18 Dieciocho
DIECIOCHO
Nunca en mi vida había sido tan feliz.
Vale, feliz y nerviosa a la vez.
Bastaba con tener a Huxley cerca para que el corazón me latiera a mil.
Se había tomado muchas molestias con la cita. Cita, salida, o como quisiera llamarlo.
Era evidente que se estaba esforzando. Yo no sabía qué pensar de todo aquello. Quería creer cada cosa que decía y en ningún momento se me pasó por la cabeza que me estuviera mintiendo. Lo que no sabía era si podría cumplirlo.
¿Y si solo creía que yo le atraía?
¿Y si yo le atraía, pero era solo deseo? Esos sentimientos cambian con facilidad.
¿Y si lo hacía únicamente porque se había dado cuenta de que estaba otra vez coladísima por él y no quería decepcionarme?
¿Y si todo aquello se iba al traste en dos semanas? ¿Querría volver a ser solo amigos? ¿Querría volver a no conocerme?
No quería pensar en ninguna de esas posibilidades, pero tenía unas dudas molestas rondándome por el fondo de la cabeza incluso mientras estábamos sentados juntos en el coche fúnebre, escuchando al guía, que aseguraba llamarse Jason Myers.
Era un tipo con mucha energía y no me cabía duda de que las historias de fantasmas que nos contaba eran probablemente auténticas.
Aunque a cada una le añadía un toque surrealista.
Huxley estaba sentado muy cerca de mí y me sujetaba la mano con firmeza mientras escuchábamos. Yo tenía preguntas, por supuesto. Siempre tenía preguntas. Pero a él parecían interesarle y ni una sola vez las despachó con desdén. De hecho, casi siempre partía de mis preguntas para hacer otras suyas.
Era una maravilla que no me dijera que eso daba igual ni se lamentara de que hubiera preguntado nada. Parecía querer escuchar cada pequeño pensamiento que me cruzaba el cerebro hiperactivo. Nadie se había comportado así conmigo antes, y me sentía encantada y preocupada al mismo tiempo.
¿Sería capaz de mantenerlo? Resultaba adictivo que alguien me preguntara mi opinión y escuchara de verdad la respuesta, y no porque quisiera llevarme a la cama.
Aunque, a juzgar por lo mucho que Huxley buscaba el contacto físico, estaba bastante claro que quería acostarse conmigo.
Durante la ruta no pasó de cogerme la mano y acariciarme la espalda —ni siquiera nos habíamos besado todavía—, pero la expectación ya iba en aumento.
Después de la ruta decidí poner a prueba su empeño y lo llevé al Treylor Park - Hitch, un gastropub famoso por servir algunos de los platos más estrafalarios de la ciudad. Imáginate alitas con mantequilla de cacahuete y mermelada, o tacos de tortita con pollo.
Pero Huxley estaba entusiasmadísimo con la experiencia.
—Esto es… interesante —comentó mientras se sentaba frente a mí y observaba el local. Con su camiseta del fáser de Star Trek encajaba perfectamente con la clientela. Yo seguía sin saber hasta qué punto se sentiría cómodo en un sitio así. Quería comprobarlo con mis propios ojos.
—Es uno de mis sitios favoritos —dije—. Obviamente, no he podido visitar todos los restaurantes desde que me mudé aquí. Pero está en mi lista de cosas por hacer.
—¿Quieres visitar todos los restaurantes de Savannah? —A Huxley se le juntaron las cejas—. ¿Crees que eso es factible?
—Probablemente no. Quizá sería mejor hacer una lista de los cien restaurantes que quiero visitar en la ciudad y centrarme en eso.
—Me parece genial. —Sonrió—. Prepara la lista. La recorreremos juntos.
Quise preguntarle si creía que llegaría al final de la lista, pero no lo hice. Hasta ese momento la cita había sido maravillosa y tampoco era tan tarde. Nos quedaba tiempo juntos. No quería estropear el ambiente, así que desvié la conversación.
—Pues el Treylor Park lo fundaron hace unos doce años un tío que de verdad se llama Trey y un amigo suyo —empecé—. Fue un éxito desde el primer día y se convirtió en un sitio con un rollo raro que a la gente le encanta. Además de este local, tienen otro que se llama Treylor Park Beach Party.
—La carta es rarísima —murmuró—. Quiero probar varias cosas distintas.
—¿Seguro? —Le estudié la cara con atención—. Si esto no es lo que te apetece…
No suspiró de frustración porque yo estuviera preocupada. Tampoco me espetó que lo dejara estar. Simplemente sonrió.
—Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.
Por alguna razón, la manera en que lo dijo daba a entender que no hablaba solo de la comida. Las mejillas empezaron a arderme, lo que le arrancó una sonrisa.
—Bueno —dijo, y se concentró en la carta, probablemente para darme ocasión de recomponerme sin hacer el ridículo—. Te gustan los tomates verdes fritos, ¿verdad?
Asentí con la cabeza.
—Me encantan. Los de aquí están especialmente buenos.
—Vale, pediremos de entrante los tomates verdes fritos, las alitas de pollo con mantequilla de cacahuete y mermelada y las tiras de aguacate frito.
Abrí mucho los ojos.
—Son muchos entrantes. ¿Quieres pedir solo entrantes y nada de plato principal?
Hizo una mueca.
—No. Quiero probarlo todo. Si sobra, sobra. Algunas cosas podemos llevárnoslas a tu casa y meterlas en la nevera. Otras… bueno, no sé qué tal recalentarán las tiras de aguacate. Las alitas deberían aguantar bien.
