MARCAJE PERSONAL Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Paramos. Respiramos. A nuestro alrededor, el resto del equipo había abandonado sus propios ejercicios y se había arracimado en torno a la línea de banda como una sala de cine.

Bea tenía una expresión de felicidad absoluta.

Tanque comía una manzana. Lucía se había llevado las manos a la boca.

Y Nuria, con la tablet en alto, parecía estar grabando.

—¿Es necesario esto? —dije.

—Es histórico —dijo Nuria.

—Dime que no estás grabando.

—Estoy tomando notas estadísticas.

—Con el móvil.

—Con la tablet.

—Con una tablet que graba.

—Soy ingeniosa.

Lola se plantó delante de nosotras con los brazos en jarras.

—Resultado de la prueba —dijo—. Nueve puntos de penalización entre las dos. Cinco de Salgado, cuatro de Valdés. Es un desastre. Y es el mejor ejercicio que han hecho este año.

—¿Cómo puede ser las dos cosas? —preguntó Carlota.

—Porque el desastre es honesto. Lo de antes era educado. —Lola se giró hacia el resto—. ¿Habéis visto lo que han hecho? Mientras se miraban, se pegaban. Cuando discutían, se ajustaban. Si pudieran aprender a hacer eso con un balón en las manos, no habría equipo en el norte que nos ganara.

—Entrenadora, con todo respeto —dije, otra vez.

—Con todo respeto, Salgado, vas a hacerlo cada mañana. A las siete. Las dos. —Alzó una ceja—. Don Ceferino me ha contado que ya lo hacéis.

Silencio.

Me giré hacia Carlota, que había adquirido el color de un tomate maduro.

—Fue solo ayer —dijo.

—Hoy también.

—Hoy no cuenta.

—Hoy ha contado perfectamente —dijo Lola—. Disfrutad de la conversión de vuestro rencor en energía productiva.

Y se fue, dejando en el aire un perfume a colonia barata y a autoridad.

* * *

Al terminar el entrenamiento, ya en el vestuario, Nuria se sentó a mi lado en el banco con una expresión que conocía demasiado bien: la de una gata que ha cazado algo grande y todavía no decide si jugar con ello.

—Tienes algo en la cara —dijo.

—¿Qué?

—Nada. Es una expresión. Un rubor de baja intensidad.

—Es el calor.

—Estamos a doce grados.

—Es el esfuerzo.

—Claro. —Abrió la tablet y deslizó un dedo—. Mira, tengo aquí tu pulso medio de hoy. Y el de ella. Es una cosa que estoy probando con el reloj de las chicas. Para optimizar el rendimiento.

—No estás optimizando nada.

—Si te lo enseño, no te va a gustar.

—No quiero verlo.

—Tu pulso ha subido a ciento sesenta cuando ella ha parado y te ha mirado.

—Es una cuestión de reflejos.

—Y el suyo, a ciento cincuenta y ocho.

—Es una cuestión de reflejos de las dos.

—Claro, Ney. —Nuria cerró la tablet con una delicadeza insultante—. Me encanta cómo eres cuando mientes. Pones la voz de la que lee los resultados del bingo.

Me levanté. Cogí la bolsa. Me puse las botas con una concentración que daba miedo.

Salí del vestuario.

Fuera, en el pasillo, Carlota esperaba apoyada en la pared, con el abrigo camel colgado del brazo y el móvil en la mano. Me vio y lo guardó rápido.

—¿Vas a la cafetería? —dijo—. Bea y yo vamos a La Cafetera Rota. Es una cafetería chiquitita, de esas con libros por todas partes y un camarero que escribe tonterías en una pizarra.

—Sé cuál es.

—Ah, ¿has ido?

—Vivo aquí desde hace tres años.

—Tienes razón. Qué torpe. —Se rio, y el sonido llenó el pasillo con la misma limpieza con que se llena una jarra—. Pues si quieres venir, hay sitio.

Hay un momento, justo antes de responder a una invitación, en el que la mente hace un cálculo rapidísimo: coste, beneficio, riesgo, posible humillación. Es un cálculo que domino. Lo hice en menos de un segundo, y el resultado fue claro.

—No.

—Vale. —No dejó de sonreír, pero algo se le apagó un instante detrás de los ojos, como una bombilla que parpadea y vuelve a su sitio—. Otro día.

—Otro día.

Se alejó por el pasillo. Fui tras ella con la mirada hasta que torció la esquina, lo cual no tenía ninguna importancia. Me quedé dos segundos más. Lo conté.

El móvil vibró en el bolsillo de la sudadera.

PAPÁ: ¿Cómo ha ido el entreno? ¿Cuántos puntos?

Ni un «hola». Ni un «¿qué tal estás?». Mi padre, Manolo Salgado, ocho años entrenando niños en Barakaldo y una vida entera convencido de que el resultado era la única forma de respirar.

Escribí: Bien.

PAPÁ: Eso no es un número.

Miré la pantalla un buen rato. Después la apagué y me metí el móvil en el bolsillo.

Cuando levanté los ojos, vi, al fondo del pasillo, una figura que se había asomado de nuevo por la esquina.

Carlota. Con la cabeza ladeada. Con una expresión extraña, sin sonrisa, que duró dos segundos, y que pareció preguntar algo sin atreverse a decirlo.

Después desapareció.

Y yo me quedé allí, sola, en mitad de un pasillo con olor a cloro y a goma, con el móvil mudo y la sensación incómoda de que alguien acababa de ver algo que yo no había mostrado.

Cuando llegué a casa, había un paquete en el felpudo. Papel de estraza, cuerda de esparto y una letra temblorosa que reconocí de lejos. Dentro, un par de calcetines de lana gris, gruesos como ladrillos, y una nota diminuta: «Para que no pases frío, mi niña. Hay una bufanda en camino. — Abuela.»

Me los puse inmediatamente, a pesar de que estaba en casa y de que no hacía frío. Me senté en el sofá, abracé las rodillas y respiré hondo.

—¿Todo bien? —preguntó Nuria desde la cocina.

—Perfectamente.

—Ya.

—Deja de decir «ya».

—Es que tienes los ojos húmedos.

—Es la lana. Me pica.

Nuria asomó la cabeza, me miró un instante y no dijo nada. Volvió a la cocina y, un minuto después, apareció con una taza de chocolate caliente, que dejó en la mesa sin comentar.

Ese es el tipo de amiga que es.

Bebí un sorbo. Era demasiado dulce.

Y en la pantalla del móvil, bocabajo en el sofá, la luz volvió a encenderse sola con un mensaje nuevo que no leí hasta pasados diez minutos. No era de mi padre.

Número desconocido: Soy Lota. Bea me ha dado tu número, no me mates. Solo quería decirte que el ejercicio de hoy ha sido el más raro y divertido de mi vida. Mañana a las siete. Trae café. Es un dato.

Lo leí tres veces.

Escribí algo. Lo borré. Escribí otra cosa. La borré también.

Al final, después de diez minutos, envié una única palabra:

Vale.

Y apagué el móvil antes de ver si la leía.