Capítulo 2 #2
La vi desde la entrada. Una figura alta y de negro en el tiro libre, bota, bota, respiración, tiro.
El balón dibujaba un arco perfecto y caía sin tocar el aro con un sonido seco: chof.
Recogía, regresaba, bota, bota, respiración, tiro.
Chof. No llevaba música ni nadie la miraba.
Solo ella, la pista vacía y ese ritmo de metrónomo que no parecía necesitar público.
No era una chica enfadada tirando a canasta. Era otra cosa. Una especie de ritual, una oración sin palabras, una forma de poner orden en un mundo que le quedaba pequeño.
Me quedé quieta, medio escondida tras la puerta. Había algo íntimo en mirarla sin que lo supiera, y supe, con esa claridad incómoda que a veces nos llega por la espalda, que lo que estaba viendo no se lo había enseñado a nadie.
Lo cual me hacía una intrusa.
Podría haberme ido. Es lo que habría hecho una persona educada. Podría haber esperado fuera hasta las ocho en punto y entrar con aire casual.
En lugar de eso, abrí la puerta con más ruido del necesario y grité:
—¡Buenos días!
El balón rebotó contra el aro. Un chirrido espantoso. La figura de negro se giró despacio, sin sobresalto, como quien sabía perfectamente que yo estaba allí desde hacía un minuto.
—Llegas tarde —dijo Nerea.
—Son las siete y cuarenta y seis.
—Dijiste ocho.
—Entonces llego quince minutos antes.
—Llegas antes que yo, no.
—Eso es lo que me molesta. —Crucé la pista con las manos en las caderas—. Ya llevabas rato aquí.
—Desde las siete.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
—¿Y por qué?
Se encogió de hombros, un gesto pequeño y rápido, de quien lleva años dándole la misma respuesta a una pregunta que nunca le gusta.
—Porque aquí hay silencio.
Lo dijo con tanta sencillez que me desarmó. A mí, que odio el silencio, que lo lleno con música y con palabras y con una sonrisa, me pareció de pronto que lo había dicho como quien dice aquí hay agua, o aquí hay luz. Algo bueno. Algo que se echa de menos.
—Pues lo siento —dije—. He venido a romperlo.
—Ya lo veo.
—Pero si quieres puedo estar callada.
—¿Podrías?
—No.
La comisura de su boca se movió. Medio milímetro. Pero lo vi, lo vi perfectamente, y noté que algo cálido me subía por el pecho, como cuando abres la persiana un domingo y descubres que hace sol.
—Bien —dijo ella, y se agachó a recoger el balón—. Revancha. Una carrera ida y vuelta, hasta la línea de fondo.
—¿Con tus zapatillas viejas?
—Con mis zapatillas viejas.
—¿Y yo con las mías?
Bajó la mirada. Se detuvo en mis pies. Frunció el ceño, y por primera vez desde que la conocía se quedó sin respuesta inmediata.
—Esas también son viejas.
—Sí.
—Eran de lona.
—Sí.
—Las llevabas ayer… no. Ayer llevabas otras. De marca.
—Qué observadora.
—Es mi trabajo.
—Tu trabajo es meter canastas.
—Y observar. —Se enderezó, y me miró otra vez con aquella fijeza gris que ya empezaba a reconocer—. ¿Por qué te las has cambiado?
—Para igualar el terreno.
—No hace falta.
—A mí me hace falta.
Hubo un silencio. Corto, pero vivo. De esos que llevan algo dentro y no se atreven a abrirlo.
—Vale —dijo ella al fin—. A la de tres.
—¿Quién cuenta?
—Tú.
—Qué generosa.
—Es táctica. Así sabré cuándo vas a salir.
Me reí, y esta vez no me importó.
—Uno —dije.
Nos colocamos en la línea. Su hombro quedaba a veinte centímetros del mío. Notaba su calor, y su olor a jabón y a algo oscuro, a cuero o a tinta, y el roce del tejido de su sudadera si me movía un poco.
—Dos.
—No te hagas la lenta —murmuró ella.
—Tres.
Salimos a la vez, pegadas, con las zancadas coincidiendo como dos relojes recién puestos en hora.
Durante unos segundos sentí que corríamos dentro de una misma respiración.
No supe cuántos metros eran, ni quién iba por delante, ni si el pabellón entero había desaparecido a nuestro alrededor.
Solo el sonido de las suelas contra la madera, la niebla tras los ventanales, el corazón dándome golpes en la garganta.
Y la certeza, tonta, inexplicable, de que no quería que terminara.
Llegamos a la línea de fondo al mismo tiempo. Tocamos la pared con la palma. Nos giramos a la vez, ella con el pecho subiendo y bajando, yo con la coleta deshecha y las mejillas ardiendo, y nos miramos de frente, sin una sola frase que decir.
—Empate —jadeé.
—Empate —dijo ella.
—Eso es nuevo.
—No te acostumbres.
—Pues yo creo que sí.
—Valdés.
—¿Qué?
—Tienes una pestaña en la mejilla.
Y entonces, sin avisar, sin ceremonias, con la naturalidad con que se aparta una hoja del pelo de alguien, levantó la mano y me la quitó con el pulgar.
Fue un roce mínimo. Dos segundos. Menos.
Tuve que mirar al techo para recordar cómo se respira.
—Gracias —dije, con la voz de otra.
—De nada.
—Ney.
Frunció el ceño. Era la primera vez que la llamaba así.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Todo el equipo.
—Solo me llaman así los que me conocen.
—Pues entonces aún no soy de esos.
—No.
—Todavía.
Se apartó un paso. Se colgó el balón bajo el brazo y miró hacia la puerta, donde las primeras compañeras empezaban a llegar con bolsas, bostezos y promesas de café.
—Mañana a las siete —dijo, sin mirarme.
—¿Qué?
—Si vas a venir a romper mi silencio, que sea a una hora decente.
Y se alejó hacia el vestuario con sus botas pesadas, su moño de guerra, su espalda recta y su manera de caminar como si nadie pudiera detenerla.
Me quedé de pie en mitad del parquet, descalza de alma, con el corazón haciendo cosas que no estaban en ningún manual.
—Lota —dijo Bea desde la puerta, con un cruasán en cada mano—, ¿estás bien? Tienes la cara roja.
—He corrido.
—Ya.
—Deja de decir «ya».
—Es que no sé qué otra cosa decir —respondió, y me tendió un cruasán—. Anda, come. Que tienes pinta de haber ganado algo y no saber qué.
Mordí. Me supo a mantequilla y a mañana de octubre.
Y mientras masticaba, pensé en una línea nueva para la nota secreta. La número ocho. Aún no sabía cómo redactarla.
Pero sabía, con una certeza que me hacía cosquillas en la nuca, que iba a necesitarla.