MARCAJE PERSONAL Capítulo 8
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Capítulo 8

CARLOTA

Los churros de Paqui tienen una virtud que no aparece en ninguna guía turística: obligan a sentarse.

No se pueden comer de pie ni con prisa. Hay que esperar a que los saque, humeantes, en una bandeja de cartón con papel de estraza, hay que mojarlos en el chocolate sin mancharse y hay que aguantar mientras te mira una mujer con delantal y brazos de panadera que sabe más de tu vida de lo que tú le has contado.

Y todo esto a las ocho de la mañana, a codo con codo con una persona que te ha prometido que no te odia.

Teníamos siete días por delante. Los conté yo, porque Nerea cuenta todo y alguien tenía que hacerle la competencia.

* * *

El lunes llegó al Rincón con cuatro minutos de antelación, la chaqueta de cuero, el cuaderno de estadísticas bajo el brazo y una cara de funeral con buen gusto.

—Llegas pronto —dije, desde la mesa de la ventana.

—Llego puntual.

—Pronto es puntual con ganas.

—Pronto es un defecto de personalidad.

—Y tú tienes tantos que no sé si te sobra uno.

Se sentó. No frente a mí, sino a mi lado, en la banqueta corrida que da a la pared, con el hombro a una cuarta del mío. Lo hizo con la naturalidad con que se coloca una pieza de ajedrez, y yo noté cada centímetro de aquella cuarta durante todo el desayuno.

—Buenos días, mis cigüeñas —cantó Paqui, apareciendo con la bandeja—. Doce churros, dos chocolates a la taza y un café solo. ¿Para quién es el café?

—Para mí —dijo Nerea.

—¿Solo?

—Solo.

—¿Y para mojar?

—El café.

—¿Mojas los churros en café? —pregunté, con el horror de quien presencia un crimen.

—El chocolate es para quien no tiene paciencia. —Cogió un churro, lo hundió en el café negro y se lo comió con una calma insultante.

—Eso es un sacrilegio.

—Eso es eficiencia.

—Eso es amargura.

—Eso es un dato, Valdés. —Y apuntó algo en el cuaderno.

—¿Qué apuntas?

—El coste. Son seis euros veinte entre las dos. Tres diez cada una.

—Te sabes la cuenta de cabeza.

—Y la tuya también. —Dejó tres monedas de un euro y diez céntimos en el platillo, ordenadas por tamaño—. Prefiero que no haya dudas.

La miré. Era su manera de decir esto es un trato, no una amistad. Un muro hecho de monedas. Me dolió un poco, y tuve que beber chocolate para disimularlo.

El lunes hablamos de tres cosas: del tiempo, del partido de Aranda y de si el pabellón olía a mandarina por Tanque o por la humedad.

Fueron veinte minutos de conversación tan limpia que podría haberla enmarcado.

Y sin embargo, a cada rato, Nerea clavaba los ojos en la mesa y se quedaba callada un segundo más de lo necesario, como si le hubieran puesto un peso en el hombro que no era mío.

No sabía de qué era. Pero lo noté.

* * *

—Lota —dijo Bea esa tarde, mientras barría el rellano de su casa con una escoba que no limpiaba nada—, ¿tú le has dicho a Ney que has rechazado a Dani?

—¿Por qué iba a decírselo?

—Porque se fue de la cena sin terminar el bocadillo.

—Tenía sueño.

—Eran las diez.

—¡Es un sueño de diez!

—Tú también lo dices. —Bea soltó la escoba—. Os habéis pegado la frase. Es una enfermedad. Se contagia.

—No tengo por qué darle explicaciones a Nerea sobre mi vida privada.

—Claro que no.

—Ella tampoco me las da a mí.

—Evidente.

—Y además, ¿por qué le importaría?

Bea me miró con una paciencia tan larga que pensé que se iba a quedar dormida.

—Lota, cariño. Estás preguntándome por qué le importaría algo que a ti te importa que a ella le importe.

—No he dicho eso.

—Lo has dicho con la cara.

Subí las escaleras sin contestar. Es la única forma digna de perder una discusión.

* * *

El martes era el día catorce.

