Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 22 Veintidós #2
79%

22 Veintidós #2

—¿Tú quieres hijos? No pasa nada si no quieres —añadió a toda prisa—. Yo al principio no estaba segura de querer. Luego me di cuenta de que sí, pero solo después de liarme con Brody.

—¿Es una de esas cosas que solo descubres cuando encuentras a la persona adecuada?

—Creo que sí.

Lo pensé un momento y luego suspiré.

—Este fin de semana no vamos a pensar en eso. Vamos a pensar un plan para contárselo. Pero este fin de semana somos solo nosotros y este sitio tan raro. —Miré alrededor—. ¿Es verdad que tienen un campo de croquet?

—Sí, y si de verdad queréis divertiros, esperad a que pase la medianoche y subid hasta allí. Podéis jugar al strip croquet si tenéis mucho cuidado. Los guardias de seguridad no pasan por esa zona.

—¿Strip croquet? —Aquello me removió un recuerdo lejano—. Eso sale en una peli, aunque no me acuerdo de cuál.

—Heathers (Escuela de jóvenes asesinos) —apuntó ella—. Alguien nos habló de la escena, después de que jugáramos nosotros por nuestra cuenta, y vimos la peli. Es bastante cruel y muy oscura. Y divertida, también.

—Buen consejo. —Me alejé unos pasos del columpio—. Por cierto, esa estatua es obscena. No le voy a contar lo de los penes tallados en el columpio, pero solo porque a mí me daría más vergüenza contárselo que a él oírlo.

—¿Debo deducir, por el desdén que le tienes a este sitio, que tú y Huxley no pensáis quedaros aquí a largo plazo?

Esa pregunta me descolocó.

—No creo que estemos ni remotamente cerca de tomar esa decisión —dije tras unos segundos—. O sea, apenas acabamos de empezar a salir.

—Te lo dice alguien que sabe de lo que habla. —Se puso de pie con la niña apoyada en la cadera—. En cuanto te permites caer rendida, todo puede ir muy rápido. Un segundo crees que no necesitas a nadie y, al siguiente, no puedes imaginarte la vida sin esa persona.

»Lo bueno para ti es que no creo que Huxley esté demasiado apegado a este sitio —continuó—. A ti sí, en cambio: a ti está demasiado apegado. Podríais hacer como Bella y Nathan e instalaros en el centro. Os veo felices allí.

Emití un ruido atropellado, como si me estuviera atragantando.

—No estamos ni cerca de ese punto todavía.

—Nunca digas nunca. —Echó a andar hacia su carrito—. Si Huxley decide vender, dile que hable conmigo primero. Puede que quiera comprar la propiedad otra vez.

Me quedé de piedra.

—Pero… ¿y Brody? Pensaba que preferíais su casa.

—La preferimos. —Lo dijo con pesar—. Es que no puedo dejar que gane la comunidad de propietarios.

Alguien iba a tener que quitarle esa decisión de las manos. Aunque eso también era un problema para el futuro.

—Me aseguraré de que lo sepa.

—No pido más.

HUXLEY YA ESTABA LEVANTADO CUANDO volví a la casa.

Le conté la visita de Bree, aunque me salté algunos detalles para simplificar las cosas.

Después de ducharse, me llevó a The Deck at Franklin Creek, un edificio enorme de dos plantas con unas vistas impresionantes al campo de golf.

No entendía eso de vivir en un campo de golf —a mí me parecía lo menos divertido del mundo—, pero, si iba a vivir en uno, este no era de los peores.

Aun así, la urbanización era pija. No parecía encajar con el estilo de Huxley.

—¿Compraste aquí solo porque te enteraste por casualidad de que Bree vendía? —pregunté de sopetón.

Huxley deslizó la mirada hacia mí.

—Sí. —Se encogió de hombros—. ¿Por qué?

