21 Veintiuno
VEINTIUNO
Lucy no dijo nada. O, al menos, estábamos bastante seguros de que no lo había contado. Eso sí, siguió enfurruñada. Apenas la vimos durante la semana siguiente. Cuando llegó el siguiente encuentro con lectores, era casi como si en el apartamento de Wylie viviera una desconocida.
Wylie se lo tomó bastante bien, al menos por lo que yo podía ver.
Se mantuvo entera. No tenía ni idea de cómo se lo estaba tomando Lucy, pero tampoco me importaba demasiado.
Odiaba la idea de que Lucy se hubiera estado aprovechando de Wylie.
Me molestaba muchísimo. Pero no lo saqué a relucir.
Wylie ya tenía bastante encima y no le hacía falta que yo empeorara las cosas por querer ganarle la partida a su hermana.
Y, en el fondo, reconocía que el rencor que le guardaba a Lucy no era justo.
La última vez que la había visto era una niña emocionalmente abandonada.
Esa crianza había creado a la adulta inestable en la que se había convertido.
No todo era culpa de Lucy. Pero ya era hora de que empezara a aclararse las ideas.
Así que dejé que Wylie marcara la pauta con Lucy y yo seguí su ejemplo.
En realidad daba igual, porque Lucy apenas aparecía por casa.
Tenía la sensación de que pasaba las noches con Hayley, algo que esperaba que fuera cierto, porque Hayley no iba a aguantarle demasiadas lloreras.
Le daría a Lucy la mano dura que necesitaba y no se sentiría culpable después.
—Hoy es la gran noche —comentó Wylie, de pie frente al espejo de cuerpo entero, mientras examinaba su conjunto.
Se había decidido por una falda vaporosa que le llegaba a media pantorrilla y una camisa sin mangas que le dejaba los hombros al aire, algo que, por alguna razón, me parecía absurdamente atractivo.
—¿La gran noche de qué? —pregunté desde mi sitio en la cama. Había estado contestando correos en la tablet, pero abandoné la tarea cuando Wylie entró en la habitación a mirarse en el espejo.
Había vuelto a mi casa el tiempo justo para coger ropa, el esquema de mi libro, la tablet y algunos artículos de aseo.
Por lo demás, llevaba casi dos semanas acampado en el apartamento de Wylie.
Sentía que mi sitio estaba aquí, con ella, así que no le daba muchas vueltas.
Sí, en algún momento tendríamos que idear un plan mejor para organizarnos.
Pero, por ahora, era feliz y no tenía ninguna intención de cambiar nada.
—La gran noche en la que tendremos que aguantar las preguntas interminables de los demás. Ya sabes, gente como Bree.
Fruncí el ceño al instante al oír su nombre, pero luego me contuve.
—No es asunto suyo. Podemos decirles que no es asunto suyo y tendrán que aceptarlo.
Soltó un bufido, como si acabara de decir la cosa más graciosa del mundo.
—¿Y a ti eso te parece propio de Bree?
—Probablemente no, pero no voy a dejar que me avasalle. Y tampoco voy a dejar que te avasalle a ti.
—No creo que ella crea que nos avasalla.
—Wylie dio una vuelta con la falda y yo sonreí al ver cómo se observaba.
Parecía gustarle lo que veía, lo cual era un avance, porque nos habíamos pasado la primera semana de nuestra relación quitándole malas costumbres, como decir que no tenía nada de especial.
Odiaba la forma en que se veía a sí misma.
—Probablemente no —admití. Verla dar vueltas me dio una idea—. ¿Qué te parece pasar el fin de semana en mi casa? Después del evento, quiero decir.
Se giró de golpe y me miró.
—¿Por qué? ¿Odias mi apartamento o algo así? Deberías habérmelo dicho.
Intenté contener un suspiro, pero no lo conseguí del todo.
—¿Por qué siempre sacas esas conclusiones?
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Supongo que es porque… bueno…
—Se quedó tan pensativa que le di tiempo para ordenar las ideas—.
Supongo que es porque siempre supe que era una friki, desde pequeña —dijo al fin—.
Es duro ser la persona a la que todos miran como si fuera rara.
Si eres tú la que dice que es rara antes de que lo haga cualquier otro, no duele tanto cuando lo dicen ellos.
Lo medité.
—Lo entiendo —dije al final—. La cuestión es que todo el mundo es friki de una manera u otra. ¿Y quién decide qué es ser friki?
Arqueó una ceja y se volvió hacia mí.
—A ti nunca te han llamado friki.
—Eso no es cierto. En la universidad formaba parte de un grupo de Dungeons era evidente que los nervios podían con ella.