MARCAJE PERSONAL
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Capítulo 1
NEREA
Lo primero que aprendí del baloncesto es que el balón no miente. Las personas sí. Las personas te dicen que están orgullosas de ti mientras miran el reloj. El balón rebota donde le toca, ni un centímetro más allá.
Lo segundo que aprendí es que hay gente a la que me apetece tirarle un balón a la cabeza. Esa lección vino después y me sigue sirviendo.
—Salgado, ¿me estás escuchando?
La voz de Lola Ferrer atravesó el pabellón como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Cincuenta y ocho años, exinternacional, un silbato colgado al cuello como una condecoración y esa mirada de quien ha visto a mil promesas acabar vendiendo seguros en Valladolid.
—Cada palabra, entrenadora.
—Repite lo último que he dicho.
—Que si vuelvo a perder la espalda en la defensa de transición, subo a la muralla y bajo corriendo. Dos veces.
—¿Y?
—Y que me quiere usted mucho.
Detrás de mí, alguien soltó una carcajada que intentó disfrazar de tos. Lola no se rio. Pero juraría que la comisura izquierda de su boca hizo un movimiento mínimo, como un pez que asoma y se vuelve a hundir.
Era el primer entrenamiento de octubre. El pabellón Antonio Cuesta olía como siempre: a parquet viejo, a goma, a ese desinfectante de oferta que Don Ceferino compra por garrafas.
Las gradas vacías parecían esperar algo.
Fuera, Vallebrava se despertaba con niebla, la de las nueve de la mañana que se pega a la muralla y no se va hasta que le da la gana.
Yo llevaba la sudadera negra de siempre, las zapatillas desgastadas y el kohl de ayer, que a las siete de la mañana ya no era kohl sino una sombra con ambiciones.
Es una costumbre, no un manifiesto. Aviso por si alguien va a preguntarlo. Todo el mundo pregunta.
—Bien —dijo Lola, y dio una palmada—. Escuchadme todas. La liga se decide antes de Navidad y solo dos equipos pasan a la Fase Final. Santander lleva tres años quedándose con una de las plazas. Este año la otra no se la queda nadie que no sea esta universidad. ¿Estamos?
—¡Estamos! —respondió el equipo, con distintos grados de entusiasmo.
—Eso no ha sonado a «estamos». Ha sonado a «ojalá». Otra vez.
—¡ESTAMOS!
—Mejor.
Inés Benítez, nuestra capitana y pívot, cuarto de Medicina y paciencia infinita, me lanzó una mirada de las suyas, una que significaba: no la provoques hoy. Le devolví otra que significaba: yo nunca provoco. Las dos sabíamos que era mentira.
—Antes de empezar —continuó Lola, y aquí noté cómo el aire cambiaba—, os presento a una compañera nueva. Viene transferida de Madrid porque su universidad ha cerrado el programa. Su pérdida, nuestra suerte. Pasa, Valdés.
Giré la cabeza. No debería haberlo hecho. A veces el cuerpo se me adelanta.
Entró por la puerta del fondo como si el edificio la hubiera estado esperando.
Coleta alta, tersa, sin un solo pelo fuera de su sitio.
Mallas de marca que no se parecían nada a las mías, que ya habían sobrevivido a dos mudanzas y una inundación.
Una sonrisa de las que salen en los anuncios de dentífrico, con todos los dientes y sin esfuerzo aparente.
Era más baja que yo, un palmo escaso, y caminaba con la seguridad de quien ha entrado en habitaciones llenas de gente toda la vida y siempre ha salido de ellas siendo la favorita.
—¡Hola, hola! —saludó, agitando la mano hacia el equipo entero—. Perdón por llegar justo. Vuestra ciudad es preciosa, pero tiene más cuestas que sentido común y mi navegador ha decidido que la muralla era una carretera.
—Es que lo era —dijo Tanque desde el banquillo—. En el siglo XII.
—¡Eso me ha dicho mi navegador! —Carlota Valdés le sonrió como si Tanque hubiera dicho algo ingenioso. Y Tanque, que no sonríe antes del mediodía ni en las comuniones, sonrió.
Pésimo. Esta chica tenía don de gentes. Una de esas personas que entra en una sala y la sala se reorganiza a su favor.
Jun… no. Nuria. Nuria Obiang, mi mejor amiga, mi compañera de piso y la mánager de este caos, estaba en la banda con una tablet y las gafas en lo alto de la cabeza. Me miró con una ceja levantada. La conozco desde primero y sé leer sus cejas. Esta decía: vas a ser insoportable.
Le devolví una mirada que decía: no sé de qué hablas.
Su ceja subió otro milímetro.
—Valdés —dijo Lola—, base, treinta puntos de media, dicen. Salgado, escolta, veintiocho. Las dos sois las mejores jugadoras de este equipo y las dos lo sabéis. Por eso estamos aquí, y por eso hoy jugáis en el mismo quinteto en el rodeo.
El silencio que siguió se pudo cortar con una regla.
—Entrenadora —dije—, con todo respeto, ¿podría saber la razón?
—Porque lo digo yo.
—Es una razón sólida.
—Y porque la temporada pasada ganamos catorce partidos y perdimos nueve, y de esos nueve, siete se perdieron por una escolta que no pasa el balón y siete por una base que no deja de buscar el aplauso.
—Hizo una pausa—. Bueno, la base no es esta.
Pero la base de antes también buscaba el aplauso, y se parece a esta lo suficiente.
—No sé si es un halago —murmuró Carlota, sin perder la sonrisa.
—No lo es. A trabajar.
