Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 27 Veintisiete
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27 Veintisiete

VEINTISIETE

Mi lugar favorito para despertarme era al lado de Wylie. Era calentita, mimosa y por las mañanas estaba completamente ida. Resultaba divertidísima y adorable a la vez en esos minutos que iban desde que abría los ojos hasta que por fin salía de la cama a gruñidos para ducharse.

Por desgracia para mí, a la mañana siguiente no tuve la oportunidad de disfrutar de mis momentos favoritos, porque Aggie se las había arreglado para entrar en el apartamento… y en el dormitorio de Wylie.

—Ay, qué monos —dijo desde el umbral, mirándonos a uno y a otro.

Parpadeé como un búho mientras intentaba asimilar lo que estaba ocurriendo. No fue fácil.

—¿Aggie?

Era una pregunta estúpida, porque la reconocía de sobra con la luz que se filtraba por las ventanas.

—Buenos días, Huxley. —Me sonrió de oreja a oreja—. No pensaba que estarías aquí esta mañana.

Miré el reloj de la mesilla y me pasé la mano por la mejilla. Iba solo en bóxers, y la madre de mi novia me miraba como si fuera un alienígena expuesto en el zoo.

—Buenos días.

Le di un codazo a Wylie para despertarla, pero lo único que hizo fue soltar un ronquido.

Eso también era adorable, aunque quizá no aquella mañana.

—Eh…

¿Qué se suponía que debía decir en ese momento? No estaba en la universidad y aquello no era algo de lo que tuviera que avergonzarme. Era obvio que Aggie no esperaba que su hija fuera casta. Aun así, resultaba raro.

—¿Qué tal estás? —pregunté, sin saber qué otra cosa decir.

Sonrió con suficiencia.

—Bien. ¿Y tú?

—Genial. Estoy genial. —Miré a Wylie, que cuando dormía me recordaba a un ángel. Bueno, salvo por las babas. Aunque ni eso me molestaba—. De verdad genial.

—Me alegro.

Aggie se hizo a un lado cuando otra figura apareció junto a ella en el umbral. Era Mick.

—Está genial —le dijo a su marido.

Mick no parecía encontrarle tanta gracia a la situación como Aggie.

—Esto es raro —anunció—. ¿Has llamado a la puerta?

La pregunta iba dirigida a Aggie, así que no contesté.

—No pensé que hiciera falta —respondió Aggie—. Lo último que supe fue que Huxley pasaría la noche en su casa.

—No podía dormir —respondí, y estiré el cuello—. Solo quería ver a Wylie.

—Qué mono. —Aggie se adentró un poco más en la habitación y echó un vistazo—. Queremos ir a desayunar. ¿Te apuntas?

—Claro.

—Vale. Despierta a Wylie, dúchate —no lo hagáis juntos ni nada, que es raro con la madre de tu novia en el mismo apartamento— y nos vamos en cuarenta y cinco minutos.

Me quedé con la boca abierta como un pez.

Se despidió con la mano y se dio la vuelta para marcharse. Mick se quedó un instante más en el umbral, negando con la cabeza.

—Es una situación muy extraña —se lamentó.

—¿Qué es lo raro? —lo reté—. ¿Que mi expadrastro se quede mirando el dormitorio que comparto con su hijastra actual?

—Más o menos.

—Desde luego que es extraño —confirmé.

Sonrió.

—Me llevaré a Aggie a dar un paseo por la plaza de abajo, para que esto no se vuelva rarísimo.

—Eso sería genial.

—Me imaginaba que lo preferirías.

CUARENTA Y CINCO MINUTOS DESPUÉS, WYLIE y yo nos encontramos con Mick y Aggie en la acera. Fuimos a la cafetería más cercana, que estaba justo a la vuelta de la esquina. La sonrisa de Aggie era tan amplia que podría haber dejado al sol en ridículo.

—Bueno, hablemos de la llegada de Eleanor —dijo una vez que hubimos pedido y nos sirvieron el café y el zumo.

Wylie seguía medio dormida y apenas había dicho cuatro palabras desde que la había sacado de la cama contra su voluntad. Solo habíamos dormido unas pocas horas, así que no era de extrañar que arrastrara los pies.

—Creo que ella y yo deberíamos hablar.

Me tapé la boca con el vaso de zumo mientras me imaginaba cómo sería aquello.

—No sé muy bien qué pensar de eso —admití al cabo de unos segundos—. ¿No crees que solo va a conseguir que se ponga hecha una fiera?

—Ah, sin duda. —Aggie asintió con la cabeza—. Pero ya es hora de que lo aclaremos de una vez. No pensaba que fuera capaz de guardar rencor durante casi quince años. Pensaba que tal vez un año. Aunque es perseverante. Eso hay que reconocérselo.

Sopesé cuál sería la mejor respuesta y al final decidí que la sinceridad era el único camino.

—Tengo que hablar con ella primero, Aggie. Soy su hijo. Es mi responsabilidad.

—Puede que sea tu responsabilidad hablar con ella sobre Wylie, pero el resto es mi responsabilidad —replicó ella.

—Y mía —intervino Mick—. No podéis planear una conversación con Eleanor sin contar conmigo.

Tenía razón, por supuesto. No me gustaba, pero estaba en lo cierto. Si íbamos a aclarar las cosas, tendríamos que estar todos. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Wylie tomó el mando.

—Huxley va primero, y él marca el tono —dijo mientras bebía su zumo de tomate.

Era la única persona que conocía en el mundo a la que de verdad le gustaba el zumo de tomate. No el zumo de verduras tipo V8 —eso lo detestaba—, sino zumo de tomate a secas. Resultaba raro y entrañable.

—Estoy de acuerdo —dijo Aggie—. Esto es cosa de Huxley. Pero nos afecta a todos.

