22 Veintidós
VEINTIDÓS
Cuando aparcamos en casa de Huxley ya era de noche, así que no vi de The Landings todo lo que me habría gustado. Nunca iba a ser lo mío —una comunidad tan organizada como esa me daba urticaria solo de pensarlo—, pero sentía curiosidad. Un poco de curiosidad nunca le ha hecho daño a nadie.
Salvo al gato, por lo visto. O eso dicen, al menos.
Quería verlo todo. Me prometió que tendríamos tiempo durante nuestro fin de semana de tres días. Aun así, me dormí con una leve sensación de insatisfacción. No por Huxley ni nada de eso; se le daba curiosamente bien esto del romanticismo. Era solo por no haber podido ver la propiedad.
A la mañana siguiente me desperté con los ojos como platos y lista para la acción.
—¡Arriba! —ordené después de pasar por el baño.
Me lavé los dientes y me eché agua en la cara antes de lanzarme sobre él.
—¡Quiero verlo todo!
Soltó un gruñido de fastidio e intentó taparse la cabeza con las sábanas.
—¡Arriba! —repetí.
—Wylie —gruñó, y me buscó la cintura con la mano.
Conseguí escurrirme.
—Me prometiste que podría ver este sitio, y anoche, cuando llegamos, estaba demasiado oscuro.
—Tenemos tres días. Te prometo que no te perderás nada.
Me quedé mirándolo desde arriba.
—¡Arriba! —insistí, con la esperanza de que a la tercera fuera la vencida.
Esta vez sí logró agarrarme por la cintura. Me dio la vuelta y me plantó contra el colchón a una velocidad asombrosa; me quedé sin una gota de aire en los pulmones.
—Shhh —me susurró contra el cuello mientras me inmovilizaba—. Es hora de dormir.
Su cuerpo estaba cálido contra el mío, blando y manejable. Cuando dormía parecía un ángel.
—Vale —refunfuñé.
Fingí ceder el tiempo suficiente para que se relajara. Luego rodé rápido y me escapé de él.
—¿Qué haces? —protestó—. Anoche llegamos tardísimo. Deberíamos seguir durmiendo.
—Estoy demasiado emocionada.
Hizo un ruido que podría haber sido palabras. O podría haber sido otra cosa.
—Vale —le dije con un suspiro—. Quédate en la cama. Yo me voy a duchar y a tomar un café.
—De acuerdo. Todo lo que necesitas está en la cocina. Debería estar levantado más o menos cuando tengas el café hecho.
Lo dejé dormir. La verdad es que no estaba molesta porque quisiera dormir. Estaba demasiado emocionada por ver The Landings para preocuparme por nada más.
Su ducha era mejor que la mía. Tenía una alcachofa de efecto lluvia. Nunca había visto una y me enamoré al instante. Dejé que el pelo se me secara al aire y solo me puse un poco de producto para domar las ondas. Luego me enfundé unos capris cómodos y una camiseta gris sencilla de cuello de pico.
Su cafetera parecía complicada, pero una vez que descubrí cómo espumar la leche de almendras —¿siempre tenía leche de almendras o la había comprado solo por si me quedaba a dormir con él?—, llené una de sus tazas de viaje y salí fuera.
Tenía un porche acristalado precioso con un sofá enorme y cómodo. Me moría por probarlo. Sin embargo, había oído hablar tanto de las «mejoras» que Bree le había hecho al jardín que quise centrarme en ellas. Encontré a Gertrude casi de inmediato.
—Madre mía —fue todo lo que logré decir, plantada delante de ella.
Incliné la cabeza. Tenía unas tetas enormes.
—Supongo que Bree no bromeaba cuando te compró, ¿eh?
—No, Bree no bromeaba —dijo una voz familiar a mi espalda.
Me giré rápido, me derramé café en la mano —por suerte, no en la camiseta— y me encontré a Bree con el motor en marcha, al volante de un carrito de golf rosa Barbie. Ella también tenía el pelo mojado y llevaba a Brontë sujeta en una sillita de coche a su lado.
—¿Es legal llevar a un bebé en un carrito de golf? —pregunté con sincera curiosidad.
Se encogió de hombros.
—No vivimos tan lejos de aquí. Voy despacio.
—¿Y no te preocupan los demás conductores?
—Aquí los demás conductores van casi siempre en carrito de golf. No pasa nada.
Bree aparcó el carrito en el césped de Huxley —no tenía ni idea de si era de esas cosas que lo sacarían de quicio— y desabrochó a Brontë de la sillita. Con esa soltura despreocupada que yo tanto admiraba, se colocó a la niña en la cadera y se acercó a contemplar a Gertrude conmigo.
—Magnífica, ¿verdad?
No sabía si reírme sería una grosería. Pero no pude evitarlo.
—Parece… simpática —fue todo lo que conseguí decir después de varios segundos.
—Es hortera de narices —respondió Bree—. Pero saca de quicio a los de la comunidad de propietarios. Me da igual lo hortera que sea. Ahora es de la familia.
Señaló con la cabeza el columpio que colgaba bajo un enorme sauce llorón.
—Ven. Si estoy en movimiento, Brontë no da tanta guerra.
La seguí y fruncí el ceño al acercarme al columpio y ver las tallas.
—¿Eso son…?
No terminé la pregunta.
—¿El pito y los huevos? —apuntó ella—. Pues sí, lo son.
—No iba a decir el pito y los huevos.
Volví a mirarla de arriba abajo.
—¿Sabe Huxley que tiene penes y escrotos tallados en su columpio?
—Escrotos.
Se rio de mi elección de palabras.
