Capítulo 11 #2
Pagué. Dos euros cuarenta. Los conté dos veces.
* * *
Cuando abrí la puerta de la habitación 7, a las ocho menos diez, Carlota estaba sentada en el borde de la cama, con el pelo hecho un lío, los ojos hinchados y la sábana sobre las rodillas. La nota de Pilar, la mía, descansaba en su mano.
Levantó la vista. Y tuve que apoyarme en el marco.
No sé qué esperaba. Un reproche, quizá. Una pregunta. Una de esas sonrisas de anuncio que se ponen a modo de escudo. Pero no había nada de eso. Tenía una expresión desnuda, rara, entre alivio y vergüenza, la de quien ha contado los minutos con un nudo en el estómago.
—Has vuelto —dijo.
—He dicho que volvía a las ocho.
—Son las ocho menos diez.
—Pues he vuelto antes.
—Ya lo veo. —Sus ojos bajaron a los vasos que llevaba en las manos. Se le quedaron fijos—. ¿Eso qué es?
—Café.
—¿De dónde?
—De la gasolinera.
—¿Y por qué huele a canela?
—Porque llevo un bote.
—¿Otra vez?
—Hay emergencias. —Le tendí el vaso—. Es de almendras. No tenían avena. Lo siento. Está seguramente asqueroso.
Carlota cogió el vaso con las dos manos. Lo sostuvo un momento sin beber, sin mirarlo ya. Me miraba a mí. Y noté cómo se me subía el color por el cuello, de nuevo, sin remedio.
—Gracias —dijo muy bajito.
—No es nada.
—Nerea.
—¿Qué?
—Te has ido muy pronto.
Tragué saliva.
—Necesitaba correr.
—Ya.
—Antes del partido. Para soltar piernas.
—Claro.
—Es una rutina.
—Lo sé. —Bebió un sorbo, hizo una mueca diminuta, sonrió sin querer—. Está asqueroso.
—Te lo he dicho.
—Está buenísimo.
—No es posible las dos cosas.
—Tú me lo has enseñado. —Se le escapó una risa pequeña, y la mirada se le deslizó de nuevo por mi cara, mi cuello, mi sudadera—. Podías haberme despertado.
—Dormías.
—Sí, dormía. —Bajó los ojos al vaso, y una sombra de rubor le subió por las mejillas—. Dormía muy bien, de hecho. Hacía mucho que no dormía así.
El silencio que siguió se llenó de cosas que ninguna de las dos pensaba decir. Del pie en mi tobillo. De la mano apoyada en mi mano. De un brazo sobre el que, en alguna parte, quedaba todavía la forma de ella.
—Tienes marca de almohada —dije.
Se llevó la mano a la mejilla, mortificada.
—¿Dónde?
—Ahí.
—¿Aquí?
—Un poco más arriba.
—¿Aquí?
Me acerqué. No sé cómo ni por qué. Me acerqué un paso, y otro, y le puse el pulgar sobre el pómulo, donde la línea rosada le cruzaba la piel. No la toqué realmente. Quedé a un milímetro. El calor de su cara saltaba sobre mi dedo.
—Aquí —susurré.
Carlota contuvo el aliento. Sus ojos, de ese castaño con motas verdes, subieron hasta los míos. Se quedaron ahí.
Alguien llamó a la puerta con tres golpes secos.
—¡Desayuno en el comedor! —gritó la voz de Lola—. ¡Quien no esté en cinco minutos pasa hambre y entrena el doble! ¡Y la ventana de la 7, que se oye desde aquí cómo la tenéis abierta!
Retiré la mano como si quemara.
—Voy a ducharme —dije.
—Ya te has duchado.
—Voy a ducharme otra vez.
—Es una buena idea.
Cerré la puerta del baño con las dos manos detrás de la espalda y me apoyé contra ella, con los ojos cerrados, el pulso en la garganta, el pulgar todavía ardiendo.
