Capítulo 3
NEREA
A las siete menos tres minutos ya estaba en el tiro libre, y quiero dejar constancia de que no la esperaba.
Llevaba veinte minutos allí, como todos los días.
Lo que había cambiado era que, cada vez que se abría la puerta del fondo, yo contaba el tiempo que tardaba en volver a mirar el aro.
Primera vez: era Don Ceferino con el carrito de la fregona.
Tardé dos segundos. Segunda vez: un gorrión que se había colado por un ventanal roto, que llevaba semanas colándose y al que Tanque llamaba Rafa.
Tardé uno. Tercera vez, a las siete en punto:
—¡Buenos días!
Tardé cuatro, y eso es un dato que no pienso comentar.
—Llegas justa —dije, sin girarme.
—Son las siete.
—Exacto.
—¿Y eso es justa o puntual?
—Para mí, justa.
—Pues menos mal que no he venido a tu casa a las siete y cuarto —dijo, y oí cómo dejaba la bolsa en el banquillo—. ¿Qué toca hoy? ¿Tiros libres? ¿Silencio? ¿Algún tipo de penitencia?
—Tiros libres.
—Perfecto. Yo dispongo de ciento ochenta y tres frases sobre tiros libres, pero solo diré una.
—Qué detalle.
—Tira.
Tiré. Dentro. Me devolvió el balón con un pase al pecho tan limpio que casi se lo agradecí. Casi.
—Veintiséis de treinta —dijo, anotándolo en un cuaderno invisible que se llevó a la sien con un dedo.
—Veintisiete.
—Has fallado uno antes de que llegara.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el aro vibra de otra manera cuando alguien lo ha tocado mal. —Se encogió de hombros—. Tengo oído.
La miré de reojo. Esta mañana llevaba una sudadera de capucha gris, enorme, que debía de ser de alguien con hombros más anchos.
Se la había arremangado hasta los codos.
Las zapatillas eran las mismas de lona del día anterior, con una mancha de pintura azul en la puntera.
Y me dio la sensación de que se había recogido el pelo con menos cuidado que ayer. Una pieza suelta le rozaba la mejilla.
Lo anoté en la columna de datos irrelevantes. Esa columna crecía deprisa.
Estuvimos tirando media hora. No hablamos mucho, y eso tampoco lo comenté.
Ella tarareaba por lo bajo, una canción que no reconocí, y yo hice como si no la oyera.
A veces el tarareo se cortaba cuando fallaba un tiro y soltaba un «ay, por favor» tan indignado que me costaba no reírme.
Me contuve. Para eso tengo veintiún años de práctica.
A las ocho menos diez empezaron a llegar las demás, con ojeras y bufandas.
—¡Madre mía! —exclamó Bea desde la puerta, con la sonrisa de quien descubre un secreto público—. Pero ¿ya estáis aquí las dos? ¿Juntas?
—Cada una en su canasta —dije.
—Estábamos en la misma —corrigió Carlota.
—Estábamos en lados distintos de la misma.
—Eso es estar juntas.
—Eso es estar cerca.
—Eso es una discusión sobre preposiciones —murmuró Nuria, entrando con la tablet bajo el brazo y un café en cada mano. Me tendió uno sin mirarme. Lo cogí sin dar las gracias, que es nuestro idioma—. Y buenos días a ti también, Lota.
—Buenos días, Nuria —dijo Carlota, y le sonrió con tanto calor que Nuria casi derramó el café.
—Cuidado con esa —me susurró Nuria al pasar—. Tiene la sonrisa cargada.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
* * *
Lola Ferrer tiene tres tipos de entrenamiento: el normal, el castigo y el que ella llama «didáctico», que es peor que los otros dos. Ese jueves empezamos por el didáctico.
—Hoy no hay balones —anunció.
Un murmullo corrió por la fila.
—Hoy hay parejas.
Otro murmullo. Más grave.
—Inés con Lucía, para que la novata aprenda de quien sabe. Bea con Tanque, porque alguien tiene que contener las ganas de Tanque de placar a todo lo que se mueve.
—No placo a todo lo que se mueve —protestó Tanque.
—Placaste al árbitro en el amistoso de mayo.
—Estaba en medio.
—Era el árbitro. Siempre está en medio. —Lola entrecerró los ojos y paseó la mirada por la fila con la lentitud de un depredador—. Y Salgado con Valdés.
Ni siquiera me sorprendí. A veces la vida te avisa con la mayor de las cortesías.
—Entrenadora —dije—, con todo respeto…
—Con todo respeto, no.
—No he dicho lo que iba a decir.
—No hace falta. Llevas treinta segundos con esa cara. La cara de «voy a explicarle a la entrenadora por qué se equivoca». Es una cara que he visto en treinta años de profesión y siempre acaba igual.
—¿Cómo?
—Conmigo teniendo razón. —Dio una palmada—.
Os explico el ejercicio. Se llama el espejo.
Una de las dos tiene el balón. La otra tiene que imitar cada movimiento de la primera, sin hablar, sin tocar el balón, hasta que yo diga basta.
Después cambiáis. Ganan los puntos de coordinación.
Pierde quien tropiece, quien hable o quien se ría.
—¿Quien se ría? —preguntó Bea.
—Mi equipo tiene un problema con la risa y con el silencio. Esto los resuelve a la vez.
Carlota y yo nos miramos. Seguía con la misma coleta suelta y una expresión de resignación divertida, como quien ha entrado en un parque de atracciones y le ha tocado la de más vueltas.
