Capítulo 11
NEREA
Me desperté porque tenía calor, y yo nunca tengo calor.
Es lo primero que registré, antes de saber dónde estaba, antes de abrir los ojos.
Tengo la sangre fría, literal y figuradamente.
Mi abuela dice que nací con las manos de hielo y que el médico se las calentó con el aliento.
Pero esa mañana había un calor sólido, uniforme, a lo largo de todo el costado derecho, como si alguien hubiera tendido una manta eléctrica bajo la sábana.
Después registré el resto, por orden. Una luz grisácea, de amanecer, filtrándose por la rendija de la cortina naranja. El zumbido apagado del luminoso. Un olor a vainilla, a cítricos y a pelo limpio. Y un peso sobre mi brazo.
Un peso blando. Concreto. Con un latido.
Abrí un ojo.
La muralla ya no existía. Las dos almohadas estaban en el suelo, una sobre la otra, como soldados caídos.
Yo estaba de lado, con el brazo derecho estirado bajo el cuello de Carlota, que se había enroscado contra mí en algún momento de la noche con la confianza de un gato en un sofá ajeno.
Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y la cara hundida en mi clavícula.
Su aliento me caía sobre la piel en ráfagas cortas y tibias.
Una de sus rodillas descansaba sobre la mía.
Su mano, la que yo había sostenido en la oscuridad, seguía en mi costado, abierta, sobre las costillas, justo encima de la cicatriz.
Y su pecho.
Su pecho estaba contra mi brazo. Sin más.
Sin intención. La seda verde oliva, finísima, no ofrecía ninguna resistencia, y yo notaba con una nitidez insoportable cada subida y bajada de su respiración, la forma exacta de ella apretada contra mí, el roce de la tela cuando inspiraba, el calor del cuerpo atravesando un material que no servía de nada.
No me moví.
No me moví porque si me movía iba a ocurrir algo, y yo no sabía qué. Se me había parado el cerebro en mitad de una frase. Lo único que funcionaba era la piel del brazo, que de pronto parecía tener mil terminaciones nerviosas más que el resto del cuerpo.
Respira, me dije. Cuenta.
Conté. Uno: su pelo me cosquilleaba en la barbilla.
Dos: sus pestañas, largas, descansaban sobre las mejillas.
Tres: tenía una pequeña marca de almohada en la mejilla derecha, una línea rosada.
Cuatro: se le había subido el borde de la camiseta de tirantes y se le veía un trozo de cintura, de piel dorada, con una pequeña peca.
Cinco: yo quería pasar la mano por esa peca.
Ahí paré de contar.
* * *
No sé cuánto tiempo estuve así. Un minuto, quizá dos. El suficiente para entender varias cosas con una claridad que habría preferido ahorrarme.
La primera: que no me había movido en toda la noche. Yo, que me despierto tres veces, que duermo en la esquina del colchón como si me persiguieran. Había dormido seis horas seguidas, sin sueños, con una persona encima.
La segunda: que había cruzado la frontera yo.
No ella. Los dedos de mi mano izquierda, que descansaban sobre su cadera, se habían cerrado en la seda mucho antes de que yo estuviera despierta para darles permiso.
Estaba agarrándola. Dormida, la había sujetado.
Como se sujeta lo que no se quiere que se vaya.
Y la tercera, la peor: que no quería soltarla.
Quiero que alguien se quede. Eso había dicho, a oscuras, hacía unas horas. Lo había dicho en voz alta, por primera vez en mi vida. Y ella había contestado lo voy a intentar, con la voz rota, y ahora estaba ahí, de carne y hueso y seda, quedándose.
Y yo tenía un miedo atroz.
No un miedo de película, de gritar y salir corriendo.
Uno más callado, más viejo. El miedo de quien se ha acostumbrado a un suelo duro y ve de pronto una cama blanda, y sospecha que es una trampa.
Las camas blandas se acaban. Las personas que se quedan, también.
Mi padre se había quedado hasta el descanso. Hasta que yo no ganaba por suficiente.
Y Carlota tenía un novio.
Eso lo recordé con una puntada seca. Un novio lejano, de Medicina, promoción 94.
Una sudadera enorme, un balón torcido, un te echo de menos más de lo que digo.
Estaba durmiendo sobre mi brazo con el cuerpo de otra persona en la cabeza, y yo estaba disfrutando de algo que no me pertenecía.
Aprovechándome de una cama de hostal y de un frío de octubre.
Ella suspiró. Se acurrucó un poco más. Su nariz se hundió en el hueco de mi cuello, y la punta, tibia y húmeda, me rozó la piel justo bajo la mandíbula.
Un escalofrío me bajó por la espalda entera. Un temblor de los de verdad, que me erizó los brazos y me cerró el estómago.
Eso fue todo.
Eso fue lo que me hizo moverme.
* * *
Hay una técnica para salir de una cama sin despertar a nadie.
La aprendí a los doce años, en las giras de infantiles, cuando compartía litera con cuatro niñas que dormían como bombas.
Se hace por fases: primero la respiración, después el brazo, después el hombro, y al final el peso, que es lo más difícil, porque el cuerpo de la otra persona se resiste de manera inconsciente a ser abandonado.
