Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 21 Veintiuno #2
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21 Veintiuno #2

No discutí. Probablemente era mejor que entráramos juntos.

Una vez encontré sitio, nos pusimos en marcha. Por desgracia, gracias a su empeño en parecer «informal pero con estilo», Wylie se había puesto unas sandalias de tacón y caminaba con paso tambaleante sobre los adoquines.

—Deberías haberte puesto zapatillas —comenté, intentando no impacientarme demasiado. Tenía hambre y ganas de quitarme de encima el interrogatorio de nuestros amigos.

—Quería estar guapa para ti. —Era obvio que no se había dado cuenta de lo que iba a decir hasta que ya lo había dicho, porque alzó la barbilla de golpe—. Quiero decir… yo… bueno… —Se rascó la mejilla.

Me encantaba cuando se ponía torpe. No podía evitarlo.

—Para mí siempre estás guapa. Las sandalias son bonitas. Te hacen unas piernas increíbles. Pero estos adoquines son absurdos.

—Sí, uno pensaría que los cambiarían por cemento liso y asfalto para que la gente no se cayera tanto.

—Creo que les gusta el aspecto que tienen. Además, como los adoquines son históricos, probablemente se ahorran un montón de dinero al no tener que reemplazarlos.

—Pero son una tontería.

Estuvo a punto de tropezar otra vez, pero la sujeté.

—Son una tontería enorme —le di la razón, y la alcé en brazos.

Pesaba poco, así que, aunque hacía calor, no me costó nada.

—¿Qué haces? —preguntó ella, y miró alrededor con los ojos muy abiertos.

Parecía atónita por lo que acababa de hacer.

—No quiero que te tuerzas un tobillo. Tengo grandes planes para ti este fin de semana en mi casa. No podré llevarlos a cabo si vas cojeando.

—Vaya.

Me miró de una forma que me hizo sentir cohibido.

—Resulta bastante heroico que me lleves así.

—¿Como Superman llevaría a Lois? —pregunté, esperanzado.

—Como Worf llevaría a Troi.

Hice una mueca.

—Debería haberlo visto venir.

—Desde luego que sí.

Apoyó la cabeza en mi hombro, y a mí me dio exactamente igual que acabara de convertirme en un klingon.

Solo tardé unos minutos en llevarla hasta el tramo llano de la acera. Cuando ya estaba de pie, la ayudé a atusarse el pelo con los dedos. Luego le tomé la mano durante el resto del camino. Era hora de dar la cara.

Como era de esperar, todos los demás ya estaban sentados. Todas las miradas se posaron en nosotros cuando nos unimos a ellos en la mesa. Me di cuenta enseguida de que habían dejado dos sillas libres juntas. Era la primera vez que lo hacían a propósito.

—Buenas noches a todos —dije mientras le retiraba la silla a Wylie.

Ella se golpeó la espinilla contra la silla al intentar sentarse y, después, se dio en la cara con la mesa al agacharse para comprobar cómo tenía la espinilla.

La sujeté por el brazo para ayudarla a incorporarse y le examiné la frente en busca de algún chichón.

No se había dado lo bastante fuerte para hacerse daño, pero, conociendo a Wylie, si alguien podía lograr semejante hazaña, era ella.

Cuando por fin se acomodó, y yo ya estaba en mi silla a su lado, levanté la barbilla y me enfrenté a la infinidad de miradas que nos rodeaban.

—Soltadlo todo ya —ordené—. Después de esta noche, no quiero oír una palabra más del tema.

En lugar de bombardearnos con preguntas, Bree extendió la mano.

—A pagar, pringados —exigió.

Para mi sorpresa, todos empezaron a lanzarle dinero. Parecían unos cincuenta dólares por cabeza. Cuando los tuvo todos, Bree los dobló muy contenta y se los metió en el bolso.

—Nos alegramos de que seáis felices —fue todo lo que dijo.

Esperé la avalancha de preguntas —¿Cómo empezasteis? ¿Cuánto tiempo lleváis así? ¿Por qué lo escondíais?—, pero lo único que recibí fueron comentarios sobre la carta.

—Yo voy a pedir el mero —dijo Hayley—. Ya lo he probado aquí y está increíble.

—Yo, las vieiras —respondió Bree.

Era la única que nos miraba.

—¿Ya está? —exigí saber mientras le pasaba la mano por la espalda a Wylie—. ¿No vais a decir nada?

—¿Y qué quieres que digamos? —preguntó Nathan.

Parecía tranquilo y sereno.

—Todos sabíamos que iba a pasar.

Hice una mueca.