—No sé. —Volví a mirar alrededor. Había un montón de polos y vestidos blancos. Nadie llevaba leggings de punto, señal inequívoca de comodidad. Tampoco había nadie con Crocs. Y resulta que a mí me encantan las Crocs—. Es que no pareces encajar aquí.

—¿No? —Se echó hacia atrás en la silla. Antes de aparcar su carrito —me había prometido que luego me dejaría conducirlo para el recorrido—, había comentado que era la primera vez que comía en ese restaurante en concreto.

Cuando le pregunté a cuántos restaurantes había ido, dijo dos.

Eso significaba que apenas había pasado tiempo allí desde que se mudó, hacía ya semanas.

Lo cual no apuntaba precisamente a que se estuviera acomodando en su nuevo entorno.

—¿Dónde crees que encajaría yo? —preguntó al ver que seguía estudiando al resto de la gente que desayunaba.

Me encogí de hombros.

—Tienes un rollo bastante guay, a pesar de salir con una friki —respondí.

Esbozó una sonrisa ladeada.

—Quizá en el centro —añadí—. O sea, o quizá no. Es tu decisión. Tu casa es genial.

Se rio entre dientes de mi pánico evidente.

—Mi casa me gusta —explicó—. Pero no la adoro. La verdad es que no he vuelto a adorar una casa desde la que compartíamos con Mick.

Esta vez no se disculpó por pronunciar el nombre.

—Mi madre se casó con tanta gente y me mudó a tantas casas que aprendí a no encariñarme nunca con ninguna —explicó—. No me di cuenta de que, de adulto, estaba haciendo lo mismo de forma inconsciente hasta que vine aquí y empecé a pensar otra vez en Mick.

Se me secó la boca.

—Yo no… Yo…

¿Qué se suponía que debía decir en un momento así?

—No es culpa tuya, Wylie —me aseguró—. Tienes derecho a quererlo.

Agradecí la intención, pero no era eso lo que me preocupaba.

—Tú siempre decías que lo odiabas —apunté—. Entonces, quiero decir. Decías todo el tiempo que lo odiabas.

—Lo sé, pero también he tenido tiempo de reflexionar sobre eso, y sé que no lo odiaba. Fue el único que me puso normas. Lo respetaba y lo quería. Perderlo como lo perdí…

Se me hizo un vacío en el estómago y perdí el apetito.

—Lo siento.

—Wylie, no. —Negó con la cabeza—. Nada de esto es culpa tuya. Es solo algo que estoy descubriendo de mí mismo. No compré la casa pensando en un hogar. La compré sabiendo que algún día volvería a marcharme, porque tienes razón: no me veo viviendo aquí a largo plazo.

Aquello me puso contenta y triste a la vez. Contenta porque significaba que algún día podríamos tener una casa juntos que no estuviera en esta isla. No era ninguna locura pensarlo. Triste porque de niño nunca había tenido la oportunidad de echar raíces. Era injusto.

—Este fin de semana no hablemos de nada profundo, ¿vale? —propuse—. Vamos a divertirnos y ya está.

Me dedicó una sonrisa radiante.

—Me parece una idea genial.

—Guay.

Me acordé de lo que me había contado Bree.

—¿Qué opinas del strip cróquet?

Se le dispararon las cejas hacia el nacimiento del pelo.

—¿Cómo dices?

Sonreí de oreja a oreja.

—Es solo una sugerencia, pero Bree me ha hablado de un juego al que le gusta jugar con Brody. Creo que suena divertido.

—Ni de broma vas a arriesgarte a quedarte desnuda en un sitio donde pueda verte la gente.

—¿Te juegas algo?

Se inclinó hacia delante sin apartar los ojos de los míos.

—Trato hecho.

Le cogí la mano para estrechársela, pero tiró de mí y nuestros labios se encontraron a medio camino sobre la mesa.

—Los mayores lo sellan con un beso —susurró.

De repente me quedé sin aliento, otra vez. Siempre me hacía lo mismo.

—Bueno es saberlo.