, un fallo de cálculo. Vi a Tanque abierta bajo el aro, hice el pase con la cabeza en otra parte, demasiado fuerte y demasiado a la derecha, un balón desviado que cruzó la pista como una bala perdida.

Carlota, que corría a cubrir, giró para interceptarlo. Saltó. Lo tocó con las yemas. Y al caer, apoyó el pie en el borde de la zapatilla de Tanque, que había entrado a rebote sin mirar.

Chasquido.

Un grito corto. Un cuerpo que se doblaba. Un silencio de pabellón entero.

* * *

—No te muevas —dije.

No recuerdo haber cruzado la pista. Solo sé que de pronto estaba de rodillas junto a ella, con las manos temblando, mientras Carlota, sentada en el parquet, se agarraba la pierna con la cara blanca como el papel.

—Estoy bien —dijo.

—No lo estás.

—Un poco sí.

—Mira el tobillo.

—No quiero mirar.

—Pues no mires. —Le tomé el pie con las dos manos y lo sostuve con una delicadeza que no sabía que tenía—. Respira. Cuenta.

—¿Hasta cinco?

—Hasta diez.

Contó. En el cuatro se le quebró la voz. En el siete me agarró el antebrazo con tanta fuerza que me dejó marcados los dedos. En el diez soltó el aire y apoyó la frente contra mi hombro, sin permiso, sin avisar, con un temblor pequeño que le recorría la espalda.

Yo no me aparté.

Lo noté, y no me aparté. Tenía su pelo en la barbilla y su aliento caliente en el cuello. Alrededor, el equipo entero formaba un círculo respetuoso. Lola ya estaba allí con el silbato en la mano y una expresión que ahorro describir.

—Hielo —dijo Lola—. Ceferino. Hielo, ya.

—Voy —dijo Don Ceferino, que había aparecido con la fregona abandonada y una bolsa de guisantes congelados de procedencia dudosa.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó Inés.

—Era mi almuerzo.

—Pues ahora es hielo.

—Era un buen almuerzo.

—Lo sé, Ceferino. Gracias por tu sacrificio.

Tanque estaba de pie, a un lado, pálida y encogida, con las manos en la boca.

—Lo siento, Lota, lo siento mucho, no te vi, he sido yo, lo siento…

—No ha sido culpa tuya —dijo Carlota, con los ojos cerrados.

—No —dije yo—. Ha sido mía.

Todos me miraron.

—El pase —añadí—. Fue mío. Estaba mal.

—Salgado —dijo Lola, con una voz sorprendentemente suave—. Después hablamos de eso.

* * *

Esguince de grado dos del ligamento lateral externo.

Lo diagnosticó la doctora del servicio médico de la universidad, una mujer pequeña y mortalmente tranquila que le palpó el tobillo con dos dedos y pronunció la sentencia: diez días de baja, muletas, vendaje compresivo, antiinflamatorios, hielo cada tres horas y «reposo con la pierna en alto, señorita Valdés, lo que significa en alto de verdad, no a modo de sugerencia».

—Pero hay partido el viernes —protestó Carlota.

—Lo verá desde el banquillo.

—Y el fin de semana siguiente tenemos viaje a León.

—Ya veremos.

—Pero…

—Señorita Valdés. —La doctora la miró con una calma de piedra—. Hay una cosa más larga que diez días de baja: seis semanas de baja por no haber hecho caso. Elija.

Carlota calló. Era la primera vez que la veía perder una discusión sin una sola réplica.

Le dieron las muletas. Las probó dos pasos. Casi se cae.

—Yo la llevo —dije.

La doctora levantó una ceja.

—¿Perdón?

—A casa. Yo la llevo.

—Puede ir en taxi.

—Vive en un tercero sin ascensor.

—Hay seis tramos de escalera —dijo Carlota, con una risa que se le quedó a medias—. Nerea, no hace falta.

—Hace falta.

