MARCAJE PERSONAL Capítulo 5
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Capítulo 5

NEREA

El domingo no salí de casa, y no fue por falta de ganas de ver gente. Fue por exceso de ganas de no ver a una persona en concreto.

Pasé el día haciendo cosas útiles. Fregué los platos, ordené el cuaderno de estadísticas por fechas y lo reordené por rivales.

Releí un capítulo de la novela que tenía a medias, un asesinato en un balneario de Cantabria cuyo culpable ya sabía desde la página cuarenta.

Me puse los calcetines de la abuela. Y repasé, con una precisión que no me enorgullece, las doce posesiones del cuarto cuarto del sábado.

Doce. Tres con pase posible. Una con pase evidente.

—Llevas cuatro horas mirando la pared —dijo Nuria desde el sofá.

—Estoy pensando.

—En la pared.

—En el partido.

—En el partido no, Ney. En la mesa del Rincón. En un móvil. En una sonrisa de media cara. —Pasó una página de su revista con un gesto de aburrimiento fingido—. Te fuiste sin terminar el bocadillo. Tú. Que una vez te comiste un bocadillo de calamares en el autobús con fiebre.

—Tenía sueño.

—Eran las diez.

—Es un sueño de diez.

—Qué bonita es la amistad —suspiró Nuria—. Y qué paciente soy yo.

Cerré la puerta de mi cuarto con la suavidad exacta de quien no está dando un portazo.

* * *

El lunes a las siete menos diez, el despacho de Lola Ferrer olía a café quemado y a papel viejo.

Era un cuarto estrecho, con una ventana a la muralla, una estantería de trofeos que nadie desempolvaba y una pizarra blanca en la pared del fondo, cubierta de frases con rotulador rojo.

Reconocí varias. «LA DEFENSA NO ES UN SENTIMIENTO.

» «NO OS PIDO QUE OS QUERÁIS. OS PIDO QUE OS PASÉIS EL BALÓN. » «EL ÚLTIMO QUE LLEGUE, FREGA.»

Carlota llegó a las siete menos cinco. Llevaba la sudadera gris, otra vez, y un vaso de cartón en cada mano.

—Para ti —dijo, tendiéndome uno.

—Ya me has comprado uno.

—Es para compensar el que me compraste tú.

—No lo compré yo.

—Fue Bea.

—Exacto.

—Qué amiga más generosa, esa Bea —dijo, y me sonrió con una cara tan limpia que me dieron ganas de que me cayera mal otra vez. Cogí el vaso.

Era de avena con canela. No se lo había dicho nunca a nadie.

—¿Quién te ha dicho que me gusta con canela?

—Nadie. Me lo he imaginado.

—Eso es imposible.

—He visto el bote de canela de la cocina del pabellón. Es el único bote con una etiqueta manuscrita. «Ney. NO TOCAR.» —Se encogió de hombros—. Fue una deducción.

—Eres peligrosa.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé. Lo guardo igual.

Lola entró sin hacer ruido, que es su forma de entrar a los sitios. Se sentó detrás de su mesa, apoyó los codos y nos miró alternativamente, con las manos entrelazadas bajo la barbilla.

—Bien —dijo—. Me debéis una explicación.

—Fue un fallo de comunicación —dijo Carlota.

—Fue una decisión —dije yo.

Las dos nos giramos a la vez. Lola levantó una ceja.

—Una decisión. Qué interesante. ¿De quién?

—Mía —dije.

—Mía —dijo Carlota.

—Mi decisión fue no pasar —aclaré—. Tenía el tiro.

—Mi decisión fue no pasar —dijo Carlota—. Tenía el tiro.

—Vaya —murmuró Lola—. Qué sincronía.

—No tiene gracia.

—La tiene un poco. —Se recostó—. A ver. Una por una. Salgado, ¿por qué no pasaste a Valdés en la jugada de la esquina, minuto cuatro del último cuarto?

Abrí la boca. Y entonces comprendí, con un vértigo muy particular, que no tenía una respuesta.

Tenía veinte. «Porque estaba defendida».

«Porque no me fiaba». «Porque llevo tres años tirando sola».