Lo tenía anotado en el calendario compartido con un recordatorio de mi madre que decía, en azul: REUNIÓN INFORMATIVA MÁSTER ICADE — 12:00 — conéctate diez minutos antes. Llevaba tres días intentando que no me afectara, con una fuerza de voluntad digna de un santo.

Me puse la sudadera gris a las seis y media.

Cuando llegué al Rincón, Nerea ya estaba allí, con el café en una mano y un churro en la otra.

Me vio entrar. Sus ojos grises bajaron hasta mis hombros, a la tela deshilachada, al cuello con la etiqueta a medio ver.

Y vi cómo se le tensaba la mandíbula. Un movimiento mínimo, seco, como una persiana que baja.

La segunda vez en pocos días. Empezaba a reconocerlo.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

—Te he guardado sitio.

—Estoy sentada en el mío.

—Es un decir.

Se hizo a un lado para dejarme espacio, con una cortesía tan rígida que casi se oía crujir. Me senté. Paqui nos trajo la bandeja sin una palabra, lo que en Paqui es un acto de enorme tacto.

—¿Estás bien? —dijo Nerea, después de un minuto.

Me sobresalté. Era la primera pregunta personal que me hacía sin que yo hubiera empujado.

—Perfectamente.

—Estás removiendo el chocolate hace cuatro minutos.

—Tengo hambre.

—Y no comes.

—Es una técnica.

—¿De qué?

—De… —Me rendí—. Hoy tengo una cosa a las doce. Una reunión. Del máster. Mi madre quiere que vaya a ICADE el año que viene, y hoy es la sesión informativa.

—¿Y tú quieres ir?

Nadie me había preguntado eso. Nadie, en toda mi vida. Mi madre, no. Mi padre, no. Mis profesores, mis amigas de Pozuelo, mi psicóloga del colegio, tampoco. Todos me habían preguntado cuándo, o cómo, o dónde me iba a matricular.

—No lo sé —dije, y fue como soltar una piedra.

—¿Cuándo lo sabrás?

—Cuando lo diga en voz alta, supongo.

—Pues dilo.

—¿Aquí?

—Aquí no hay nadie. —Miró alrededor: Paqui en la barra, Don Ceferino con el periódico, dos jubilados con una partida de dominó—. Y los que hay no se enteran.

Respiré hondo.

—No quiero.

Me sorprendió lo poco que pesó la frase. Cabía en la boca.

—Vale —dijo Nerea.

—¿Vale?

—Es un dato. —Volvió a su café. Pero después de un momento, mirando el churro como si le hablara a él, añadió—: A veces decirlo no cambia nada. Pero por lo menos ya está dicho en un sitio.

—¿Tú has dicho alguna vez algo así?

—Sí.

—¿A quién?

—A mí misma. En el tiro libre. A las siete.

Se me contrajo el corazón. Pensé en ella allí, sola, tirando a canasta hasta que las frases le salieran de los dedos. Pensé que yo había llegado a romper ese silencio, y sentí una ternura enorme y un poco vergonzosa.

—Gracias —dije.

—No he hecho nada.

—Claro que no.

Se quedó un momento callada, con la mirada baja. Y luego, sin levantarla:

—Si hoy te hace falta, no mires el móvil. Mira un aro. No tiene opinión.

Me eché a reír. Lloré un poco también, pero eso lo cuento solo aquí.

Aquel día asistí a la sesión desde la biblioteca, con el portátil, los auriculares y la sudadera.

Una mujer con traje gris enumeró «salidas profesionales» durante cincuenta minutos.

Yo miré fijamente el techo. Sobre el reloj de la sala, alguien había pegado una pegatina de una cigüeña.

Y pensé: no quiero, y esta vez pesó todavía menos.

* * *

El miércoles Nerea me enseñó el truco de la canela.

—Se la echas al chocolate antes de mojar —dijo, abriendo un bote diminuto que se había sacado del bolsillo—. No después.

—¿Llevas canela encima?

—Es el bote de repuesto.

—Nerea, ¿sales de casa con un bote de canela?

—Hay emergencias.

—¿Qué emergencias requieren canela?

—Las que ocurren a las ocho de la mañana. —Espolvoreó mi chocolate con una exactitud casi quirúrgica—. Prueba.

Probé. Era distinto. Más hondo, más cálido, con un fondo que no esperaba. Cerré los ojos un segundo, como una idiota.

—Esto es injusto.

