Capítulo 7
NEREA
Si hay algo que me irrita de las cosas que no entiendo, es que se me quedan dando vueltas como una moneda en una lavadora.
Tenía todo el sentido del mundo. Y yo me había pasado la noche mirando el techo, que no tiene sentido ninguno.
—Tienes ojeras de novela rusa —dijo Nuria el sábado, tendiéndome un café en la puerta del pabellón.
—Es el kohl.
—No llevas kohl. Hoy no.
Me toqué el párpado. Tenía razón: se me había olvidado ponérmelo. Era la segunda vez en tres años.
—Pues entonces es el sueño.
—Qué lástima de sueño, que no es de diez, es de cuatro horas. —Me estudió con la cabeza ladeada—. ¿Vas a jugar así?
—Voy a jugar mejor así.
—Eso es lo que dicen los que acaban en urgencias.
* * *
La Universidad de Aranda de Duero llegó en un autobús blanco con una cepa de uva pintada en el costado.
Eran once chicas altas, de moño tirante y mirada de domingo de vendimia.
Su entrenador, un hombre de bigote sedoso, saludó a Lola con un apretón largo y un «Ferrer, qué ilusión».
Lola respondió con un «Ramírez» que bajó la temperatura del pabellón cuatro grados.
Y entre ellas estaba Marta Villalba.
Alera, un metro ochenta y cuatro, pelo rubio recogido en una coleta de caballo.
Cara de ángel con mala leche. La conocía de dos temporadas atrás, de cuando me metió un codo en la sien en un rebote y se disculpó diciendo «uy», con una sonrisa de dentífrico.
Era de las que juegan sucio y miran al árbitro con ojos de cordero.
Durante el calentamiento pasó a mi lado por la línea de fondo.
—Anda, mirad quién está aquí —dijo, con voz de azúcar—. ¿Te han dado permiso para salir del cementerio?
Seguí tirando. Chof.
—Es que con ese color de cara, pensé que habías venido a un funeral.
Chof.
—O a pedir limosna. Que con la beca no da para mucho, ¿verdad? Se nota en las zapatillas.
Esa tuve que dejarla pasar. Dolió un poco más de lo que debía. No porque fuera nueva, sino porque era cierta: mis zapatillas llevaban dos temporadas pidiendo jubilación y yo no tenía con qué dársela.
Pero me encogí de hombros. Es lo que hago. Cuando alguien me tira una piedra, la recojo, la peso y la guardo en el bolsillo para devolverla en el momento oportuno. Para eso están los partidos.
No me di cuenta de que Carlota lo había oído.
* * *
El primer cuarto fue un trámite. Subió al marcador un 18-12 para nosotras sin demasiada historia.
Carlota estaba afinada, con el pelo recogido, la mirada limpia y esa manera de moverse que parece que ensaya lo que va a pasar un segundo antes de que pase.
Yo estaba bien. Mejor de lo que esperaba.
Metí un triple desde la esquina, otro desde el tiro libre, y me di cuenta de que no pensaba en nada, cosa que me pasa solo cuando estoy cansada o cuando estoy en paz.
Y entonces, en el minuto cuatro del segundo cuarto, recibí un pase.
Un pase limpio, a la altura del pecho, que llegó a mis manos como un pájaro que ha decidido posarse. Tenía a Carlota detrás, sonriendo apenas con un lado de la boca.
Metí el tiro. Dos puntos.
Volví a defensa sin mirarla. Pero ella pasó a mi lado, a la altura del hombro, y murmuró:
—Una.
—No lo cuentes.
—Lo cuento.
—Es una apuesta de asistencias, no de generosidad.
—Es de las dos cosas —dijo, y se alejó trotando.
Se la devolví tres jugadas después. Un pase picado que le dejó el balón en la mano derecha, justo bajo el aro, sin que tuviera que mover un dedo. Encestó. Y Tanque, desde el banquillo, levantó el puño con la solemnidad de quien proclama un dogma.
—¡Una cada una! —gritó.
—¡Cállate, Tanque! —respondió medio pabellón, entre risas.
* * *
Fue justo antes del descanso cuando pasó.
Marta Villalba me estaba defendiendo desde hacía diez minutos con todo el repertorio. Un codazo disimulado. Un pisotón. Un tirón de camiseta que el árbitro, ciego o cómplice, no veía. Yo aguantaba. Aguanto bien.
Recibí el balón en el perímetro. Giré. Ella se me pegó a la espalda con la cadera.
—Ya veo por qué no pasas —susurró al oído, con aliento a chicle de menta—. Nadie querría tocarte. Das miedo a todo el mundo, Morticia. Hasta tu padre, ¿verdad? He oído que vino a verte jugar el año pasado y se fue en el descanso.
Me quedé inmóvil.
No fue la frase en sí. Fue que alguien lo sabía.
Que un dato que yo guardaba como un cuchillo bajo la almohada había andado suelto por ahí, en los pasillos de las gradas, en bocas ajenas.
