MARCAJE PERSONAL Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Sí. —Alzó la barbilla y por primera vez no sonreía, y lo vi con claridad: esa expresión desprovista de adorno—. De las que deciden cómo soy antes de que haya abierto la boca.

Me la quedé mirando. Tenía los ojos de un castaño claro, casi dorado, con motas verdes. No sé por qué me fijé en eso. Es un dato irrelevante.

—No he decidido nada.

—Has decidido que soy una pija que ha venido a quitarte el puesto.

—He decidido que eres una pija —corregí.

Sonrió, una sonrisa pequeña, torcida y real. No la del anuncio de dentífrico, sino otra.

—Pues acertaste a medias —dijo—. Soy una pija que ha venido a quitarte el puesto.

Y echó a correr.

Tardé exactamente un segundo en reaccionar.

Luego la alcancé en la siguiente recta, y ya no fue una conversación.

Fue una carrera, la primera de las muchas que íbamos a tener sin que ninguna lo reconociera.

Cuando Lola dio el pitido final, ella llegó a la línea medio metro por delante de mí.

Medio metro. Lo medí. Después se giró, con las manos en las rodillas, riéndose de forma muy poco elegante.

—Me debes una —dijo.

—No te debo nada.

—Una carrera. Me debes una revancha.

—No hay revancha de algo que no he perdido.

—Has perdido por medio metro.

—He perdido por una cuestión técnica.

—¿Cuál?

—Llevaba las zapatillas viejas.

—Eso es una excusa de perdedora.

—Eso es un dato.

Nuria, que había presenciado la escena entera desde la banda con una expresión de profundo deleite, aplaudió despacio.

—Qué bonito —dijo—. Me emociono.

—Cállate —le dije.

—Es que nunca te había visto correr detrás de nadie.

—No estaba corriendo detrás de nadie.

—Claro. Estabas entrenando la persecución.

Pasé de largo hacia el vestuario.

Nos lo contó todo el equipo después, en la ducha, entre vapor y risas y ese olor a champú barato que impregna cada rincón del Antonio Cuesta.

Que la nueva era increíble. Que tenía una muñeca de otra liga.

Que Bea ya había decidido que eran inseparables.

Que Lucía le había pedido que le firmara la camiseta, y Carlota había contestado que no firmaba camisetas, pero que le invitaba a un café.

Que Tanque había sugerido que la hicieran la mascota oficial, y Don Ceferino, desde la puerta, había dicho que la mascota ya existía y se llamaba Pepe.

—Y nadie sabe quién es Pepe —murmuró Inés, con un suspiro cansado.

—Eso es un misterio de la humanidad —dijo Bea.

Yo me quedé callada. Me puse la sudadera negra sobre el pelo mojado y me abroché las botas. Me gustan mis botas. Son pesadas, sólidas, nunca se quejan.

—Oye —dijo Nuria, sentándose a mi lado en el banco—, ¿estás bien?

—Perfectamente.

—Has hecho el tiro de seis veinticinco sin pasarle a Inés.

—Y ha entrado.

—Sí, pero Lola lo ha apuntado en la pizarra.

—¿Qué pizarra?

—La de las frases. —Nuria sacó el móvil y me enseñó una foto. En la pizarra blanca del despacho, con el rotulador rojo que Lola reserva para las ocasiones graves, ponía: «NOS ESTÁIS DEJANDO SIN CAMPEONATO. CON AFECTO, LOLA».

—Me quiere mucho —dije.

—Muchísimo —dijo Nuria—. Y hay otra.

Pasó la foto. La segunda frase, más pequeña, debajo de la primera, decía: «SALGADO + VALDÉS = EL AÑO QUE NOS SALVAMOS O NOS HUNDIMOS. DECIDID».

Me quedé mirándola. Sentí algo que no supe nombrar. No era miedo, o no solo. Era como cuando estás al borde de la piscina en un día frío y sabes que vas a tener que tirarte.

—No pienso hacer nada especial —dije.

—Ya.

—Voy a jugar como siempre.

—Ya.

—Y ella que juegue como quiera.

—Ya.

—Deja de decir «ya».

—Es que no sé qué otra cosa decir cuando mientes tan mal.

Salí al pasillo con la bolsa al hombro. En la puerta del pabellón, la niebla se había levantado por fin y Vallebrava aparecía entera, con sus tejados de pizarra, el campanario de la colegiata y la muralla subiendo por la colina. El aire olía a leña y a castañas asadas.

Carlota Valdés cruzaba la plaza con Bea, riéndose de algo. Llevaba un abrigo color camel que, estoy segura, costaba más que mi alquiler del trimestre. Se había soltado el pelo, y le caía sobre los hombros en ondas suaves, como si las hubiera ensayado.

No me importaba. Me lo repetí todo el camino hasta casa, escalón a escalón, calle a calle, hasta que llegué a mi puerta y busqué las llaves en el bolsillo.

Fue entonces cuando las encontré.

Y con ellas, un papel doblado en cuatro que no recordaba haber guardado. Lo abrí. Era una nota escrita con una letra redonda y perfecta, de colegio de pago, con un corazoncito en la i.

«Por si te lo preguntas: no, no te odio. Pero tampoco pienso dejarte ganar. Revancha mañana, 8:00. — C.»

Debajo, con otra tinta, como si lo hubiera añadido después:

«P.D.: Tus zapatillas son horribles. Es un dato.»

Me quedé en el rellano con la nota en la mano.

No supe cuándo me la había metido en el bolsillo. No supe cómo.

Lo único que supe fue que, por segunda vez en un solo día, había sentido ese calor absurdo en el cuello. Y que al abrir la puerta, Nuria, desde el sofá, sin levantar los ojos de la tablet, dijo:

—Te has reído.

—No me he reído.

—Hace un segundo. En la escalera.

—Era tos.

—Claro, Ney —dijo, y pasó la página—. Una tos muy sonora.