Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 25 Veinticinco
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25 Veinticinco

VEINTICINCO

Ir a comer con Mick me ponía nervioso, aunque no tenía ni idea de por qué.

Ya era adulto, y él nunca fue el villano que yo pintaba. Vale, nunca fue el villano de mi historia. Probablemente sí fuera el villano de la historia de mi madre, y eso me hacía dudar.

A ella no le haría ninguna gracia que comiéramos juntos.

De hecho, lo consideraría una traición de órdago.

Fue ese pensamiento el que me detuvo en seco a la puerta del Sunday Sunday, un restaurante encantador que Wylie y yo habíamos descubierto unas semanas antes.

La carta era muy variada y los reservados, cómodos.

La mano de Mick se posó en mi espalda y me recordó que había dejado de caminar.

—Sé lo que estás pensando —dijo él en voz baja.

—¿Que mi madre va a considerar esto la mayor traición que he cometido en mi vida? —lo desafié.

—Sí. —Logró esbozar una sonrisa tensa—. Si llega a ser un problema, asumiré la culpa y diré que te obligué. Pero necesitamos hablar, de verdad.

Mi primer instinto fue discutir. No teníamos nada que hablar. Había salido de mi vida mucho tiempo atrás. Sin embargo, cuando me imaginé la cara de Wylie al decirle que no podría volver a ver a su madre y a su padrastro, sentí que el estómago amenazaba con rebelarse.

—Vale.

Entré en el restaurante y esperé a que la encargada nos asignara una mesa. Una vez sentados, me puse a estudiar la carta con mucho teatro.

—Las tostadas francesas con frambuesa están buenísimas —solté cuando el silencio se había alargado demasiado.

Él arqueó una ceja.

—Eso suena a algo que haría feliz a Wylie.

—Le encantan las tortitas y las tostadas francesas —admití.

—Tú siempre has preferido los huevos.

Aquello me descolocó. ¿Cómo podía acordarse de eso?

—Eh…

—Respira hondo, Huxley —ordenó él—. Entiendo que estés alterado. No te culpo. Pero esto no va a ser ni de lejos tan grave como te imaginas.

Tenía mis dudas, pero no discutí.

—Vale.

El camarero eligió ese momento para tomarnos el pedido.

—Yo quiero el Savoy Sunrise —dije—. Los huevos, vuelta y vuelta. Y también un London Fog, caliente, y un zumo de naranja.

El camarero asintió y se volvió hacia Mick.

—Yo tomaré las gambas con sémola de maíz y un café solo, por favor —dijo él con una sonrisa mientras le devolvía la carta.

El camarero la cogió y se alejó dando saltitos, y me dejó sin nada que hacer salvo mirar a Mick.

—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó Mick.

Me pareció una pregunta trampa.

—Pensaba que eras tú el que tenía algo que contarme —insistí.

—Y lo tengo, pero también hay cosas que quiero decirte yo. Sobre Wylie.

Se me heló la sangre.

—No voy a permitir que nos separes.

Si creía que iba a intimidarme para que le dijera adiós a lo mejor que me había pasado en la vida, estaba muy equivocado.

—No tengo ningún interés en separaros —replicó Mick—. De hecho, creo que hacéis buena pareja. Ya entonces pensaba que hacíais buena pareja, aunque tu madre me dio buenos argumentos cuando estuve a punto de insistir en el asunto.

Estaba completamente perdido.

—¿De qué estás hablando?

—Hacíamos apuestas sobre cuándo acabaríais juntos.

—No es verdad. Yo me portaba como un auténtico imbécil con Wylie.

—Sí, pero nosotros sabíamos por qué te portabas como un auténtico imbécil.

No tenía ni idea de qué se esperaba que dijera.

—Eh…

Me quedé mirándome las manos, apoyadas sobre la mesa. Seguía mirándolas incluso después de que el camarero nos trajera las bebidas.

—¿De verdad pensabas que no nos habíamos dado cuenta de que sentías algo por ella? —preguntó Mick al fin.

—No sabía que sentía algo por ella hasta hace poco —contesté—. No me daba cuenta. Solo pensaba que me irritaba.

—Estoy seguro de que te irritaba. —Mick sonrió de oreja a oreja—. Las mejores siempre lo hacen.

Su sonrisa me irritó.

—¿Estás hablando de mamá o de Aggie?

Él suspiró.

—Vale, hablaremos de Wylie cuando acabemos con esto. —Parecía resignado—. Lo único que te pido es que me escuches, todo lo que tengo que decir. Y luego, si quieres tirarme el desayuno a la cara, o incluso darme un puñetazo, lo aceptaré. Te has ganado el derecho a defender a tu madre.

Los dos sabíamos que probablemente no haría ninguna de las dos cosas. Tenía la lengua afilada, pero mi madre me había enseñado desde pequeño que nunca era buena idea montar una escena. Y en cuanto a dar puñetazos, eso era algo que simplemente no hacía.

—Está bien. —Asentí—. Di lo que tengas que decir.

Al parecer, con eso le bastó como señal de conformidad, porque se puso a hablar de inmediato.

—Dos años antes de casarme con tu madre, estaba enamorado de Aggie —anunció.

Me quedé boquiabierto.

—¿Q… qué?

Él asintió.

—Nos conocimos cuando yo trabajaba como organizador de uno de los congresos. Fue en Nueva York. Ella era una de las ponentes del evento, nos pusimos a hablar y caí rendido a sus pies.

—Pero… yo nunca supe que hubieras salido con Aggie.

Rebusqué a fondo en mi memoria y no encontré nada.

