MARCAJE PERSONAL Capítulo 6
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Capítulo 6

CARLOTA

Una disculpa de Nerea Salgado no se parece a ninguna otra. No llega con flores ni con un «lo siento mucho» a media voz. Llega en un papel doblado en cuatro, con tinta azul y una tabla de datos.

Pero me estoy adelantando. Vamos por orden, que si no, Bea me corrige.

* * *

Habían pasado cuatro días desde el vestuario, y Nerea y yo habíamos entrenado el pase a las siete, cada mañana, con la puntualidad de dos relojes que se odian.

Veinte minutos exactos. Pecho, bote, picado, por encima de la cabeza.

Ella lanzaba bien, yo lanzaba bien y ninguna decía nada que no fuera estrictamente necesario.

«Más a la derecha.» «Vale.» «Ahora tú.» «Vale. »

Era como jugar con una pared muy educada.

—No te ha pedido perdón —dijo Bea el jueves, sentada en mi sofá con las piernas sobre el reposabrazos y un bol de palomitas en el estómago.

—No tiene por qué.

—Te llamó fachada.

—Dijo que me escondía detrás de la palabra «encantada». Que es distinto.

—Es peor, porque tenía razón.

—¡Bea!

—Perdona. —Se metió una palomita—. Lo que quería decir es que tú también le soltaste lo tuyo, que eso no se te olvida.

—Yo no le solté nada.

—Le dijiste «nunca quieres, pero lo haces».

—Eso es una descripción objetiva.

—Lota. —Me miró con una paciencia que le sentaba mal—. Dime la verdad. ¿Estás enfadada o estás triste?

Abrí la boca para contestar y descubrí que no tenía la respuesta. Lo que tenía era una bola en el estómago, parecida a la de cuando sacas un cuatro en un examen que has preparado con muchísimo cariño. No era rabia. Era algo que no se arregla con una pelea.

—Creo que quería que le cayera bien —dije al fin—. Y no sé por qué me importa tanto.

—Yo sí lo sé —dijo Bea.

—No me lo cuentes.

—No pensaba.

—Gracias.

—Pero lo sé.

Le tiré un cojín. Se lo comió con todas sus palomitas.

* * *

El viernes por la noche había cena de la víspera.

Es una tradición de las Cigüeñas desde antes de que yo naciera.

La noche antes de cada partido de liga, el equipo entero cena en El Rincón de Paqui, con la mesa larga de la ventana reservada y un menú que no admite alternativas.

Ese viernes tocaba el primer partido oficial de la temporada, contra la Universidad de Aranda, a la que llamaban «las Bodegueras» con un cariño perezoso.

Paqui había colgado en la pared del fondo una pizarra enorme con el título QUINIELA DE LA VÍSPERA, y debajo, una lista de nombres con cifras a lápiz.

—Treinta y dos para Valdés —leyó Bea en voz alta—. Veintinueve para Salgado. Quince para Inés, doce para Bea, nueve para Tanque…

—¿Nueve? —protestó Tanque—. Yo meto más de nueve.

—Metes nueve.

—Meto diez.

—Metes nueve y un rebote furioso.

—Ahí no me has quitado razón.

—Y a los ocho —continuó Bea— un euro de cada apostante va a la caja del bote de las gominolas.

—Eso ya es corrupción —dijo Inés, sentándose.

—Es cultura local —respondió Paqui, pasando con una bandeja de croquetas del tamaño de un puño—. Comed, comed. Hoy hay cocido de entrada y milhojas de postre. Y no quiero ver a nadie dejando nada en el plato, que luego Don Ceferino me dice que desperdicio.

Don Ceferino estaba sentado en la barra, con un vaso de vino y el periódico del día, aparentando que no tenía nada que ver con aquello.

Junto a él, en un taburete, con un vermut y una expresión de profunda indiferencia, estaba la entrenadora Lola Ferrer.

Las entrenadoras no cenan con el equipo, nos había explicado Inés. Supervisan.