Es de otro, repetí.
Y por primera vez, la frase sonó a mentira. O peor: sonó a deseo.
* * *
El Colegio Mayor del Ebro jugaba en un pabellón de techos bajos y gradas de hormigón, con un parquet reluciente que olía a barniz recién puesto.
Éramos las visitantes. Lo notábamos en cada grito, en cada silbido, en el niño que, desde la primera fila, nos enseñó la lengua y recibió un cachete de su madre.
Perdimos el primer cuarto 19-12.
Estaba mal. No de forma visible, porque yo soy buena disimulando, pero mal.
Tiraba y fallaba. Defendía un segundo tarde.
Y Carlota, a mi lado, jugaba con una especie de euforia contenida, de brillo en los ojos, que no me ayudaba nada.
Cada vez que cruzábamos la mirada, me daba un vuelco el estómago.
—Salgado —dijo Lola en el tiempo muerto, con la pizarra en la mano—. ¿Estás aquí?
—Sí, entrenadora.
—Pues disimulas muy bien lo contrario.
—Estoy concentrada.
—En qué.
—En… el juego.
—Mientes. —Lola me miró un segundo más de lo necesario, y luego miró a Carlota, y luego a mí otra vez. La comisura izquierda hizo su movimiento de pez—. Valdés, tú a la izquierda. Salgado, a la derecha. Y cuando os llegue el balón, no penséis. Mirad.
—¿Mirar qué? —pregunté.
—A la otra. Para qué si no os pongo juntas.
Salimos a la pista. Faltaban cuatro minutos para el descanso. Íbamos perdiendo por ocho.
Carlota recibió el balón en la línea de tres. Tenía a dos defensoras encima y la canasta cerrada. Yo estaba al otro lado, en el ala, marcada, sin ángulo. No había ninguna salida lógica.
Nos miramos.
No sé explicar lo que pasó. Fue como si hubiéramos pisado a la vez un escalón que ya conocíamos.
Ella no necesitó mirar la pista. Ni siquiera necesitó ver mi posición.
Giró la cabeza, me clavó los ojos durante una fracción de segundo, y supe, con una certeza física, que iba a lanzar el balón hacia un hueco que aún no existía.
Corté hacia la esquina.
Y el hueco apareció. La defensa se abrió por un error de lectura de una rival. El pase llegó cruzado, bajo, con un efecto leve en la muñeca, tan limpio que casi no sonó. Lo recibí en carrera, sin frenar, sin mirar, ya con el cuerpo girado.
Tiré.
La red hizo un ruido que conozco mejor que mi propio nombre. Un susurro limpio. Un fsss.
Y por primera vez en años, el sonido fue solo eso. Una canasta. Sin cuántos.
Tres puntos. El pabellón enmudeció. Del banquillo nos llegó un grito histérico, que era de Bea. Y a doce metros de distancia, mientras yo volvía a la defensa con las piernas temblando, Carlota se giró y me miró.
No fue una sonrisa. Fue algo mucho más peligroso. Una mirada larga, oscura, concentrada, de esas que cruzan un campo entero sin pedir permiso y se instalan en el centro del pecho. Una mirada que decía: lo has sentido, ¿verdad?
Y yo, que no sé mentir con los ojos, no pude apartarlos.
Ganamos 64-58. Fue el primer partido de la temporada en el que nos pasamos el balón catorce veces.
Las conté.
* * *
En el autobús de vuelta, Tanque puso otra vez el pasodoble.
Nadie protestó. Carlota se quedó dormida en mi hombro a la altura de Calatayud, y yo no la aparté.
Miré el paisaje, que era una meseta plana y ocre, y decidí que el árbol del camino, aquel mismo, solitario, era lo más hermoso que había visto en mi vida.
Nuria, desde el asiento de delante, se giró un segundo. Me miró. Me miró el hombro. Me miró la cara.
No dijo nada.
Levantó el pulgar y volvió a sentarse.