Capítulo 10
CARLOTA
—Son preciosos y grises.
Eso dije. De todo lo que se puede decir en una cama de hostal a oscuras, junto a una chica que lleva calcetines de lana y una muralla de almohadas, yo elegí eso. Preciosos y grises. Me habría gustado tener una frase mejor, pero cuando se me acaban las buenas, las malas salen solas.
Y lo peor es que lo pensaba de verdad.
Los calcetines de su abuela eran preciosos.
Gruesos, de punto irregular, con un talón remendado por alguien que no tenía prisa.
Me imaginé a la abuela Remedios tejiéndolos en un salón de Barakaldo, con la tele puesta y las gafas en la punta de la nariz, pensando en una nieta que se negaba a pasar frío aunque lo disimulara.
Y la nieta se los ponía en secreto, en casa, cuando creía que nadie miraba.
Era la persona más difícil que había conocido en mi vida, y se ponía calcetines de abuela para sentirse querida. Eso no se hace. Eso es hacer trampa.
* * *
La oí sonreír.
No lo vi, porque la farola de la gasolinera solo me daba su perfil, un contorno oscuro sobre la ventana entreabierta. Pero lo oí. Hay un sonido muy concreto que hace el aire cuando una boca se curva en la penumbra, y yo estaba lo bastante cerca para distinguirlo.
Y me puse a pensar.
Es mi defecto. Las personas como yo, que no soportamos el silencio, tenemos la mente llena de ruido para tapar el que hay por fuera.
Pero esa noche el ruido se había callado y quedaba solo una cosa, muy nítida: Nerea estaba a cuarenta centímetros de mí, tumbada de espaldas, respirando despacio. Y yo estaba pensando en su respiración.
Qué cosa más rara.
Pensé en las veces que me había tocado. Una pestaña con el pulgar, a las siete y cuarenta y seis de un martes.
Una mano en mi hombro cuando perdimos. No: eso era yo.
Era yo quien la había tocado a ella, en la espalda, contando hasta cinco.
Nerea me había tocado solo en el apretón de manos y en la pestaña.
Dos veces. Lo sabía porque las había contado, como ella.
Dos veces en tres semanas, y las recordaba mejor que las caricias de gente con la que había salido seis meses.
Eres una idiota, Carlota Valdés.
Sí, contestó mi cabeza. Pero una idiota muy despierta.
* * *
Me removí. Las sábanas de hostal son de ese algodón con poliéster que cruje, y cada movimiento sonaba como un tambor. Me quedé quieta. Ella no se movió.
Pensé en lo que había visto aquella tarde.
O más bien en lo que no había visto, porque yo tampoco miré por la rendija.
No miré. Lo juro. Pero Nerea había salido de la ducha con la toalla anudada a la cintura y la camiseta en la mano, y yo, que estaba sentada en la cama haciendo como que miraba el móvil, había levantado los ojos medio segundo.
Medio. Un parpadeo largo.
Tiene una cicatriz pequeña bajo las costillas, un trazo blanco de un par de centímetros.
Tiene las clavículas marcadas y los hombros de nadadora.
Y tiene un tatuaje en la cadera, a la izquierda, que no llegué a leer: una línea de letras pequeñas, negras, como una frase en una lengua que no era la mía.
Me ardió la cara. Se me secó la boca. Se me olvidó que la cama era una cama y que había una persona al lado. Hice como si buscara algo en la maleta durante un rato absurdo, con las orejas encendidas, y ella ni me miró, concentrada en vestirse con la urgencia de quien huye de un incendio.
Y ahora, a oscuras, esas dos o tres imágenes volvían una y otra vez, como un vídeo corto que no sé dejar de ver.
Quiero tocarla.
Lo pensé con tanta claridad que me asusté.
No fue un pensamiento sucio ni nada parecido.
Fue pequeño, concreto, casi doméstico. Quería tocarle el hombro.
