18 Dieciocho #2
A nuestro alrededor se oía a la gente que se lo pasaba en grande en las distintas aceras mientras iba de bar en bar. Nosotros, sin embargo, estábamos en nuestro propio mundo, las dos únicas personas del parque.
Hice lo que me indicó. Se estaba haciendo tarde —habíamos pasado horas juntos y se me habían hecho minutos—, pero yo no estaba lista para dar la noche por terminada.
—Cuéntame lo de Hayley y Lucy —insistió—. ¿Cómo les va?
—Sorprendentemente bien. —Me acomodé en el banco.
Estaba lo bastante cerca para tocarlo, pero no me incliné para acercarme más.
Había que tener en cuenta el factor sudor —era una noche húmeda—, pero también me daba miedo que, si me subía a su regazo, no encontrara nunca las fuerzas para bajarme.
Me daban ganas de deshacerme de todas mis inhibiciones, algo que no me había pasado nunca con nadie.
—No puedo decir que no me sorprenda que hayan acabado juntas —admitió Huxley—. Hayley me da la impresión de ser de las formalitas, y tu hermana… —Dejó la frase a medias.
—Si ni siquiera has visto a Lucy desde que se mudó aquí —le recordé.
—No, pero me la imagino. —Frunció el ceño—. Me duele la espinilla cada vez que pienso en ella, cosa que, por suerte, no pasa muy a menudo.
Sonreí con picardía.
—¿Todavía no has superado lo de la chocolatina Kit Kat?
—Esa Kit Kat era mía. Ella mintió y dijo que era suya, pero siempre fue mía.
—Ya, ya. —Le di unas palmaditas en el muslo—. El trauma es real, ¿eh?
—No tienes ni idea. —Lo dijo con absoluta convicción mientras entrelazaba los dedos con los míos—. He tenido pesadillas con tu hermana.
—¿Alguna vez soñaste conmigo? —No tuve ni idea de que la pregunta iba a salirme de la boca hasta que ya fue demasiado tarde para tragármela.
—Pues sí, la verdad. —Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa—.
Justo después de la pelea entre nuestras madres, soñé que me encontrabas en el hotel donde nos alojábamos.
Fuimos de Austin a Las Vegas y nos quedamos en el Bellagio.
Mi madre me dijo que podía pedir lo que quisiera al servicio de habitaciones, y pensé que era lo mejor que me había pasado en la vida.
Todavía no era consciente de las repercusiones de lo que había pasado.
—Al principio yo también me quedé confundida —admití—. Supuse que harían las paces al cabo de unas semanas. No me daba cuenta de que… —Dejé la frase en el aire y pensé en Mick. Todavía no habíamos hablado de las consecuencias de aquella situación, y no quería hacerlo esa noche.
—Lo sé —dijo él, librándome del apuro—. Yo también pensaba que harían las paces. De verdad que sí. Pero cuando estábamos en Las Vegas, era como estar en otro mundo. Nos quedamos allí dos semanas.
—Nosotras fuimos a Los Ángeles —dije—. También nos alojamos en un hotel enorme. Mamá no aparecía nunca en esa época, y todavía no sé exactamente qué hacía. Lucy seguía teniendo niñera, así que a mí me dejaban deambular sola por ahí. Pero no tenía con quién hablar.
Él asintió con comprensión.
—La tercera noche, más o menos, creí que me estaba despertando de un sueño y que tú estabas en mi habitación. Me dijiste que tenías miedo y me preguntaste si podías dormir conmigo. Yo te dije que sí.
Hice una mueca.
—Yo nunca habría hecho eso. ¿Me estás tomando el pelo? Me habría dado un ataque de pensar que me verías demasiado huesuda o asquerosa.
—Por aquel entonces ya estábamos en la universidad —me recordó—. Ya habías empezado a desarrollarte.
—Eso no lo notaste.
—Ya lo creo que lo noté. —Sonrió con pesar—.
De ahí el sueño. Me dejó alucinado, pero no me permití darle muchas vueltas porque…
bueno, porque sí. —Pareció atormentado por un instante—.
Entonces ya éramos adultos, Wylie, pero yo todavía me sentía como un crío.
Esa etapa entre el instituto y la vida adulta de verdad es desconcertante.
—Sí. —Entendía a qué se refería—. Lo pillo. Pero, para que quede claro, yo nunca me habría metido en la cama contigo. O sea, tú jugabas en otra liga. Tú eras el cisne más hermoso del mundo y yo, el patito feo.
