Capítulo 12 #2
Una risa de verdad, de las de cuerpo entero. Grave, ronca, medio atragantada, sin freno. Una risa que le sacudía el costado contra el mío, que le arrugaba los ojos, que le sacaba un resoplido a cada salto. Parecía una persona que acababa de descubrir que podía reír y no sabía bien cómo apagarlo.
Yo me reí también. Era imposible no hacerlo. Saltando, riendo, a punto de caernos, con la plaza entera rugiendo y la tarima al fondo, cada vez más cerca.
—¡Lota! —gritó entre carcajadas—. ¡A tu derecha, los jubilados!
Lota. Lo había dicho sin darse cuenta. Un grito al viento, en mitad de una carrera, con la guardia por los suelos. Y yo, que llevaba tres días a oscuras, sentí que se me encendían todas las lámparas del mundo a la vez.
Miré a la derecha. Anselmo Gutiérrez, de ochenta y un años, boina calada y sonrisa de gánster, avanzaba a una velocidad sospechosísima.
—¡Tiene ruedas! —grité.
—¡No puede tener ruedas!
—¡Se oye un ruido!
—¡Eso es un crujido de rodilla!
—¡Es un crujido de ruedas!
Y al llegar a los últimos cinco metros, con la meta a la vista, una cinta morada sostenida por dos niños con cara de santos, Nerea hizo algo que no olvidaré en la vida.
Tiró de mí con el brazo que tenía en mi cintura, una fracción de segundo antes del salto.
Una tracción mínima, casi un abrazo. Y me elevó, o me elevó el saco, o me elevó la risa, no lo sé. Pero volamos.
Cruzamos la meta por delante de Anselmo Gutiérrez por una nariz.
Caímos las dos al suelo encima de la cinta, dentro del saco, enredadas, con la plaza hecha un estruendo.
Yo estaba de espaldas, ella encima, con las manos apoyadas a ambos lados de mi cabeza, el pelo suelto cayéndole sobre mi cara y el kohl corrido de tanto reír.
Nuestras narices a diez centímetros. Su aliento, mezclado con el mío, con olor a morcilla y a canela.
No nos movimos.
Duró un segundo. Quizá dos. El rugido de la plaza se volvió lejanísimo, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Vi que sus ojos bajaban un instante a mi boca y volvían a subir, rápidos, culpables.
Vi la risa que se le apagaba despacio en la cara, como una vela a la que se le acaba la cera, y detrás aparecer otra cosa. Algo hondo. Algo asustado.
—¡Las Cigüeñas! —gritó Napoleón, en el megáfono—. ¡Ganadoras del Concurso de Sacos por tercera vez en la historia y primera en nueve años!
Nerea se apartó como si el suelo quemara.
* * *
El premio era un jamón.
Entero. Con pezuña. Atado con un lazo morado y entregado por el alcalde con un discurso de ocho minutos sobre la importancia del deporte femenino, que Tanque interrumpió con un sollozo muy audible.
—Lo vamos a llamar Ramón —dijo, abrazando el jamón como quien abraza a un recién nacido.
—Los jamones no se llaman —dijo Inés.
—Este sí. Ha nacido de nuestro esfuerzo. Es el hijo de las Cigüeñas.
—Se va a comer.
—Se va a respetar —dijo Tanque, muy serio—. Y luego se va a comer.
Yo me reía con la ropa manchada de tierra, un ramo de pañuelos morados que alguien me había puesto en la cabeza y el pelo hecho una catástrofe. Paqui apareció entre el gentío y me estampó un beso sonoro en cada mejilla.
—¡Ochenta euros! ¡Apostó el Rincón entero por vosotras!
—¿Por nosotras?
—Por las dos. «El saco de las enemigas». Salió a seis a uno.
—¿Quién os dijo que éramos enemigas?
—Nadie. —Paqui me guiñó un ojo con una malicia cálida—. Pero es lo que dice la gente que no ha visto cómo os miráis.
Se perdió entre la multitud antes de que pudiera contestarle. Busqué a Nerea con la mirada.
Estaba junto a la tarima, un poco apartada, hablando con Don Ceferino.
