Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 19 Diecinueve
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19 Diecinueve

DIECINUEVE

Me desperté con la luz cálida que se filtraba por una ventana. En mi habitación siempre cerraba las cortinas, así que supe al instante que no estaba en casa.

Entonces caí en la cuenta y tuve que contenerme para no incorporarme de golpe. En lugar de eso, me moví con cuidado, solo lo justo para mirar hacia abajo, donde Wylie dormía hecha un ovillo a mi lado.

Tenía el pelo hecho un desastre. Iba a costar una hora pasarle el cepillo. Lo extraño era que quería ser yo quien se lo cepillara.

Las imágenes de la noche anterior —besos febriles, manos temblorosas, suspiros suaves— me inundaron la cabeza y cerré los ojos para recrearme en los recuerdos.

La primera vez con alguien casi nunca es perfecta.

Hay que conocer a la otra persona, averiguar cómo funciona.

Eso lleva tiempo. Con Wylie, en cambio, había sido perfecto desde el primer momento.

Al principio ella estaba más nerviosa que yo y dejó que yo marcara el ritmo.

Habría preferido que lo marcara ella, pero estaba nerviosa, así que los primeros veinte minutos fueron un montón de preguntas del tipo «¿así está bien?

» que frenaron la cosa. Y acabó siendo bueno, porque al final descubrí qué le gustaba, dónde quería que la tocara, y todo encajó de forma natural.

Era alta y espigada, y entre mis brazos parecía frágil.

No era el tío más corpulento del mundo, pero por un instante temí aplastarla.

Sin embargo, respondía con tanto entusiasmo que acabé sintiéndome cómodo con la manera en que encajábamos, que era prácticamente perfecta.

Nada resultó forzado entre nosotros. Todo fue exactamente como debía ser.

Ahora, tumbado en su cama con su cuerpo pegado al mío, supe que estaba metido en un buen lío. Íbamos a tener que empezar a aclarar las cosas. No eran solo nuestras madres —aunque eran una preocupación importante—, también habría que tener en cuenta a nuestros amigos.

No les sorprendería. Eso ya lo sabía. La mayoría había captado la química entre nosotros y, aunque al principio yo estaba convencido de que lo que corría entre los dos era animadversión, ahora sabía que no. Ellos también lo sabían. Sobre todo Bree.

No me di cuenta de que estaba frunciendo el ceño hasta que una voz suave me sacó de mis pensamientos.

—¿Ya te arrepientes? —Wylie sonaba triste.

La mantuve abrazada y la pegué con firmeza a mí antes de que pudiera escabullirse.

—No. Solo estaba pensando en Bree.

Aquello hizo que Wylie frunciera el ceño, y su desánimo fue como una puñalada en el corazón.

—No en ese sentido. —Le hice cosquillas en el costado y sonreí de lado cuando dio un respingo—. Solo pensaba en cómo va a reaccionar cuando se entere de que estamos juntos.

—Ah. —Wylie enarcó las cejas. La noche anterior no se había puesto mucho maquillaje, lo cual era bueno porque su cara era perfecta sin él, pero tenía un poco de máscara de pestañas apelmazada en las cejas.

Por lo demás, tenía la cara lavada y un aire inocente.

Solo con mirarla, el corazón me creció dos tallas.

—¿Vamos a decirles que estamos juntos? —preguntó ella al cabo de unos segundos.

—Me gustaría esperar un poco antes de hacerlo, al menos una semana o dos —admití—. Aunque no sé hasta qué punto es viable.

—¿Qué quieres decir?

—Bree es una cotilla. Viene a ver cómo está Gertrude una vez al día. No siempre se acerca a la casa, pero se sienta en el cenador con esa estúpida estatua. Sabrá si no estoy allí. Y lo que es peor, sabrá si tú estás en mi casa.

—¿Cómo va a saberlo si no voy en coche? Podría pedir un Uber o algo. —Ya estaba frunciendo el ceño a pesar de su propia sugerencia—. Aunque suena a tirar el dinero.

—No quiero poner obstáculos —admití—. Quiero tener el camino libre para… ya sabes.

—¿El sexo?

Hice una mueca.

—Hablaba de una relación. —Me detuve un instante para pensarlo—. Aunque el sexo estuvo bastante genial, ¿no?

—¿Sí? —Abrió mucho los ojos—. No he tenido mucho sexo, así que no estaba segura. A mí me pareció bastante bueno.

Le lancé una mirada de reojo.

—¿Qué quieres decir con que no has tenido mucho sexo?

Se encogió de hombros y encontró algo interesante que mirar en la pared. Yo no le quité los ojos de encima.

—Bueno, ya sabes. —Levantó un hombro e intentó hacerse la indiferente.

—Wylie.

No me miró.

Lo intenté de nuevo.

—Wylie. —Con suavidad, le empujé la barbilla hacia mí y esperé hasta que sostuvo mi mirada.

Por fin lo hizo.

—No eras virgen antes de anoche, ¿verdad? —La simple idea me llenó de horror. Habría hecho muchas cosas de otra manera si lo hubiera sabido. Vamos, ni habría dejado que llegara tan lejos. No en la primera cita, por el amor de Dios.

—No. —Pareció ofendida por la pregunta—. Claro que no.

Incliné la cabeza y la miré fijamente. Si me estaba mintiendo, no lo superaría nunca.

—¿Segura?

Soltó un resoplido exasperado.

—Madre mía. No era virgen. Es que no tenía mucha experiencia.

—¿Qué es no tener mucha experiencia?

—No sé. Tuve tres novios con los que… llegué hasta el final.

—¿Llegaste hasta el final? —No sabía si reír o llorar—. ¿Así lo llamas?