Me senté entre Bea y Lucía. Frente a mí había un sitio vacío. Lo miré más veces de las necesarias.

—Nerea no ha llegado —dije, como quien comenta el tiempo.

—Llegará —dijo Nuria desde la otra punta, con una sonrisa que no me gustó—. Está resolviendo un problema de logística.

—¿Qué logística?

—No te lo puedo decir. Es confidencial.

—¿Es una broma?

—Es un secreto de Estado.

Tanque se inclinó hacia mí con los ojos muy abiertos.

—Yo creo que se está arreglando el pelo.

—Nerea no se arregla el pelo —dijo Lucía.

—Quizá hoy sí.

—Hoy no.

—Pero quizá.

Fue la primera vez en cuatro días que me reí de verdad, y noté cómo se me deshacía un nudo en la nuca. Lo atribuí a las croquetas.

* * *

Llevábamos media hora de cocido cuando se abrió la puerta.

Entró con la chaqueta de cuero, las botas pesadas, el moño tirante y una expresión de mármol. Se detuvo en el umbral, recorrió la sala con la mirada y se fijó en la mesa. En mí. Durante un segundo pareció que iba a darse la vuelta.

No lo hizo. Caminó recta hasta la mesa, saludó con una inclinación de cabeza a Paqui, otra a Inés y se detuvo detrás de la silla vacía. Pero no se sentó. Dijo, mirándome a mí y solo a mí:

—¿Puedo hablar contigo un momento?

La mesa entera enmudeció. Alguien dejó caer una cuchara con un tintineo muy teatral. Creo que fue Tanque.

—Claro —dije, y me levanté.

Me guio hacia el pasillo del fondo, el que lleva a los baños, entre fotos de promociones antiguas y una máquina de tabaco que nadie ha tocado desde 2012.

Se paró bajo la foto de 2004, donde una Lola joven desafía a la cámara con los brazos cruzados.

Había una luz amarilla que le dibujaba sombras en los pómulos.

Yo me quedé a un metro, con las manos en la espalda, sin saber dónde ponerlas.

Sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro y me lo tendió.

—¿Qué es?

—Léelo luego.

—Lo voy a leer ahora.

—Preferiría que no.

—Pues lo voy a leer ahora.

Suspiró, bajó los ojos al suelo y se cruzó de brazos, con esa postura de quien espera una sentencia.

Desdoblé el papel. Era una hoja del cuaderno de estadísticas, de cuadrícula, con una letra pequeña, recta y limpia, de quien ha practicado la caligrafía igual que el tiro libre. Arriba, en mayúsculas, ponía: DATOS.

1. Dato: lo que dije el lunes en el vestuario fue acertado en una proporción que no pienso calcular y cruel en el cien por cien.

2. Dato: el martes, de cuarenta pases, tu porcentaje de acierto fue del 92,5 %. El mío, del 87,5 %. Tú eres mejor pasando que yo. Me jode, pero es un dato.

3. Dato: eres la primera persona que deduce lo del bote de canela. Llevo tres años en este pabellón y a nadie se le había ocurrido mirar el bote.

4. Dato: no eres una fachada. Estás hecha de unas cuantas cosas a la vez, y yo no me he molestado en mirarlas todas.

5. Dato: lo siento. (No tiene unidad de medida.)

Terminé de leer y me quedé un rato con la hoja entre los dedos. Me escocían los ojos. Me tuve que reír para no hacer otra cosa.

—«Me jode, pero es un dato» —leí en voz alta.

—Es el procedimiento. Primero la verdad, después la forma.

—«No tiene unidad de medida.»

—No la tiene.

—Nerea.

—¿Qué?

—Es la disculpa más bonita que me han hecho en la vida.

—No es bonita. Es exacta.

—Es exacta y bonita.

—No —dijo—. Es exacta.

Pero no me miraba. Miraba la foto de 2004, a una Lola joven con los brazos cruzados, y se le había coloreado el filo de las orejas. Guardé la hoja doblada en el bolsillo de la sudadera, el de delante, junto al corazón, sin ninguna razón concreta.

