Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 20 Veinte
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—¿Qué estáis haciendo vosotros dos? —casi canturreó Lucy cuando, unos días después, nos encontró a Huxley y a mí en el salón con varios folletos delante.

Habíamos acordado ser razonables con el tiempo que pasábamos juntos; ninguno de los dos quería encerrarse en un capullo y aislarse del resto del mundo.

No era sano que otra persona se convirtiera en el centro de tu vida.

Yo nunca lo había hecho —Huxley aseguraba que él tampoco—, pero los dos habíamos visto a varios amigos hacerlo a lo largo de los años y estábamos decididos a no acabar siendo esa clase de gente.

La cosa no iba bien. Habíamos pasado todas las noches juntos, en mi apartamento hasta el momento, porque yo vivía más cerca del centro, donde estaba el ambiente, y a ninguno de los dos parecía importarle que probablemente resultáramos insoportables con tanta demostración de cariño y tanto flirteo descarado.

Por suerte, Lucy trabajaba casi siempre de noche, así que no teníamos que lidiar con sus miradas de desdén.

Nos encerrábamos a salvo en mi habitación antes de que ella llegara a casa.

Eso no le impedía hacer unos gemidos sexuales de lo más molestos al otro lado de la puerta —por lo visto, se suponía que nos imitaba—, pero era bastante fácil ignorarla.

Era su primer día libre desde que se había colado sin más en mi dormitorio con Hayley después de aquella primera noche. Iba a ser una prueba para todos.

—No estamos haciendo nada —respondí, y alcé la vista; estaba acurrucada, bien pegada al costado de Huxley—. ¿Y tú qué haces?

—Intento no vomitar el desayuno, porque vosotros dos sois repugnantes —replicó Lucy, y su mirada furiosa se desvió hacia Huxley.

—Sobrevivirás —contestó Huxley, y le dedicó una sonrisita petulante.

Lucy respondió a su manera: se sacó un Kit Kat del bolsillo y lo abrió muy despacio. Parecía la niña de seis años que había sido mientras lo miraba con el ceño fruncido.

A Huxley le bailaron los labios, señal de que le divertía más que molestarle.

—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó con una cortesía forzada—. Salir, supongo.

—Ah, ya te gustaría que me fuera —contraatacó Lucy—. Si me quedo aquí, os arruinaré la diversión. Por cierto, pasáis demasiado tiempo en la cama. Si no tenéis cuidado, vais a convertiros en unos obsesos del sexo.

Casi me atraganté con el té helado que había cogido al aparecer el Kit Kat.

—No somos unos obsesos del sexo —farfullé.

—¿Cuánto tiempo habéis pasado en realidad fuera de tu habitación en los últimos cuatro días? —me desafió Lucy—. Esperaré mientras lo sumas. —Dio un mordisco a una de las barritas del Kit Kat y masticó con parsimonia.

Intenté recordar adónde habíamos ido esos últimos días, qué habíamos hecho.

Las ocasiones, sin embargo, eran asombrosamente escasas.

Habíamos salido a comer un par de veces.

Habíamos dado la vuelta a la manzana unas cuantas veces porque necesitábamos aire fresco, sobre todo cuando mi ropa de cama estaba en la lavadora.

Aparte de eso, no había mucho más que destacar.

Incluso habíamos intentado escribir en mi cama, aunque no había salido demasiado bien.

Habíamos acordado que tendríamos que volver a la cafetería si queríamos trabajar de verdad.

También habíamos acordado que no tenía que ser hoy.

—Pues… —Desvié la mirada hacia Huxley, pero él no parecía molesto en lo más mínimo.

—En realidad estamos decidiendo qué hacer esta tarde —le dijo a Lucy mientras ella empezaba con la segunda barrita de la chocolatina.

Estaba claro que pretendía irritarlo y, por mucho que él se esforzara en disimular, parecía estar funcionando—.

Estamos eligiendo una aventura para la tarde. —Levantó uno de los folletos.

En lugar de marcharse, que era lo que yo esperaba que hiciera, Lucy se dejó caer en el sillón reclinable, frente al sofá donde estábamos acurrucados.

—¿Y qué aventuras estáis considerando?

No le interesaba lo más mínimo —nunca había mostrado interés por lo que yo hacía—, pero estaba claro que había descubierto que su presencia irritaba a Huxley y pensaba exprimir el filón hasta el final.

—Por hoy, estamos considerando uno de los tours de delfines —respondió él.

La expresión de Lucy cambió.

—¿Tours de delfines? No sabía que aquí hubiera tours de delfines.

—A mí también me sorprendió —admití—. No pensaba que los delfines nadaran en un río. Tuve que buscarlo.

Huxley me miró de reojo.

—¿Lo buscaste?

—Lo busca todo —respondió Lucy con el fastidio típico de una hermana pequeña—. Es así de aburrida.

—No es aburrida. —Huxley me acurrucó aún más contra su costado—. Es exactamente lo contrario de aburrida.

—Uy, tenéis ese brillito post-sexo que se le pone a todo el mundo al principio de una relación. —Lucy arrugó la nariz—. Voy a vomitar, en serio.

Huxley no tardó ni un segundo en responder.

—El baño está por ahí. —Señaló hacia el pasillo.

—Sí, hablando de eso, ese es mi baño —dijo Lucy—. Tú tienes tu propio baño en tu habitación, Wylie. No deberías usar el mío.

