Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 20 Veinte #2
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20 Veinte #2

—Anda ya, te lo estás inventando —protestó—. Si hubieras creado una aplicación, mamá me lo habría dicho.

—Ella no lo sabía —respondí—. Me lo guardé para mí. Bueno, le dije que había hecho algo que me iba a permitir retirarme antes de tiempo, pero no le dije qué porque… bueno, porque sí.

Huxley se inclinó hacia delante y olvidó su papel de novio comprensivo.

—Ay, tienes que contarme qué es. No puedo quedarme sin saberlo.

—Y yo no te creo —dijo Lucy—. Creo que mamá te ha financiado el estilo de vida durante años y tú no quieres admitirlo porque os habéis confabulado las dos para hacerme sentir mal, porque no os parecen bien mis decisiones vitales. Queréis controlarme.

—Eso no es verdad. —Luché por no perder los nervios con mi hermana. Siempre se hacía la víctima eterna, y era irritante hasta decir basta—. Pero da igual. Este es mi apartamento. Yo estoy en el contrato. Soy la que pone más dinero. Me quedo con mi habitación.

Huxley me sonrió, radiante de orgullo.

—Quiero saber qué es esa supuesta aplicación —insistió Lucy—. No te voy a creer si no me lo cuentas.

—Puede que no sea asunto tuyo —le soltó Huxley.

—Anda ya, como si a ti no te picara la curiosidad —le espetó Lucy.

—Claro que me pica —confirmó él—. Lo que no voy a hacer es presionarla. Cuando quiera contármelo, lo hará.

—No, no se lo voy a contar —respondí antes de darme cuenta de que iba a hablar. Se me escapó sin más—. Es vergonzoso.

Juntó las cejas mientras la curiosidad se le extendía por la cara.

—¿Ves? No me lo estás poniendo fácil —dijo, y se secó el labio inferior, como si de verdad se le estuviera haciendo la boca agua con la información—. Esto es una tortura —murmuró.

—No te dejes engañar —saltó Lucy—. Mamá siempre ha consentido a Wylie. Está de acuerdo con las decisiones que ha tomado en la vida, así que no tiene ningún problema en darle dinero. Yo, en cambio, siempre tengo que rogar y suplicar por dinero porque piensa que soy una informal. No es justo.

Huxley perdió los nervios.

—La vida no es justa, Lucy —gruñó—. Y, además, no creo que tu madre haya estado financiando la vida de Wylie. No parece propio de Aggie.

—¿Y tú qué sabrás? —le replicó Lucy. Apenas había terminado de decirlo cuando le apareció en los ojos un brillo que me resultaba muy familiar—.

Me apuesto lo que quieras a que a mamá no le gustaría nada esta decisión en concreto, ¿verdad?

—Cuando hizo un gesto hacia Huxley, se me cayó el alma a los pies.

—No se te estará ocurriendo chantajearme —dije de inmediato.

—Yo nunca usaría la palabra chantaje. —Lucy era de pronto la viva imagen de la inocencia—. ¿Quién ha dicho nada de chantajearte?

Respiré hondo para serenarme.

—Harás lo que te dé la gana. Si sientes la necesidad de contárselo a mamá, es tu problema. Pero yo doy esta conversación por terminada.

Inspiré hondo, temblando.

—Yo pago la mayor parte del alquiler de este piso. Yo pago toda la comida. Incluso te hago rebaja en la parte que te toca, para que puedas salir por lo menos una noche al mes.

»Te he comprado más billetes de avión de los que puedo contar —continué—. Te he comprado ropa. Me enteré de que le estabas sacando dinero a mamá en Wyoming con el mismo cuento que me contaste a mí.

—Te dije que no se lo mencionaras a mamá —siseó, sin pillar en absoluto por dónde iba.

—Ya es hora de que te hagas mayor, Lucy —insistí—. Da igual cómo gane mi dinero. Es legal. Y, sí, fue un acuerdo lo bastante bueno como para que probablemente pueda jubilarme en diez años si invierto con cabeza, que es lo que estoy haciendo. Mamá me puso en contacto con su asesor financiero.

—¿Y mamá no te preguntó cómo habías ganado todo ese dinero? —la desafió Lucy—. Eso es una trola. No te habría dejado irte de rositas.

—Le conté lo suficiente para que entendiera por qué no quería que nadie lo supiera, y lo aceptó —respondí.

En realidad, había sido Mick quien la había empujado a aceptarlo.

Sabía lo que yo había hecho. Me había ayudado a encontrar un programador.

Tampoco contó nunca mi secreto, y eso era solo una de las razones por las que quería a ese hombre.

—Da igual, Lucy —intervino Huxley—. Lo que Wylie haga para ganarse la vida es asunto suyo.

—Y, en cambio, todo el mundo tiene derecho a opinar sobre cómo me la gano yo —se quejó Lucy—. ¿No ves la hipocresía que hay en eso?

