MARCAJE PERSONAL Capítulo 4
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Capítulo 4

CARLOTA

Hay sudaderas que se llevan y hay sudaderas que te llevan a ti.

El sábado del amistoso me la puse a las seis y media de la mañana.

—¿Otra vez esa? —dijo Bea, que había aparecido en mi rellano con dos napolitanas y una expresión de interrogatorio—. La llevas cada vez que algo te da miedo.

—No me da miedo nada.

—Lota, estás comiéndote la napolitana por el envoltorio.

Miré mi mano. Tenía razón. Dejé el plástico en la mesa con dignidad.

—Es un partido de pretemporada. No cuenta para nada.

—Es contra Santander. Cuenta para todo.

—Ya lo sé.

—¿Y la sudadera?

—Es cómoda.

—Es la sudadera de alguien —dijo Bea con suavidad—. Y no me lo vas a contar, y está bien. Pero algún día, Lota, me lo vas a contar.

—Algún día —prometí, y aquello me sonó más a pregunta que a respuesta.

* * *

A las siete menos cinco, Nerea ya estaba en el tiro libre.

Yo llegué con la sudadera puesta, el pelo en una coleta torpe y la esperanza de que no se fijara.

Se fijó. Por supuesto que se fijó. Sus ojos grises bajaron por la tela, subieron, se detuvieron un instante en el puño del dibujo, y volvieron al aro sin una sola palabra.

Sobre el banquillo había dos vasos de cartón.

—Te dije que trajeras café —dije, asomándome—. Y has traído café.

—No te emociones. Era el último que quedaba en la cafetera de Nuria.

—¿Con leche de avena y sin azúcar?

—Es lo que había.

—Nerea. Nunca te he dicho cómo tomo el café.

—Se lo habrá dicho Bea.

—Bea toma el café con tres azucarillos y me llama «hereje» por la avena.

—Pues lo habrá dicho Bea. —Tiró. Chof.

Cogí el vaso. Estaba caliente. Le di un sorbo para no tener que hablar, y descubrí que sabía exactamente como debía saber: ni demasiado fuerte ni demasiado dulce, con el punto tibio de quien lo ha comprado diez minutos antes y lo ha defendido con la mano de la corriente.

Me pasé un rato mirando el vaso. Después, con una naturalidad forzadísima, dije:

—Gracias.

—No he hecho nada.

—Claro que no.

Tiramos veinte minutos más sin hablar. A mí me costó, pero lo logré. No sé qué tenía su silencio, pero no pesaba. Era un silencio que no exigía nada. Cuando por fin terminé la última serie, Nerea dijo, sin mirarme y a media voz, como quien deja caer una moneda en un pozo:

—Hoy pásame el balón.

—¿Perdón?

—En el partido. Cuando estés abierta y yo también. Pásamelo.

—¿Y tú me lo pasarás a mí?

Silencio. Un silencio de los suyos, largo.

—Lo intentaré.

—Eso es una promesa muy poco prometedora.

—Es la que tengo.

Y yo, que odio las promesas flojas, la acepté con tanta alegría que casi se me derramó el café.

* * *

El pabellón Antonio Cuesta, con quinientas personas dentro, es un animal distinto.

No me lo esperaba. En Madrid jugábamos delante de padres, novios y alguna abuela despistada, con un silencio de conferencia.

Aquí, a las seis de la tarde de un sábado, las gradas estaban casi llenas.

Había familias enteras con bocadillos envueltos en papel de aluminio.

Había niños con bufandas amarillas y moradas, los colores de la universidad.

Había una peña de señores jubilados en la primera fila que sacaban una pancarta cada partido desde 1998: LAS CIGÜEÑAS NO SE RINDEN, LAS CIGÜEÑAS SE VAN A POR PINCHOS.

Había una banda de metales formada por cuatro estudiantes de Música y una trompetista con un gorro de lana.

Y en un rincón, saludándome con un entusiasmo casi temerario, había una mujer de unos sesenta años con un delantal blanco debajo de un abrigo rojo.

—¿Esa quién es? —pregunté a Inés mientras calentábamos.