—¿Cómo demonios podíais saberlo?

—Porque desde la primera noche era evidente que vosotros dos teníais asuntos pendientes —respondió Bree.

—Además, saltaban chispas cuando estabais juntos —añadió Bella—. Había energía entre vosotros siempre que estabais cerca, aunque creo que al principio pensabais que era mala energía.

No tenía ni idea de cómo responder a eso, así que le lancé una mirada de reojo a Wylie. Parecía tan desconcertada como yo.

—Bueno, pues supongo que mejor así.

Me concentré en la carta.

Wylie, en cambio, se centró en Hayley.

—¿Lucy sigue enfadada conmigo? No me ha hablado en días.

—No te preocupes por Lucy —respondió Hayley—. Hemos tenido una charla muy larga sobre lo insoportable que fue contigo —intentar chantajear a tu propia hermana es algo que no se hace— y estamos trabajando en su actitud.

Miré a Hayley con sorpresa.

—¿Estáis trabajando en ello juntas?

—Sí —confirmó ella—. Puede que ella todavía no lo sepa, pero ya lo creo que sí.

Si alguien podía meter a Lucy en vereda, era Hayley. No tenía ni idea de cómo era su relación —en serio, ¿cómo podía Hayley aguantar a Lucy?—, pero aplaudía que alguien aparte de Wylie se estuviera ocupando del asunto. Era lo que tenía que pasar.

—Vamos a pasar el fin de semana en mi casa —solté yo—. Tienes todo el espacio del mundo para meterla en cintura este fin de semana.

—Ya está entrando en razón —insistió Hayley, y le lanzó a Wylie una mirada compasiva—. Hiciste lo correcto con ella. Tenías que plantarte. En el fondo es buena persona…

—Muy en el fondo —murmuré.

Ella me ignoró.

—Lo que tiene es el síndrome de la hermana pequeña. Te ve como la hija perfecta, la favorita de tu madre, y se ha montado un complejo de víctima en la cabeza —le explicó Hayley a Wylie—. De verdad que está entrando en razón. Aunque puede que tarde un poco más.

Wylie soltó un suspiro largo y sonoro.

—Bueno, me alegro de que te tenga a ti.

Se acercó más a mí y yo le besé la coronilla.

La conversación derivó hacia los planes de todos para el fin de semana y, antes de que me diera cuenta, Wylie había contado los nuestros.

—Así que vais a estar en nuestro territorio este fin de semana, ¿eh?

Bree nos miró a los dos, y yo casi podía oír cómo le giraban los engranajes en la cabeza.

—No, vamos a estar en mi casa —repliqué—. Solos. Sin visitas.

Soltó un bufido.

—Iré de visita si me da la gana. Solo estaba pensando que Wylie podría ayudarme a cambiarle la ropa a Gertrude. Ya va siendo hora de engalanarla con su mejor conjunto rojo, blanco y azul.

Gruñí.

—Creía que te la ibas a llevar.

—No puedo llevármela hasta que sepa dónde la voy a poner —replicó Bree—. Ya he gastado la excusa de la fuente para pájaros. He llamado a un tío para ver si podemos convertirla en un sistema de filtración de agua para un estanque.

—¿Vas a poner un estanque en el jardín? —Me pareció mucho trabajo solo para ganarle la partida a la comunidad de propietarios.

—Uf, tiene toda una lista de «mejoras» que quiere hacer en el jardín —respondió Brody. No parecía nada entusiasmado—. Va a ser un verano muy largo.

—Te encanta y lo sabes —contraatacó Bree.

—Me encantas tú. Con eso me basta.

Los demás se rieron de tanta cursilería, pero yo me quedé pensativo. Sabía que era demasiado pronto para querer a Wylie. Y, aun así, algo dentro de mí lo anhelaba. Por primera vez en mi vida, me di cuenta, quería enamorarme de alguien.

Cuando la miré, estaba sonriendo. No sé cómo, pero la luz le bañaba el rostro y la hacía parecer un ángel. Fue entonces cuando las cosas se aclararon.

No era que no hubiera querido enamorarme antes. Era que nunca había sido capaz de concebirlo. Ahora sí. Y eso me hacía sentir abierto a todo.

Seguí acariciándole la espalda, saboreando mi epifanía.

Las cosas por fin iban en la dirección correcta.

Tenía ante mí un camino para conseguir todo lo que no sabía que quería.

Aunque eso implicaría superar el obstáculo de nuestras madres, y no me cabía duda de que la mía sería más complicada que Aggie.

Tenía que empezar a mover ficha en ese frente, y más pronto que tarde.