—¿Quién dice «escroto»?
—¿Y tú cómo lo llamarías?
Levanté una mano antes de que pudiera responder.
—En realidad, no quiero saber cómo lo llamarías.
Sonrió con picardía mientras yo me sentaba a su lado.
—Deja que lo descubra él solito. Será divertido.
—No estoy segura de que a Huxley le parezca gracioso.
—Hace unas semanas te habría dado la razón. —Se impulsó con un pie para empezar a balancearse suavemente—. Pero se ha relajado bastante desde que lo conocí.
—¿Tú crees?
Asintió repetidamente con la cabeza.
—Sip, y sé por qué.
—¿Por qué? —Sinceramente, quería oír su respuesta.
Me miró de reojo.
—¿No lo sabes?
—¿Saber qué? ¿Está tomando gominolas de maría? Podrían venirle bien como relajante.
Se rio y luego negó con la cabeza.
—Se está relajando por ti.
De todas las cosas que podría haber dicho, esa era la única que no me esperaba.
—No. Eso no es así.
—Ya lo creo que sí. —Lo dijo tajante—. Tú lo estás relajando.
—¿Y cómo lo hago?
Ahora me miraba con frustración.
—¿En serio no sabes la respuesta?
No contesté. Me limité a esperar a que hablara.
—Vaya —logró decir al cabo de unos segundos—. Bella me dijo que no eras nada consciente de ti misma. No la creí. Pero tenía razón. Supongo que le debo cincuenta pavos.
Aquello me dejó con varias preguntas. Empecé por la más inquietante.
—¿Bella hablaba de mí?
—Ay, no te preocupes —me regañó Bree—. No era cotilleo de instituto ni nada de eso.
—Pareció pensárselo mejor—. O puede que sí.
Pero no era nada malo. Un día le dije lo guapa que eras y ella me contestó que tú no te dabas cuenta de que eras guapa.
Supuse que bromeaba, pero me dijo que no eres nada consciente de tu aspecto… ni de lo guay que eres.
Curiosamente, se me daba fatal aceptar cumplidos.
—Ah, eh… mmm.
Se rio otra vez.
—No hace falta que te comas la cabeza. No pasa nada por mirarte y decir «estoy buenísima», porque lo estás.
Tienes uno de esos cuerpos que son delgados de forma natural.
Yo tengo que contar calorías para que no se me pongan los muslos como jamones.
Desde que llegó Brontë, perder peso es una batalla.
Tú, en cambio, eres de esas personas que nunca engordan, da igual lo que comas.
Aquella conversación me estaba incomodando, desde luego.
—De joven era un desastre —expliqué—. Llevaba aparato. Te juro que no me salió pecho hasta casi los dieciocho.
—Te desarrollaste tarde —reflexionó—. Me lo imagino.
—Eso es lo que decían de mí Eleanor y mi madre. —Lo dije con pesar.
—¿Eleanor Ambrose, dices?
Asentí y noté que se me hacía un nudo en el estómago.
—Vamos a tener que contárselo a nuestras madres. Al principio pensé que existía la posibilidad de que esto no funcionara porque… bueno… estuve colada por él cuando tenía dieciséis años. ¿Quién consigue al amor platónico de su adolescencia?
—Por lo visto, tú —respondió—. Deduzco que las cosas van bien.
—No sabía que una relación pudiera ir tan bien —admití mientras daba un sorbo al café con leche—. Salvo por el hecho de que sigue ahí dentro durmiendo en vez de hacerme de guía, son perfectas.
—Cuidado con eso —me advirtió—. Nada es perfecto. Aunque vosotros parecéis perfectos el uno para el otro. Él necesita relajarse y tú necesitas a alguien que se mantenga firme a tu lado. Encajáis.
—Yo también creo que encajamos. —No se lo había dicho a nadie, al menos no de esa manera. Incluso admitirlo ahora me costaba. Aunque nos esperaban cosas más difíciles—. ¿Y qué se supone que hacemos con nuestras madres?
—Son adultas. Tendrán que aguantarse. Sus decisiones no tienen por qué condicionar las vuestras.
—Eso estaría muy bien. —Busqué una sonrisa, pero hablar de mi madre, y de la de Huxley, ya que estábamos, la había mandado a esconderse.
—¿Y qué es, exactamente, lo que crees que van a hacer? —preguntó con un tono de lo más razonable.
—Creo que Eleanor fingirá un infarto y mi madre se pondrá en modo pasivo-agresivo. Dirá cosas como «eres adulta y sabes lo que está bien y lo que está mal», y mientras tanto me estará mandando mensajes subliminales sobre lo que está bien y lo que está mal.
—Vale, suena molesto, pero no es el fin del mundo. —Bree me dio un toquecito en la muñeca para que la mirara—. Vuestras madres no pueden separaros. Lo único que tenéis que hacer es vivir vuestra vida. Son ellas las que van a tener que entrar en razón.
—¿Y si no lo hacen?
—Lo harán.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Bree levantó a la niña, que me sonrió y me enseñó orgullosa unos dientes nuevos. Todavía no tenía la boca llena, pero cada vez le faltaba menos.
—Te dejaré a Brontë prestada cuando se lo contéis. Si llevas un bebé en la cadera, no les quedará más remedio que pensar muy bien en lo que estarían perdiendo si intentaran obligarte a elegir.
La niña aplaudió, como si estuviera de acuerdo con el plan diabólico de su madre.
—Supongo que eso podría funcionar —dije tras una pausa—. Mi madre me ha preguntado un par de veces si pienso tener hijos. Creo que puede estar preocupada.