MARCAJE PERSONAL Capítulo 12
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Capítulo 12

CARLOTA

Tengo una teoría sobre la felicidad: no avisa. No llega con trompetas ni con un cartel de «a partir de ahora, todo bien». Se cuela por las rendijas, y un día te descubres cantando en el portal, saludando a las palomas y comprando pan para tres personas viviendo sola.

Eso me pasó el lunes siguiente a Zaragoza. Y Bea, que lo ve todo, se plantó delante de mí en la panadería con los brazos cruzados.

—Llevas tres minutos silbando.

—No silbo.

—Silbas. Es una cosa de Disney. —Me señaló con la barra de pan—. Lota, ¿qué te ha pasado?

—Nada. Hemos ganado.

—Ganamos cada dos por tres desde hace una semana y no silbabas.

—Es que ahora ganamos bien.

—Ya.

—Deja de decir…

—Ya, ya, ya. —Pagó el pan—. Pero que sepas que la ciudad entera te ha oído. Don Ceferino me ha preguntado si estabas enamorada o si habías heredado.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que las dos cosas dan la misma cara.

Me puse roja hasta las raíces del pelo. Ella sonrió con una ternura insoportable y me dio un cruasán.

* * *

Lo que me tenía de tan buen humor, y lo que me aguaba un poco el buen humor, era la misma cosa. Una persona de un metro setenta y ocho, con kohl y botas.

Por un lado, estaban los hechos, que atesoraba como un dragón con su montaña de oro.

Una mano apoyada en la mía en la oscuridad.

Un café de almendras con canela, el peor del mundo y el mejor de mi vida.

Un pulgar a un milímetro de mi pómulo. Catorce pases.

Catorce. Se lo conté a mi espejo del baño, y el espejo me devolvió una cara que no había visto nunca, la de alguien que ha ganado algo sin saber el nombre del premio.

Por el otro lado, estaba Nerea desde el domingo.

El domingo, de vuelta de Zaragoza, había desaparecido nada más bajar del autobús.

«Me duele la cabeza», dijo a nadie, y se perdió calle abajo con la bolsa al hombro.

El churro de ese día lo pagó dejando tres euros diez en el platillo de Paqui y una nota: «Estadística.

Lo siento. N.» El lunes llegó al tiro libre de las siete con cuatro minutos de antelación, esperó a que yo entrara para dedicarme un «Buenos días, Valdés» como quien da el parte meteorológico, y los veinte minutos de pase transcurrieron con una eficiencia que me dio escalofríos.

«Más a la derecha.» «Vale.» «Ahora tú.» «Vale. »

Valdés. Otra vez Valdés. Cuando la noche del hostal había sido «Lota» en mi cabeza, y casi, casi en sus labios.

—Está asustada —dijo Nuria, que me encontró en el pasillo del pabellón contemplando una fuente con la expresión de un náufrago.

—¿De mí?

—De sí misma, que es peor. —Se ajustó las gafas—. Ney reacciona a las cosas que le importan igual que una tortuga: se mete en el caparazón y saca una cabeza muy digna, diciendo que está perfectamente.

—¿Y qué hago?

—Nada.

—¿Nada?

—Si la empujas, se esconde más. Si esperas, a veces saca una patita. —Me apretó el brazo—. Tú sigue siendo tú. Pero no te agobies. Y cuidado con esa sonrisa, que se te ve la cara de lo que sabes.

—Yo no sé nada.

—Ya.

Me abstuve de contestar, que es la forma más elegante que tengo de rendirme.

* * *

El jueves empezaron las Fiestas de San Anselmo, y Vallebrava se volvió loca.

No hay otra manera de describirlo. Una ciudad de cuarenta mil habitantes que lleva once meses con la compostura de un notario se desmelena durante cinco días con la entrega de quien ha estado reprimiéndose.

La Plaza Mayor se llenó de casetas con guirnaldas de bombillas.

Había puestos de morcilla, de pimientos asados, de dulces con nombres como «suspiros de monja» y «bocados del Cid».

Había una charanga que recorría las calles a las nueve de la mañana, a las tres de la tarde y a las doce de la noche, sin ningún criterio que yo lograra identificar.

Y por todas partes, en balcones, farolas y solapas, pañuelos morados y amarillos, los colores de la universidad, porque aquí no se sabe dónde acaba la ciudad y dónde empieza el Atalaya.

—Es como Pozuelo, pero con vida —le dije a Bea, que me llevaba del brazo por una calle atestada.

—Es como Pozuelo, pero con morcilla.

—Es lo mismo que he dicho.

—Casi.

El sábado, a las doce, tocaba el acto más importante de las fiestas: el Concurso de Sacos de San Anselmo.

Llevaba celebrándose desde 1962. Participaban peñas, gremios, familias, cuarteles de bomberos y, desde hacía unos diez años, el equipo de baloncesto de la universidad, porque Lola Ferrer, tras una discusión muy larga con el alcalde, había decretado que «una cigüeña que no salta es una gallina».

—Es obligatorio —nos explicó en la puerta del pabellón, con un mono de trabajo morado, un silbato y la expresión de quien va a la guerra—. Es tradición. Es representación institucional. Y es, sobre todo, una oportunidad de humillar a los bomberos, que llevan nueve años ganándonos.

—¿Nueve? —preguntó Lucía.

—Nueve. Y la peña de los jubilados, que hace trampas.

—¿Qué tipo de trampas?

—Una vez Anselmo Gutiérrez saltó con un saco que tenía ruedas.

—¿Cómo?

