Capítulo 9
NEREA
Tanque eligió la música del autobús, y en la historia del baloncesto universitario femenino no se ha cometido un error de criterio mayor.
Sonó durante tres horas y diez minutos. Lo sé porque lo cronometré.
Empezó con un pasodoble, siguió con una selección de boleros que lloraban a coro con la ventanilla, y terminó con la banda sonora de una serie de vaqueros que Tanque ve con su abuelo.
Cada vez que cambiaba de canción, se giraba con una expresión de dignidad ofendida.
—Es cultura —decía.
—Es tortura —decía Bea.
—Es la misma palabra con otra cara.
Yo iba en el penúltimo asiento, junto a la ventanilla, con la frente apoyada en el cristal y los auriculares puestos sin música.
Es mi técnica: cara de estar escuchando algo para que nadie hable.
A mi lado iba Carlota, con las rodillas dobladas contra el respaldo y un libro de Comunicación que no leía.
Llevaba pantalones de chándal gris, una camiseta blanca y el pelo recogido en un moño bajo, de los que se hacen con dos horquillas y mala conciencia.
No llevaba la sudadera. Lo noté nada más subir.
Lo anoté en la columna de datos irrelevantes, que a esas alturas era ya más larga que la de los relevantes.
—¿Tú sabes lo que es un bolero? —me susurró hacia la altura de Soria.
—Una canción en la que alguien se muere de amor.
—¿Y por qué siempre es por correo?
—Porque no hay cobertura.
Soltó una risa corta, que se tragó con la mano. Se le contagió a la ventana, al asiento, a mi manga. Yo miré el paisaje, que era una meseta ocre y plana con un único árbol, y decidí que ese árbol era lo más interesante que había visto en años.
* * *
El hostal se llamaba Hostal El Descanso del Ebro y tenía de descanso lo que Tanque tiene de silencioso.
Era un edificio de dos plantas junto a una gasolinera, con un luminoso al que le faltaban las letras C y N, de modo que a oscuras decía HOSTAL EL DES ASO DEL EbrO.
Tras el mostrador, bajo una colección de llaves colgadas de ganchos, había una mujer de unos sesenta años, con permanente violeta y un audífono en la oreja izquierda.
—¿Cómo? —dijo, antes de que Nuria abriera la boca.
—Que reservamos a nombre de la Universidad Atalaya.
—¿De la qué?
—¡De la UNIVERSIDAD!
—No hace falta gritar, hija. Oigo perfectamente por la derecha. —Pilar giró la cabeza con un movimiento de periscopio—. Once habitaciones. Cinco dobles, cuatro individuales que las pongo dobles, y una de matrimonio. Que es la de Ferrer.
—Esa es de las chicas —dijo Lola desde atrás, con una voz tan inocente que dolía.
—¿Cuáles?
—Salgado y Valdés.
Pilar nos miró. A mí, de arriba abajo. A Carlota, de abajo arriba. Sonrió con una amabilidad enorme y completamente innecesaria.
—Qué bien. Les va a gustar. Tiene vistas a la gasolinera.
Cogió una llave de un gancho, el número 7, con un llavero de madera con forma de pez, y la deslizó por el mostrador. Carlota la cogió. Nuria se tapó la boca con la mano. Bea dio una palmada. Y Lola, mirando el techo con una concentración fascinante, silbó entre dientes.
—Cenamos a las nueve en el comedor —dijo—. Silencio a las doce. Y recordad, no hay nada que ocurra a este lado del pasillo que no acabe sabiéndolo yo.
* * *
La habitación 7 era un decorado de otra época.
Moqueta marrón con un dibujo de rombos, de los años noventa.
Cortinas naranjas. Una lámpara de pie con pantalla de flecos.
Una mesilla a cada lado, un armario de dos puertas, una puerta que daba a un baño pequeño y una ventana que, efectivamente, miraba a la gasolinera.
Un ventilador de techo con una pala torcida.
Y en el centro de todo, ocupando el espacio con una desfachatez descomunal, la cama.
Una sola. Dos metros de ancho, colcha de flores amarillas, dos almohadas.
Nos quedamos en el umbral con las maletas en la mano.