—Paqui. La del Rincón. Apuesta con todo el pueblo a ver cuántos puntos metemos. Y siempre gana.

—¿Cómo que siempre gana?

—Es un misterio. Los jubilados dicen que tiene un pacto con Don Ceferino.

—¿Y Don Ceferino?

—Don Ceferino jura que él solo limpia el suelo.

Un niño con la cara pintada de morado se acercó a la banda y me tendió un papel.

—¿Me firmas?

—Todavía no he metido ni una canasta.

—Pero vas a meter muchas.

Firmé con una floritura ridícula. Cuando levanté los ojos, el niño se había ido corriendo hacia su madre.

Y al otro lado de la pista, calentando con el pelo negro bien tirante y una mirada fija en el tablero, Nerea había dejado de lanzar.

Miraba hacia donde yo estaba. Cuando se dio cuenta de que la había visto, volvió al aro como si nada.

Pero tardó un segundo largo. Lo conté.

* * *

Lo primero que hay que decir de Dani Reyes es que sonríe con media cara. La otra media cara la usa para evaluarte.

Salió por el túnel con el equipo de la Universidad Atlántica de Santander, un conjunto de camisetas azul marino, rodillas vendadas y esa seguridad de quien lleva tres años ganando a todos.

Dani era la base, casi de mi estatura, de piel morena y cabello rizado recogido en una cinta, con un tatuaje de una ola en el antebrazo.

Se paró a mi lado en el círculo central.

—Valdés —dijo—. La de Madrid.

—La misma.

—Me han hablado de ti. Dicen que tienes la mejor muñeca de la liga.

—Eso dicen.

—Pues voy a quitártela. —Y me guiñó un ojo, con la naturalidad de quien reparte caramelos—. Es broma. A medias.

—¿Qué mitad?

—La que prefieras.

No pude evitar reírme. Era buena. Muy buena. Del tipo de rival al que le caes bien incluso mientras te destroza. Al otro lado del círculo, Nerea nos miraba con una expresión que no supe interpretar. No era enfado. Era algo más plano y más preciso, como cuando alguien anota un dato en un cuaderno.

Sonó el silbato.

Tiro inicial. Inés salta, gana el balón y me lo tira. Lo cojo. Bota, bota, mirada a la derecha. Nerea está desmarcada en el ala, con las manos arriba, la palma abierta, pidiéndola.

Y le tiro un pase perfecto.

Lo juro. Perfecto, con el tempo exacto, en el hueco justo, sin una sola rotación de más. Ella lo recibe, se gira, tira, y el balón entra limpio.

Dos puntos. Ni un segundo de duda.

El pabellón estalla. La banda de metales improvisa una melodía que probablemente no existe. Y Nerea, al volver a la defensa, me pasa al lado y dice, con los labios apenas moviéndose:

—Gracias.

—De nada.

—No te acostumbres.

—Ya lo estoy haciendo.

Era el segundo minuto del partido. Aquella fue la última vez que nos pasamos el balón en toda la tarde.

* * *

No sé en qué momento se rompió.

No fue un instante. Fue una suma de pequeñas cosas, como cuando se te cae el café por acumulación de movimientos torpes.

Una cosa fue que Dani me defendía con una agresividad encantadora que me hacía querer demostrar algo.

Otra, que en el minuto siete entré en racha: tres triples seguidos, dos de ellos con falta, el pabellón en pie, Paqui chillando desde la grada con un trapo de cocina en alto.

Otra más, que a Nerea la defendían de a dos, y empezó a tirar sin esperar a nadie, de pura rabia. Entraba la mitad.

Y la última, la que fue definitiva: el cuarto cuarto.

Perdíamos por cuatro. Quedaban tres minutos y medio.

Yo recibí el balón en la media pista. A mi derecha, Nerea corría libre, solita, con la defensa de Santander despistada por una cortina de Inés.

Tenía el pase abierto. Era evidente. Lo vi con claridad absoluta, el camino limpio, el hueco, el mismo que habíamos hecho en el segundo minuto.

Y no pasé.

