17 Diecisiete #2
—La conozco desde hace casi toda la vida —la corregí—. Crecimos juntos. Lo único nuevo es la parte romántica.
—Ah. —Pareció sopesarlo—. ¿Tiene buen sentido del humor?
—El mejor.
—Entonces creo que puedes ponértela sin problema. Pillará la broma y le gustará que vaya dirigida a ella.
Era justo lo que pretendía.
—Me llevo esa también. —Miré alrededor—. ¿Hay algo más con temática de Star Trek por aquí?
—¿Vas a bombardearla de amor o algo así?
Conocía el término, pero nunca se me había pasado por la cabeza que fuera a montar una campaña así.
—Probablemente no se lo dé todo esta noche —reconocí—. Eso me convertiría en un bicho raro. Solo que no me importaría tener unos cuantos regalos para irle dando de aquí en adelante.
Volvió a suspirar, un suspiro largo y prolongado.
—Tengo una envidia que da asco. Por cierto, no quiero conocer nunca a esa chica. Me moriría de envidia y me entrarían ganas de arrancarle el pelo.
—Es imposible que Wylie no te caiga bien —repliqué.
—Ya. Envidia total. —Me indicó con un gesto que la siguiera hacia la parte delantera de la tienda—. ¿Qué le parecen las zapatillas de casa?
—Creo que le encantarían.
—Tenemos tribbles… y naves espaciales… ah, y emblemas.
En cuanto vi las zapatillas de tribble supe cuáles me iba a llevar.
—Me lo voy a pasar en grande comprándole cosas —caí en la cuenta en voz alta.
—Sí, y apuesto a que es de las que valoran todos y cada uno de los regalos.
—Es exactamente de esas. —Cogí las zapatillas—. ¿Qué más tienes?
MI EXPEDICIÓN DE COMPRAS ME OCUPÓ BUENA parte de la tarde. Eso significaba que, cuando volví a The Landings, tenía tiempo de ducharme y arreglarme. Luego pedí un Uber. Podría haber cogido el coche, pero eso habría limitado mucho el número de cócteles. El Uber era más cómodo.
Me puse la camiseta nueva del fáser y metí la klingon en una bolsa para regalársela. Todo lo demás lo había guardado bien ordenado en el armario. Desde luego, de ahora en adelante pensaba bombardearla a regalos. Y la verdad es que me hacía ilusión.
Wylie estaba en la calle esperándome cuando llegué. Volví a mirar la pantalla del móvil para asegurarme de que no llegaba tarde —había calculado presentarme diez minutos antes, por si acaso— y comprobé que no, que no llegaba tarde. Era ella la que había llegado antes de la hora.
Se me dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Eso significaba que estaba tan ilusionada con la salida como yo.
—Hola —dije con voz suave.
Casi pegó un bote cuando se giró. No me había visto bajar del Uber.
—Hola.
Lo dijo sin aliento. Luego vio mi camiseta y estalló en carcajadas.
—¡Ay, Dios mío! —Se acercó y recorrió con los dedos la imagen de Kirk—. Es lo mejor que he visto en mi vida.
Tenerla tan cerca, sentir el calor de su cuerpo y oler su colonia, me trabó la lengua un instante, así que me limité a tenderle la bolsa que llevaba. Puede que Wylie no fuera la única torpe de los dos.
—¿Esto es para mí? —Cogió la bolsa con una pregunta en los ojos.
—Ajá —conseguí decir. Necesitaba calmarme. Estaba haciendo el idiota.
Sonrió mientras rebuscaba en la bolsa y, cuando le brillaron los ojos, supe que había dado en el blanco.
—¿Dónde has conseguido esto? Es increíble. —Se la apretó contra el pecho.
Fue entonces cuando lo entendí de verdad. Wylie era de esas mujeres que nunca dan nada por sentado. Iba a estar agradecida por cada regalo, cada caricia, cada momento de calma que pudiéramos compartir.