—Es grande —dijo Carlota.
—Es una cama.
—Pero es grande.
—Todas las camas son un poco grandes.
—Nerea, esto no es una cama. Es un territorio.
—Entonces la dividiremos en jurisdicciones.
Dejé la bolsa en el suelo. Me acerqué, quité las dos almohadas, las coloqué en vertical en el centro del colchón, una sobre otra, y estiré la colcha para formar una muralla de algodón y plumas. Di un paso atrás para examinarla.
—Hecho. Frontera.
—Es una frontera blanda.
—Es una frontera oficial.
—Es una almohada, Ney.
—Es dos almohadas.
—Y cuando me duerma y la tire con un codo, ¿qué pasa?
—Que pagas churros.
—Ya los pago.
—Pagarás el doble.
—Eres una tirana.
—Soy una persona organizada.
—Eso quería decir. —Se sentó en su lado, el derecho, y rebotó un par de veces, probando—. Mmm. Colchón de resorte. Un poco duro.
—Es sano para la espalda.
—Lo dices como si fuera un castigo.
—Lo es.
Dejó caer el cuerpo hacia atrás y se quedó tendida, con los brazos abiertos y los ojos en el techo.
—Qué cosa más rara estamos haciendo —dijo.
—¿Dormir?
—Compartir la vida.
—Compartir la habitación.
—Es lo mismo en un hostal.
Me quedé de pie, mirándola. Ahí, tumbada sobre una colcha de flores amarillas, con el moño medio caído y los pies colgando fuera de la cama, parecía una niña en un cuarto prestado. Algo se me contrajo en el pecho. Lo ignoré con la eficacia de quien lleva años practicando.
—Voy a ducharme —dije.
—Vale.
—Primero yo.
—Claro.
—Tardaré siete minutos.
—¿Los has cronometrado?
—Me los sé.
* * *
El baño tenía una ducha con mampara de plástico, un lavabo de ángulos tristes y una puerta que no cerraba bien. Había que empujarla dos veces y aun así quedaba una rendija de dos dedos. Me quité la camiseta con los dientes apretados. Dejé las botas. Abrí el agua.
Era un agua caliente de verdad, como pocas en los hostales de carretera, con un chorro que te golpeaba los hombros y te arrancaba la tensión del viaje.
Cerré los ojos. Pensé en el pase del domingo.
Pensé en una hoja de cuaderno. Pensé en que, al otro lado de la rendija, había una persona de la que yo estaba intentando no pensar.
Fracasé estrepitosamente.
Al salir, me envolví en la toalla, con el pelo goteando sobre los hombros. Y en el espejo, empañado a medias, vi algo.
Vi la rendija. Vi el borde de la cama. Y vi, reflejada, a Carlota, de espaldas a la puerta, sentada en el colchón, con la camiseta recogida en las manos y la espalda desnuda hasta la cintura.
Se estaba cambiando. Una espalda larga, pálida, con unas pequeñas pecas debajo del omóplato izquierdo y dos hoyuelos en la base.
Se pasó el pelo por encima del hombro y estiró el cuello con un suspiro suave.
Me quedé congelada.
Fueron dos segundos. Contados. Dos segundos en los que el vapor me subió a las mejillas y noté la sangre golpeándome las orejas. Se me olvidó que existían las toallas. Se me olvidó que existían los espejos.
Giré la cabeza y me di con el pie en el borde del lavabo.
—¿Estás bien? —gritó Carlota desde fuera.
—Perfectamente.
—Ha sonado como una vaca contra un armario.
—Ha sido una vaca contra un lavabo.
—Eso tiene muy mala pinta.
—Estoy bien.
—¿Puedo pasar? Me estoy… —Una pausa—. Me estoy cambiando todavía.
—No pases.
—Vale.
—Dame un minuto.
Me vestí a una velocidad inaudita. Pantalón corto de algodón, una camiseta vieja negra, los calcetines grises de la abuela. Me peiné con los dedos. Me miré al espejo ya sin vapor y vi a una chica con las mejillas del color de un tomate y los ojos grandes.
—Eres idiota —me dije, en voz baja.
