28 Veintiocho
VEINTIOCHO
¿Había dicho lo que yo creía que había dicho?
Me quedé sentada en la silla como una idiota, con la mirada clavada en él.
Bajó la vista hacia mí y sonrió.
—No te hagas la sorprendida, Wylie. Por supuesto que te quiero. ¿Cómo no iba a quererte?
Casi me caí de la silla. ¿No era demasiado pronto?
Pareció leerme el pensamiento, porque ya estaba negando con la cabeza.
—Esto lleva veinte años cociéndose, ¿no? Solo dimos un pequeño rodeo.
Abrí la boca sin saber qué iba a decir. Y entonces, de pronto, lo supe.
—Yo también te quiero —solté, e intenté levantarme de la silla.
Y, como no podía ser de otra manera, tropecé y me fui de boca. Por suerte, él me sujetó. Siempre acababa sujetándome.
—Ten cuidado —me regañó, aunque sonreía mientras me apartaba el pelo de la cara—. Siempre has sido tú. Solo que no me daba cuenta.
Iba a echarme a llorar. No había forma de evitarlo.
Pero Eleanor no había terminado.
—Espera… ¿entonces vosotros dos estáis juntos?
Eleanor movió el dedo de uno a otro, como si aún estuviera asimilando lo que acababa de oír.
—No… yo…
Desvió los ojos hacia mi madre y, en lugar de aceptación, lo que se reflejó en ellos fue otra cosa. Y no era nada bueno. Solo estaba tomando carrerilla.
—¿Tú estás detrás de esto?
Mamá alzó las manos.
—Haz el favor, Eleanor. No he tramado nada a tus espaldas para juntar a Wylie con Huxley en el mismo sitio. No tenía ni idea de que estuvieran juntos hasta que llegamos aquí ayer. Los encontramos besuqueándose en la acera, delante del edificio de Wylie.
—Sí, claro.
Eleanor puso los ojos en blanco con tanta fuerza que fue un milagro que no se cayera de espaldas.
—No te creo. Lo has organizado todo para quitarme a mi hijo.
Huxley me apretó contra su pecho y me besó la coronilla. El corazón solo le latía un poco acelerado. Por lo demás, era fuerte y firme.
—Bájate de la nube, mamá —la reprendió—. No todo gira a tu alrededor.
Abrió mucho los ojos y pensé que iba a empezar a hablar en klingon… o puede que en el idioma que hablara Satanás. Así de malvada parecía. Sin embargo, se contuvo antes de perder los papeles. Se irguió, tiesa como un palo, y se sacudió visiblemente la irritación de encima.
—No tengo por qué aguantar esto.
Dio media vuelta y se marchó hacia el ascensor a grandes zancadas. En lugar de seguirla, Huxley se dejó caer en la silla. Parecía resignado a perderla.
—¿Qué estás haciendo? —quise saber, mirándolo con absoluta incredulidad—. Es tu madre. Tienes que ir tras ella.
—No, no tengo que hacerlo —replicó—. Me ha mentido durante años. No deja de hacerse la víctima. No voy a ir detrás de ella. Por una vez, va a tener que asumir cómo soy y lo que quiero.
Todo eso estaba muy bien en un mundo de cuento de hadas, pero hoy no iba a pasar. No, hoy Eleanor necesitaba que alguien la escuchara. Y, por lo visto, esa iba a ser yo.
—Voy a por ella.
—¡No!
Huxley intentó agarrarme la muñeca, pero falló. Lo dejé rumiando su enfado —era hijo de Eleanor Ambrose, así que sabía hacerlo de sobra— y la seguí hasta el ascensor.
Miró por encima del hombro, claramente para comprobar si su hijo la seguía, y frunció el ceño al verme.
—No me sigas, Wylie —me ordenó—. Ahora mismo no tengo nada que quiera decirte.
La creí, pero aun así me subí al ascensor con ella cuando se abrió la puerta.
—¿Qué haces? —me espetó, con los ojos encendidos por una emoción que no supe identificar—. Aquí ya he terminado.
—No, no has terminado.
Seguía dentro del ascensor cuando las puertas se cerraron, y bajamos hasta la planta baja en silencio.
En cuanto salimos, la agarré por la muñeca y la arrastré hacia la derecha, hasta una placita —las hay por todas partes en Savannah—.
No aflojé la mano, y ella no se resistió tanto como podría haberlo hecho.
Al llegar a un banco, le hice un gesto para que se sentara.
—No tengo nada que decirte —dijo ella, y alzó el mentón.
—Basta —le supliqué, negando con la cabeza—. Simplemente… basta. Es tu hijo. Lo quieres.
—Pero él no me quiere a mí.
—Venga ya, te quiere tanto que a veces no ve con claridad. Lo que pasa es que lo frustras.
—¿Y alguna vez has pensado que él me frustra a mí?
—Pues sí.
Sonreí porque no pude evitarlo.
—Lo entiendo. Es tozudo y no hay quien lo saque de sus costumbres. No ve lo que tiene delante de las narices hasta años después. O sea… jura que no sabía que estaba colada por él.
Eso le hizo torcer el gesto.
—Lo sabía. Yo se lo dije.
—No te creyó.
—Yo siempre supe que estabas colada por él —se quejó—. Y siempre supe que él también lo estaba por ti. No lo veía ni de lejos.
Medité lo que quería decir.
—En cierto modo, ojalá se hubiera dado cuenta entonces. Habríamos tenido más tiempo juntos. Pero, por otro lado, me alegro de que tardara tanto en verlo. Probablemente no habríamos sobrevivido si hubiéramos empezado siendo adolescentes.
—Probablemente no —concedió, y se cruzó de brazos.
Quería que me quedara claro que no le hacía ninguna gracia este arreglo. No la culpaba.
