23 Veintitrés
VEINTITRÉS
Las semanas que pasé con Wylie volaron, casi como si el tiempo no fuera una medida fija.
Una mañana, sentado en el apartamento de Wylie —seguíamos pasando más tiempo en su apartamento que en mi casa porque todo lo que queríamos hacer estaba en el centro—, me puse a hacer cuentas y caí en que llevábamos juntos seis semanas completas, aunque a veces pareciera que solo habían pasado seis horas.
Cada momento que pasábamos juntos seguía emocionándome.
Se sentía más cómoda conmigo, lo que significaba que dejaba caer pequeños detalles suyos en la conversación, sin miedo ya a parecer una friki.
Le había repetido mil veces que me gustaba cuando se ponía en modo friki, pero solo ahora empezaba a asimilarlo.
Sabía que le gustaban las películas de terror y que podía mantener conversaciones con Bella y Nathan, que al parecer habían visto todas las películas de terror jamás rodadas.
Wylie prefería películas como The Ring (La señal), Hereditary y Weapons.
Cometió el error de decirles que le gustaba Us (Nosotros), lo que desató una hora entera de despotrique sobre todo lo que fallaba en la película.
Por lo visto, había agujeros de guion por los que cabía un camión —literalmente— y encima eran de una gravedad escandalosa.
Nathan y Bella se rieron por lo bajo al decir eso de «literalmente» con el camión, lo que sugería que era un chiste privado que solo ellos pillaban.
Wylie podía hablar de Star Trek durante horas.
Yo nunca había visto demasiado Star Trek, pero habíamos empezado a ver las películas y las series para que pudiera seguirle el ritmo.
La serie original se me hizo cuesta arriba por lo antigua que era, así que Wylie cedió y eligió los diez mejores episodios para enseñármelos.
No eran malos, pero tampoco mis favoritos.
Luego empezamos con Star Trek: La Nueva Generación y las cosas mejoraron.
Fue saltándose episodios de la primera temporada: me explicó que la serie aún estaba buscando su sitio y que la mayoría era una porquería; después ya nos metimos de lleno en la segunda.
Por raro que parezca, descubrí que me estaba gustando.
Eso sí, monté todo un numerito para que Wylie creyera que aquello era una tortura para mí.
Formaba parte de un juego que nos traíamos entre manos.
A cambio, yo elegía las películas a las que íbamos.
Vimos Project Hail Mary, que nos encantó a los dos. Vimos La momia de Lee Cronin, que odiamos los dos. A los dos nos hizo gracia el humor de The Drama y salimos de Michael rascándonos la cabeza.
También seguíamos saliendo de excursión.
Una vez a la semana nos tomábamos un día sin trabajar para explorar la zona del centro.
Una de las cosas que más me gustaban era poder escribir con Wylie sentada al otro lado de la mesa.
Después de las primeras semanas, conseguí cogerle el ritmo y avanzar muchísimo.
Ella no paraba de teclear, así que supuse que a ella le ocurría lo mismo.
Por raro que parezca, nunca hablábamos de lo que estábamos escribiendo.
Hoy era día libre, así que estaba dando vueltas a qué hacer con nuestro tiempo.
El barco de vapor seguía siendo una opción, aunque tenía la sensación de que esas entradas había que sacarlas con antelación.
El tranvía turístico con paradas libres parecía una buena elección.
Todavía no habíamos visitado el cementerio de Bonaventure, pero eso implicaba salir de la zona del centro.
La buena comida, que siempre había que tener en cuenta, estaba en el centro, así que el tranvía era sin duda la mejor opción.
Estaba sentado en el sofá del salón y, en cuanto oí los pasos, supe que no eran de Wylie.
Ella seguía en el dormitorio arreglándose.
Su pelo, por glorioso que fuera, tardaba una eternidad en secarse.
A mí me daba igual que lo llevara recogido o suelto.
Estaba preciosa de las dos maneras. A mí simplemente me gustaba enredar los dedos en él por la noche.
Al levantar la barbilla, me encontré a Lucy mirándome.
—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunté.
Iba en pijama, obviamente acababa de despertarse, y el pelo le salía disparado en todas direcciones.
Era del mismo color que el de Wylie, pero más corto.
Los ojos también los tenía un tono distinto de los de Wylie.
Se notaba que eran hermanas. En lo que a mí respectaba, yo me había llevado el modelo superior.
—¿Wylie y tú vais a salir? —preguntó mirando alrededor.
Asentí.
—Se está arreglando.
—¿Adónde vais?
¿Aquello era su intento de dar conversación? No estaba de humor para hablar con ella —francamente, el hecho de que hubiera intentado chantajear a su hermana bastaba para quitarme las ganas de hablar con ella para siempre—, pero por el bien de Wylie lo intenté.
—Vamos a desayunar y luego estaba pensando en ese tranvía en el que puedes subir y bajar cuando quieras. Hay partes del centro que todavía no hemos visto.
—¿En serio? —Lucy hizo una mueca mientras se dejaba caer en el sillón que estaba frente al sofá—. Habría pensado que a estas alturas ya lo habríais visto todo.
—No tanto.
Me tomé un momento para estudiarla, sopesando qué quería decirle.