Tiré. Un triple forzado, desde siete metros, con Dani encima. Falló. El balón rebotó largo y Santander lo recogió. Contraataque. Dos puntos para ellas.

Nerea me miró. No dijo nada. Esa fue la parte más dolorosa: no dijo nada.

Y yo, que siempre tengo una frase lista, que llevo toda la vida respondiendo antes de que me pregunten, no encontré ni una sola.

A la jugada siguiente, ella recibió el balón y tampoco pasó. Tiró desde la esquina, con el tiempo justo, una canasta preciosa. La grada rugió. Ni siquiera me miró cuando volvió corriendo a defensa.

Eso era lo que Lola temía. Eso era exactamente lo que había escrito en la pizarra. Dos jugadoras buenísimas, solas contra el mundo, tirando cada una a su aro.

Perdimos setenta y uno a setenta y ocho.

Yo metí treinta y uno. Nerea, veintinueve.

Entre las dos, sesenta de los setenta y un puntos. Y perdimos de siete.

* * *

El vestuario, después, olía a derrota y a mandarinas.

Nadie hablaba. Inés se vendaba un dedo con una calma preocupante. Tanque había abierto una bolsa de gominolas y las repartía sin preguntar, como un cura que da la comunión. Lucía lloraba un poco en silencio, disimulando con una toalla. Bea estaba sentada a mi lado y me apretaba la rodilla.

Nerea, al fondo, seguía con las botas puestas, mirando al suelo con el ceño hundido. Ni se había quitado la camiseta de juego.

—Chicas —dijo Lola, entrando.

Se hizo un silencio total.

No gritó. Eso fue lo peor. Se plantó en el centro del vestuario, con el silbato en la mano, y nos miró una por una. A Tanque, a Lucía, a Bea. A Inés, que le sostuvo la mirada. A mí.

A Nerea.

—Habéis jugado un partido precioso —dijo.

Nadie se movió.

—Lo digo en serio. Ha sido precioso. Hemos metido setenta y un puntos y sesenta los han metido dos personas. Cada una de vosotras ha hecho una exhibición. Y habéis perdido.

Se acercó a la pizarra portátil que Nuria había traído. Cogió el rotulador rojo.

Y escribió despacio, con una caligrafía que parecía de colegio de monjas:

«EL BALÓN TIENE DOS MANOS. USADLAS.»

Dejó el rotulador en la bandeja.

—El lunes, a las siete. Las dos. —Nos señaló sin nombrarnos—. Y vais a tener que decirme por qué hoy no os habéis pasado el balón.

Se marchó. La puerta se cerró con un golpe suave.

Nadie dijo nada durante un minuto entero.

—Qué bien lo ha dicho —suspiró Tanque, con una gominola en la boca—. Me ha dado ganas de llorar.

—Tú siempre quieres llorar con Lola —dijo Bea.

—Es que es muy bonita.

—Es muy aterradora.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Me reí. Tuve que taparme la boca. En el fondo, en su rincón, Nerea levantó la cabeza.

Solo un segundo, y nuestras miradas se cruzaron a través del vestuario.

En la suya no había rencor. Había algo mucho peor: había cansancio.

El cansancio de quien ha perdido y sabe de quién es la culpa y no está segura de que sea suya.

Me levanté. No sé por qué. Fui hasta ella con la sudadera gris colgándome de los hombros.

—Tenía el pase —dije.

—Lo sé.

—Lo vi. Lo vi y no lo di.

—Yo tampoco lo di.

—Pero primero fui yo.

—Da igual quién fuera primero. —Alzó los ojos—. Si hubieras pasado, yo habría tirado igual. Soy así.

—¿Tan segura estás?

—No —admitió, en un hilo de voz que ninguna de las dos esperaba—. Pero es más cómodo creerlo.

La miré. Parecía más joven con aquella camiseta sudada y el moño medio deshecho, con una gota de sudor bajándole por la sien. Me dieron ganas de hacer algo muy ridículo. Como apoyar la mano sobre su hombro. Como decirle no pasa nada, aunque sí pasaba. Como tenderle un caramelo.

No hice nada de eso.

—El lunes lo arreglamos —dije.

—No se arregla en un día.

