Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 19 Diecinueve #2
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19 Diecinueve #2

¿Me estaba tirando los tejos? ¿Era por la camiseta? Si era por eso, no volvería a ponérmela jamás. Al parecer, transmitía un mensaje que yo no tenía ninguna intención de transmitir. La había comprado para hacer reír a Wylie. No quería atraer a nadie más.

—Aquí vive mi novia —dije, antes incluso de darme cuenta de lo que iba a decir.

—Ah. —La decepción le cruzó la cara al tipo como un fogonazo—. Qué lástima.

Y, dicho eso, giró sobre sus talones y se fue.

Lo vi marcharse, dividido entre la risa y la irritación.

Al final cerré la puerta y me giré para volver al dormitorio.

Íbamos a desayunar en la cama. Me encontré a Wylie observándome desde el pasillo.

Llevaba su camiseta y unas braguitas diminutas que casi me hicieron bizquear, de lo monas que le quedaban.

—¿Tu novia? —preguntó ella con una voz cantarina casi una octava más alta de lo normal.

Me hizo gracia, muy a mi pesar.

—¿Te molesta que te llame así? —Esperaba que no, porque a mí me gustaba cómo sonaba.

—No, pero… todavía no hemos hablado de qué vamos a hacer.

—Lo sé. —Miré dentro de la bolsa y me alivió encontrar cubiertos de plástico—. Hablémoslo mientras desayunamos.

Me lanzó una mirada adorable por encima del hombro antes de salir corriendo hacia la cama. Tuve que contenerme para no perseguirla.

Una vez acomodados con la espalda apoyada en la montaña de almohadas, ella bien pegada a mi costado, le hinqué el diente a mi tortilla francesa y me puse a pensar en el problema que teníamos entre manos.

—Me gustaría tener un tiempo solo para nosotros —empecé—. Estamos en una situación muy peculiar.

—¿Lo dices porque tu madre odia a la mía?

—No creo que a tu madre le guste la mía más de lo que a la mía le gusta la tuya.

—Cierto. —Ahogó las tortitas en tanto sirope que a mí me dio dolor de muelas solo de mirarlas.

Un recuerdo asomó en el fondo de mi mente, un desayuno de hacía unos veinte años, cuando Wylie había acabado con nata y virutas de colores en la nariz por un chocolate caliente con el que se había empeñado en empezar el día.

Mi madre había replicado que era demasiado azúcar.

Aggie se había limitado a encogerse de hombros y a decir: «Solo se vive una vez».

—Quiero que lo nuestro sea público y abierto —dije—. Todo lo posible, quiero decir. No creo que debamos contárselo a nuestras madres hasta…

¿Hasta cuándo? ¿Hasta que le hubiera pedido matrimonio y llevara un anillo en el dedo? ¿Hasta que estuviera embarazada de nuestro primer hijo?

Y no, no me parecía que estuviera adelantándome a los acontecimientos al plantearme esas cosas.

Estar con Wylie me parecía lo correcto. No había ninguna garantía de que funcionara, pero nunca me había sentido tan cómodo con nadie.

Quería que funcionara, y esa idea me hacía sentir pequeño y me daba miedo a la vez.

—¿Dónde te has ido? —preguntó ella cuando mis ojos se posaron en ella.

—Estaba pensando en nuestras madres —admití.

Ella asintió, comprensiva.

—No les va a hacer ninguna gracia. Si llegamos lo bastante lejos para contárselo, quiero decir.

—Sí, y no estoy seguro de que me importe.

—No me costó tanto reconocerlo como había imaginado—.

Creo que, por una vez, tal vez les toque a ellas hacer lo que nosotros queramos.

Nos pasamos años haciendo lo que ellas querían, siguiendo sus horarios.

Quizá deberíamos juntarlas, dejarles claras las reglas y decirles que se aguanten.

A Wylie se le escapó una risita, que se esfumó al ver que mi expresión no se movía un ápice.

—No puedes estar hablando en serio.

—Creo que sí.

—Pero… les va a dar un ataque.

—Son adultas —le recordé—. No estamos diciendo que tengan que pasar todo su tiempo libre juntas. Solo quiero que entiendan que lo que ellas sientan al respecto no va a entrar en la ecuación.

—¿No? —Se metió un buen trozo de tortita en la boca y me observó con ojos curiosos.