—¿Cómo va el trabajo? —pregunté, tirando de la primera pregunta que me vino a la cabeza.
—El trabajo es el trabajo —respondió—. Estoy bastante segura de que no quiero ser camarera toda la vida.
—Es un camino duro —confirmé—. Antes de que mi madre diera el pelotazo con la trilogía de Coronado, sus contratos de libros eran básicamente un ingreso extra. Trabajó en varios restaurantes cuando yo era niño, antes de que empezara a entrar el dinero.
—¿Me estás sugiriendo que me ponga a escribir?
—No. —Negué con la cabeza—. No tienes el temperamento necesario para escribir. Eres demasiado impaciente.
—¿Lo ves? Ahí dentro hay un insulto enterrado. —Puso mala cara—. No soy idiota solo porque no sea una autora de primera fila como el resto de vosotros.
—Nunca he insinuado que fueras idiota —respondí, negándome a morder el anzuelo—. He insinuado que escribir no es la mejor carrera para ti porque tus puntos fuertes no encajan con lo que hacemos nosotros.
—¿Y eso por qué?
—Porque tenemos que plantar el culo en una silla a todas horas para sacar el trabajo adelante. Sin palabras no hay dinero. Eres demasiado inquieta para eso. Necesitas estar revoloteando de un lado a otro.
—Entonces, ¿qué crees que debería hacer? —Parecía vulnerable al preguntarlo.
A primera vista la pregunta parecía sincera, así que me pensé bien la respuesta.
—Podrías ser guía turística, quizá. Están todo el día de un lado para otro. Si te va el tema de los fantasmas —y no tengo ni idea de si te va—, con el tiempo eso podría llevarte a abrir tu propio negocio.
Abrió mucho los ojos.
—¿De verdad crees que podría hacer eso?
—Tu hermana parece pensar que podrías hacer cualquier cosa que te propusieras… una vez que dejes de ponerte trabas a ti misma —respondí.
—Estoy enfadada con ella. —El labio inferior de Lucy salió a escena—. Está siendo cruel conmigo.
—Está haciendo lo que hay que hacer por ti —repliqué—. Es la mejor hermana que podrías pedir. Te mantuvo a flote durante años. Deja de hacérselo pasar mal.
—Tú te vas a poner de su parte porque te acuestas con ella.
—Es mucho más que sexo. —Lo consideré—. Aunque el sexo es genial.
Hizo una mueca.
—No quiero saber nada de eso.
—¿Me estás diciendo que el sexo con Hayley no es genial? —Al instante quise retirar la pregunta—. Espera. —Levanté la mano—. No contestes a eso.
Demasiado tarde. La expresión de Lucy me dijo que estaba a punto de lanzarse a despotricar.
—No quiere acostarse conmigo hasta que enderece mi vida. ¿Sabes que cree que soy una cría?
—Qué sorpresa —dije sin inmutarme.
—Y vaga. Dice que soy vaga.
—Ajá. —En serio, ¿qué otra cosa se suponía que debía decir a eso?
—Me paso turnos de ocho horas de pie, cuatro días a la semana. Pero a ella le da igual. —El labio que Lucy claramente usaba como arma empezó a temblar—. A nadie le importa lo dura que es mi vida.
—Tu vida no es dura —rebatí. No iba a dejar que se escapara tan fácilmente—. Tu vida es lo bastante cómoda como para que nunca tengas que preocuparte por no poder pagar el alquiler, porque tu hermana se asegurará de que nunca te quedes tirada.
»Tienes la oportunidad de hacer algo con tu vida aquí —continué, con los ojos clavados en los suyos—. ¿Has pensado que, si te lo plantearas en serio, tu madre te ayudaría con la matrícula?
Pareció desconcertada.
—¿La universidad? Pero… nunca me he visto en la universidad.
—Bueno, piénsalo. Savannah tiene una universidad estatal, una universidad técnica y una escuela de arte. Es esta última la que se lleva toda la atención. —Hice una breve pausa—. ¿Tienes dotes artísticas?
—No lo sé. Puede.
—Bueno, ¿por qué no aprovechas esta ciudad? —sugerí—. Hay talleres de artistas por todas partes. Puedes mantener el trabajo y estudiar. Algo me dice que tu madre y tu hermana podrían llegar a un acuerdo contigo en cuanto al dinero para eso.
—Dijeron que se acabó el dinero. —Lucy parecía digna de lástima—. Me han cortado el grifo, sin más.
—Bien. —No me importaba sonar despiadado—. Necesitabas que te cortaran el grifo.
Entornó los ojos.
—Ni se te ocurra —advertí, agitando el dedo—. Es hora de trazar un plan.
—¿Y qué pasa si decido estudiar? —me desafió Lucy—. Eso significa que viviré con mi hermana durante años. ¿Cómo vas a llevar eso? ¿Vamos a vivir todos juntos?
—Desde luego que no. —Sacudí la cabeza con vehemencia—. En cierto momento voy a querer a Wylie solo para mí. —Sonreí solo de pensarlo y luego volví de golpe a la realidad—. Pero las cosas se pueden arreglar. No te centres en detalles mundanos. Piensa en el panorama completo.
No dijo nada durante varios segundos y después suspiró.
—Quizá debería hablar con mi madre. Es que no estoy segura de en qué sería buena.