«Porque ella había fallado el anterior».

Y debajo de todas, una que no quería mirar de frente: porque si pasaba y ella fallaba, tenía que quedarme con la culpa de haber confiado.

—Porque estaba tapada —dije.

—No estaba tapada. Tengo el vídeo.

—Porque no me fiaba.

—Eso es más cierto. —Lola apuntó algo—. ¿Y de qué no te fiabas?

—De que… —Miré a Carlota de reojo—. De que la jugada acabara como acabó la anterior.

—O sea: de ella.

—De cualquiera.

—No, Salgado. De ella. —Lola se giró—. Valdés, ahora tú. Minuto tres, el pase libre.

Carlota enderezó la espalda. Tenía las manos en el regazo, rígidas, y se le había apagado la sonrisa.

—Porque Dani estaba encima y quise demostrar que podía con ella.

—¿Demostrar a quién?

—A mí. —Tragó saliva—. Y al pabellón. Había mucha gente. Soy… —Se interrumpió, buscando la palabra—. Soy buena cuando me miran. Y cuando me miran me da miedo dejar de serlo.

Nunca la había oído decir una frase sin adornos. Me quedé con el vaso a medio camino de la boca.

—Eso es una respuesta muy honesta —dijo Lola.

—Lo sé. Me ha salido sola. Estoy un poco alterada.

—Bien. Pues esto es lo que vamos a hacer.

—Lola se levantó, se acercó a la pizarra y cogió el rotulador rojo—.

A partir de hoy, a las siete, tenéis veinte minutos de ejercicios de pase.

Después, lo que queráis. Pero los veinte minutos son innegociables.

Si uno falta, el otro avisa. Si los dos faltan, os quedo hasta las nueve de la noche.

—¿Con quién? —preguntó Carlota.

—Con las dos. Juntas. En el pabellón. Sin móviles.

—Eso es una amenaza —dije.

—Es una promesa. —Giró el rotulador—. Podéis iros.

Salimos las dos por la puerta del despacho, una detrás de otra, sin mirarnos. Nada más cerrar, nos detuvimos en el pasillo. Yo quería irme. Ella quería quedarse. Nos quedamos las dos.

—Gracias por lo del vaso —dije.

—Gracias por no tirarlo.

—Es muy buen café.

—Lo sé. —Se mordió el labio—. Ney, ¿estás enfadada conmigo?

—No.

—Porque el sábado te fuiste muy rápido.

—Tenía sueño.

—Eran las diez.

—Es un sueño de diez.

Se rio. Y yo me odié un poco, porque estaba empezando a pensar que esa risa se parecía a las canciones que no pasas de emisora.

* * *

Fue en el vestuario donde empezó la guerra.

No nos buscamos. Fue algo más tonto. Las dos queríamos el mismo banco, el de la esquina, el que está pegado a la ventana y recibe un rayo de sol por las mañanas.

Yo siempre me siento ahí. Pero ese lunes, cuando entré con la bolsa al hombro, estaba Carlota, con el pelo húmedo del tiro libre, atándose las zapatillas.

—Ese es mi banco —dije.

—No tiene nombre.

—Lo tiene. Está escrito.

—¿Dónde?

—En mi memoria.

—Ah, perfecto. Una prueba muy sólida.

—Quítate.

—Siéntate al lado.

—No me siento al lado de la gente.

—¿Nunca?

—Solo de la que no habla.

—Pues entonces te sientas al lado de Tanque.

Tanque, que estaba tres bancos más allá comiendo una mandarina, levantó la vista con dignidad.

—Yo hablo muchísimo.

—De mandarinas —dije.

—Y de vacas.

—Eso es otro tema.

—Es el mismo tema —dijo Tanque, y volvió a su mandarina.

Carlota se levantó, pero no para dejarme el banco. Se plantó delante de mí con los brazos en jarras.

—Mira, Nerea. Entiendo que estés molesta. Yo también lo estoy. Pero no hace falta que me trates como si fuera una invitada indeseable en un sitio que también es mío.

—No te he tratado así.

—Me has dicho «quítate».