La mano. El pelo suelto, que de noche debía de parecerse a una sombra.
Quería saber si su piel era tan fría como sus anillos o tan cálida como su voz cuando se le escapaba una carcajada.
Lo quería con la misma sencillez con que se quiere un vaso de agua cuando uno tiene sed.
Y eso me asustó mucho más.
* * *
La almohada. La muralla.
Me quedé mirándola. Dos almohadas verticales, una sobre otra, hechas con la precisión de un muro de contención. Qué mujer. Había construido una frontera con la misma seriedad con que escribe una tabla de datos, convencida de que si se le pone nombre a una cosa, la cosa obedece.
Pero las fronteras se cruzan, pensé. Para eso están.
No me iba a mover. No era esa clase de persona.
Y sin embargo, mi pie, que tiene una vida propia que nunca he logrado controlar, ya había empezado a deslizarse.
Despacio. Con mucho cuidado. Debajo de la colcha, debajo de la sábana, por el costado inferior de la muralla, donde las almohadas no llegan al colchón.
Me quedé helada en cuanto lo noté: yo no había dado esa orden. Fue el pie.
Pero tampoco lo detuve.
Recorrió unos centímetros de algodón fresco. Un poco más. Y ahí, por fin, encontró algo: un tejido grueso, de lana, un poco áspero, tibio de la manera en que lo está la ropa que acaba de abandonar la piel. El calcetín de Nerea.
Me paré. Contuve el aire. Esperé a que se levantara, a que dijera «¿qué haces?», a que apartara la pierna con la brusquedad con la que aparta todo lo que la roza.
Nada.
Entonces me atreví a más. Apoyé el pie entero en su tobillo, con la planta contra el hueso, y noté cómo se le tensaba el músculo bajo la lana. Un respingo mínimo, de esos que se hacen sin querer.
—Perdón —susurré. Es lo que se dice. No sabía qué otra cosa decir—. Se me ha ido.
—Quita eso.
Su voz sonó rota. Ronca. Distinta a la de las siete de la mañana.
—Es que tú estás muy lejos y yo me he quedado sin ventana.
No tenía ningún sentido. Lo dije igualmente. Mi cabeza había dejado de intervenir.
—No tiene lógica.
—Lo sé.
Me quedé inmóvil. Esperando. Notando cada latido en el empeine, porque el corazón se me había ido al pie, que ya es incoherencia anatómica. Y entonces pregunté lo único que se me ocurrió, con una voz tan baja que casi no existía:
—¿Quieres que lo quite?
Silencio. Largo. Tan largo que oí caer una gota en el baño y el zumbido eléctrico del luminoso, HOSTAL EL DES ASO DEL EbrO, fuera, rojo sobre la cortina naranja.
—Todavía no.
Me temblaron las manos.
Todavía no.
No dijo «no». No dijo «sí». Dijo todavía, que es una palabra con trampa, una palabra que lleva dentro el futuro, un «ya veremos» con la puerta entreabierta. La palabra más peligrosa que se puede decir en una cama a oscuras.
Me quedé con el pie donde estaba, sintiendo cómo el calor se pasaba de uno a otro, cómo el frío de mi piel mojada de la ducha se deshacía contra su calcetín y cómo, poco a poco, mi propia respiración se acompasaba a la suya.
Eran las doce y cuarto, quizá. O la una.
No lo sé. Con Nerea al lado, el tiempo es una cosa que se mide en otras unidades.
Esto no es normal, pensé. Esto no es lo que hacen dos compañeras de equipo.
Esto es lo que hace una persona que tiene frío.
No. Esto es lo que hace una persona que tiene algo más.
Aparté el pensamiento con la mano, como quien aparta una avispa.
* * *
Cuando creí que me iba a dormir, la pregunta me salió sola.
—Nerea.
—¿Qué?
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Depende.
—Es una pregunta sobre ti.
—Entonces depende más.
—Es pequeña.
—Las preguntas pequeñas son las peores.