La del espejo no discutió.
* * *
Cuando salí, Carlota estaba sentada en su lado de la cama con las piernas cruzadas, el pijama puesto y una mirada de absoluta inocencia.
El pijama era de seda verde oliva. Pantalón corto y camiseta de tirantes con un ribete de encaje.
Probablemente costaba más que mis botas.
Le caía con una suavidad insolente por los hombros, y la tela captaba la luz de la lámpara y la devolvía en pequeños destellos.
Llevaba el pelo suelto, aún húmedo, sobre un hombro.
—Bonito pijama —dije, sin pensar.
—¿Te gusta?
—Es un pijama.
—Eso no es un no.
—Es un dato.
—Pues el dato es que me lo regaló mi madre en Navidad. —Estiró los pies—. Pica un poco. Pero es de seda.
—¿Y eso compensa?
—Siempre.
—Bien.
—¿Estás muy roja? —dijo de pronto—. Te sube un color por el cuello.
—Es el agua.
—Estaba muy caliente, ¿verdad?
—Muy.
—Qué suerte. La mía, seguro, sale fría.
—Sale caliente —dije. Y entonces me di cuenta de que era una respuesta de alguien que había estado pensando en la temperatura del agua de otra persona—. Probablemente.
—Voy a probar.
Se levantó. Pasó junto a mí en dirección al baño, tan cerca que noté el calor de su hombro contra el mío. Olía a vainilla y a cítricos, como el primer día, ahora mezclado con jabón de hostal. Se detuvo un segundo en la puerta.
—Ney.
—¿Qué?
—No mires por la rendija.
—No pensaba.
—Es que está mal cerrada.
—Ya lo sé.
—No te lo estoy diciendo por nada.
—No me estás diciendo nada.
—Qué bien, entonces. —Y desapareció tras la puerta con una sonrisa que ya no era del anuncio de dentífrico ni de la torcida. Era una tercera, que yo no había visto antes, pequeña y traviesa, de quien acaba de lanzar una piedra a un estanque para ver cuántos círculos hace.
Me quedé en medio de la habitación con los calcetines de la abuela puestos y el corazón en una zona del cuerpo que no es la suya.
Oí el agua.
Oí su voz. Cantaba, bajito, desafinando a propósito, una canción que no reconocí. Oí cómo se le entrecortaba al final de una frase, el chasquido de un frasco, un golpe de codo contra la mampara. Oí el ruido sordo de las gotas sobre el plástico.
Me senté en el borde del colchón, de espaldas a la puerta. Las manos sobre las rodillas. La vista fija en el pez de madera del llavero.
No mires.
Conté. Cuarenta segundos. Cien. Doscientos.
No mires. No mires. No mires.
Fue cuando el agua se cortó cuando me di cuenta de que no había respirado en bastante rato.
* * *
Salió con una toalla blanca atada sobre el pecho y el pelo oscurecido por el agua, con el cuello rosado y las piernas brillantes bajo la lámpara. Me levanté tan rápido que me mareé.
—Voy a por agua —dije.
—Hay en el grifo.
—Voy a por agua fría.
—Hay en el grifo frío.
—Del pasillo.
—Nerea, estás descalza de ideas.
—Estoy descalza de alma.
—Eso es mío.
—Lo he tomado prestado.
Se rio. Y fue ahí, en esa risa mojada, con el pelo goteándole sobre el hombro y la toalla sujeta con una mano, cuando caí en algo que llevaba semanas sin permitirme formular: que quería tocarla.
No de una manera brusca ni teórica. De una manera muy concreta, muy pequeña: la clavícula, quizá.
Ese hueco justo debajo, donde se acumulaba una gota.
Quería apartársela con el dedo. Quería saber si estaba tibia.
Salí al pasillo y me apoyé contra la pared con los ojos cerrados.
—Es el calor —me dije.
Estábamos a once grados.
* * *
A las once y media, Lola pasó por las habitaciones con una linterna, como un vigilante nocturno. Golpeó nuestra puerta con los nudillos.
—¿Todo en orden?
—Todo en orden —dijimos las dos desde la cama.
—¿Habéis hecho las paces con la cama?
