24 Veinticuatro
VEINTICUATRO
Mi vida era perfecta. Rara vez podía decirlo y sentirlo de verdad. Ahora sí lo sentía. Y sí, entendía que atribuirle a Huxley poderes sobrehumanos por esa felicidad era un error. Aun así lo hacía, aunque nunca se lo dijera.
Lo que menos falta hacía era que se le inflara el ego ni nada parecido. No es que pensara que fuera a pasar. Parecía tener los pies bien plantados en el suelo.
—Come.
Le metí mi dónut en la boca mientras hacíamos el tonto en la acera, delante de mi apartamento.
Oficialmente llevábamos siete semanas de relación y nunca había sido tan feliz —ni me había sentido tan cómoda, ya que estamos— con nadie en toda mi vida.
Era como si el destino nos hubiera dado un buen coscorrón de niños y solo ahora estuviéramos captando el mensaje.
Huxley hizo una mueca y apartó la boca del dónut.
—Los dónuts de bizcocho no son lo mío —se quejó, mirando con asco mi desayuno cubierto de chocolate, con fideos de colores incluidos.
—No, a ti te gusta la mucho más respetable garra de oso —concedí—. Aunque lleven glaseado de arce por dentro.
Ahora me tocaba a mí hacer una mueca.
Se rio de mi expresión desconsolada.
—Te encanta el sirope de arce —me recordó—. Ahogas en él las tortitas y las torrijas hasta tal punto que me preocupan tus dientes con tanto azúcar.
—Eso es distinto. Un dónut ya tiene el sabor perfecto. No hace falta andar toqueándolo.
—Ah, pero yo prefiero la bollería, no los dónuts.
Era una distinción interesante y tuve que pensármelo.
—Vale.
Retiré el dónut.
—Pero no digas luego que no te ofrecí lo mejor que pasará jamás por tu boca.
Su expresión se volvió diabólica ante el doble sentido involuntario, y yo le agité el dedo con severidad, a modo de reprimenda.
—No lo lleves por terreno raro —le advertí.
Demasiado tarde. Me atrapó el dedo y me atrajo contra su pecho. Le di un bocado al dónut para mantenerlo a raya, pero no sirvió de nada. Su boca cubrió la mía antes de que pudiera tragar y me dio un beso largo que me robó el alma.
—Qué asco —farfullé cuando por fin me separé.
—Eso te enseñará a no provocarme con dónuts —replicó.
—Un asco total.
Me limpié la boca y le sonreí de oreja a oreja. Sí, nunca había sido tan feliz.
Entonces apareció una sombra delante de nosotros.
Como autora, sabía lo que significaba esa sombra en nuestras historias.
Las sombras siempre significaban oscuridad.
Pero nada terrible podía reventarnos la burbuja.
Le estaba dando demasiadas vueltas, como siempre.
Demasiado a menudo era yo misma la que presagiaba mi propia perdición. Bueno, esta vez no.
Despacio, dejé que mi mirada subiera hasta aterrizar en la cara de mi madre. Me sobresalté con tal fuerza que se me cayó el dónut.
—Mamá —fue todo lo que me salió.
Huxley se quedó rígido a mi lado, la cara sin una gota de color.
—Aggie —dijo. Luego desvió la mirada hacia la persona que acompañaba a mi madre—. Mick.
Yo quería encontrar un agujero donde meterme y morir.
—¿Qué hacéis aquí?
La pregunta me salió estrangulada.
—Justo eso íbamos a preguntarte nosotros.
Mamá me miró de arriba abajo y después se centró en Huxley. Se fijó especialmente en el brazo con que me rodeaba la cintura y volvió a mirarme.
—Bueno, esto es…
No terminó la frase. No hacía falta.
Mick, por suerte, tomó el control de la conversación.
—Siempre pensé que había una chispa entre vosotros dos. Daba por hecho que ya era demasiado tarde para aprovecharla. Pero parece que no.
—Esto…
Nunca antes se me había trabado tanto la lengua. Y no tenía ni idea de qué decirle a mi madre. Negar lo que había visto con sus propios ojos no era una opción. Y, además, quería que lo supiera. No quería esconder mi relación con Huxley, aunque fuera solo de una persona.
Mick me puso la mano en el hombro para calmarme. Cuando reuní el valor para mirarlo a los ojos, parecía estar a medio camino entre la diversión y la lástima. Sin embargo, cuando abrió la boca no se dirigió a mí.
—¿Cómo te va, Huxley? —preguntó—. He leído algunas cosas sobre ti y parece que la escritura va bien.
—Va bien —confirmó Huxley.
Giró el cuello. No nos esperábamos aquello, así que, aunque él aguantaba la presión mejor que yo, no estaba preparado para lo que se venía en aquella conversación.
—¿Y tú?
—Bien —respondió Mick.
Parecía estar buscando las palabras adecuadas.
—¿Sabes? Nunca tuve ocasión de despedirme de ti entonces porque… bueno, ya sabes por qué.
Huxley desvió la mirada hacia mamá, pero no había odio en ella, solo tristeza.
—Sí, sé por qué.
Mamá parecía dolida, pero no dijo nada.
—Siempre he querido tener una conversación contigo —continuó Mick—. Quizá, durante esta visita, puedas sacar un rato para que tomemos un café, los dos solos.
Huxley abrió los ojos de par en par y pensé que sin duda iba a perder los nervios. En cambio, me sorprendió —creo que a Mick también— cuando asintió.
—Me gustaría. Hay algunas cosas de las que yo también quiero hablar contigo.
—Ah, estoy seguro.
Mick consiguió esbozar media sonrisa.
—Y en cuanto a esto, bueno, no puedo decir que me sorprenda —dijo haciendo un gesto que nos abarcaba a los dos—. Quiero decir, me sorprende, pero tampoco. ¿Tiene sentido?