—No —confirmé—. Esta es nuestra relación, Wylie. Las decisiones las tomamos nosotros. Ellas no tienen ni voz ni voto. Esta vez no.

—Creo que a mi madre puedo convencerla —reflexionó ella—. Solo tengo que recordarle que viví años enteros según su agenda. La que me preocupa es tu madre.

Lo que no estaba diciendo era que su madre había «ganado» el premio. Y el premio era Mick. Eso significaba que Aggie iba a ser más receptiva con esta situación que mi madre, y con razón.

—Mi madre tendrá que aguantarse —dije por fin—. No va a tener otra opción. Por ahora, eso sí, no quiero contárselo. Quiero que tengamos la oportunidad de pasar tiempo juntos y asegurarnos de que esto va en serio antes de soltar la bomba.

—Estoy de acuerdo. —Pinchó una de mis salchichas sin pedir permiso—. Lo que tú pienses, lo pienso yo. Voy con todo.

Voy con todo. Cuando lo dijo, le brillaron los ojos.

—Yo también voy con todo. —Le di un bocado a la tortilla, mastiqué y tragué—. Ahora tenemos que hablar de nuestros amigos.

Esa era una situación más espinosa.

—A lo mejor podemos aguantar unas semanas antes de tener que contárselo —sugirió ella—. Así no nos invitarán a citas dobles.

—A mí me preocupa más que nos miren como a animales de zoo expuestos al público en los eventos con lectoras —admití.

—Sí. En los eventos con lectoras iremos tranquilos y no actuaremos como pareja. Nada de tocarnos ni nada.

Odiaba esa idea. Aun así, asentí.

—Supongo. Solo una temporadita. Cuanto más tardemos en decírselo, más drama montarán cuando llegue el momento.

—En eso tienes razón.

Ella sonrió con otro bocado de tortitas en la boca y me acerqué a besarla antes de que se lo tragara. Me daba igual que tuviera la boca llena.

Fue entonces, por supuesto, cuando la puerta de su habitación se abrió sin que nadie se molestara en llamar.

Me giré de golpe, preparado para pelear por si el repartidor había vuelto. Pero no era él quien nos miraba desde el umbral. No, eran Lucy y Hayley. O, bueno, suponía que era Lucy. Aún no la había visto desde que se mudó con Wylie. Se parecía lo suficiente a Wylie como para no dudarlo.

—Vaya, vaya, vaya —dijo Hayley arrastrando las palabras mientras nos miraba alternativamente—. ¿No es esto… interesante?

—Huxley —dijo Lucy con voz fría. Había un desafío en sus ojos.

—Lucy —respondí yo, igualando su tono.

—Cuánto tiempo, ladrón de Kit Kats —dijo ella, arrastrando las palabras.

Tuve que esforzarme para no echarme a reír.

—Sí, mucho.

La mirada de Lucy se desvió hacia su hermana.

—Sabía que me ocultabas algo. Lo que no me imaginaba era que fuera tan jugoso.

—No se lo digas a mamá —le advirtió Wylie—. No queremos que lo sepan hasta que estemos seguros de que… bueno, hasta que estemos seguros.

Lucy entornó los ojos y, por un momento, pensé que iba a intentar usar lo que acababa de descubrir como moneda de cambio. Pero al final asintió.

—Vale —dijo—. Pero exijo estar presente cuando se lo contéis.

—Veré qué puedo hacer —replicó Wylie con sequedad—. A ti lo que te va es el drama.

—A mí sí que me va el drama —convino Lucy—. Y este va a ser un drama de los buenos.

Por un instante, la sonrisa de Wylie flaqueó y vi la preocupación. Pero al final se encogió de hombros.

—Todo va a salir bien —dijo ella. Luego miró a Hayley—. ¿Cuánto tenemos que pagarte para que cierres el pico?

—Oh, a mí no se me puede comprar —respondió Hayley—. Además, no hay dinero en el mundo que me convenza de callarme. Esto es demasiado jugoso.

Desvié la mirada hacia Wylie y vi que me observaba. Lo único que pude hacer fue encogerme de hombros.

—Los planes mejor trazados…

Ella soltó una risita y volvió a su desayuno.

—Aun así ha valido la pena.

La observé comer con el corazón encogido. Desde luego que había valido la pena.