—Para —protestó—. Siempre fuiste hermosa, Wylie. Yo estaba demasiado ciego para verlo porque… bueno, por muchas cosas.
—¿Porque nos trataron como si fuéramos hermanos durante unos años? —aventuré.
—No me gusta la palabra «hermanos» en este caso —replicó, haciendo una mueca—. Éramos más como primos… políticos.
Apreté los labios, pero no hubo manera de contener la risa que me brotó.
—Eres muy gracioso.
Se giró para mirarme. No había mucha luz en el parque, pero la farola de la esquina le daba un aire romántico con la ligera brisa.
—Tú también eres graciosa. Y además eres hermosa, inteligente y tienes un talento increíble.
El corazón amenazó con salírseme del pecho a martillazos.
—No soy…
—Para. —Me puso el dedo en los labios—. Sé que no puedes evitarlo, pero eres hermosa, Wylie. Eres todo lo que acabo de decir y más. Un día de estos te darás cuenta de que te estoy diciendo la verdad. Hasta entonces, te agradecería que no me discutieras.
Medité lo que me estaba diciendo en realidad y solté un suspiro mientras le apartaba el dedo con suavidad.
—Ser la hija de Aggie Quincy no fue fácil. La consideraban la autora de ciencia ficción más cotizada del mundo. Lo oía en todas partes. La mayoría de las veces, lo siguiente que oía era: «¿Te pareces a tu padre?».
Él torció el gesto.
—Eres igualita a tu madre. ¿Quién dijo eso?
—Era una adolescente desgarbada, Huxley —insistí—. No te molestes en negarlo. No soy tonta.
—Todos somos desgarbados en algún momento de la vida. A mí me tocó a los trece. A ti te llegó más tarde. Ahora no eres desgarbada.
—No me has visto intentar patinar en línea.
Él se rió entre dientes y luego negó con la cabeza.
—Lo iremos trabajando. —Me apretó la mano con fuerza—. No quiero despedirme, pero probablemente debería llevarte a casa antes de que se haga demasiado tarde.
—Sí. —Miré en dirección a mi edificio. Estaba a solo dos manzanas—. Probablemente deberías.
—Vale. —Emitió un gruñido teatral al levantarse.
Le sonreí, y todas las emociones que había sentido en mi vida amenazaron con estallar y salirse de mí. En ese momento reconocí lo que quería. Supe lo que siempre había querido.
—Estoy lista.
Tardó un momento en asimilar las palabras y luego me lanzó una mirada perpleja.
—¿Lista para qué?
—Para todo. Para el sexo —añadí, muriéndome de vergüenza por dentro. No acababa de referirme a ello como «el sexo», ¿verdad? Pues claro que sí. Aun así, me lancé de cabeza—. Lo quiero todo.
—¿En serio? —Miró a su alrededor, como si buscara una cámara oculta que destapara que todo era una broma elaboradísima a su costa—. ¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de nada en mi vida.
Se inclinó hacia mí con determinación y me sujetó la cara entre las manos. Noté su aliento caliente en la piel un instante antes de que sus labios tocaran los míos.
Me estallaron fuegos artificiales detrás de los ojos… y en zonas bastante más al sur. Perdí el sentido de la orientación y el del olfato. Lo único que percibía era su boca sobre la mía.
No tengo ni idea de cuánto tiempo estuvimos besándonos. Pudieron ser minutos u horas. Cuando por fin se apartó, tenía el pelo hecho un desastre de tanto que yo le había enredado los dedos en él, y una mirada un poco enloquecida.
—Quiero que estés absolutamente segura —dijo con voz ronca—. Todavía puedes cambiar de opinión.
—No quiero cambiar de opinión.
Nunca en la vida había dicho algo tan en serio.
—Di otra vez que quieres «el sexo» —me pinchó, con la mirada rebosante de cariño.
Hice una mueca.
—Quiero «el sexo», pero no lo pienso volver a decir.
—No pasa nada. Con dos veces ya me ha bastado. —Me cogió de la mano y tiró de mí hacia mi edificio.
Sabía adónde íbamos y hacia qué nos precipitábamos. Por una vez en la vida, estaba tranquila.
Era ahí donde habíamos estado yendo desde el principio. ¿Cómo no me había dado cuenta?