—Wylie se paga todas sus facturas —replicó él—. No le pide a nadie que le financie su estilo de vida. Por eso tiene derecho a su intimidad. Si tú vas a seguir esperando que otros te financien el tuyo, entonces no tienes el mismo nivel de intimidad. Las cosas no funcionan así.

—Pero… Wylie lo tiene fácil. Siguió los pasos de mamá y es la favorita. No es justo. —Lucy se cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó una mirada asesina. Estaba claramente en territorio de berrinche, algo que yo reconocía muy bien.

—Eso no es verdad —dije, con la voz más suave de lo que esperaba. Lucy había dado con todos mis puntos débiles y me costaba no perder los nervios—. Nos criaron de forma distinta, eso no lo voy a negar, pero yo tuve que ser mucho más autosuficiente que tú.

—Quieres decir que eras la hija favorita, la que iba a todos los saraos de firmas de libros mientras a mí me dejaban en la habitación del hotel con una canguro —soltó Lucy, echando chispas.

—Eras demasiado pequeña para estar en el recinto de la convención —protesté.

—Y no era tan divertido como te lo imaginas —añadió Huxley—. Había muchísima presión.

—Anda, mira quién habla, el tío que recibió de su madre el mismo trato que Wylie de la nuestra. —Lucy se puso de pie—. Estoy harta de que me falten al respeto.

Huxley abrió la boca para decir algo más —algo que yo sabía que no iba a ser amable— y negué con la cabeza mientras le ponía la mano en la rodilla. No valía la pena. Lucy se había adentrado en modo berrinche y no había nada que yo pudiera hacer al respecto.

—Tienes que resolver tus cosas tú sola, Lucy —dije en voz baja—. Ya es hora. Y en cuanto a nuestra relación y a que te vayas de la lengua con mamá antes de que estemos preparados, no puedo impedírtelo. Pero no voy a dejar que me chantajees.

—Desde luego que no —convino Huxley—. Si sientes la necesidad de ir de chivata, adelante.

De todos modos vamos a tener que encontrar la manera de contárselo a nuestras madres, porque esto no es un rollo pasajero.

Es real, y van a tener que aceptarlo, porque no vamos a cambiar nuestras vidas para hacerlas felices. Esta vez no.

Me recorrió un calor por todo el cuerpo cuando lo miré. Él, sin embargo, seguía centrado en Lucy.

—Así que haz lo que tengas que hacer, Lucy —continuó—. Pero no vuelvas a intentar chantajear a tu hermana nunca más. Es asqueroso y está muy, muy mal, teniendo en cuenta todo lo que ella ha hecho por ti.

Lucy gimoteó algo entre dientes, pero no dijo nada más. En lugar de eso, giró sobre los talones y entró en su habitación hecha una furia. El portazo me hizo dar un respingo.

Huxley me rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en mi hombro mientras yo me obligaba a calmarme.

—¿Estás bien? —preguntó tras treinta largos segundos de silencio.

Asentí.

—Tiene que aprender a valerse por sí misma. Simplemente… tiene que hacerlo.

Cerré los ojos un instante.

—Creía que estaba mejorando. De verdad pensaba que Hayley era una buena influencia para ella.

—Seguramente lo esté. Pero todo el mundo recae de vez en cuando en los malos hábitos.

—Sí.

Me dejé caer contra él.

—¿Te preocupa que se lo cuente a mi madre? Aunque la tuya no se entere directamente, si la cosa le llega a la mía, adiós a nuestra intimidad.

Él se limitó a encogerse de hombros.

—Preferiría que ideáramos un plan nuestro para contárselo. Aunque puede que no nos den esa opción. Tendremos que improvisar sobre la marcha.

—Vale. Mientras no estés molesto…

—No estoy molesto. Estoy orgulloso de ti. Hizo falta mucho valor para plantarle cara como lo has hecho.

—No me siento valiente.

Sus labios me rozaron la frente.

—¿Te sentirías mejor si nos fuéramos a lamernos las heridas al dormitorio?

Se me escapó una risa antes de que la viera venir.

—¿Lo dices en serio?

—Del todo.

A primera vista parecía una buena oferta. Aun así…

—¿Y los delfines?

—No se van a ir a ninguna parte. Mañana podemos intentar salir del apartamento.

Sonreí de oreja a oreja mientras dejaba que tirara de mí para ponerme en pie.

—Me parece una idea excelente.

—Me alegra que lo apruebes. Pediremos la cena a domicilio y todo.

—Pues adiós a eso de no aislarnos del mundo —me lamenté.

—Ya lo resolveremos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque no voy a dejar que nada eche esto a perder.

Su respuesta fue sencilla, y me hizo feliz.

—¿Qué te parece italiano para cenar?

—Demasiado ajo.

—No, si comemos lo mismo los dos.

Se detuvo junto a mi puerta y ladeó la cabeza.

—Buena observación. Asegúrate de elegir un sitio con buenos palitos de pan. Me encantan los palitos de pan.

—A mí también.

—¿Ves? Todo va a ir bien. Vamos a pedir palitos de pan, y eso lo mejora todo.

Me dio un beso suave.

—Te lo prometo. Todo se va a arreglar.