Fui lentísima. Saqué el brazo de debajo de su cuello centímetro a centímetro, sustituyéndolo por una almohada que rescaté del suelo con los dedos de los pies. Despegué su mano de mis costillas, con una delicadeza que me dio ganas de llorar. Desenredé la rodilla. Me deslicé hasta el borde.
Ella murmuró algo. Una sola sílaba, que podría haber sido Ney, o no, o mmm. Se quedó quieta con los dedos extendidos sobre el hueco que yo había dejado.
Y se me partió algo por dentro. Algo pequeño. Sin ruido.
Me vestí en el baño, a oscuras, con las prisas torpes de quien huye de la escena de un crimen.
Mallas. Sudadera negra. Zapatillas, las viejas.
Me lavé la cara con agua helada, me miré un segundo en el espejo y no me gustó lo que vi.
Una chica despeinada, con las pupilas enormes y los labios entreabiertos.
Una chica con cara de haber pasado la noche mal, o demasiado bien.
No sabría decir cuál de las dos cosas era peor.
Cogí la llave del pez de madera. Escribí en el bloc de notas del hostal, con el bolígrafo de Pilar:
«He salido a correr. Vuelvo a las 8. — N.»
Lo miré. Era lo que habría escrito para Nuria. Para la entrenadora. Para cualquiera.
Añadí, debajo, con un trazo más pequeño:
«Tienes una marca de almohada. Es un dato.»
Lo taché. Lo reescribí. Lo taché de nuevo. Al final dejé solo la primera línea y salí de la habitación con la certeza de que acababa de cometer un error del que no sabía el nombre.
* * *
Las seis y veinte de la mañana en la salida de Zaragoza no son bonitas.
Hay una niebla baja, mezclada con humo de los camiones.
Hay una gasolinera encendida, un descampado con una valla rota, un tramo de arcén por el que nadie en su sano juicio corre.
Yo corrí. Salí por la carretera vieja, la que sigue paralela a la autovía, con el aire frío entrándome en los pulmones como cristales.
Los primeros doscientos metros no pensé en nada. Fue un alivio puro. El cuerpo sabe lo que tiene que hacer, y cuando lo hace, la cabeza se calla. Pisar, empujar, soltar. Pisar, empujar, soltar.
Después empezó a hablar.
Es de otro.
Pisar.
Te ha dado la mano porque tenía frío.
Empujar.
No era una mano. Era una invitación a hablar. Hablar no es lo mismo que querer.
Soltar.
Su pecho contra tu brazo era un accidente de la gravedad.
Corrí más rápido. Mis botas pesadas se habían quedado en la taquilla y las zapatillas desgastadas rechinaban en el asfalto húmedo.
Pasé junto a un cartel que anunciaba Zaragoza 7 km, junto a un perro que me ladró desde detrás de una verja, junto a una furgoneta de reparto que me pitó.
Me ardían los muslos. Me ardían los ojos, por el viento, por supuesto, solo por el viento.
Quiero que alguien se quede, había dicho, como una niña de cinco años.
Y ella ha dicho que lo intentaría.
Y yo he salido huyendo a las seis de la mañana.
Me detuve en seco al kilómetro y medio. Apoyé las manos en las rodillas, jadeando.
Delante de mí, el campo se abría en una llanura gris de rastrojos, con una línea de álamos a lo lejos y un sol pálido empezando a asomar tras ellos.
Era un paisaje feo y precioso, como casi todos los que de verdad importan.
Me incorporé. Respiré.
Y entonces me di cuenta de algo ridículo. Había salido corriendo para alejarme de ella. Y llevaba treinta minutos pensando solo en el camino de vuelta.
—Eres un desastre —le dije al campo.
El campo, con la mansedumbre de los paisajes, no replicó.
Di media vuelta.
* * *
Al pasar por la gasolinera, me detuve. No sé por qué.
Estaba abierta ya, con un dependiente de ojos rojos que miraba la tele del mostrador.
Entré con la excusa de beber agua. Compré una botella.
Y luego, sin pensarlo, me quedé ante la máquina de café, un trasto con una pantalla táctil rota y una pegatina descolorida de la marca.
Había cuatro opciones. Solo. Cortado. Con leche. Capuchino.
Ni rastro de avena.
Le pregunté al dependiente. Me miró como si le hubiera preguntado por la cotización del uranio.
—¿Leche de qué?
—De avena.
—¿Eso existe?
—Sí.
—Aquí no. Hay de vaca.
—¿Y de soja?
—Tampoco.
—¿Y en la nevera?
Fue hasta el fondo, rebuscó, y volvió con un brik de leche de almendras sin azúcar, medio escondido tras la leche entera. Caducaba en dos semanas. Lo compré. Le pedí un vaso, un hervidor, o cualquier cosa. Me señaló un microondas en la trastienda con un dedo cansado.
Cinco minutos después tenía dos vasos de cartón. Uno, solo, para mí. Otro, con leche de almendras calentada en un microondas del año noventa, café a medias y un pellizco de canela del bote de repuesto, que llevaba en el bolsillo de la sudadera como una costumbre secreta.
Era un café horrible, seguramente. Pero no era de leche de vaca, y eso, para quien me lo tomaría, significaba que alguien había pensado en ella a las siete de la mañana en un sitio donde no estaba su leche favorita.