Nos colocamos. Quinteto A: Inés en la pintura, Bea Castellanos en el ala, la novata Lucía Cano de escolta suplente y, en el perímetro, Carlota y yo. Quinteto B, enfrente, con Tanque pidiendo a gritos que alguien le diera un balón para sentirse útil.
—Vamos, chicas —dijo Carlota al formar el corro, con las manos en el centro—. ¡Un, dos, tres!
—¡Cigüeñas! —respondieron todas.
Todas menos yo. Yo tengo una norma: nada de ánimos grupales con alguien que acabo de conocer.
Ella lo notó. Me miró de reojo, apenas un segundo, con una curiosidad que no era ofensa. Era algo peor: era interés. Y apartó la vista antes de que yo pudiera decidir qué hacer con eso.
Sonó el silbato.
El primer balón fue para ella. Bota, bota, mirada fugaz a la banda y una finta con el hombro que habría engañado hasta a un árbitro.
Lucía Cano se quedó clavada. Carlota entró por el lado, soltó el balón con la mano izquierda y encestó sin tocar el aro.
Un golpe de muñeca elegante, de los que la gente graba y comparte con música de fondo.
—¡Bien, Lota! —gritó Bea desde el ala.
Lota. Ya tenía apodo. Llevaba quince minutos en el pabellón y ya tenía apodo.
Yo llevaba tres años y seguía siendo «Salgado».
El siguiente ataque era mío. Tenía el balón, la defensa abierta y a Inés pidiendo el pase en la pintura. Todo el mundo sabía lo que había que hacer. Todo el mundo esperaba que lo hiciera.
Tiré desde seis metros veinticinco. Dentro.
—Salgado —ladró Lola—, tenías a Inés.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y ha entrado.
—Eso no es un argumento, es una coincidencia con suerte.
—Es una estadística —murmuré. Y hubo más de una risa que me hizo sentir peor.
Pero lo que realmente me importó fue la risa de Carlota. Una sola nota corta, como si se le hubiera escapado. La oí desde el otro lado de la pista y noté que me subía algo por el cuello, un calor que no tenía nada que ver con el ejercicio. Por supuesto, lo interpreté como irritación. Era lo lógico.
Siguieron cinco minutos de partido. Un ataque suyo. Uno mío. Otro suyo, otro mío. Ninguna pasó el balón a la otra. Lo noté, y estoy segura de que ella también. Era como si estuviéramos jugando una partida de ajedrez con piezas de las dos y sin tablero.
Hasta la jugada del rebote.
Bea tiró desde la esquina. El balón golpeó el aro, giró sobre sí mismo y cayó como un pájaro con el ala rota.
Las dos fuimos a por él. Yo, por la izquierda.
Ella, por el centro. Saltamos al mismo tiempo, estiramos los brazos y las manos coincidieron en el cuero.
Y entonces chocamos, hombro contra hombro, cadera contra cadera, una de sus rodillas contra mi muslo y mi antebrazo contra sus costillas.
Caímos las dos al parquet.
Durante un segundo no hubo ruido. Solo la respiración.
La suya, rápida, en mi oído. Su coleta, medio deshecha, sobre mi hombro.
El olor a vainilla y a algo cítrico, naranja o bergamota, no sé.
Sé que me molestó. Sé que me molestó que oliera bien en mitad de un placaje.
Es una molestia perfectamente razonable.
—Quítate —dije.
—Estoy en ello —dijo ella, sin aliento—. Es que tienes el codo en un sitio… raro.
—Es mi codo. Es donde vive.
—Pues vive muy cerca de mi costilla.
Nos separamos. Me levanté primero. No le tendí la mano, aunque creo que ella esperaba que lo hiciera, porque se quedó un instante con la palma a medio abrir. La retiró con una sonrisa de las suyas, de las que se acomodan donde sea.
—Mía —dijo, señalando el balón, que Inés ya había recogido.
—Mía —dije yo, a la vez.
—Lo tenía yo.
—Lo teníamos las dos, y lo he tocado yo primero.
—Eso es mentira.
—Es física.
—Es ridículo.
—Salgado. Valdés. —Lola caminaba hacia nosotras con las manos en las caderas—. ¿Hay algo que queráis compartir con el equipo?
—No —dije.
—No —dijo Carlota.
—Fenomenal. Pues compartid esto: dos vueltas a la pista, juntas, a ritmo de conversación.
—¿A ritmo de qué? —pregunté.
—De conversación. Si no podéis hablar sin que se os corte la respiración, vais demasiado rápido. Y si no podéis hablar, que os cuente alguien cómo lo hacen las personas normales.
Y empezamos a correr.
El silencio duró treinta segundos. Contados. Es una virtud que tengo: cuento todo.
—Oye —dijo Carlota, sin mirarme—, no sé qué te he hecho. Pero sea lo que sea, lo siento.
—No me has hecho nada.
—Entonces es por mi cara.
—Tu cara no tiene nada.
—Vaya, gracias.
—No era un cumplido.
—Lo he tomado como uno. Estoy en proceso de animarme.
Corrimos otros cuarenta metros. Notaba su zancada, elástica y ligera, adaptada a la mía sin que ninguna de las dos hubiera dicho una palabra. Eso me molestó también. Lo apunté mentalmente en la columna de «molestias» y pasé a la siguiente.
—Mira —dijo—, a mí me da igual si me caes mal o no. Pero estoy aquí un año y me gustaría que fuera agradable.
—Qué ambición.
—Es mi marca personal.
—¿Y se te da bien?
—Se me da fatal con personas como tú.
Me detuve a medias, solo un paso. Ella también.
—¿Personas como yo?