MARCAJE PERSONAL Capítulo 2
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Capítulo 2

CARLOTA

Hay una regla que me enseñó mi madre y que cumplo desde los seis años: si vas a entrar en una sala, entra como si te estuvieran esperando. Si nadie te espera, que lo parezca.

Funciona casi siempre. Lo digo porque ese primer día en el pabellón Antonio Cuesta, mientras cruzaba la puerta del fondo con la coleta tirante y la sonrisa en modo «encantada de conocerles», sentí cómo unos ojos grises me atravesaban desde el otro lado de la pista, y por primera vez en mucho tiempo la regla no sirvió para nada.

Y eso que yo ya sabía quién era. Lo sabía todo el mundo.

Nerea Salgado, escolta, veintiocho de media, tres años en el equipo.

En Madrid nos habían pasado vídeos suyos antes de que cerraran el programa, y recuerdo pensar: qué manera de jugar tan antipática.

Antipática y perfecta, un reloj suizo con mala leche.

Pero nadie me avisó de que además tenía esa cara.

Pómulos afilados, el pelo negro recogido en un moño que parecía hecho con rabia, kohl corrido y cuatro anillos de plata en una sola mano.

Y esa manera de mirarme: sin hostilidad, sin curiosidad.

Con la atención fría de quien repasa un contrato buscando la letra pequeña.

Me cayó fatal al instante.

Ahora bien, quiero dejar claro, por si algún día esto se lee en voz alta ante un tribunal, que me cayó fatal de una manera completamente normal.

—¿Y tú qué opinas? —dijo Bea.

Parpadeé. Estábamos en La Cafetera Rota, un local minúsculo de la calle de la Judería, con las mesas desparejadas, una estantería de libros sin ningún criterio y un camarero con barba que había puesto en la pizarra del día: «Café, 1,40 €. Opiniones sobre el café, gratis».

Tres horas después del entrenamiento seguía con el pelo húmedo y con la sensación de haberme tragado un huracán.

—Perdona, ¿qué?

—Que si te ha caído bien Ney.

—¿Quién?

—Nerea. Salgado. La de negro. —Bea Castellanos movió las manos por el aire para dibujar a una persona imaginaria con chaqueta de cuero—. La que te ha mirado como si fueras una factura.

—Ah, esa.

—Esa.

Bea llevaba cinco horas siendo mi mejor amiga y todavía no se lo había dicho oficialmente, pero yo ya lo sabía.

Las mejores amigas se reconocen igual que se reconoce el olor a pan: por instinto.

Era alera, un metro setenta y ocho de bocaza adorable y trenzas castañas, y había aparecido en mi vida a las nueve y diez de la mañana con la frase «tú eres la nueva, vas a vivir en mi calle, te he buscado un sitio donde comprar pan decente».

Resultó que mi piso alquilado estaba justo encima del suyo.

Resultó también que sabía los horarios de todos los autobuses, el nombre de todos los perros del barrio y quién había salido con quién en los últimos seis años. Una enciclopedia con coleta.

—No me ha caído mal —mentí.

—Mientes fatal.

—Es que no es mal. Es… complicado.

—Es borde —sentenció Bea, echando azúcar.

—Es contenida.

—Es borde.

—Es una borde contenida.

—Eso suena a un grupo de música.

Me reí, y al reírme noté un nudo suelto en algún lugar del pecho que llevaba días apretando.

Dos semanas antes había empaquetado mi vida entera en cuatro cajas y una maleta.

Dos semanas antes me habían dicho que mi universidad cerraba el programa de baloncesto «por razones presupuestarias», que era la forma elegante de decir «nos importáis un pimiento».

Y mi madre había dicho: «Bueno, Carlota, tampoco era una carrera».

Y yo había sonreído, porque sonreír es lo que mejor se me da, y había cogido el primer tren a Burgos con el corazón convertido en una uva pasa.

—Lo que pasa es que no entiendo —dije, removiendo el café— por qué me ha tratado así. No le he hecho nada. He llegado, he saludado, he sido simpática.

—Eso es parte del problema.

—¿El qué?

—Que eres simpática. —Bea lo dijo con cariño, pero lo dijo—. A Ney la gente simpática le da urticaria. Cree que es falso.

—¡No soy falsa!

—Lo sé. Lo veo. Lo vemos todas. Ella no.

—Pues qué problema tiene ella.

—Muchos. —Bea sopló su café—. Pero no son los que tú piensas. Con Ney hay que leer entre líneas. Una vez me dejó un paraguas en la puerta de mi casa cuando llovía, sin decir nada. Se lo agradecí tres días después y me dijo que no sabía de qué hablaba.

Me quedé pensando. Una persona que te deja un paraguas y niega haberlo hecho. Una persona que mide la distancia entre el balón y la canasta y la distancia entre ella y el resto del mundo con la misma regla.

Y entonces, porque tengo un problema serio con el silencio, dije:

—Le he dejado una nota.

Bea se atragantó.

—¿Que has qué?

—Una nota. En el bolsillo de la sudadera. Mientras se duchaba.

—¿Y qué decía?

—Que revancha mañana a las ocho.

—¿Y por qué le has dejado una nota?

—¡No lo sé! —Me tapé la cara con las manos—.

Me ha picado. Ha dicho que no le importo lo suficiente para odiarme, y me he quedado con la frase clavada.