Me reí. Se me escapó, floja y sin aire, y el pie se me movió un centímetro contra su tobillo. Ella soltó el aliento por la nariz, en algo que casi podría haber sido otra risa.
Entonces saqué la mano.
No lo planeé. Salió de debajo de la colcha, por encima de la muralla, abierta, con la palma hacia arriba, a un palmo de su hombro. Una oferta mínima. Una bandera blanca, o roja, según quién la mirara. La dejé ahí, en la penumbra, como quien deja un plato en la puerta de un gato desconfiado.
Pasaron cinco segundos. Diez. Veinte.
Y justo cuando empezaba a avergonzarme y a pensar que lo mejor sería esconderla, oí:
—Pregunta.
Respiré. Dios, cuánto respiré.
—Quiero saber qué quieres —dije.
—¿Cómo?
—Cuando nadie te mira. Sin pensar en lo que se espera. Sin tu padre, ni Lola, ni el equipo. Sin los datos. —Tragué saliva—. ¿Qué quieres, Nerea?
Silencio.
El ventilador del techo hacía tic, tic, tic. Una pala torcida, un metrónomo defectuoso. Estaba segura de que no iba a contestar. Que diría «no sé» o «es tarde» o «duerme, Valdés». Que daría la vuelta en la cama y me dejaría con la mano en el aire, hecha un manojo de vergüenza.
—Quiero que el balón entre y que nadie diga cuánto —dijo.
Casi no oí la frase. Era un hilo.
—¿Cuánto qué?
—Cuánto vale. Cuántos puntos. Quiero meter una canasta, una sola, y que sea solo eso. Una canasta. Que el sonido de la red sea solo el sonido de la red. —Una pausa—. A las siete de la mañana lo consigo. Un rato. Y después llega alguien y me pregunta «¿cuántos?».
Se me encogió el pecho.
—Y también quiero… —Se interrumpió.
—¿Qué?
—No. Es una tontería.
—Dímela.
—Es que no la he dicho nunca en voz alta.
—Yo te dije lo del máster.
—Eso es verdad. —Otra pausa, esta más larga—. Quiero que alguien se quede.
La frase cayó entre las dos con un peso enorme, de esos que casi se oyen aterrizar.
—¿Que se quede dónde?
—En general. —Su voz era apenas un soplo—. Que no se vaya a mitad. Que no se marche en el descanso. Que si me va mal, esté y que si me va bien, también. Sin que sea una condición.
No dije nada. No pude. Tenía un nudo enorme, caliente, en la garganta.
Se marchó en el descanso, recordé. Su padre.
Lo había dicho Marta Villalba, con su maldad de dentífrico, y a Nerea le había cambiado la cara como si le hubieran apagado una luz.
Yo no sabía cómo se llamaba lo que había sentido al verlo.
Solo sabía que, por primera vez en mi vida, había querido pegar a alguien, no por ella sino por él, por el hombre que no estaba.
—Se quedará —dije.
—No lo sabes.
—No. Pero lo voy a intentar.
—Eso es una promesa muy poco prometedora.
La frase era mía, del día del primer café, y la usaba como si fuera suya. Sonreí con los ojos húmedos en la oscuridad.
—Es la que tengo.
Entonces, despacio, muy despacio, una mano se levantó al otro lado de la muralla.
No la vi hasta que la tuve encima. Unos dedos largos, fríos, con los anillos de plata guardados para dormir, que se apoyaron en mi palma como quien prueba el hielo de un lago.
Sentí cada yema. Cada nudillo. Los callos de los años de tiro, ásperos en los bordes.
Una línea fina de piel suave en la muñeca, donde los latidos se contaban a sí mismos.
No me agarró. No entrelazó los dedos. Solo apoyó la mano en la mía, con la ligereza de una hoja, y se quedó ahí.
Fue lo más íntimo que me ha pasado en la vida. Y no había ni siquiera un beso de por medio.