Mi padre se había ido en el descanso. Había dicho que tenía tráfico.
Lo que había visto era que no estaba ganando por suficientes puntos.
Perdí el balón.
Marta lo recogió con una sonrisa y salió disparada en contraataque. Dos puntos.
No me moví. Estaba clavada en el sitio, con las manos vacías, oyendo mi propia respiración como si viniera de otra persona. Alguien gritó mi nombre. Dos, tres veces. Ni siquiera supe quién.
Y entonces oí una voz distinta.
—Retira eso.
Era la voz de Carlota, grave y baja, que yo no le había oído jamás.
Me giré. Estaba plantada delante de Marta Villalba, a veinte centímetros de su cara, con los puños apretados y la barbilla alta. Era un palmo más baja que ella. Parecía un metro noventa.
—¿Perdona? —dijo Marta, divertida.
—Que retires lo que le has dicho.
—Yo no he dicho nada.
—Lo he oído.
—Estás oyendo cosas, guapa.
—Tengo muy buen oído —dijo Carlota—. Y muy mal genio. Y eso, para ti, es una combinación nefasta. Así que lo repito una sola vez: retira lo que le has dicho a mi compañera.
—Tu compañera. —Marta soltó una risita—. Qué mona. ¿Ahora la defiendes? Si me ha dicho Aranda entera que os odiáis a muerte.
—Pues ahora ya te lo ha dicho una de las dos —dijo Carlota—. Nos odiamos nosotras. Tú no te metes.
Y con una cara de santa de iglesia, sin un gesto brusco, le plantó la mano en el hombro y la empujó. Apenas medio paso. Una cosa pequeña, que en cualquier otra jugada habría pasado inadvertida.
Sonó el silbato.
—Falta técnica, número siete, Valdés —cantó el árbitro.
El pabellón entero abucheó. Paqui, desde la grada, agitó el trapo de cocina como una bandera de guerra. Marta Villalba se llevó la mano al hombro con una expresión de mártir. Y Carlota, de pie, con el pecho subiéndole y bajándole, me miró.
No dijo nada. Solo me miró, como diciendo: ya está.
* * *
En el descanso, Lola entró al vestuario con la cara de una tormenta contenida y el rotulador rojo en la mano.
—Valdés.
—Entrenadora.
—Una técnica.
—Sí.
—Una falta técnica en el primer partido de liga.
—Sí, entrenadora.
—Por empujar a una rival.
—Sí.
—¿Fue merecido?
Silencio. Lola esperaba. Todas esperábamos. Carlota respiró hondo, levantó la barbilla y dijo:
—Sí.
—Bien. —Lola dio media vuelta, y por un momento me pareció que la comisura izquierda volvía a hacer su movimiento de pez—. Otra vez no.
Se marchó.
Me quedé en mi banco, en el de la esquina, con el rayo de sol del ventanuco ya apagado y una toalla sobre los hombros. Carlota se sentó en el extremo opuesto, a cuatro metros. Tenía el pelo en la cara. Se lo apartaba una vez, y otra.
Me levanté. Caminé hasta ella. Me detuve delante.
—No necesito que me defiendas.
Levantó la vista.
—Ya lo sé.
—Sé defenderme sola.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
—No lo hice por ti. —Pero lo dijo despacio, y yo, que soy muy buena escuchando, oí exactamente cuánto le costó.
—Mientes fatal.
—Lo sé. Me lo dice todo el mundo. —Se rascó la sien—. Es que no me gustó lo que dijo.
—Era mentira.
—No. —Me miró directamente—. Era verdad, y por eso era peor. No dijo nada para hacerte daño. Lo dijo porque sabía que te lo haría. Es distinto.
No supe qué contestar. Sentí algo que me subía por el pecho, caliente y agrio a la vez. Era agradecimiento, y era rabia, y era otra cosa más, pequeña y redonda, que no pensaba examinar.
—No vuelvas a hacerlo.
—Vale.
—Ahora pagas la técnica con dos asistencias menos.
—Eso no existe.
—Lo acabo de decidir.
—Eso lo decide Tanque.
—Pues díselo a Tanque.
—Se lo diré.
—Bien.
Y nos quedamos allí, mirándonos, con el pasillo del vestuario lleno de un silencio que olía a sudor y a mandarina.
—Carlota.
—¿Qué?
—Gracias.
Ladeó la cabeza. Sonrió, y esta vez fue la sonrisa buena, la torcida.
—Ha costado, ¿eh?
—Ha costado.
—¿Es un dato?
—Es el dato de la semana.
* * *
El resto del partido fue otra cosa.
No sé explicarlo. Ya no jugaba contra el aro ni contra el reloj ni contra Marta Villalba.
Jugaba con alguien. En el tercer cuarto, Carlota entró en el área con dos defensoras encima y, sin mirar, con el codo, me dejó el balón en el hueco justo.