Con la chaqueta de lana de nuevo bien cerrada, los hombros hacia atrás, el moño recompuesto con dos manotazos.
Me vio mirarla y me devolvió un gesto minúsculo, un «hola» con la barbilla.
Educado. Perfecto. Con el filo de las orejas de un rosa que nadie más habría visto.
Y aquel gesto, tan pequeño, me hizo más ruido que toda la plaza.
* * *
Hacia medianoche, tras una cena tumultuosa en la que Ramón presidió la mesa del Rincón con un pañuelo de lazo, Bea me arrastró a la plaza para ver los fuegos.
Era una noche fría y despejada. Las bombillas de las casetas dibujaban halos amarillos y la charanga tocaba una versión desafinada de algo que, con mucha imaginación, podía ser un pasodoble.
Subimos por una cuesta hasta el mirador de la muralla.
Desde allí se veía el río, el puente romano iluminado como un collar, y las luces de Vallebrava extendiéndose valle abajo.
—¿Has hablado con ella? —preguntó Bea.
—¿Con quién?
—Lota.
—No he podido.
—Se ha ido a las diez.
—Tenía sueño.
—Dijo que se iba a su casa.
—Lo sé.
—Ha dejado la cuenta de su parte en la mesa.
—Siempre lo hace.
—Lota.
Me volví hacia ella. Bea llevaba una bufanda gigante y la cara enrojecida por el frío, y me miraba con una seriedad rarísima en ella.
—Te lo digo desde el cariño. A mí no me tienes que contar nada. Pero no dejes que se esconda mucho tiempo, ¿vale? Porque estas cosas se enfrían.
—¿Qué cosas?
—Las que ninguna de las dos quiere nombrar.
Abrí la boca. Y en ese instante, sobre el río, estalló el primer cohete, una peonza dorada que se abrió en el cielo y pintó de oro las murallas, el puente, la cara de Bea, mis manos en la piedra. Lo siguió uno rojo. Uno plateado. Uno verde.
Me quedé mirando el cielo sin ver nada.
No quiero que se enfríe, pensé. Tan clara, tan sencilla, como un vaso de agua.
El móvil vibró en el bolsillo del abrigo.
Un mensaje.
Ney: Hoy ha sido el mejor día de las fiestas. Es un dato.
Lo leí con el corazón en la boca. Iba a contestar cuando llegó un segundo mensaje, justo debajo, escrito sin prisa, con el cuidado de quien lo ha tecleado y borrado varias veces:
Ney: Buenas noches, Lota.
Se me nubló la vista. Los fuegos artificiales, de pronto, se desdibujaron en un manchón de colores.
—¿Qué? —preguntó Bea—. ¿Qué te ha dicho?
—Me ha llamado Lota.
—Oh, por favor.
—Dos veces hoy.
—Oh, Dios mío. —Me tomó la mano y la apretó—. Entonces la tortuga ha sacado la cabeza.
—Un poquito.
—Un poquito es un montón.
Sonreí, con el cielo reventando a pedazos sobre el río, con los ojos húmedos y las mejillas ardiendo. Escribí con el pulgar, despacio:
Yo: Buenas noches, Ney.
Y a continuación, antes de poder arrepentirme:
Yo: Para mí también. Y no es un dato.
Pulsé enviar. Lo vi llegar. Vi aparecer los dos checks azules, y debajo, durante un largo minuto, los tres puntitos de alguien que escribe, borra y vuelve a escribir.
Nunca llegó el mensaje.
Pero no me importó. Esa noche, por primera vez desde que llegué a Vallebrava, subí las escaleras de mi piso sin miedo al silencio. Abrí la nota secreta con una sonrisa tonta y añadí:
12. Me ha llamado Lota. Dos veces. Y me he reído con ella hasta que nos hemos caído al suelo. Si esto es lo que se siente al no tener miedo, que me avisen cuándo se acaba.
Lo leí. Lo dejé así.
Y en la ventana, sobre la muralla, el último cohete de la noche se abrió en una flor lenta y morada que fue desvaneciéndose, como si no quisiera irse del todo.