—Acepto —dije.

—Bien.

—Y yo también lo siento. Lo de «nunca quieres, pero lo haces». Fui injusta.

—No lo fuiste.

—Un poco sí.

—Un poco, entonces.

Casi sonreímos las dos. Casi. Pero entonces Nerea bajó la mirada, y la vi detenerse en mi puño izquierdo, en el balón dibujado a rotulador azul, torcido, con la misma torpeza cariñosa de siempre.

Su mandíbula se tensó apenas, un movimiento mínimo que me recordó a una puerta que se cierra con mucho cuidado.

—Dile que dibuja fatal.

—¿Cómo?

—A quien lo hizo. Dile que dibuja fatal. —Y por primera vez en toda la conversación me miró a los ojos, con una calma que me dio frío—. Aunque se nota que lo hizo con cariño.

Me eché a reír, sin pensarlo, porque tenía muchísima gracia que alguien le dijera eso a ese dibujo.

—Lo sabe. Siempre lo ha dicho él mismo.

El rostro de Nerea no se movió, pero algo en sus ojos se endureció, como cuando el invierno pasa de golpe de la lluvia a la escarcha.

—Entiendo.

—Nerea…

—Voy a cenar.

—¿Qué he dicho?

—Nada. —Ya se alejaba por el pasillo—. Nada en absoluto.

Me quedé bajo la foto de Lola, con la hoja de datos en el bolsillo y la sensación persistente de haber pisado una frase sin querer. De haber entendido el chiste y perdido la broma.

* * *

Cuando volví a la mesa, Nerea ya estaba sentada frente a mí, con la servilleta en el regazo y una croqueta en el plato que no tocaba. A su lado, Nuria me observaba con una expresión de lástima. No supe a quién iba dirigida.

—Bueno —dijo Tanque, con una cuchara en el aire—. Ahora que estamos todas.

—¿Ahora que estamos todas qué? —preguntó Inés.

—Hay que hacer una apuesta.

—Ya hay una apuesta. Es la quiniela.

—Esa es de Paqui. Yo hablo de una apuesta de verdad. Entre estas dos. —Señaló con la cuchara a Nerea y a mí, alternativamente—. Porque si no, esto va a acabar mal.

—¿Esto qué? —dije.

—Todo esto. —Tanque abarcó con la cuchara el aire entre las dos—. Esta cosa que tenéis. Esa tensión. Esa vibra. Yo lo noto, y mis vacas lo notarían. Es mejor ponerle forma de apuesta antes de que se convierta en un problema veterinario.

—¿Un problema veterinario? —preguntó Lucía.

—Una vaca que se mira con otra vaca durante demasiado tiempo termina embistiéndola. Es la naturaleza.

—No somos vacas —dijo Nerea.

—Claro que no. Las vacas son más simpáticas.

Bea se atragantó con el agua. Inés se tapó la cara con las manos. A mí se me escapó una carcajada tan fuerte que tuve que agarrarme a la mesa.

—Vale —dije, secándome los ojos—. ¿Y de qué es la apuesta?

—De asistencias —dijo Tanque con solemnidad—. Mañana, contra las Bodegueras. La que tenga más asistencias gana. La que tenga menos, paga.

—¿Paga qué?

—Eso lo decido yo. Soy el juez de la apuesta, es mi bote de gominolas.

—No es tu bote.

—Es nuestro bote, que es lo mismo pero más mío. —Tanque dejó la cuchara—. Si pierde Salgado, desayuna churros durante una semana en el Rincón y paga la cuenta de Valdés. Si pierde Valdés, hace lo mismo con Salgado. Y la ganadora elige la música del autobús en el próximo viaje.

—La música del autobús —repitió Nerea con voz neutra.

—Es la mayor responsabilidad de esta universidad —dijo Inés, solemne.

—Yo elegiría algo —dije.

—Yo también —dijo Nerea.

—Seguro que no lo elegiría tú.