—La verdad es que no hablo de eso muy a menudo, así que en realidad no lo llamo de ninguna manera. —Me lanzó una mirada severa—. No era virgen. Simplemente el sexo no me entusiasmaba, porque no pensaba que pudiera ser tan bueno como lo de anoche.

Eso me dio ganas de sacar pecho… y de buscar a todos los tíos con los que había estado y matarlos.

—Eh… ¿eso significa que… qué significa eso?

Volvió a poner los ojos en blanco.

—No significa nada. ¿Podemos hablar de otra cosa?

—No. —Negué con la cabeza—. La verdad es que no.

Iba a tener que hacer la pregunta.

—¿Alguna vez has tenido un orgasmo?

Se le pusieron las mejillas rosadas.

—¡Sí!

Seguía desconfiando.

—¿Con otra persona?

—No es eso lo que me has preguntado al principio.

Cerré los ojos un instante. Había estado con tres tíos y ninguno la había satisfecho.

Eso me convertía en el responsable de todo el género masculino.

En cierto modo, la idea me gustaba. ¿Quería esa presión?

Por lo visto sí, porque las manos se me fueron a sus caderas desnudas y empecé a acariciarla.

—Deberías habérmelo dicho anoche —le reproché con voz suave—. Sé que probablemente te daba vergüenza…

—Eh, sí. —Asintió con la cabeza.

—Pero tenemos que poder hablar de estas cosas —insistí.

Suspiró, y por un momento me recordó a su madre, y eso me hizo sonreír.

—Supuse que tenías tanta práctica que se te daba de maravilla.

—¿Te crees que soy un gigoló o algo así?

—¿Gigoló? —Hizo una mueca—. Estoy bastante segura de que nunca había usado esa palabra.

No quería sonreír —solo la animaría a seguir siendo adorable—, pero no pude evitarlo.

—Tenemos que poder hablar de estas cosas sin que te pongas del color de un tomate.

Suspiró.

—Vale. ¿Con cuántas mujeres has estado?

Esa pregunta no me gustó, sobre todo porque no estaba seguro de la respuesta.

—Digamos que he estado con unas cuantas mujeres, pero ninguna se te puede comparar.

—Ay, qué dulce. —Me dio un golpecito en el costado—. Aunque no me lo creo. Anoche sentí que estaba dando manotazos al aire. No tenía ni idea de lo que hacía.

—Estuviste genial. —No era mentira. No tenía ni idea de que no fuera tan experimentada.

—Tú también estuviste genial. —Su sonrisa era de esas hechas de sol y arcoíris.

—Gracias. —Le besé la punta de la nariz—. Pero deberías habérmelo dicho.

—¿Por qué? —Lo preguntó con total naturalidad—. ¿Qué habrías hecho distinto?

Era una pregunta rara.

—No lo sé. Pero algo habría hecho.

—Pero no esa cosa con la lengua, ¿no?

—No, la cosa con la lengua no.

—¿Y esa cosa con el dedo? —Hizo un movimiento circular para ilustrar de qué hablaba.

—Esa cosa tampoco —le aseguré.

—Entonces no habrías hecho nada distinto. Eso es lo que estás diciendo, ¿no?

Me pasé la lengua por el labio superior. De repente era ella la que hablaba sin tapujos y yo el que estaba en el aprieto.

—No lo sé. Simplemente habría sido más delicado o algo así.

—Me gustó la fuerza que usaste. —Su sonrisa era preciosa y le iluminaba toda la cara.

—¿Ah, sí? —Solo podía pensar en volver a hacerlo, ahora que tenía esa información para guiarme.

—Sip. Me gustó.

—¿Cuánto te gustó? —murmuré con voz ronca mientras le rozaba la mejilla con la nariz.

—Lo suficiente para repetir. Creo que necesito algo con lo que comparar tu primera actuación.

—¿Ah, sí? Pues vale. —La giré hasta dejarla boca arriba. Pocas veces me sentía tan seguro con una mujer. Ella, en cambio, lo despertaba en mí—. Prepárate para alucinar.

Sonrió de oreja a oreja.

—Ay, que me da un vuelco el corazón.

UNA HORA DESPUÉS, VOLVÍA A ESTAR ACURRUCADA contra mi costado. Esta vez, prácticamente ronroneaba. O puede que fuera yo.

—Sip. Eso ha sido mejor que todas las otras veces juntas, desde luego.

Hice una mueca.

—No sé si quiero hablar de las otras veces —admití.

—Has sido tú el que lo ha sacado.

—Sí, sí, sí. —Solté un suspiro y miré el reloj de la mesilla. Todavía era temprano—. Estoy muerto de hambre. ¿Tienes algo de comer por aquí?

—Normalmente no desayuno —admitió—. Podríamos salir.

—Podríamos. —La idea de salir de esa cama no me atraía nada—. También podríamos pedir comida a domicilio.

—Uuuh. —Le brillaron los ojos—. ¿Se puede pedir desayuno a domicilio?

—¿Nunca has pedido comida por una app?

—Nunca. Pero siempre he querido.

Parecía tan ilusionada que no pude hacer otra cosa que sacar el móvil.

—Vamos a ver qué opciones tenemos, ¿eh?

—Quiero tortitas. Elige un sitio que tenga tortitas.

—Estoy casi seguro de que eso se puede arreglar.

RECIBÍ AL REPARTIDOR EN la puerta. Me había puesto la camiseta de la noche anterior y los bóxers. Nada más.

El hombre de la puerta me miró de arriba abajo, se fijó en la camiseta y esbozó una sonrisita socarrona.

—El desayuno.

Me tendió la bolsa.

Ya había dejado la propina en la aplicación, así que no tenía motivos para entretenerse. Sin embargo, no parecía llevar ninguna prisa.

—Bonito piso —comentó—. ¿Tuyo?