Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 23 Veintitrés #2
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23 Veintitrés #2

—Hablar con tu madre me parece buena idea —admití—.

Probablemente tenga bastante claro de qué eres capaz.

Inténtalo. —Me levanté al oír que se abría la puerta del dormitorio de Wylie—.

Lo único que tienes que hacer es dejar de compadecerte de ti misma.

—Me alejé un paso de ella y luego me quedé quieto—.

Además, tienes que pedirle perdón a tu hermana.

Emitió un sonido de protesta.

—Pídele perdón —repetí—. Está fatal sin ti.

—Esto… Os he oído en el dormitorio. No está fatal. Solo habla klingon cuando está muy emocionada.

Una sonrisa se me extendió por la cara antes de que pudiera evitarlo.

—Aun así echa de menos a su hermana. —Dejé a Lucy rumiando lo que habíamos hablado y fui hacia Wylie, que acababa de aparecer en la boca del pasillo—. ¿Lista? —Le tendí la mano.

Wylie lanzó una mirada preocupada hacia Lucy, y prácticamente pude verla armarse de valor mientras asentía y me tomaba la mano.

—Sí. ¿Adónde vamos?

—Adonde nos lleve hoy el tranvía.

—Oh. —Se animó—. ¿Podemos hacernos selfis como turistas y comer en algún sitio raro?

—Creo que todo eso se puede organizar. —No miré a Lucy al salir. Wylie tampoco.

Ya era hora de que Lucy se sacara la cabeza del culo y empezara a planear su futuro. Por desgracia, no tenía ni idea de si era capaz de dar el primer paso, y mucho menos el más grande. Aunque algo me decía que estábamos a punto de averiguarlo.

VISITAMOS VARIAS PLAZAS Y una iglesia católica con algún tipo de relevancia histórica que no llegué a captar porque estaba demasiado ocupado mirando a Wylie. Sin embargo, cuando nos acercamos a City Market, supe que no íbamos a salir de allí en un buen rato.

—Son cuatro manzanas y lo llaman el «corazón y el centro neurálgico» de la ciudad —dijo ella mientras leía en el móvil.

Todavía no habíamos entrado en la zona del mercado, pero Wylie tenía todo un ritual para acercarse a algo nuevo. Primero quería toda la información. Ya me había acostumbrado a sus pequeñas manías.

—¿Qué tipo de tiendas? —pregunté.

Tenía hambre, estaba listo para comer, pero no me importaba mirar tiendas antes.

De hecho, me apetecía comprarle algo a Wylie.

No tenía ni idea de qué, pero hasta entonces lo único que le había comprado era intangible.

Sobre todo comida. Quería darle algo que pudiera mirar y que le hiciera pensar en mí.

Sí, por lo visto era ese tipo de tío. Si mi madre pudiera verme ahora.

Hice una mueca cuando la cara de mi madre me vino a la cabeza.

La relación había avanzado lo suficiente para reconocer que era algo real, lo que significaba que tendríamos que abordar el tema de nuestras madres.

Y, a diferencia de cuando empezamos, nuestras madres iban a convertirse en un problema más pronto que tarde.

Cuanto más lo alargáramos, peor sería cuando por fin estallara todo.

—Muchos estudios —dijo ella—. Hay una tienda de galletas. Tenemos que llevarnos unas sin falta para comerlas en la cama luego.

—Me apunto —asentí.

—Hay cerámicas de alguien llamada Sibel, y tienen muy buena pinta —dijo—. Quiero ver ese sitio. Me encanta la cerámica decorada.

Asentí para animarla. Cualquier cosita que a ese cerebro suyo tan activo le apeteciera soltar, yo estaba ahí para escucharla.

—Hay zapatos, que ya me emocionan menos —dijo.

Bajé la vista hacia las Crocs.

—¿No me digas? —A mí, personalmente, me parecía adorable verla con las Crocs. Aunque ella seguía acomplejada con el tema. Como para demostrarlo, me dio un manotazo suave y juguetón en el brazo y siguió leyendo.

—Hay cestas de hierba dulce, ilustradores y varios bares.

Se me iluminó la cara.

—¿Algún sitio para comer?