—Seguro que tú elegirías algo con una letra que dice «bailar» seis veces.

—Eso es racismo musical.

—Eso es sentido común.

—Sois fantásticas —suspiró Paqui, que acababa de llegar con una fuente de milhojas y el delantal torcido—. Anda, apuesta hecha. Os lo apunto en la pizarra.

—No hemos aceptado —dijo Nerea.

—Todavía no. —Tanque bajó la voz—. Pero van a aceptar.

Nos miramos al otro lado de la mesa. Un poco más abajo, por debajo del mantel, noté el roce de un pie contra el mío, probablemente accidental, probablemente de Tanque, que se había movido. Pero no era de Tanque. El pie se retiró al segundo. Yo me quedé inmóvil, con el tenedor a medio camino.

—Acepto —dije, y mi voz sonó un poco más grave de lo que pretendía.

—Si gano yo —murmuró Nerea, con los ojos fijos en la mía—, quiero la música del autobús y una cosa más.

—¿Qué cosa?

—Ya te lo diré.

—Esa apuesta no está en el reglamento.

—El reglamento es de Tanque.

—Y está bien escrito —se defendió Tanque.

—Trato —dije, y le tendí la mano por encima de la mesa.

Nerea la miró. Vaciló un instante. Luego la estrechó con un apretón firme, seco, cálido. Un apretón de dos segundos que duró tres. Noté el frío de sus anillos de plata contra mis nudillos, y por debajo, la palma caliente. Algo cosquilleante me recorrió el brazo hasta el hombro.

Retiró la mano primero.

—Trato.

* * *

El móvil me vibró cuando íbamos por los milhojas.

D.: Mañana juegas contra Aranda, ¿no? Cuando termine la liga, me debes un café. Lo digo en serio. Sin presión. Mucha presión. ;)

Me quedé mirando la pantalla. Es cierto que durante un rato, aquella semana, había sopesado la posibilidad.

No porque me gustara Dani, que era encantadora, ni porque me atrajera especialmente, sino porque Dani era fácil.

Con ella, cada frase se deslizaba hasta su sitio sin ruido.

No tenía anillos de plata ni datos ni silencios que había que descifrar como los jeroglíficos de una tumba.

Y precisamente por eso, comprendí, en el fondo no me apetecía.

Escribí con el pulgar, bajo la mesa, sin que nadie lo viera:

Yo: Eres muy maja, D. Pero no. Estoy a tope con el equipo y quiero aprender a pasar de una vez. Nos vemos en la pista.

Pulsé enviar. Respiré. Me sentí extrañamente ligera.

Alcé los ojos. Nerea me miraba desde el otro lado de la mesa, con el ceño fruncido y la boca apretada.

Había visto el móvil, había visto mis pulgares, había visto cómo se me soltaban los hombros después de escribir.

No podía haber leído nada, pero sacó sus propias conclusiones.

Se le notaba en la cara. Se las puso como quien se pone un abrigo oscuro.

Bajó la vista. Cogió su milhojas. Se lo comió despacio, con la concentración de quien se concentra para no sentir.

Quise decirle algo. Quise inclinarme sobre la mesa y susurrar: no es lo que crees. Pero no sabía qué era lo que creía. Y tampoco sabía por qué me importaba tanto que lo creyera.

* * *

Esa noche, de vuelta en mi piso, me senté en la cama y abrí la nota secreta. Releí las ocho líneas. Después saqué del bolsillo la hoja doblada, la alisé sobre mi rodilla y la leí despacio, una vez más.

Me jode, pero es un dato.

Sonreí. Y a continuación, porque a veces uno no puede evitar escribir lo que no quiere escribir, añadí:

9. Me ha pedido perdón con una tabla de datos y me ha parecido lo más romántico del mundo. Debo de estar enferma.

Lo leí. Me ardieron las mejillas. Estuve a punto de borrarlo.

No lo borré. Pero lo cambié a romántico entre comillas, que es lo que hacen las personas sensatas cuando mienten.