—¿Por qué?

—Porque ahora ya no podré tomar chocolate sin acordarme de ti.

Silencio. Tardé medio segundo en darme cuenta de lo que acababa de decir.

Nerea se quedó con el churro a medio camino, mirándome de lado.

Se le había coloreado el filo de las orejas, otra vez, y por primera vez entendí que era eso: no vergüenza.

Era sorpresa. Como si nadie le hubiera dicho nunca que iba a ser recordada.

—Es un dato —dije, para salvarnos a las dos.

—No lo es.

—No, no lo es.

Comimos en silencio. Pero era un silencio distinto al de los días anteriores. Un silencio al que alguien había abierto una ventana.

* * *

Esa tarde, a las siete, Lola nos citó a todas en el centro de la pista. Había traído una silla de plástico, que usó de atril, y el rotulador rojo, que usó de puntero. Era un mal augurio: Lola Ferrer solo se sube a una silla para anunciar cosas que no vamos a querer oír.

—Escuchadme —dijo—. La universidad ha recortado el presupuesto de viajes.

Un murmullo recorrió la fila.

—Un treinta por ciento. Os lo digo a las claras: no es una opinión mía. Es una orden. Por eso, a partir de ahora, en cada desplazamiento dormiremos de dos en dos. Habitaciones dobles, sin excepciones, sin quejas y sin cambios de última hora. Nuria ha organizado la lista.

—¿Dobles? —preguntó Lucía, con cara de que acababan de anunciarle un examen.

—Dobles.

—¿Y quién se pone con quién?

—Eso es lo que voy a decir ahora. —Lola desplegó un papel—. Rooming list. Benítez con Cano. La capitana cuida de la novata.

—Encantada —dijo Inés, y puso un brazo sobre los hombros de Lucía, que casi se desmayó de la emoción.

—Castellanos con Bustamante.

—¡Bien! —gritó Bea, y chocó el puño con Tanque—. Compartiremos mandarinas.

—Y vacas —apuntó Tanque.

—No hay vacas en el hotel.

—Las pondré en la imaginación.

—Ferrer con Obiang —continuó Lola, sin inmutarse.

Nuria dejó caer la tablet.

—¿Perdón, entrenadora?

—Jerarquía inversa. Ni la mánager ni la entrenadora tenemos presupuesto propio. Compartimos habitación, y yo ronco, y tú tienes paciencia. Será un buen ejercicio.

—Mi paciencia se acaba en la tercera noche.

—Entonces dormiremos tres noches. —Lola bajó la vista al papel—. Y por último…

Se hizo una pausa de las suyas. La más larga de la tarde. Me di cuenta de que había contenido el aire.

—Salgado con Valdés.

Nadie dijo nada.

Después, una exclamación:

—¡Yo lo sabía! —chilló Bea.

—¡La habitación de la rivalidad! —añadió Tanque, con un reverencial susurro.

—¡Silencio! —bramó Lola.

Y entonces, desde el otro extremo de la fila, con la voz más fría del mundo:

—Entrenadora, con todo respeto.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—No hace falta. —Lola apoyó una mano en el respaldo de la silla—. Salgado, llevo treinta años en esto. Sé cuándo alguien va a pedirme algo que le he negado de antemano.

—Es que no me gusta compartir habitación.

—A mí no me gusta que perdamos. Y lo hacemos.

—Mi opinión consta en acta.

—Consta y la archivo. —Lola alzó una ceja—. ¿Valdés?

Todos se giraron hacia mí. Y yo, que tengo respuesta para casi todo, me quedé con la boca abierta y la mente en blanco, mirando a Nerea al otro lado de la pista.

Estaba rígida, con los puños cerrados, mordiéndose por dentro el labio.

Pero no me miraba con rechazo. Me miraba con algo mucho más difícil de nombrar: la expresión de quien se asoma a un precipicio y calcula la caída.

—Por mí, perfecto —dije.

—¿Perfecto? —repitió Nerea.

—Sí. Es una oportunidad. —Sonreí. La buena, la torcida—. ¿Roncas?

—No.

—¿Hablas en sueños?

—No lo sé. Nadie me lo ha dicho.

—¿Duermes con ventana abierta?

—Siempre.

—Yo con ventana cerrada.