—Es lo que se dice cuando alguien ocupa tu banco.

—Es lo que se dice cuando quieres ser antipática.

—Soy antipática. Es mi constitución natural.

—Eso es una excusa.

—Eso es un dato.

—¡Todo es un dato contigo! —gritó, y su voz resonó en las duchas—. ¡No puedes esconderte detrás de la palabra «dato» para siempre!

—Y tú no puedes esconderte detrás de la palabra «encantada» para siempre —dije, con una voz más baja de la que pretendía.

Silencio. Se oyó caer una gota en el fondo del vestuario.

Carlota me miró con los labios entreabiertos, como quien acaba de recibir un balonazo en el estómago, no por violencia sino por precisión.

—Eso ha sido cruel.

—Era verdad.

—Eso no lo hace menos cruel.

Se había puesto pálida. Me di cuenta de que había pegado donde dolía, y de que no sabía muy bien cómo lo había sabido. Sentí una oleada de algo que se parecía mucho a la vergüenza.

—Carlota…

—No. Déjalo. —Cogió la bolsa—. Tienes razón. Soy encantada porque me da miedo ser otra cosa. Muchas gracias por el diagnóstico. Eres un genio de la observación.

—No quería…

—Nunca quieres. Pero lo haces.

Salió. No dio un portazo. Dejó la puerta abierta, y por la rendija entraron los ruidos del pasillo: pasos, risas lejanas, el silbato de Lola probando un pitido.

Y yo me quedé en el banco de la esquina, con un rayo de sol sobre la pierna y la sensación de haber ganado una discusión que no quería ganar.

* * *

—Bravo —dijo Nuria.

Estaba apoyada en el marco de la puerta de las duchas con los brazos cruzados. No sé cuánto llevaba ahí. Siempre aparece en el peor momento y siempre con un público de cero personas.

—No empieces.

—No empiezo. Solo aplaudo. —Dio tres palmadas lentas—. Qué elegancia. Qué técnica. Qué mano para decirle a una chica que acaba de abrirte el corazón que es una fachada.

—No me ha abierto el corazón.

—Te ha dicho que le da miedo dejar de ser buena cuando la miran.

—Sí.

—Que es lo más honesto que le he oído a nadie en esta universidad.

—Sí.

—Y tú le has respondido con una puñalada.

—Ha sido una observación.

—Ney. —Se sentó a mi lado en el banco, y la madera crujió—. Quiero que me escuches un momento sin hacerte la dura.

—No me hago la dura.

—Te haces la dura continuamente. Es tu superpoder.

—Es mi personalidad.

—Es tu armadura, y tiene una grieta del tamaño de una chica con coleta. —Me cogió la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarla—. ¿Por qué te fuiste el sábado de la cena?

—Porque…

—Responde de verdad.

Respiré hondo. Intenté buscar la respuesta honesta. Me costó. Fue como intentar sacar un hueso de una fruta sin romperla.

—Porque ese tío le escribió.

—Dani.

—Sí.

—¿Y qué te molestó?

—Que ella se puso roja.

—¿Y?

—Y que me molestó que me molestara.

—Eso es lo más inteligente que has dicho en todo el día.

—No significa nada.

—Claro que no. Significa que te molesta que una compañera de equipo se ponga colorada por un rival. Es un clásico. —Nuria sonrió con una dulzura sospechosa—. Es profesionalismo. Preocupación táctica.

—Exacto.

—Y los celos no existen.

—Exacto.

—Y yo soy la Reina de Saba.

—Nuria.

—¿Qué?

—Cállate.

—No puedo. Es mi labor social. —Se levantó—. Anda, ve a pedirle perdón. No le digas «perdón». Dile algo tuyo. Con un dato. Le encantan tus datos, aunque lo disimule.

—Es mentira.

—Pregúntaselo.

—No pienso…

—Pregúntaselo, Ney. —Y se fue silbando, con la tablet bajo el brazo, tan satisfecha como una gata que ha vaciado un jarrón.

* * *

La encontré en la cafetería del pabellón, que es en realidad un cuartucho con dos mesas y una máquina que escupe café en vasos de cartón. Estaba de espaldas, sentada en una silla de plástico, con el móvil pegado a la oreja y los hombros hundidos.