—Estamos negociando —dijo Carlota.
—Bien. Buenas noches. —Una pausa—. Y la ventana, que no se hiele.
Se oyeron sus pasos alejándose. Y después, la voz de Nuria al fondo del pasillo, diciéndole algo que no entendí y que provocó en Lola una carcajada ronca, corta, de hombre.
Apagamos la luz.
El colchón se hundió dos veces: una por mí, otra por ella. En el centro, la muralla de almohadas. A mi izquierda, la ventana, que yo había abierto un palmo. A mi derecha, Carlota, que la había querido cerrar.
—Hace frío —protestó.
—Es sano.
—Es Siberia.
—Es Zaragoza en octubre.
—Eso es Siberia con acento.
Hubo un silencio. Después, un crujido de sábanas.
Y por encima de la muralla, entre la penumbra naranja de la farola de la gasolinera, vi su perfil: la nariz recta, la boca entreabierta, el cuello largo.
Estaba tumbada de lado, mirándome. Yo estaba tumbada de espaldas, con los ojos fijos en el ventilador torcido.
—Ney.
—¿Qué?
—Tienes los pies fríos.
—No los has tocado.
—Se nota.
—No se nota.
—Sí. El colchón de tu lado está frío. —Un silencio—. Yo tengo un lado cálido. Tengo calor corporal de sobra.
—Qué suerte.
—Lo digo en serio. Si quieres, puedo… no sé. Prestarte un poco.
—No necesito calor.
—Vale.
—Llevo los calcetines de la abuela.
—Lo he visto. Son preciosos.
—Son grises.
—Son preciosos y grises.
Sonreí en la oscuridad. No sé si lo vio.
Pasaron unos minutos. Oí cómo su respiración se alargaba.
Oí un camión pasando por la carretera, el zumbido del luminoso, el tictac del ventilador.
Intenté dormir. Intenté con todas mis fuerzas.
Conté ovejas, canastas, tiros libres, la cantidad exacta de segundos que había durado un roce de pulgar en un círculo mínimo sobre mi espalda.
Entonces, algo se movió.
Un pie. Frío, húmedo, de cinco dedos. Se había deslizado por debajo de la muralla de almohadas, muy despacio, y se había posado sobre mi tobillo.
Me quedé inmóvil.
—Perdón —susurró Carlota—. Se me ha ido.
—Quita eso.
—Es que tú estás muy lejos y yo me he quedado sin ventana.
—No tiene lógica.
—Lo sé. —Su pie seguía donde estaba—. ¿Quieres que lo quite?
Debería haber dicho que sí. Era lo racional. Era lo correcto, lo ordenado, lo que haría una persona que traza líneas con almohadas.
—Todavía no —dije.
Un silencio. El pie de Carlota se quedó quieto contra mi calcetín de lana. Noté, despacio, cómo el calor de su piel atravesaba el algodón, y cómo mis pies helados dejaban de serlo a medida que el suyo, que no tenía por qué estar frío, se iba haciendo un poco más tibio.
Estuvimos así mucho rato. Sin hablar. Con la respiración al compás.
Y cuando ya creía que se había dormido, su voz llegó como una cuerda lanzada desde la otra orilla:
—Nerea.
—¿Qué?
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Tragué saliva.
—Depende.
—Es una pregunta sobre ti.
—Entonces depende más.
—Es una pregunta pequeña.
—Las preguntas pequeñas son las peores.
Se oyó una risa leve, y un movimiento de sábanas. Luego, su mano apareció por encima de la muralla de almohadas, abierta, con la palma hacia arriba, a un palmo escaso de mi hombro.
No me tocó. Solo esperó.
Tenía la mano de una persona que no sabe si va a ser rechazada y aun así la ofrece.
Miré aquella mano en la penumbra. Los dedos largos, las uñas sin pintar, la línea de una pulsera que se había quitado y había dejado una marca pálida en la muñeca.
Es de otro, me dije. Un novio. Una sudadera. Un balón torcido.
Pero esta es una mano.
Y esta, ahora, aquí, en la oscuridad, estaba abierta para mí.
—Pregunta —dije.