* * *
—¿Y tú? —dijo después de un rato. Su voz sonaba más cerca, aunque no se había movido—. Sé lo del máster, pero ¿qué quieres?
Cerré los ojos.
La nota secreta. Las diez líneas. El número uno, en mayúsculas, subrayado: Quiero jugar en Europa. No como plan B. Como plan A.
Nunca se lo había dicho a nadie. Ni a Bea. Ni a mi psicóloga. Ni a mi padre, que cenaba en casa dos veces por semana, ni a mi madre, que sabía todo de mí menos eso.
—Quiero jugar en Europa —dije.
La frase me salió con una facilidad sorprendente. Parecía llevar años esperando a salir.
—No como un año sabático. No como un capricho antes del máster. Quiero ser profesional. Y después, entrenar. Quiero ser como Lola, pero más… —Busqué la palabra—. Más cariñosa, supongo.
—Lola es cariñosa.
—Lola es aterradora.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—Eso es de Tanque.
—Lo sé. Lo he tomado prestado.
Nos reímos las dos, muy bajito. Los dedos de Nerea se cerraron un milímetro sobre los míos.
—Nadie lo sabe —añadí—. Mi madre no lo sabe.
—Pues ahora lo sé yo.
—Sí.
—Un dato.
—No —dije—. No es un dato. Es otra cosa.
—¿Qué?
—No lo sé todavía. —Apreté su mano apenas, con un cuidado infinito—. Pero no es un dato.
No contestó. Pero la mano siguió donde estaba.
Y en algún momento, no sé cuándo, lo que había sido una conversación se convirtió en respiración, y lo que era respiración se transformó en sueño.
Me dormí con la palma abierta bajo sus dedos y el pie sobre su tobillo, a ambos lados de una muralla de almohadas que, estoy casi segura, ya no servía para nada.
* * *
Me desperté a las tres y diez, con frío.
El colchón había cambiado. La muralla estaba caída, o más bien aplastada, hecha un revoltijo de tela en el suelo. Yo seguía de lado, pero ya no miraba el techo. Miraba a Nerea.
Dormía.
Dormía de lado, vuelta hacia mí, con una mano bajo la mejilla y la otra extendida sobre las sábanas, a pocos centímetros de mi cadera.
Tenía la boca ligeramente abierta y la frente lisa, y un mechón de pelo negro le cruzaba la cara.
Sin kohl, sin moño, sin la armadura de los datos y la mandíbula tensa, parecía una niña que se ha quedado dormida leyendo.
Me quedé mirándola mucho rato. Sin pensar. Sin moverme.
Y entonces, casi sin darme cuenta, extendí un dedo y le aparté el mechón de la cara. Una caricia mínima. Un gesto que se hace con las niñas dormidas, con los gatos, con las cosas que uno quiere conservar.
Ella suspiró.
No se despertó. Pero giró un poco la cabeza hacia mi mano, buscando el calor, igual que una planta busca la luz sin saber que lo hace.
Me quedé inmóvil, sin respirar, con el dedo todavía en su sien.
Ay, Dios, pensé.
Ay, Dios mío, estoy perdida.
Retiré la mano despacio. Me tumbé de espaldas, mirando el ventilador torcido, con el corazón desbocado en el techo del pecho, y busqué a tientas el móvil bajo la almohada. La pantalla me hizo daño en los ojos. Abrí la nota secreta, la once, la que hasta aquel momento no existía.
Tecleé con una sola mano, sin pensar:
11. Me ha apoyado la mano en la mía y se ha quedado dormida, y no quiero que amanezca.
La leí. La releí.
No la borré. No la edité. Esta vez no.
Después apagué la pantalla, me di la vuelta hacia ella, y cerré los ojos.
Fuera, el luminoso parpadeó una vez, dos, y se quedó fijo: HOSTAL EL DES ASO DEL EbrO.
Qué casualidad. Qué descanso, ni qué nada.