25 Veinticinco #2
—Quería a tu madre, pero no como ella quería que la quisiera.
—Tenía los labios apretados en una línea recta cuando la camarera trajo la comida.
Logró sonreírle a ella, pero su mirada estaba vacía cuando se encontró con la mía—.
Fuimos a Las Vegas y nos casamos. Estaba decidido a que funcionara con tu madre.
Cuando volvimos, una semana más tarde, me enteré de que Michael se había vuelto a ir.
—¡Eso no es culpa de mi madre! —ladré.
—¿Hizo tu madre que Michael dejara a Aggie? No, no lo hizo.
Me relajé, aunque solo un poco.
—Sin embargo, tu madre sabía, dos semanas antes de la boda, que Michael había dejado a Aggie, y lo orquestó todo para convencerme de que me casara con ella, de modo que a Aggie y a mí no nos quedara ninguna opción.
Estuve a punto de llamarlo mentiroso de mierda —mi madre nunca…—, pero recordé cómo se había comportado con algunos de sus otros maridos. No le había importado lo más mínimo pasar por encima de otras mujeres para conseguir lo que quería. Y tampoco lo negaba: lo asumía con orgullo.
—¿Le hizo eso a Aggie?
Ignoré el desayuno porque de pronto se me revolvió el estómago.
—Tu madre es de esas mujeres que van a por lo que quieren —explicó Mick—. Decidió, por lo que fuera, que me quería a mí. No sé por qué, porque desde el momento en que nos casamos, todo lo que hacía la irritaba.
No le faltaba razón. Mi madre era así con todos sus maridos.
—Pero te quedaste con ella —dije, al encontrar por fin la voz—. Durante años. Fuiste el padrastro que más tiempo estuvo en mi vida.
—Me quedé porque había hecho unos votos y porque te tenía verdadero cariño —confirmó él—.
Además, sabía que, en cuanto intercambié esos votos con Eleanor, ya no había ninguna esperanza para Aggie y para mí.
Al menos así la vería de vez en cuando. Podría ver crecer a Wylie y a Lucy, porque también me robaron el corazón.
Le di un trago largo a mi London Fog.
—Está claro que en algún momento decidiste que no soportabas más la angustia y volviste con Aggie —dije—. Eso no estuvo bien. Deberías haberle dicho primero que querías el divorcio.
—Le dije a tu madre que quería el divorcio dos años antes de que nos divorciáramos de verdad. Se negó a darme una salida y, en cambio, me advirtió de que hundiría la saga de películas si siquiera lo intentaba. Iba a quitaros la estabilidad económica a todos si yo no seguía casado con ella.
Intenté recordar aquella época de nuestras vidas. Pero estaba en la universidad, absorto en mis propios asuntos.
—No podías saberlo, Huxley —dijo, y dio de pleno en lo que estaba pensando—. No había forma de que lo supieras. Ella hizo todo lo posible por ocultártelo.
—Lo que no entiendo es por qué. Salta de marido en marido con toda facilidad. ¿Por qué no te dejó marchar?
—Porque, en el fondo, tu madre es una mujer infeliz. No quería que Aggie fuera feliz. Quería que fueran desgraciados juntos. Y si yo también era desgraciado, mejor todavía.
No estaba describiendo a mi madre. No pensaba creérmelo. Y, sin embargo, lo creía. Había visto a mi madre en acción tantas veces que había perdido la cuenta. La quería, pero era una mujer muy difícil. También la había visto deleitarse con la desgracia ajena.
Me imaginaba perfectamente lo que me estaba contando.
—Aun así, la dejaste por Aggie —insistí—. Le rompiste el corazón.
Mick respiró hondo y supe que estaba a punto de rematar el relato. Lo que fuera a decir no iba a mejorar las cosas. No, iba a empeorarlas.
—La noche que le dije a Aggie que seguía queriéndola, tuve que localizar a tu madre en un hotel —dijo—. Estábamos todos en Austin, como seguro que recuerdas. La encontré en una habitación de hotel con Cliff.
Cliff. El cuarto marido de mamá.
—Pero…
Asintió mientras yo encajaba las piezas en mi cabeza.
—Tu madre no es una mala persona —dijo—.
Solo estaba triste y no quería estar triste sola.
Ni siquiera creo que se diera cuenta, no de verdad, de lo que estaba haciendo.
Pero en el instante en que la vi con Cliff, sentí un alivio enorme.
A esas alturas, llevábamos años sin tener un matrimonio real.
Aproveché la ocasión y le declaré mi amor a Aggie.
Todo salió a borbotones en cuanto le dije lo que sentía.
Volvió a dar un sorbo al café antes de continuar.
—La historia tiene un montón de pequeños recovecos —dijo—.
Yo no soy ningún héroe. Yo también soy un villano.
Todos hicimos cosas de las que nos arrepentimos, y siento mucho la forma en que tu madre se enteró de que había vuelto con Aggie.
Nos vio en el camerino de Aggie. Todavía no había tenido ocasión de contárselo.
—¿Dijo algo?
—No. —Negó con la cabeza—. Fingió que no lo había visto y luego, quince minutos después, salió a aquel escenario y se lanzó sobre Aggie.
La vida de todos cambió en ese momento, y siento que ocurriera.
Siento que tú lo pagaras, y siento que Aggie lo pagara.
Siento que tu madre lo pagara, y Wylie también.
De lo que no me arrepiento, sin embargo, es de haber seguido a mi corazón.
Dejé que la información calara. Decía la verdad. Eso no lo dudaba. Lo único que dudaba era cómo se suponía que debía sentirme al respecto.
—Voy a tener que hablar con mi madre —dije al fin—. Hay algunas cosas que tenemos que aclarar.
—Seguro —convino Mick—. Si quieres que esté allí para disculparme —nunca tuve ocasión de decirle que lo sentía, porque después de aquello se negó a hablar conmigo—, iré contigo. Merezco toda la ira que quiera echarme encima.
Puede que sí. Aunque ella también merecía la de él. Lo había manipulado y luego había montado un numerazo cuando las cosas no salieron como quería.
—Creo que es mejor que hable con ella primero —dije, y saqué el móvil.
No podía llamarla. Esta no era una conversación que se pudiera tener sin estar cara a cara. Así que, en lugar de eso, empecé a escribir un mensaje.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Mick.
Solo podía hacer una cosa.
—Traerla aquí. Después, tendremos que arreglarlo todo como una gran familia caótica.
Mick sonrió con suficiencia.
—¿Sabes lo fea que se va a poner la cosa?
—Ajá.
—¿Vas a contarle lo de Wylie antes de que nos vea a Aggie y a mí?
—Qué va.
Se echó a reír a carcajadas.
—Seguramente sea lo más inteligente.
Terminé el mensaje y lo envié sin releerlo.
Tienes que venir. Es importante. No se está muriendo nadie, pero hay algo de lo que tenemos que hablar.
Y ya está. No pensaba contarle nada más.
—Creo que necesito una copa —dije, buscando al camarero con la mirada.
Mick asintió y suspiró.
—Así se habla.