—¿Tienes hambre? —me pinchó ella.

Asentí.

—Pues sí, la verdad.

—Yo también. —Miró a su alrededor—. Vamos andando. Iré apuntando las tiendas a las que quiero volver. Seguimos hasta que encontremos un sitio donde comer y luego vuelvo sobre mis pasos para ver las tiendas.

—Me parece bien. —Le cogí la mano mientras esperábamos a que cambiara el semáforo del paso de peatones.

—Hay una confitería artesanal —señaló—. Podríamos comprar dulces. —Su voz sonó algo tensa.

—Los dulces que quieras, los compramos —la animé.

Ella no me sostuvo la mirada; en lugar de eso, se puso a mirar con mucho interés los escaparates de colores.

—Podríamos llevarle dulces a Lucy.

Ah, ahí estaba. Lucy seguía torturando a su hermana, aunque no estuviera con nosotros.

—Si quieres.

Desvió la mirada hacia mí.

—Crees que no debería comprarle nada. —No lo formuló como una pregunta—. Probablemente tengas razón.

Cuando se llevó el pulgar a la boca para empezar a mordisquearse la uña, supe que estaba angustiada. Era una de sus señales delatoras.

Le agarré la mano antes de que pudiera clavarse los dientes en el pulgar.

—Los dulces no son lo peor que podrías comprar. Es una ofrenda de paz sin pasarse.

—Le encantan los pralinés.

—¿Y a ti te gustan?

—Yo soy más de chocolate y caramelo.

—Pues compramos las dos cosas. —Recorrí con la vista los distintos escaparates. Había muchísimos para elegir, incluido un museo de piratas y tesoros. Encontré lo que buscaba enseguida. Belford’s Savannah. Presumía de marisco y carnes a la brasa—. Ahí lo tenemos. —Indiqué con la cabeza.

Ella miró en la dirección que le había indicado y sonrió de oreja a oreja.

—Es un poco temprano para algo tan contundente.

—Sí, pero si comemos ahora, luego lo bajamos andando. Y cuando toque volver a casa, pillamos algo más ligero y nos lo comemos en la cama con las galletas y los dulces.

Apretó los labios, con las cejas ligeramente alzadas, y me dedicó mi gesto favorito de todos los suyos. Me encantaban todos, pero este me hacía algo en el corazón que no sabía explicar.

—Suena bastante divertido —admitió.

—Bien. —Tiré de su brazo y la coloqué delante de mí, pasándole las manos por las caderas mientras esperábamos a que un grupo de turistas cruzara por delante de nosotros. En ese instante, justo cuando Wylie le sonrió al tipo del caballo, supe que era esto. Esto era lo que quería para siempre.

Nos veía a Wylie y a mí yendo a cafeterías a escribir. Nos veía compartiendo casa, e incluso un despacho. Compraríamos uno de esos escritorios enormes y antiguos con huecos a los dos lados para poder trabajar en casa.

Compraríamos una de esas cafeteras absurdas y exageradas y probaríamos todo tipo de recetas. Había una máquina de granizados nueva de la que todo el mundo hablaba en redes sociales. La compraríamos y experimentaríamos.

Nos iríamos de aventura por los cementerios y repetiríamos los mismos tours una y otra vez.

Viviríamos en el centro, porque ella tenía razón: The Landings no iba a ser nuestro sitio a largo plazo. Esta ciudad sí. Entre la historia, los fantasmas y la gente tan variopinta, esta ciudad nos iba como anillo al dedo.

Era demasiado pronto para decirle que la quería —demasiado, demasiado pronto—, pero lo sentía. ¿Sería por la infancia que habíamos pasado juntos? Sentía que nunca había conocido a nadie mejor y, sin embargo, aún quedaban misterios por descubrir.

Lo único que sabía con absoluta certeza era que quería esta vida, con ella. Nunca habría nadie más para mí. Solo Wylie.

Eso significaba que había llegado el momento de hablar con mi madre. Mientras la sombra de Eleanor Ambrose y Agnes Quincy siguiera cerniéndose sobre nosotros, nunca seríamos libres. Era hora de contárselo.

Ahora solo tenía que averiguar cómo hacerlo.