Quería hacer rutas de fantasmas, pero si yo me hubiera plantado, habría sido igual de feliz sentada en un parque mirando pasar a la gente. Se había propuesto en la vida hacer felices a los demás. Nunca se había parado a pensar que alguien pudiera desvivirse por hacerla feliz a ella.
—No te voy a decir dónde la he conseguido —respondí—. Va a ser mi pequeño secreto, así podré seguir comprándote más.
Le brillaron los ojos con un fulgor capaz de pararme el corazón.
—Qué bonito es eso.
Puede que fuera bonito, pero ella ya lo estaba elevando a cotas épicas. No quería que se infravalorara. Se merecía el mundo. Se merecía un hombre que quisiera ponerle el mundo a sus pies. Yo quería ser ese hombre.
Y fue entonces cuando volvió a asaltarme la sensación de que esto no iba a ser una aventura pasajera. No era algo que fuera a arder con fuerza y apagarse enseguida. Era más que eso, y siempre había sido más que eso.
De algún modo iba a tener que conseguir que mi madre lo aceptara, porque Wylie no se iba a ir a ninguna parte, no si de mí dependía.
Y no en plan acosador ni nada de eso. Yo no era ese tipo de tío.
Pero sí era el tío que ya estaba cayendo rendido, porque la caída había empezado cuando era adolescente y simplemente no me había dado cuenta.
—Necesito que me escuches un momento. —Le tomé la mano y la sujeté con fuerza.
Me escudriñó la cara con curiosidad.
—¿Pasa algo?
—No. De hecho, todo está bien.
Se relajó un poco, y entonces comprendí que había estado convencida de que iba a cancelarlo todo.
Tenía que encontrar la manera de que tuviera fe en nosotros.
Cómo no iba a estar nerviosa. Me había pasado casi todo el tiempo que nos conocíamos siendo un gilipollas de campeonato.
Un mes de amistad y una declaración precipitada no iban a cambiar eso.
—No quiero que te conformes con menos solo porque es lo que siempre has hecho —le expliqué—. Siempre te has retorcido como una contorsionista para que los demás no tengan que ceder. Eso no es lo que quiero para ti. No es lo que quiero para nosotros.
Ella no dijo nada. Siguió mirándome fijamente.
—Quiero que me digas qué te hará feliz —continué—. Necesito que tengas expectativas altas, porque quiero cumplirlas todas. —Hice una pausa—. No quiero que tengas miedo de que te haga daño —dije con voz más suave—. No quiero hacerte daño nunca.
Se humedeció los labios, pero permaneció en silencio.
—Sé que no puedes fiarte de mí solo porque te diga que he cambiado —expliqué—. Solo… no te hagas más pequeña para hacerme más grande a mí. Quiero ser lo que necesitas y lo que mereces. Quiero ganármelo contigo. Y, si lo hago bien, dejarás de dudar de todo.
—No dudo de todo —replicó—. Quiero estar aquí. Solo tengo miedo.
—Lo sé. —Le aparté un mechón de pelo de la cara—. Y no te culpo. Pero no te voy a hacer daño. Te lo prometo.
—No creo que me hicieras daño nunca a propósito.
Era lo mejor que iba a conseguir por ahora, así que asentí.
—Nada más cierto. Y ahora, ve a ponerte la camiseta. Tenemos que caminar unas cuantas manzanas hasta la ruta del coche fúnebre. Y después he pensado que podríamos cenar. Donde tú quieras.
—¿Y si quiero ir a un sitio vegano rarísimo?
—Donde tú quieras —insistí—. Solo… bueno, el sushi no me gusta mucho. Nunca le he cogido el gusto.
—Ah, tranquilo. —Negó con la cabeza—. A mí tampoco me gusta el sushi. Pero puede que intente dejarte de piedra con el restaurante. Más vale que te prepares.
—Estoy preparado para todo —le aseguré—. Hasta el último momento.
Su sonrisa se ensanchó y supe que lo decía de verdad. Por fin estaba listo para esto.