—¿Cómo es posible que no lo supiera?

—Porque tu madre no quería que lo supieras, y Aggie no quería que lo supiera Wylie.

—Pero… no lo entiendo.

No me cabía en la cabeza.

—Estoy intentando explicártelo. —Dio un sorbo al café y continuó—.

Por aquel entonces, Aggie estaba sola. Lucy era un bebé y Wylie tendría unos diez años.

Ya entonces sabía que iba a ser pura dinamita.

—Sonrió al recordarlo—. Tenía una imaginación asombrosa.

Me contaba unas historias sobre abducciones alienígenas que eran ridículas, pero lo hacía con tanta sinceridad que casi me las creía.

Una sonrisa me asomó a los labios sin que pudiera evitarlo.

—Seguro que era adorable. Eso fue antes de que yo la conociera.

—En realidad, fue más o menos por la época en la que la conociste —aclaró, y la sonrisa se le borró—. Sé que cuesta imaginar que el amor a primera vista sea posible, pero es lo que sentí por Aggie.

Recordé la primera vez que volví a ver a Wylie, en aquella cena que acabó tan mal. Me había portado de forma grosera e insoportable, y solo ahora entendía por qué. Porque yo también me había enamorado de ella con una sola mirada.

Me froté la frente.

—Lo entiendo.

Esbozó una sonrisita, pero no me dio la lata con el tema.

—No sé si conoces la historia del padre de Lucy —empezó.

Rebusqué en la memoria.

—Solo sé que Lucy y Wylie tienen padres distintos. El padre de Wylie se larguó y no pagó la manutención. Creo que el de Lucy sí la pagaba, si no recuerdo mal.

—En esencia, eso es —confirmó—. Michael —así se llamaba el padre de Lucy— se marchó justo por la época en que Lucy nació. No estuvo en el parto. Se fue justo antes, así que Aggie se sentía vulnerable cuando nos conocimos. Estaba llena de hormonas y no creía poder fiarse de sus propios sentimientos.

Ya veía por dónde iba la cosa. O al menos eso creía.

—Te enamoraste de ella, pero ella no te correspondió.

—Sí me correspondió, pero no quería quererme, si eso tiene algún sentido.

Asentí.

—Vale, eso sigue sin explicar cómo acabaste con mi madre.

Ni cómo había dejado a mi madre por Aggie.

—Estaba decidido a que Aggie me creyera cuando le decía que la quería —continuó—. Iba a tener paciencia y a darle todo lo que necesitara. Salimos durante meses y la cosa iba bien… y entonces Michael volvió.

Se me cayó el alma a los pies.

—No me acuerdo de eso.

—Eras un niño. Tu madre y Aggie acababan de poner en marcha su colaboración como escritoras. Tu madre no te iba a contar algo así.

Respiró hondo.

—Michael quería recuperar a su familia y Aggie estaba dividida —explicó—.

No se fiaba de Michael, no se fiaba de nadie en ese momento, pero pensaba que Lucy merecía la oportunidad de tener a su padre en su vida.

Decía que se sentía culpable porque Wylie nunca había tenido padre, y creía que eso le había pasado factura porque…

bueno, porque Wylie era de lo más excéntrica con sus historias y con las cosas que le interesaban.

—Wylie no tiene nada de malo —insistí.

Mick, al reconocer mi tono, levantó las manos para apaciguarme.

—No he dicho que lo tuviera. He dicho que Aggie creía que a Wylie le había tocado la peor parte por no tener padre. Yo no quería obligar a Aggie a elegir, así que di un paso atrás.

Se pasó la lengua por los labios y me di cuenta de que lo que venía a continuación sería lo más difícil.

—Tu madre y yo empezamos a quedar, solo como amigos, después de que Aggie volviera con Michael. No salíamos juntos. Mi plan era esperar a que Michael desapareciera, porque sabía que volvería a largarse, y entonces tu madre me pidió una cita.

Me quedé parpadeando.

—Debería haberle dicho que no, pero esa noche me sentía especialmente vulnerable —explicó—. Le dije que era solo como amigos y ella aceptó. Pero nos emborrachamos y una cosa llevó a la otra.

Su gesto de disgusto era idéntico al mío.

—No estarás culpando a mi madre de esto, ¿verdad? —prácticamente gruñí.

—No del todo, no. Los dos cometimos errores enormes. Prometiste escucharme hasta el final.

Me crucé los brazos sobre el pecho y lo miré con furia.

Se lo tomó como una señal para seguir.

—Tu madre decidió que, como nos habíamos acostado, íbamos a ser pareja. Le dije que no, pero no había ni rastro de que Michael y Aggie fueran a romper, al menos por lo que yo veía. Tu madre no dejaba de hacerme sentir culpable por haberla utilizado y al final cedí. Accedí a salir con ella.

Se frotó la frente y noté que aquello le estaba costando. A mí me daba igual. Mi madre era la que había salido peor parada de todo aquel arreglo.

—Tu madre propuso que nos casáramos un mes después de empezar a salir —añadió—. Yo no estaba preparado para casarme, pero ella dijo que así todo sería más fácil para Aggie. Si Aggie nos veía juntos, se permitiría ser feliz con Michael.

»Tienes que entender que, de cara al mundo, Michael y Aggie parecían felices —continuó—. Parecía que lo estaban consiguiendo. Yo no quería robarle a Aggie su familia. No quería sustituir a Michael, y sí quería que Lucy tuviera un padre.

—Así que accediste a casarte con mi madre aunque no la querías —aventuré.