—Entonces tendremos que negociar.

—Se me da de maravilla negociar.

—A mí me da igual perder.

—Eso es mentira —dije.

—Eso es un dato —respondió, y por segunda vez en el día se le coloreó el filo de las orejas.

—Bien. —Lola dio una palmada—. El primer viaje es este viernes a Zaragoza. Salimos a las cuatro, en autobús. Jugamos el sábado contra el Colegio Mayor del Ebro. Y recordad: nuestra tarea es ganar y no ser un problema para el hostal.

—¡Entrenadora! —protestó Bea—. ¡Nosotras no somos un problema!

—Os recuerdo que el último hotel nos prohibió la entrada por un incidente con un abanico.

—Eso fue un malentendido —dijo Tanque.

—Eso fue un abanico en el techo.

—Un abanico muy mal colocado.

Todo el equipo estalló en risas. Y yo me reí con ellas, pero, por debajo de la risa, algo se me iba hundiendo en el estómago como una piedra que baja sin hacer ruido.

Dos noches. Tres, quizá. Una habitación.

Una persona que ponía datos en una hoja de cuaderno y los guardaba en el bolsillo de una chaqueta de cuero.

* * *

Al terminar, Nuria me interceptó junto a las duchas, con la tablet bajo el brazo y la expresión de una gata que acaba de vaciar un jarrón y sabe que va a pagarlo.

—Lota.

—¿Sí?

—Te debo una confesión.

—¿Qué has hecho?

—Nada que pueda reprochárseme jurídicamente. —Bajó la voz—. Hice las reservas del viernes. Era lo último que quedaba. Un hostal en la salida de Zaragoza, de esos de carretera, con moqueta de los noventa y una recepcionista que se llama Pilar y es sorda de un oído.

—Vale.

—Y no tenían habitaciones dobles.

—Nuria, no me asustes. Lola ha dicho dobles.

—Tenían habitaciones de matrimonio. —Hizo una mueca de dolor—. Una cama. Grande. Una.

Hubo un silencio largo.

—¿Cuántas?

—Para vosotras, una.

—¿Y para las demás?

—Las demás tienen camas separadas. Solo vuestra habitación…

—¿Por qué solo la nuestra?

—Porque es la que Lola reservó ella misma. —Se frotó los ojos—. Hay un detalle que no me gusta. Lola preguntó dos veces si había una habitación de matrimonio libre. Dos veces. Con voz muy inocente.

Me quedé inmóvil. Un escalofrío me subió por la espalda.

—Nuria, ¿tú crees que…?

—Yo no creo nada. Yo gestiono la logística. —Me guiñó un ojo—. Pero te aconsejo que lleves pijama grueso. Y paciencia. Y tal vez una almohada de repuesto, para trazar fronteras.

Se fue silbando.

* * *

Esa noche, en mi piso, saqué del cajón la hoja de «DATOS» y la alisé sobre la cama. Releí el número cinco: Lo siento. (No tiene unidad de medida.) Después abrí la nota secreta y añadí la línea que llevaba todo el día escribiéndose sola:

10. Voy a dormir en la misma habitación que Nerea Salgado. En la misma cama, quizás. Y lo único que se me ocurre pensar es qué pijama llevo.

Me tapé la cara con las dos manos.

—Esto es un desastre —dije al techo.

El techo, como siempre, no tuvo opinión.

El móvil vibró. Era un mensaje de Nerea. El tercero que me había mandado en toda mi vida.

Ney: Me ha dicho Nuria lo de la cama. Duermo en el lado izquierdo. No me muevo. No hablo en sueños (creo). Si cruzas la línea del medio, te lo cobro en churros. Es un dato.

Lo leí tres veces. Sonreí tanto que me dolieron las mejillas.

Escribí: ¿Qué línea del medio?

Respuesta, en menos de diez segundos:

Ney: La que voy a trazar yo.

Y a continuación, otro:

Ney: Duerme, Valdés.

Apagué la luz. Me quedé mirando la oscuridad con el móvil sobre el pecho, escuchando el latido de mi propio corazón. Y pensé en la frase de Don Ceferino que Bea me había contado: los finales ya sabes cómo acaban; los principios no.

No sabía cómo iba a acabar aquello.

Pero estaba segura, completamente segura, de que ya había empezado.