Me detuve en el umbral. Iba a decir algo. Me dispuse a decirlo.

—… Sí, ya sé que es tarde. No, no me la he quitado. —Una pausa—. Sí, la llevo puesta. Es lo único que me hace sentir… —Bajó la voz—. Te echo de menos. No, de verdad. Más de lo que digo.

Me quedé inmóvil.

—Ya lo sé. Pero tú nunca vienes. Y yo no puedo ir todas las semanas. —Una pausa larga—. Claro que me acuerdo. Claro. Yo también te quiero.

Retrocedí un paso. Y otro.

No había oído nada raro. Una chica hablando por teléfono con alguien a quien quería, de una sudadera, de ausencias, de visitas que no llegaban.

Podría haber sido su madre. Podría haber sido su hermano.

Podría haber sido cualquiera. Pero me dio un vuelco la sangre al comprender que no sabía nada de ella.

Que había supuesto que era una niña rica con la vida resuelta, y que había alguien, en algún sitio, a quien echaba de menos con la voz rota.

Alguien que tenía la sudadera. Alguien que iba y no venía, que se iba y no volvía.

Me sentí idiota. Me sentí intrusa. Me sentí, para mi total desconcierto, algo parecido a pequeña.

Y entonces, desde la otra puerta, Bea entró en la cafetería con un paquete de galletas.

—¡Lota! ¿Con quién hablas? —Y bajando la voz, con la delicadeza de un elefante en una cacharrería—: ¿Era Dani otra vez?

Carlota colgó. Se giró, sobresaltada.

—No. Era… otra persona.

—Entonces, ¿has contestado a Dani?

—Todavía no.

—¿Vas a contestarle?

Carlota se mordió el labio. Miró el móvil. Me pareció ver que dudaba.

—No sé. Quizá. Un café no es nada, ¿no? Cuando juguemos en Santander, podría…

No esperé a oír el final.

Giré sobre mis talones y me marché por el pasillo, rápido, con la bolsa golpeándome la espalda. No corría. Los datos son los datos: caminaba a ritmo ligero, sin motivo. Pasé junto a Don Ceferino, que fregaba el suelo con una calma digna de monje.

—Buenos días, Nerea.

—Buenos días.

—Hoy llevas cara de haber leído el final de una novela.

—¿Qué final?

—El de las historias que no te gustan.

—No estoy leyendo ninguna.

—Ya —dijo Don Ceferino, y siguió fregando con una sonrisa que no entendí.

Salí al aparcamiento. La niebla de las nueve había vuelto y se pegaba a los coches, a las farolas, a mi chaqueta. Respiré hondo. Intenté pensar con claridad.

Llamé a Nuria.

—¿Sí?

—Tengo una pregunta de estadística.

—Dispara.

—Si una persona lleva una sudadera de alguien que no vive aquí, la llama por teléfono por las noches y le dice «te echo de menos», ¿cuál es la probabilidad de que sea un novio?

—No lo sé. ¿De quién hablamos?

—De nadie.

—Claro. —Hubo una pausa—. Ney, ¿estás bien?

—Perfectamente.

—Estás respirando raro.

—Hace frío.

—Estás a once grados.

—Es un frío de diez.

—Vuelve a casa —dijo Nuria con una voz que no le había oído nunca, suave y sin una pizca de burla—. Anda. Yo me ocupo de cubrirte.

Colgué.

Me quedé allí un minuto más, apoyada contra el coche de un desconocido, con la niebla lamiéndome las botas. Sentía algo extraño. No era enfado. No era tristeza. Era como haber pisado un escalón que creía que estaba y que no estaba.

Un novio. Un novio lejano, con carrera de Medicina. Un novio cuya sudadera le servía de escudo. Un novio con un balón torcido en el puño, dibujado a rotulador, con esa torpeza cariñosa de quien dibuja cosas para alguien.

Tenía todo el sentido.

Me dije que no me importaba.

Y esta vez, por primera vez, ni yo misma me lo creí.