—Puedo pedirle a Bea…

—Bea está en clase hasta las ocho.

—Pues Nuria.

—Nuria no sabe cuidar a nadie. Se le olvida que existen los cuerpos.

—Es verdad —confirmó Nuria, desde la puerta, sin ofenderse—. Los trato como variables.

Carlota me miró. Esperaba una razón. Tenía a una médica, una entrenadora y media plantilla escuchando con atención. Y yo, que tengo respuesta para casi todo, solo pude decir la verdad más corta que encontré:

—Quiero hacerlo.

Silencio. Un silencio donde se podía oír caer una moneda.

—Vale —dijo Carlota, en un hilo.

Detrás de mí, Lola carraspeó con el rotulador rojo todavía en la mano. Y por primera vez desde que la conozco, no tenía ninguna frase.

* * *

Hay una diferencia técnica entre llevar a alguien a cuestas y llevar a alguien en brazos. En brazos es romántico y poco práctico. A cuestas es una cuestión de ingeniería.

—Súbete —dije, agachándome en mitad de la calle de la Judería, con su bolsa colgada del hombro y las muletas en la otra mano.

—Pesaré mucho.

—Pesas sesenta y tres kilos. Lo calculé en el vestuario.

—¿Has calculado mi peso?

—Es lo que hago.

—Qué inquietante.

—Sube.

Se subió. Sentí sus brazos rodeándome el cuello, sus muslos aferrados a mis caderas, su pecho contra mi espalda, el calor de su cuerpo atravesándome la sudadera.

Se le escapó una risa nerviosa junto a mi oreja.

Me puse de pie, colocando el peso con un pequeño impulso, y emprendí el camino adoquín a adoquín bajo un cielo que se ponía rosa sobre la muralla.

—Nerea.

—¿Qué?

—Tu espalda está muy caliente.

—Es el esfuerzo.

—Pero si todavía no has hecho esfuerzo.

—Es anticipación del esfuerzo.

—Eso no existe.

—Cállate y agárrate.

Se agarró. Apoyó la barbilla en mi hombro.

Y fuimos así por la calle empedrada, ella con la pierna vendada colgando, yo contando los pasos en voz baja para no pensar.

Pasamos junto a un grupo de ancianas en un banco, que nos miraron con una aprobación casi litúrgica.

Junto a un perro con un impermeable. Junto a un chaval en bicicleta que silbó, y al que Carlota le sacó la lengua.

—¿Sabes que esto es lo más cerca que hemos estado desde Zaragoza? —murmuró.

—Lo sé.

—Y que ibas a seguir huyendo.

Me detuve.

No me giré. No pude. Se me había cerrado la garganta, un poco, de golpe.

—No estaba huyendo.

—Nerea.

—Estaba… organizándome.

—Corriste dos kilómetros a las seis de la mañana.

—Uno y medio.

—Y me dejaste una nota con una sola línea.

—Era una nota completa.

—Y desde entonces me hablas como si fuera una reunión de empresa. —Su voz era suave, sin reproche, pegada a mi oído—. No te lo estoy diciendo para que te sientas mal. Te lo digo porque lo he notado. Y porque me ha dolido un poquito.

Cerré los ojos.

Un poquito. Esa palabra, dicha así, con aquel cuidado, me hizo más daño que cualquier reproche. Pensé en el chasquido del tobillo. En mi pase mal dado. En que la persona que llevaba a cuestas había terminado herida por no haber estado yo donde debía.

—Lo siento —dije.

—No es una disculpa de datos.

—No.

—Qué raro.

—No tengo tabla.

—Me gusta más así.

—Es peor.

—Es mejor.

Reanudé la marcha. Subimos los últimos metros en silencio, pero ya no era el de los últimos días. Era uno de esos silencios blandos, gastados, de los que se llevan puestos como un jersey.

* * *

Seis tramos de escalera con una persona a la espalda dan para pensar mucho.