Huxley soltó una risa hueca.
—Supongo.
Dirigió su atención a mamá.
—Sé que esto te resulta raro y que nos espera una conversación larga, pero de verdad que me alegra verte.
Mamá no le gruñó a Huxley ni le puso las cosas difíciles. Tampoco esperaba que lo hiciera. No era culpa de Huxley que su madre hubiera perdido la cabeza y hubiera atacado a mamá delante de miles de personas.
—Huxley, qué alegría verte.
Mamá se inclinó y lo abrazó. Fue sorprendentemente intenso.
—Una de las cosas que más he lamentado en la vida es que nunca llegáramos a despedirnos. En aquella época eras como un hijo para mí.
Hice una mueca.
—Ay, no lo digas así —protesté.
Le temblaron los labios.
—Un sobrino —se corrigió.
—Eso tampoco es mejor —me quejé.
Se echó a reír.
—Un chico del barrio al que tenía mucho cariño.
Entonces fue Huxley el que sonrió.
—Yo también te he echado de menos. —Me lanzó una mirada indescifrable—. Y en cuanto a esto, bueno, estamos juntos.
Movió la mano entre nosotros.
—No me digas —respondió mamá con sequedad—. Jamás lo habría imaginado, teniendo en cuenta que estabais compartiendo el mismo dónut.
Huxley bajó la cabeza.
—Seguro que ha quedado rarísimo.
—En realidad, me ha parecido bastante tierno.
Huxley levantó el mentón de golpe.
—¿Qué? ¿No nos vas a dar caña por esto?
—Ah, claro que os voy a dar caña —replicó mamá—. Pero no porque estéis juntos. Que hayáis sentido la necesidad de mantenerlo en secreto, eso ya es otra historia.
Se puso las manos en las caderas y se volvió hacia mí.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?
—Unas semanas —respondí.
Mamá arqueó una ceja y esperó.
—Siete semanas —aclaré.
Inclinó la cabeza, pensativa, y luego asintió.
—Tengo preguntas —dijo—. Quiero saber cómo pasó…
—Los dos nos mudamos aquí al mismo tiempo y acabamos en el mismo grupo de escritura —solté de golpe—. No me lo esperaba.
—¿Y qué, os visteis y caísteis el uno en brazos del otro? —preguntó Mick.
—No. —Negué con la cabeza—. De hecho, al principio discutimos un poco. Sacó el tema del klingon.
Mamá tomó aire de golpe.
—¡No habrá sido capaz!
—Estoy aquí delante —se quejó Huxley—. Ya he superado lo del klingon.
Mamá le lanzó una mirada severa, aunque le costó mantenerla.
—Del klingon también hablaremos luego. —Echó un vistazo a mi edificio y después volvió a mirarnos—. Lucy llamó y tiene un plan para su futuro. Implica la universidad, pero no puede pagárselo todo ella sola. Hemos venido a dejarlo todo atado.
Era la primera noticia que tenía.
—No me había dicho nada. —Me miré los pies—. La verdad es que no me habla.
—A mí sí me lo contó.
Mamá alargó la mano distraídamente y me apartó el pelo de la cara, algo que hacía constantemente cuando era adolescente y las ondas se me descontrolaban.
—También he venido a ayudar con eso. Se siente mal por haberte chantajeado. No me dijo con qué te estaba chantajeando —y, sinceramente, no se me ocurría nada—, pero creo que ahora lo entiendo.
Le dedicó a Huxley media sonrisa.
—Hemos venido a encauzar a Lucy —continuó—. Pensaba que a lo mejor tendría que leerte la cartilla sobre lo de tener vida social mientras estuviera aquí, Wylie, pero por lo visto eso no es algo que deba preocuparme.
—Desde luego que no —coincidió Mick—. Creo que lo de socializar lo tienen más que dominado.
Me ardían las mejillas bajo sus miradas fijas. Seguía sin entender nada, eso sí.
—¿Esto significa que no os enfada que estemos juntos?
Mamá frunció el ceño, desconcertada.
—¿Por qué nos iba a enfadar que estuvierais juntos?
—Porque… bueno, ya sabes.
Hice el gesto de darle un puñetazo a una persona invisible. Me salió torpísimo, y Huxley bajó la cabeza y se echó a reír.
Mamá se le unió.
—Eso no es culpa de Huxley —dijo—. Nunca lo fue. —Se volvió hacia él y empezó a negar con la cabeza—. Lo que pasó entre tu madre y yo…
Abrió la boca, al parecer buscando las palabras adecuadas, y luego suspiró.
—Siento que me estoy metiendo donde no me llaman. No debería ser yo quien hable contigo de esto.
—Nadie ha hablado nunca conmigo de esto —admitió Huxley.
—Lo sé. —Mamá parecía angustiada—. Quiero decir, yo no lo sabía sabía. Solo lo intuía.
Miró a Mick e intercambió con él una mirada significativa.
—Sí, sí —dijo Mick tras un instante—. Ha llegado el momento. —Se centró en Huxley—. Vamos a tomar ese café ahora. O a desayunar. Me vendría bien comer algo. Nuestro vuelo salía a una hora criminal y yo no como comida de avión.
—Vale. —Huxley alargó la palabra, con cara de incertidumbre—. Podemos hacer eso.
Me miró de reojo, como pidiéndome permiso.
—Creo que probablemente sea buena idea —lo animé—. Mamá y yo tenemos que hablar.
—La una con la otra, y con Lucy —añadió mamá—. Mick y tú deberíais hablar. Pero cenaremos todos juntos.
Eso no me lo esperaba.
—¿Vamos a cenar juntos?
Mamá se molestó.