—Yo empiezo —dijo.
—No.
—¿Perdona?
—Empiezo yo.
—¿Por qué?
—Porque el que guía necesita saber dónde va.
—Y yo no lo sé.
—No lo has demostrado.
Nos observamos. Entre nosotras se tendió una cuerda invisible, de esas que se tensan sin que nadie las toque.
—Salgado, empiezas tú —dijo Lola, ahorrándonos el esfuerzo—. Valdés, atenta. Y a ver si de una vez aprendéis algo.
Me coloqué en el centro de la pista, balón en mano. Carlota se plantó frente a mí, a metro y medio, con los brazos sueltos y el peso en las puntas.
—¿Lista? —pregunté.
—No hay que hablar.
—Era una pregunta de protocolo.
—Es una infracción.
—Las infracciones las dicta Lola.
—Pues Lola me está mirando y creo que ha apuntado algo.
Era verdad. Lola tenía la libreta en la mano. Cerré la boca.
Empecé despacio: bote a la derecha, dos pasos, pausa.
Carlota me imitó, bote invisible a la derecha, dos pasos, pausa.
Cambio de mano. Cambio de mano. Un giro sobre el pie de pivote, y ella giró también, con medio segundo de retraso que corrigió al siguiente.
Aceleré. Ella aceleró. Fingí un tiro, y ella saltó con las manos arriba, justo donde yo las habría puesto.
Me desconcertó, porque no me lo esperaba. Aprendía rápido. Demasiado.
Probé algo más difícil: un paso atrás, finta, cambio de ritmo, otro paso atrás. Y ella lo siguió sin un error, como si hubiera visto mis vídeos. No: como si hubiera visto mis vídeos varias veces.
—¿Has estudiado mi juego? —dije, entre dientes, olvidando la norma.
—Infracción —cantó Lola.
—Lo has hecho tú —respondió Carlota, sin despegar los labios, con una sonrisa que no me gustó nada.
—Dos infracciones —dijo Lola.
—Ha sido un comentario táctico.
—Tres.
Nos callamos las dos. Seguí con una secuencia más rápida, con las zapatillas rechinando en la madera.
Y ella, a mi derecha, con la respiración justa, imitaba cada paso con la naturalidad de una sombra.
Me di cuenta de que se movía bien, de que tenía ese talento de leerle el cuerpo a otra persona.
Y eso me puso nerviosa, porque yo soy una persona que no se deja leer.
Probé una última cosa. Un cambio de dirección brusco, a la izquierda, con una parada seca. Pura trampa: no hay manera de anticiparlo.
Carlota se detuvo exactamente donde yo me detuve. Con las rodillas flexionadas, las manos preparadas, los ojos fijos en los míos.
Silencio. Medio segundo largo.
Yo tenía el balón pegado al pecho. Ella estaba a cincuenta centímetros, con la respiración acelerada, el pelo pegado a las sienes y ese brillo extraño en la mirada, de quien acaba de adivinar una frase antes de que se la digan.
—Basta —dijo Lola—. Cambio.
Tardé en moverme. Tardé en soltar el aire. Cuando me di cuenta, el balón ya estaba en las manos de Carlota, que lo recibió con un gesto limpio, casi tierno. La miré. Me miró.
—Mi turno —dijo.
—Eso parece.
—No me copies por rencor.
—No voy a copiarte.
—Vas a copiarme perfectamente.
—Por supuesto.
—Entonces sí que me vas a copiar por rencor.
—Valdés —avisó Lola—, estás incumpliendo la norma.
—Lo siento, entrenadora.
—No lo sientes. Pero te lo agradezco.
Empezó a moverse.
Y entonces entendí por qué Lola había montado aquel ejercicio.
Carlota no jugaba como yo. Yo juego en línea recta, con ángulos, geometría y economía de movimiento.
Ella jugaba en curvas. Giros imposibles, pausas que parecían dudas y eran trampas, una cadera que fingía irse hacia un lado mientras el hombro ya estaba en el otro.
Era un baile con cinco o seis ritmos a la vez.
Me costó seguirla. El primer minuto lo hice mal, y el segundo, peor.
En el tercero tropecé con mi propio pie y estuve a punto de caerme.
—Una infracción para Salgado —anunció Lola, con evidente satisfacción.
Carlota sonrió sin dejar de moverse.
—No te rías —murmuré.
—No me río.
—Estás a punto.
—Estoy sufriendo mucho por contenerme.
Seguí. Intenté leer su cuerpo en lugar de su balón, como ella había hecho con el mío.
Observé el eje de las caderas, el peso del tobillo, el gesto de los hombros.
Poco a poco, el desorden empezó a tener un patrón.
No era geometría. Era música. Y yo soy mala bailando, pero aprendo rápido cuando algo se parece a una cuenta.
Funcionó dos minutos.
Hasta que Carlota hizo algo que no había hecho antes: una pausa. Un parón total, en mitad de una carrera, con la mano levantada, mirándome fijamente.
Me quedé clavada, como ella. Y por un instante vi lo que veía ella: yo, con el moño deshecho, la camiseta pegada, la expresión de quien está a punto de ganar y de perder al mismo tiempo.
—¿Qué? —susurré.
—Nada —susurró ella.
—Infracción doble —dijo Lola, y a su voz se le había colado algo muy parecido a la ternura—. Hablar, Salgado, y mirar demasiado, Valdés.
—Eso no existe —protestó Carlota.
—He decidido que existe. Cuarto punto de penalización. Parad.