Me acerqué para que solo él pudiera oírme.
—A mí unas alitas con mantequilla de cacahuete y mermelada me suenan asquerosas.
Él se acercó también, hasta quedar con la boca a unos centímetros de la mía.
—Lo sé, pero son de esas asquerosidades que podrían estar increíbles. Tengo que probarlas.
Asentí. Entendía lo que quería decir. No saberlo era peor que saberlo.
—Vale.
—Bien.
Me cogió por sorpresa al besarme la punta de la nariz. Luego volvió a enfrascarse en la carta como si no acabara de robarme todo el oxígeno de los pulmones. ¿Qué narices estaba pasando ahí?
—Que tengan Kool-Aid en la carta de bebidas ya es un punto enorme a favor, para mí —comentó mientras yo intentaba no desmayarme.
Cuando sus labios me rozaron la nariz, estuve segura de que me estaba dando un aneurisma cerebral o algo parecido. Incluso unos segundos después, seguía sin conseguir que los pulmones me funcionaran como debían.
—Lo que significa que voy a empezar con la Cherry Cola, creo —continuó, con toda su atención puesta en la carta—. Aunque está clarísimo que voy a probar más de una de estas bebidas. Supongo que menos mal que fui previsor y vine a tu casa en Uber.
Poco a poco, el pulso me volvió a la normalidad. O, bueno, seguía acelerado. ¿Cómo no iba a estarlo? Pero ya no era terreno de infarto.
—Buena idea —convine, con la cabeza a mil—. Lucy está con Hayley esta noche, así que no estará en mi apartamento.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de cómo debían de haberle sonado y me llevé una mano a la frente de un manotazo. Iba a pensar que le estaba proponiendo algo.
—¡Doh!
No podía mirar a Huxley a los ojos, pero notaba que él me miraba.
—«Doh», ¿eh? —Parecía que le hacía gracia—. ¿Eres fan de Los Simpson?
—Hace muchísimo que no —respondí—. Soy más de South Park.
—Interesante. —Más que alterado, sonaba divertido—. Supongo que no me había dado cuenta de que Hayley y Lucy ya pasaban noches juntas.
Sonaba perplejo, así que me arriesgué y lo miré.
—Parece precipitado —reflexionó. La sonrisa que me lanzó fue amable—. Yo no voy tan rápido.
El pánico que llevaba un rato sintiendo empezó a disiparse.
—¿No?
—En general, no —respondió—. Puede que yo fuera así de rápido en la universidad, pero solo porque estaba convencido de que, por lo que fuera, me acabarían prohibiendo el sexo. Hubo como un año en el que me lancé a tener todo el sexo posible porque estaba seguro de que alguien iba a quitármelo.
La imagen que estaba pintando me hizo reír.
—¿En serio?
Él se encogió de hombros.
—Cuando eres un chaval adolescente, piensas en el sexo unas cien veces al día. Y no exagero. Cuando por fin llegas a practicarlo, te parece un milagro. Y quieres seguir haciéndolo por si algún día te lo quitan.
Solté una carcajada.
—Los chicos adolescentes son idiotas —me aseguró—. En cuanto a esta relación, creo que deberíamos tomárnoslo con calma y no precipitarnos.
—Pero…
Tuve que pararme a pensar en lo que estaba diciendo. ¿No perdería el interés si no había sexo?
Aunque no había formulado esa pregunta en voz alta, él pareció leerme la mente.
—No voy a presionarte —dijo—. No soy así. No se trata de eso.
Solté el aire en un suspiro largo y ruidoso.
—Vale.
Él me dio unas palmaditas en la mano.
—Cuando estés lista, me lo dirás.
Ahora me caía encima una presión de otro tipo.
—Eh…
—Me lo dirás. —Fue categórico—. Y ahora, hablemos de estos platos principales. —Estaba antinaturalmente tranquilo—. Nunca se me había ocurrido pedir un pastel de carne en un restaurante, pero este me muero por probarlo.
Yo seguía atontada por lo que había dicho, así que me limité a asentir.
—Yo voy a pedir el Grapeful Dead y los tacos de Miyagi Beef.
—¿Llevan cebolla?
La pregunta me descolocó.
—No. ¿Por qué?
—Porque el sexo puede estar descartado, pero pienso comerte a besos luego. —Su sonrisa fue pícara y encantadora—. Ya he esperado todo lo que podía en ese aspecto.
—Oh. —El corazón volvió a golpearme el pecho—. Eh… sin cebolla.
—Que quede constancia: te habría besado con cebolla o sin ella. —Me guiñó un ojo.
No tenía ni idea de qué decir. Todo pensamiento coherente había abandonado mi cabeza. Me había metido en aguas tan profundas que no sabía ni por dónde quedaba la superficie.
CENÉ MUCHÍSIMO MÁS DE LA CUENTA.
—Creo que me van a reventar los pantalones —me quejé mientras tiraba de la cintura elástica de los pantalones piratas—. No recuerdo la última vez que comí tanto.
Huxley sonrió y, sin soltarme la mano, seguimos acera abajo en dirección a mi apartamento. Por el camino nos habíamos parado en varias placitas a leer las placas conmemorativas. Él juraba que solo le interesaba la historia, pero yo sabía la verdad: lo único que quería era alargar el tiempo conmigo.
—Deberíamos sentarnos. —Señaló un banco en uno de los parques.