—La conoces de otra forma que yo —intervine—. ¿Cómo crees que reaccionará cuando le cuente lo de mi relación con Wylie?

Aggie dio un sorbo al café y, por cómo se le juntaron las cejas, supe que le estaba dando vueltas al asunto.

—Va a llamarte desleal —empezó.

Se me cayó el alma a los pies. Ya lo sabía, pero no era algo que quisiera escuchar.

—Aunque se le pasará rápido —añadió Aggie—. Quería mucho a Wylie. A Eleanor le parecía divertidísima, y solíamos comentar la buena pareja que haríais los dos si alguna vez superabas tu etapa de «Wylie es una friki».

Fruncí el ceño. No me gustaba que me recordaran aquello.

—Yo nunca pensé que Wylie fuera una friki —empecé.

Tres pares de ojos se posaron en mí, todos ellos escépticos.

—Vale —gruñí—. Pensaba que era una friki. La cuestión es que he tenido mucho tiempo para pensar desde que Wylie y yo empezamos a pasar tiempo juntos. Creo que ya entonces me gustaba.

—Por supuesto que sí —dijo Aggie entre risas—. Era evidente. Pero tú no lo veías, y el plan era esperar hasta que Wylie floreciera por fin. Suponíamos que te vendrías abajo la primera vez que apareciera con novio. Por desgracia, nunca llegamos a ese punto.

Resultaba irritante pensar que habían estado comentando todo eso sin que yo lo supiera. Me fastidiaba.

—Podríais habérmelo dicho.

—¿Ah, sí? —Aggie hizo una mueca—. ¿Y cómo habrías reaccionado si te hubiéramos contado lo que pensábamos?

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Seguro que habría estado dispuesto a escucharlo, al final.

Los tres bufaron al unísono.

—Vale. —Levanté las manos en señal de rendición—. Habría sido un imbécil.

—Sinceramente, es mejor que Wylie y tú os hayáis encontrado por vuestra cuenta —dijo Aggie—. Eleanor no va a tener ningún problema con Wylie. La relación de Wylie con Mick y conmigo ya es otro asunto completamente distinto.

—Todo el mundo tiene que reconciliarse —dijo Wylie—. Es la única forma de que esto funcione.

Parecía angustiada, así que le pasé la mano por la espalda.

—Lo vamos a solucionar —le prometí—. Mi madre no va a arruinar esto.

—Va a intentarlo —dijo Mick—. Lo que no podemos permitir es que se haga fuerte en su santurronería.

—Llega mañana, ¿verdad? —insistió Aggie—. Eso es lo que has dicho cuando veníamos hacia aquí.

—Sí. —Asentí con la cabeza—. Su vuelo aterriza alrededor del mediodía. Va a coger un coche hasta mi casa. Pienso contarle lo de Wylie entonces, y también lo que he averiguado por vosotros sobre Mick.

—Ojalá pudiera estar presente en esa parte —dijo Mick—. Ya es hora de que aclaremos las cosas.

—No veo cómo podría funcionar, a menos que estés dispuesto a esconderte en un armario hasta que yo haya hablado con ella —dije con pesar—. En cuanto te vea, pasará al ataque.

—Huxley tiene razón —dijo Aggie—. Él tiene que ir primero. Ya encontraremos la manera de organizar una reunión entre todos después de que Eleanor haya tenido su primer ataque de histeria.

—¿Y si se marcha? —preguntó Wylie—. ¿Y si ni siquiera se plantea hablar con vosotros?

—No le vamos a dar opción. De un modo u otro, Eleanor va a hablar con nosotros. No vamos a dejar que se nos escape. No esta vez.

PASAMOS EL DÍA JUNTOS. LOS cuatro. Cuando Lucy terminó su turno, que por una vez fue de mañana, se trajo a Hayley para comer.

Yo daba por hecho que Wylie y yo iríamos al evento de lectoras los dos solos, como siempre, pero Aggie insistió en participar.

—Será divertido —dijo mientras caminábamos hacia The Grove Savannah, que era otro restaurante en una azotea—. Me encanta relacionarme con las lectoras.

Wylie lanzó a su madre una mirada de reojo muy elocuente.

—Lo que quieres es que todo el mundo se emocione porque participa la gran Agnes Quincy.

—Me gusta que me adoren, Wylie. No hay nada de malo en eso.

Por suerte, a la encargada no le supuso ningún problema trasladarnos a una mesa más grande para la cena. Una vez hechas las presentaciones, Bree fue directa al grano.

—Entonces, ¿no estás enfadada porque tu hija fornique con el hijo único de tu enemiga declarada? —preguntó mientras daba un sorbo a su cóctel.

Aggie le dirigió una mirada divertida.

—En absoluto. Siempre he adorado a Huxley.

—No vuelvas a decir que era como un hijo —advirtió Wylie, lo que me hizo sonreír.

Aproveché la ocasión para recorrer la azotea con la mirada. Tenían una zona reservada para el evento, que empezaría en una hora, y hacía una noche agradable. Era, en esencia, la calma antes de la tormenta, y la tormenta era mi madre.

Mi atención se desvió hacia las puertas del ascensor cuando se abrieron —el restaurante estaba concurrido, pero no abarrotado— y, cuando una mujer salió del ascensor, estuve convencido de que veía visiones.

Parpadeé. Nada, era la misma mujer. Volví a parpadear. Nada, seguía siendo la misma mujer.

Eleanor Ambrose había llegado, y lo había hecho con un día entero de antelación.

—Ay, Dios… —Se me quedó la boca abierta y perdí la capacidad de hablar y de razonar.

Wylie siguió mi mirada, y un horror genuino le inundó el precioso rostro al asimilar la realidad.

—No puede ser.