—Todo este apartamento es mío, así que voy a usar el baño que me dé la gana —le contesté—. Y tu baño es también el baño del salón.

—Soy tu compañera de piso —argumentó Lucy—. Eso significa que debería tener mi propio baño. Pago la mitad del alquiler, ¿no?

No le respondí. En vez de eso, le cogí a Huxley el folleto del tour de delfines.

—Este es el ganador. Mientras vamos andando te contaré con pelos y señales por qué a los delfines nariz de botella les gusta el río: hay muchas fuentes de alimento y hábitats protegidos que les sirven de zona de cría.

—Suena fascinante —se burló él.

—Eh, que yo quiero hablar del tema del baño —intervino Lucy con su voz más impertinente—.

Es un asunto serio. Pago la mitad del alquiler.

Eso significa que debería tener mi propio baño.

—Hizo una pausa, y supe que no había terminado—.

También estaba pensando que deberíamos turnarnos el dormitorio principal, para que sea justo.

Me quedé helada. No podía estar hablando en serio. Bueno, ¿a quién quería engañar? Llevaba semanas tramándolo y yo no me había dado cuenta.

—Eso no va a pasar —dije en voz baja.

—¿Por qué no? —protestó Lucy con un lloriqueo.

—Porque este es el apartamento de Wylie —respondió Huxley antes de que pudiera hacerlo yo—. El contrato está a su nombre. Es ella quien le paga al casero.

—Pues yo digo que, como alguien con un cincuenta por ciento de participación en este sitio, me merezco la habitación grande el cincuenta por ciento del tiempo.

—No tiene ningún sentido cambiar de habitación —le espetó Huxley—. Ella tiene todas sus cosas puestas ahí y está decorada a su gusto.

—Puede volver a cambiarlo cuando le toque.

—No —cortó Huxley—. Este es su espacio. Te mudaste aquí y le ocupaste la mitad del espacio, aunque ella no te invitó. No le vas a quitar su habitación.

—Tú no tienes ni voz ni voto en esto —gruñó Lucy—. Esto es entre Wylie y yo.

Adoptó su mejor tono zalamero.

—No te estorbaría si tuviera la habitación grande.

La de antes, la que estaba empeñada en que Lucy no sufriera nunca, habría cedido. Esta de ahora, la persona que al menos intentaba ser, no iba a hacerlo.

—No estás pagando el cincuenta por ciento del alquiler —solté sin más—. Estás pagando más o menos una cuarta parte.

—Eso es ridículo —replicó Lucy—. Te estoy pagando mil doscientos pavos al mes.

—¿Y crees que se puede alquilar un sitio como este en el centro de Savannah por dos mil cuatrocientos dólares al mes? —la desafió Huxley—. ¿En qué mundo vives?

Observé a Lucy con atención mientras empezaba a hacer los cálculos. Parecía costarle lo suyo.

—¿Me estás diciendo que este sitio cuesta cuatro mil ochocientos dólares al mes? —preguntó al fin, con la mirada clavada en mí.

—En realidad son cinco mil cien —aclaré.

—Pero no, imposible. —Sacudió la cabeza con vehemencia—. Eso es más que la hipoteca de una casa.

—Lo es —admití—. Tengo pensado comprarme algo propio en algún momento, pero cuando acababa de mudarme aquí, recíen llegada, pensé que era mejor alquilar unos meses. Así podría averiguar qué zonas me gustaban más y luego empezar a buscar algo para comprar en esas zonas.

—Pero… eso es ridículo —insistió Lucy—. ¿Cómo puedes permitirte pagar eso? —Parecía consternada—. ¿Te está ayudando mamá?

La simple insinuación me molestó.

—No he aceptado dinero de mamá desde mi primer año después de la universidad. Me ayudó con la entrada de mi primer apartamento —que era un cuchitril en el que ella no quería que viviera— y eso fue todo.

—No. —Lucy negó enérgicamente con la cabeza—. Tiene que haberte ayudado de otra manera.

—No lo ha hecho. —Fui tajante—. Lo hice todo yo sola.

Aunque sí que me ayudó con mi primer contrato.

Insistió en que no usara al abogado que encontré en internet y me dejó el suyo, lo que me ahorró un montón de dinero.

Me devolvió el contrato con unas cuantas correcciones, así que me alegro de que fuera él.

Tuve un primer contrato mucho mejor que el de cualquiera que conozco.

La mano de Huxley me recorrió la espalda. Se había quedado callado, pero me ofrecía su apoyo de otras maneras.

—Imposible —siguió Lucy—. ¿Cómo te habrías podido permitir ese apartamento de San Francisco sin mamá? Aunque tu primer contrato fuera mejor que el de la mayoría, mamá me dijo que nadie se hace rico con un primer contrato editorial.

Me pasé la lengua por los labios y miré de reojo a Huxley, de pronto recelosa.

—Tenía una fuente de ingresos alternativa —respondí al fin.

Esa explicación no le bastó a Lucy.

—¿Y eso qué quiere decir? —exigió saber.

—Sí, ¿cuál era tu fuente de ingresos alternativa? —Huxley parecía más divertido que preocupado—. ¿Eras estrella del porno y no me lo contaste? Eso explicaría unas cuantas cosas.

Le di un codazo en el costado.

—No era estrella del porno. Simplemente… desarrollé una aplicación.

Se le iluminaron los ojos de curiosidad, pero no dijo nada de inmediato. Lucy era otro cantar.