—Ruedas. Pequeñas. Dentro. Lo descubrió el árbitro porque oyó el ruido.

—Lo del árbitro es verdad —confirmó Don Ceferino, que pasaba con la fregona—. Yo era el árbitro.

Fue entonces cuando entendí que Vallebrava era una ciudad en la que todas las leyendas eran, por desgracia, ciertas.

* * *

El concurso era por parejas.

No lo dijo nadie hasta que estuvimos en la plaza, entre una multitud de más de dos mil personas, con la tarima del alcalde, un cordón de cinta morada y un hombre con un megáfono que parecía Napoleón.

Cada pareja se metía en un único saco de arpillera, enorme, de patatas, de los que se compran por quintales.

Cuatro piernas dentro, dos cabezas fuera, y cuarenta metros de plaza empedrada por delante.

—Yo con Bea —dijo Tanque inmediatamente.

—Yo con Tanque —dijo Bea.

—Inés y yo —saltó Lucía, tan rápido que se le trabó la lengua.

—Faltan dos —dijo Lola, desplegando un papel.

—No, no, no —dijo Nerea.

Nerea estaba junto a mí, con una chaqueta de lana negra, el kohl recién puesto y la mandíbula tensa. No me había mirado desde que llegó. Había estado todo el rato mirando la tarima, los sacos, el megáfono, cualquier cosa.

—Salgado —dijo Lola—, ¿decías algo?

—Que yo no salto.

—Saltas.

—No en sacos.

—Hay una primera vez para todo.

—Entrenadora, con todo respeto…

—Vais juntas. Es tradición.

—Esa tradición no existe —dije yo, saliendo en su defensa por puro instinto.

—Existe desde que la he inventado, hace diez segundos. —Lola alzó una ceja—. Y además me lo debes, Valdés. Por la técnica.

Me callé. Era un argumento incontestable.

Nerea cerró los ojos. Respiró por la nariz. Cuando los abrió, me miró por primera vez en tres días, y el gris de sus ojos tenía algo parecido a la rendición, y algo también de un pánico muy pequeño y muy contenido.

—Vale —dijo.

* * *

Un saco de patatas por dentro es más íntimo de lo que parece.

Es un secreto que ignoran las personas que no han participado en un concurso de sacos por parejas.

Hay que entrar de lado, uno por cada esquina, con cuidado.

Hay que subirse el saco hasta la cintura.

Hay que rodear con un brazo la cintura de la otra para no caerse.

Y hay un olor a yute y a tierra seca, y un calor de dos cuerpos en un espacio de un metro cuadrado, que hace que uno repase mentalmente las veces que ha dicho «no me importa» y se pregunte por qué.

—Brazo —dije.

—¿Cómo?

—Tienes que pasarme el brazo por la cintura. Si no, nos caemos.

—Ya lo sé.

—Pues hazlo.

—Estoy en ello.

Su brazo vaciló en el aire como una cometa sin viento.

Después bajó y se me posó en la cintura, firme, caliente, a través de la sudadera, con los dedos abiertos sobre el hueso de la cadera.

Contuve un respingo. Yo hice lo mismo con la mía, y sentí bajo mi mano el costado de Nerea, delgado y duro, que subía y bajaba demasiado rápido.

—Tu corazón va a mil —dije.

—Es la adrenalina.

—Del saco.

—Del saco, sí.

—Qué emocionante, un saco.

—Valdés.

—¿Qué?

—Cállate y salta.

—Es mi plan.

Napoleón levantó la pistola de fogueo.

—¡Preparados! —bramó por el megáfono—. ¡Listos!

Entre los bomberos, que formaban en la línea de al lado como una alineación de rugby, vi a un hombre de bigote con una mirada de fanático.

A nuestra derecha, los jubilados de la peña, con sus boinas y sus pantalones de pana, sonreían como tiburones.

A nuestra izquierda, Tanque y Bea ya se habían caído dos veces.

—¡Ya!

Salimos disparadas.

Y fue un desastre. Uno glorioso, absoluto, de los que se cuentan en la sobremesa durante años.

Saltamos desacompasadas y a los tres metros nos fuimos al suelo.

Nos levantamos y nos volvimos a caer. A la cuarta, Nerea gritó «¡A la de tres, con el pie izquierdo!

». A la quinta, yo grité «¡Tu izquierdo o el mío!

». A la sexta, la multitud, que ya era una masa única y coral, coreaba nuestro nombre.

«¡Va-llas! ¡Va-llas!» Nadie sabe por qué.

Creo que alguien había mezclado Valdés con Salgado y salió algo con aspecto de yogur.

Fue en el décimo salto cuando ocurrió.

Me di cuenta de que ya no pensaba en nada.

Solo en saltar. En contar. En su brazo, ahí, firme en mi cadera, y en el compás que se había instalado entre las dos sin permiso.

Uno y dos. Uno y dos. Sin hablar. Sin planearlo.

La mano de Nerea apretaba un poco en cada salto, como un metrónomo, y mi mano apretaba la suya de vuelta, y de pronto estábamos avanzando sobre el empedrado como una sola bestia con cuatro patas, adelantando a los bomberos, que se habían enredado, y a una pareja de monjas jóvenes, que se santiguaron.

—¡Van a ganar las pijas del morado! —gritó un niño.

—¡No somos pijas! —gritó Nerea.

—¡Ella sí! —gritó Bea desde el suelo, con la cara llena de polvo.

—¡Gracias, Bea! —dije yo, sin dejar de saltar.

—¡De nada!

Y entonces oí algo que no había oído nunca.

Nerea se estaba riendo.