—No queríamos que pasara —dije—. De hecho, la primera noche que volvimos a vernos no fue nada bien.
—¿Fue cruel contigo?
—Sacó el tema del klingon.
Sonrió de medio lado.
—El klingon sí que lo sacaba de sus casillas.
—Sí. Lo sé.
No pude evitar sonreír al recordarlo.
—¿Y cómo acabasteis juntos?
¿Se estaba ablandando? Desde luego lo parecía. O puede que yo me estuviera haciendo demasiadas ilusiones.
—Una noche, en uno de nuestros eventos, un tío me estaba prestando demasiada atención —empecé a contar.
—¿Se puso celoso?
—Se preocupó. El tío no paraba de insistir en que me acompañaría a casa, aunque yo no quería. Huxley intervino y dijo que me acompañaría él.
—Siempre ha sido caballeroso sin darse ni cuenta.
No sonrió, pero había cariño en su voz.
—Esa noche cenamos gambas con patatas fritas junto al río… y un helado.
Fui incapaz de contener la sonrisa.
—Y hablamos. Acordamos, al menos en ese momento, que podíamos compartir el mismo grupo de amigos y que no pasaría nada. Seríamos conocidos cordiales y nada más. No empezamos a salir de inmediato. Quiero que lo sepas. Te fue leal.
Eleanor soltó un gruñido de fastidio.
—No quiero apartarlo de ti. Es solo que odio a tu madre. Después de lo que me hizo…
—Estoy bastante segura de que os hicisteis cosas la una a la otra —repliqué con retintín.
—Ella no quería a Mick.
—¿Tú lo quisiste de verdad alguna vez, o solo querías que mamá no lo tuviera?
La pregunta pareció dejarla sin respuesta.
—Yo… Mick me importaba muchísimo.
No dije nada y esperé a que cediera.
—Creía que lo amaba —dijo al final—. De verdad que lo creía.
—Y cuando te diste cuenta de que no lo amabas, ya era demasiado tarde —supuse.
—Si le hubiera dicho eso, si lo hubiera admitido, habría tenido que admitir todo lo demás —dijo—. Y simplemente no podía.
—Me imagino que fue la culpa por haber mantenido a mamá y a él separados tanto tiempo lo que alimentó tu crisis en Austin.
—Uy, esa crisis me la merecía. Mi marido acababa de dejarme por mi mejor amiga.
—Después de que tú le fueras infiel.
Frunció el ceño.
—Veo que de verdad te lo contó todo.
Frustrada, se puso de pie. No se marchó, y lo agradecí. En vez de eso, se puso a dar vueltas.
—Mi problema es que siempre he querido que me quieran. Aunque nunca es suficiente. Nadie me quiere nunca como yo quiero que me quieran.
—¿Se te ha ocurrido que puede ser porque no te quieres a ti misma?
—No. Resulta que creo que soy la mejor persona del mundo.
Lo dijo de tal manera que no pude evitar sonreír de oreja a oreja.
—Aunque lo entiendo —añadió tras una pausa—. Yo soy el problema. La razón por la que me caso y me divorcio, y me caso y me divorcio, y me caso y me divorcio, es que no estoy satisfecha conmigo misma.
—Para eso existe la terapia —sugerí—. Mamá fue a terapia después de lo de Austin. Dijo que le sirvió de mucho.
—¿Tu madre fue a terapia?
Parecía escandalizada.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Eso te contó?
—Me dijo que si alguna vez no me sentía bien conmigo misma, que fuera a terapia. Es muy partidaria de ella.
—Vaya —fue todo lo que dijo.
—Sí —asentí.
—Supongo que ha madurado un poco. Lo que significa que yo soy la única que no ha madurado nada.
La idea pareció perturbarla.
—Tú y Huxley habéis madurado lo suficiente para superar todos vuestros problemas y enamoraros.
—No me había dado cuenta de que estuviéramos enamorados —admití—. Bueno, sabía que yo estaba enamorada de él. Pero pensaba que era demasiado pronto para decirlo y no quería asustarlo.
Eso la hizo sonreír.
—Tú y Huxley estáis hechos el uno para el otro.
Se sentó de nuevo en el banco, y fue como si se le hubieran agotado las ganas de pelear.
—Os equilibráis muy bien. Una de las cosas de las que más me arrepiento es haberos apartado al uno del otro justo cuando empezabais a tener una edad en la que podríais haber descubierto que estabais coladitos el uno por el otro.
—Yo siempre supe que estaba colada por él —admití—. Lo que nunca pensé fue que él pudiera llegar a estar colado por mí.
Hizo un ademán con la mano, como si estuviera soltando tonterías.
—Siempre tuviste poca autoestima. No sabías ver tu propio valor. Tu madre estaba preocupada por ti cuando eras adolescente.
Me lanzó una mirada evaluadora.
—Por lo visto, toda esa preocupación fue en vano.
—No sé yo.
Solté una carcajada hueca.
—Tardé mucho en entenderme.
—No, tú siempre supiste quién eras, Wylie. Lo que tardaste mucho en entender fue que lo que los demás pensaran de ti no importaba.
Tenía razón, por supuesto. Ese había sido mi mayor problema.
—A Huxley ahora le gusta que sea una friki. Me compró una camiseta de Star Trek para nuestra primera cita. Él incluso se puso una.
—¿En serio?
Se echó hacia atrás y me estudió con el ojo entrenado de una madre que adora a su hijo, aunque esté real y verdaderamente enfadada con él.
—Supongo que al final ha entrado en razón.
—Es un gran hombre.
—Lo sé.
—Y es un gran hombre en parte gracias a ti.
—Iba a ser un gran hombre de todos modos. El mérito no es mío.
—Claro que sí lo es. Eres su madre.