—Se empieza en uno.

—Lo dices como si fuera sencillo.

—No. Lo digo como si fuera un plan.

Los labios de Nerea se estiraron un milímetro.

—Tienes la sudadera al revés.

Bajé la vista. Era verdad. La etiqueta de Medicina · Promoción 94 me asomaba por el cuello, completamente a la vista.

—¿Me la quito?

—No. Déjala. —Se encogió de hombros, con la mirada fija en el suelo, y por primera vez en mi vida vi cómo una persona decía algo importante sin querer decirlo—. Te sienta bien.

Me quedé inmóvil.

—Gracias.

—No es un cumplido. Es un dato.

—Claro.

—Los datos no son cumplidos.

—Claro, Ney.

Y le sonreí. No la del anuncio. La otra. La torcida.

* * *

La cena, esa noche, fue en El Rincón de Paqui, porque el equipo entero tiene la costumbre de acabar allí tras los partidos, gane o pierda.

Un bar de techo bajo, con jamones colgados, fotos enmarcadas de todas las promociones desde 1987 y un menú que anunciaba «Cocido, croquetas o sorpresa».

Paqui nos recibió con los brazos abiertos y el delantal manchado.

—¡Mis cigüeñas! ¿Qué os pongo? Hoy invita la casa por el esfuerzo. —Y bajando la voz hacia mí—: Me has hecho ganar cuarenta euros, rubia. Treinta y uno, clavado.

—¿Había apostado por treinta y uno?

—Siempre apuesto por ti. Aunque te acabo de conocer. Es un presentimiento.

—Paqui, ¿tú tienes un pacto con Don Ceferino?

—Calla y come.

Nos sentamos en una larga mesa pegada a la ventana.

A un lado Bea, Tanque y Lucía. Al otro, Inés, Nuria y, por un azar que a nadie convenció, Nerea, justo enfrente de mí.

Pidió un bocadillo de tortilla y no habló en toda la cena.

Yo pedí croquetas y hablé por las dos. Fue una división del trabajo perfectamente natural.

A mitad de la noche, el móvil me vibró en el bolsillo. Un mensaje de un número que no tenía guardado.

Número desconocido: Buen partido, Valdés. Tiene gracia que la mejor base de la liga sea la única que no sabe pasar. Si algún día quieres un café, estoy en Santander todo el año. — D.

Me ardieron las orejas. Cerré la pantalla rápido, demasiado rápido.

—¿Qué pasa? —preguntó Bea.

—Nada. Spam.

—Spam con corazón.

—No tiene corazón.

—Pues entonces con ganas.

Levanté los ojos. Y al otro lado de la mesa, Nerea, con medio bocadillo en la mano, miraba mi móvil, luego mi cara, luego su plato. Dejó el bocadillo en el plato con una delicadeza que me pareció extrañamente deliberada.

—Me voy —dijo.

—Pero si no has terminado.

—No tengo hambre.

—Has pedido un bocadillo gigante.

—He cambiado de opinión.

Se levantó. Cogió la chaqueta de cuero, la bolsa, las llaves. Nuria la siguió con la mirada con una expresión que tenía mucho de diagnóstico.

—Buenas noches —dijo Nerea, a nadie.

Y salió a la calle, al frío de octubre y al olor a castañas.

Me quedé mirando la puerta. En la mesa, las demás charlaban, reían, se pasaban el pan.

—Lota —susurró Bea, inclinándose—, ¿qué ha sido eso?

—No lo sé.

Y era verdad. No lo sabía. Solo sabía que había sentido un tirón suave en el pecho, como cuando alguien te estira de la manga para que no te vayas.

Dos mesas más allá, sobre la pared, colgaba una foto enmarcada de la promoción de 2004.

Una fila de chicas sonrientes con camisetas amarillas, y en el centro, con los brazos cruzados, una Lola Ferrer más joven que parecía desafiar a la cámara.

Debajo, escrito a mano: «Si no te gusta el partido, cámbialo. »

Me lo guardé para la nota secreta.

8. No sé aún cómo cambiar este partido.

Pero lo apunté, por si acaso.