Metí el triple sin pensar. En el cuarto, fui yo quien la buscó, un pase largo, cruzado, de esos que se arriesgan, y ella lo cazó en el aire como quien coge una mariposa. Dos puntos.
Cuatro asistencias suyas. Cuatro mías. Cinco y cinco. Seis y seis. Un frenesí.
A tres minutos del final, con ventaja de doce puntos, Marta Villalba me hizo una entrada fea, con el codo en el costado. Me quedé sin aire. Y antes de que pudiera decir nada, Carlota ya estaba a mi lado, agachada, con una mano en mi espalda.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Estás blanca.
—Es mi color.
—No hasta ese punto. —Me ayudó a levantarme—. Respira. Despacio. Cuenta.
—Cuento todo.
—Pues cuenta hasta cinco.
Conté. En el tres, noté su mano en la espalda. En el cuatro, su pulgar, que se movía apenas, haciendo un círculo mínimo. En el cinco, me di cuenta de que estaba más tranquila de lo que tenía derecho a estar.
—Ya está —dije.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Vale. —Retiró la mano. Dejó una marca de calor en mi espalda del tamaño de una moneda.
Ganamos 74-61. Veinticinco puntos míos, veintisiete de Carlota. Paqui había apostado por treinta y dos para ella y perdió cuarenta euros por culpa de la técnica; se llevó las manos a la cabeza con un «¡Me la ha jugado la técnica!» que puso a la grada en pie.
* * *
—Bien —dijo Tanque, en el vestuario, tras una consulta muy solemne con la tablet de Nuria—. El resultado de la apuesta es el siguiente.
—Dilo ya —dije.
—Asistencias de Salgado: siete. Asistencias de Valdés: siete.
Silencio.
—Empate —dijo Inés, que fue la primera en reaccionar.
—Empate —confirmó Nuria, con una mueca de satisfacción que no logró disimular.
—No hay precedentes en este reglamento —murmuró Tanque, rascándose la barbilla—. No había contemplado la posibilidad.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Carlota.
—Estoy pensando. —Tanque cerró los ojos, se rascó la oreja, abrió uno—. Ya está. Veredicto. Las dos pagan. Las dos desayunan churros en el Rincón durante una semana. Juntas. Y pagan a medias.
—¡Eso no es lo que decía la apuesta! —protesté.
—La apuesta decía «la que tenga menos». No hay ninguna que tenga menos. Por tanto, las dos tienen menos que la que no existe. —Hizo un gesto con las manos, como quien suelta una paloma—. Es lógica.
—Es lógica de vaca —dije.
—Es la mejor lógica que existe.
—¿Y la música del autobús? —preguntó Carlota.
—La elijo yo. Soy el juez.
—¡Eso es corrupción! —dijimos las dos a la vez.
Y nos miramos. Y fue una de esas veces en que ninguna de las dos puede aguantar el silencio, y estallamos en risa.
Una risa larga, de esas que te doblan en dos, que te sacan lágrimas, que se te contagia de la otra.
Nuria sacó el móvil. Bea gritó «¡LO HE GRABADO!
». Inés se tapó la boca. Lucía lloraba, esta vez de alegría.
Y yo me reí tanto que no me di cuenta de lo que estaba pasando.
* * *
La semana siguiente iba a empezar el lunes, a las ocho, en el Rincón, con churros y chocolate. Dos asientos juntos. Una cuenta a medias. Siete días enteros.
Salí del pabellón con la bolsa en el hombro y el aire de la tarde dándome en la cara.
Octubre había sacado el frío en serio, y Vallebrava olía a leña y a hojas.
En la plaza vi a Carlota, de espaldas, hablando por teléfono con la sudadera gris puesta, la manga izquierda arremangada y el balón torcido a la vista.
No oí lo que decía. No quise oírlo.
Lo sabe. Siempre lo ha dicho él mismo.
Me paré en la acera, con el estómago en un sitio incómodo, y pensé en una cosa extraña: que acababa de sentir su mano en mi espalda, tibia, tranquila, durante cinco segundos, y que de repente me importaba muchísimo más de lo conveniente que fuera de otro.
—Ey —dijo una voz a mi lado.
Era Don Ceferino, con la fregona al hombro como un alabardero.
—Hoy has jugado como nunca.
—Gracias.
—Ya no tienes cara de final de novela.
—¿No?
—No. Tienes cara de principio. —Se rascó la barba—. Es peor.
—¿Por qué?
—Porque los finales ya sabes cómo acaban. —Y sonrió con aquella sonrisa suya de monje que sabe más de lo que cuenta—. Los principios no.
Se alejó empujando la fregona por los adoquines, como si arrastrara un trineo.
Y yo me quedé en la plaza, sola, mirando cómo Carlota colgaba el teléfono, se giraba, me veía, y levantaba una mano en un saludo pequeño, tímido y descaradamente feliz.
Levanté la mía. Un centímetro. Como mucho.
Pero lo levanté.