¿Cómo se atreve? ¡Nadie me ha dicho nunca que no le importo lo suficiente para odiarme!

Normalmente me adoran o me toleran, y en caso extremo me envidian en silencio.

Pero ¿eso? ¿Eso de «ni siquiera me importas»?

—Respiré—. Es nuevo. Y me ha afectado más de lo que debería.

—Lota.

—¿Qué?

—Te has pasado la tarde hablando de ella.

—Estoy analizando a mi compañera de equipo, que es lo que haría cualquier profesional.

—Ya.

—Deja de decir «ya». Tienes cara de saber mucho y no decirlo.

—Es que sé mucho y no lo digo. —Bea sonrió con la boca llena de azúcar y no me dio más pistas—. Venga, que me debes una historia. ¿De verdad te llamas Carlota o es el nombre artístico?

Hablamos otra hora. Me contó que su padre tenía una ferretería, que su madre cantaba en el coro de la colegiata y que su hermano pequeño se había metido a monje sin que nadie entendiera por qué.

Yo le conté lo de Pozuelo, la casa con jardín, el colegio con uniforme, el padre cirujano que cenaba en casa dos veces por semana, y obvié, sin darme cuenta, lo más importante.

Ella no preguntó. Es una persona que te sirve la ración justa de curiosidad y se queda quieta si ve que no cabe más.

Esa noche, de vuelta a casa, subí al piso empinado, sin ascensor, con las paredes de piedra y una ventana que daba directamente a la muralla.

Cuarenta metros cuadrados que olían a humedad y a madera, a nueve euros menos de alquiler que una nevera en Pozuelo.

Encendí la luz, dejé las llaves y me quedé de pie en el centro, escuchando el silencio.

Los silencios siempre me dan miedo. Los llenaba de música, de tele, de conversación. De lo que fuera.

El móvil vibró.

MAMÁ: ¿Has llegado bien? Papá dice que has dejado el coche mal aparcado.

Qué curioso que mi padre, a seiscientos kilómetros, pudiera saber dónde había dejado yo el coche. Pero así funcionaba la familia Valdés: una inmensa red de vigilancia amable.

Yo: Todo bien, mamá. El equipo es muy majo y la ciudad preciosa!!

MAMÁ: Me alegro. Recuerda que tienes la reunión informativa del máster en ICADE el 14. Está en el calendario compartido.

Yo: Lo sé!

MAMÁ: Y la matrícula de las oposiciones cierra en noviembre.

Yo: Lo sé, mamá.

MAMÁ: Solo quiero que no pierdas el tren, hija. El baloncesto es un paréntesis muy bonito. Pero es un paréntesis.

Miré la pantalla. Tecleé algo. Lo borré. Tecleé otra cosa. La borré también.

Yo: Lo sé. Te quiero, mamá.

MAMÁ: Y yo a ti. Buenas noches.

Dejé el móvil boca abajo en la mesilla, y de pronto la habitación me pareció enorme.

Me senté en la cama con las piernas cruzadas y abrí el bloc de notas del teléfono. Hay una nota que tengo escondida detrás de una contraseña y de otra carpeta llamada «Recetas de pan». Se titula Cosas que no cuento a nadie. Tiene seis líneas.

1. Quiero jugar en Europa. No como plan B. Como plan A.

2. Quiero ser entrenadora algún día.

3. Me da pánico que mamá deje de quererme si no hago lo que espera.

4. A veces estoy cansada de caer bien.

5. No sé quién soy cuando nadie me está mirando.

6. Sigo guardando el cartel del último partido que jugué en Madrid.

Me quedé mirándola un buen rato. Después añadí una línea más, porque tengo un sentido del humor muy cuestionable cuando estoy sola:

7. Averiguar por qué me importa tanto lo que piensa una escolta con kohl corrido que ni siquiera me ha dicho su apodo.

Lo leí en voz alta.

—Qué ridículo —murmuré.

Y lo dejé escrito, porque borrarlo hubiera sido admitir algo.

* * *

El despertador sonó a las seis y media. Yo, que soy persona de madrugar y de agenda, me levanté de un salto, me hice la coleta, me puse las mallas negras, la sudadera granate y las zapatillas con el logo de la marca que mi madre me regaló en Navidad.

Me miré al espejo, vi a una chica correcta y presentable, y por un instante me dio una pena absurda.

Me cambié las zapatillas. Me puse unas viejas, de lona, con el logotipo desgastado. Me solté un poco la coleta. Me quité la pulsera de oro que me regalaron a los dieciocho, la guardé en un cajón y me miré otra vez.

—Mucho mejor —dije, sin saber a quién se lo decía.

Salí a la calle con la niebla pegada a los adoquines.

Vallebrava a las siete menos cuarto es un decorado de cuento: una ciudad entera apagada, con las persianas bajadas y las farolas amarillas, un panadero sacando bandejas a la acera y el olor del pan caliente mezclado con el frío.

Bea no estaba, pero había dejado una nota en mi buzón: «¡SUERTE CON LA BORDE!

🍀». No sé cómo se había enterado del plan, aunque a esas alturas ya estaba aprendiendo que en Vallebrava la información no viaja: aparece.

Llegué al pabellón a las siete y cuarenta y cinco.

Las luces del fondo estaban encendidas. Había alguien en la pista.